Archivo del sitio

Ermua

 

Fueron momentos que rompieron con la inercia de un hartazgo. La gran mayoría de españoles sentimos el asesinato de Miguel Ángel Blanco como una tragedia cruel y próxima, para nada distante, para nada ajena.

Lo que ocurrió y como ocurrió desencadenó una reacción en cadena, y cargó de significado y de consecuencias ese crimen. Aquella cuenta atrás de la que pendía indefensa la vida de un hombre, se desgranó al compás del horror en el corazón de muchos ciudadanos.
Fue una cuenta atrás terrible y también definitiva. Fue una cuenta atrás que marcó el final de ETA.

Es difícil olvidar aquella espera de un veredicto sobre alguien a quien no se le conoce culpa. Podemos suponer la confusión y la angustia de sus familiares, y recordar el estupor de todos ante el asesinato ya consumado.
Y del otro lado, del lado de los autores del crimen, sólo indiferencia, frialdad, inhumanidad, esa barbarie en que culmina todo totalitarismo.

Ya antes ETA había desplegado su violencia terrorista de manera indiscriminada, y acumulábamos todo un repertorio de imágenes siniestras de muertos, heridos, y mutilados, de toda edad y condición, imágenes que lo decían todo y no necesitaban de más explicación.
Fanatismo, violencia, y muerte. No había más mensaje. Y el instrumento para ese mensaje era el terror, la inhumanidad total.

Durante el transcurso de aquellas horas en que todo aconteció tan rápido (apenas 48 horas), sin embargo el tiempo se hizo denso, frío y espeso como el plomo, suficiente para la reacción colectiva, pero envuelto en un espanto contenido que con el desenlace final hizo crisis, y convocó rápidamente a la unanimidad de la protesta, del dolor, y de la rabia.

El hartazgo hacia ETA y su violencia colmó su medida con ese acto.

Tanto el asesinato de Miguel Ángel Blanco, como los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha, fueron perpetrados por un mismo fanatismo. Aquel que roto todo escrúpulo de inhumanidad y todo límite moral, cree acaparar toda la razón y converge en una misma tiniebla.

Ambos crímenes y la respuesta colectiva ante ellos, adquirieron una carga simbólica y un significado histórico de lucha contra el totalitarismo, que hace que su recuerdo sea necesario.

Uno de los abogados asesinados en el despacho de Atocha era salmantino y hermano de una conocida mía. Y en Salamanca ocurrió el atentado terrorista de ETA que más cerca he vivido, a unos 80 metros de donde yo me encontraba, muy cerca de la plaza de toros de esa ciudad, y muy cerca de donde vivían mis padres.
La bomba que arrancó las piernas del capitán Aliste me despertó aquella mañana, y enseguida se supo el origen del estruendo. Una bomba-lapa colocada en los bajos de su coche y activada con temporizador, hizo explosión dos minutos después de que el militar dejara a su hija de doce años y a otras dos compañeras en el colegio. El vehículo había parado en el trayecto para recoger a una de esas niñas. Si hubiera explotado dos minutos antes de cuando lo hizo, habría ocasionado una matanza entre los niños que a esa hora concurrían al colegio.

El rector más ilustre de Salamanca, Miguel de Unamuno, advertía sobre la deriva inquietante del nacionalismo vasco en un artículo publicado en el periódico El Sol el 30 de junio de 1932, y que tituló sin palabras mediante un símbolo: la esvástica nazi. O el Lauburu vasco. Este artículo puede encontrarse también en su libro “Visiones y comentarios” publicado en la colección Austral.

Hacia burla discreta Unamuno en ese artículo del apego que mostraban algunos de sus paisanos vascos nacionalistas al símbolo en cuestión, “de significación tan agorera y fatídica en países de Centroeuropa”, decía ya Unamuno.
Y aunque intentaba reconducir afectuosamente, como maestro prudente, a sus paisanos y apartarlos de ese error y de esa ostentación simbólica, cargada ya de significado tan siniestro, no dejaba de advertir más severamente de a que extremos de barbarie racista  y “zootecnia” inhumana podía llevar todo aquello.

Tras esos disparates folclóricos, en gran medida pueriles, no tardan en venir otros más dañinos, sentando doctrina excluyente y xenófoba sobre grupos sanguíneos, distingos RH, y quizás -por qué no- superioridades de la raza.
Racismo, xenofobia, y totalitarismo, siempre andan cerca y acostumbran a ir juntos de la mano. Y en este ámbito, también el fascismo español ha jugado frecuentemente a ese juego con una clara vertiente antisemita sustentada en nuestra tradición más negra.

Miguel Ángel Blanco, los abogados laboralistas de Atocha, y tantos otros inocentes cuyas vidas fueron segadas por el fanatismo ciego y la intolerancia, son perdidas crueles que debieron evitarse, pero sobre esas tragedias, nosotros y nuestra democracia pudimos seguir adelante.

Y con ese sacrificio y con esas víctimas hemos contraído una gran deuda: la de combatir y rechazar el fanatismo venga de donde venga, y la de un esfuerzo continuo e infatigable por mejorar y regenerar nuestra democracia, librándola de las lacras que la entorpecen, la limitan, o la asfixian, una de las cuales es la corrupción, que no es sino otra forma de terrorismo que causa miles de víctimas.

POSDATA:

Artículo de Miguel de Unamuno / El Sol 30 de junio de 1932 http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0000477103&search=&lang=es

Utilización de la esvástica por el nacionalismo vasco antes del año 1936 http://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/23/67/09esparza.pdf

 

Anuncios

Miguel de Unamuno: Hoy y siempre

Miguel de Unamuno: Hoy y siempre

La Democracia no se rinde

A.- Pero si el Estado es el peor administrador… / B.- Ya le tengo a usted dicho, señor mío, que eso es una especie gratuita. / A.- Pero si lo dicen los mismos administradores del Estado… / B.- No, señor. Eso lo suelen decir aquellos administradores, consejeros o lo que sean, de Empresas o compañías particulares que a las veces se ponen al aparente servicio del Estado, pero para servir en realidad a estas Empresas o Compañías y hasta contra el Estado…”

B.- Y esa leyenda –porque es una leyenda- la fomentan hombres públicos que en el servicio público se dedican a servir intereses particulares. Como ese sujeto a que usted aludía… “

A.- ¿Y no teme usted la tiranía? / B.- ¿Cuál? ¿La del Estado? La peor es la otra… / A.- Recuerde usted aquello de Spencer del individuo contra el Estado, recuérdelo. / B.- ¡Spenceriadas! La mejor garantía de la libertad individual, de la individual, de la personalidad, nadie puede darla mejor que el Estado…”

B.- Y yo le digo a usted y se lo sostengo que en las Empresas particulares hay aquí tanta o más rutina, tanta o más imprevisión, tanto o más descuido, que en el Estado y no más moralidad. Y que es más fácil echar tierra a irregularidades de la administración de esas Empresas que no a las de la administración del Estado. Y más, y es que si hay un pundonor de cuerpo, un sentido de responsabilidad colectiva, le hay más, con haberlo poco, en los cuerpos administrativos públicos, del Estado, que en los otros. Y siempre me ha sorprendido ese odio que ciertos sedicentes liberales y otros que se creen socialistas profesan al Estado, no a éste, o a aquél, sino a la institución política”.

B.-… esta desenfrenada lucha de egoísmos… amenaza acabar con la ciudadanía y por ende con la civilidad y con la civilización”. (“Lo Mayúsculo y lo Minúsculo / MONODIÁLOGOS / Miguel de Unamuno”)

 

Leo en los MONODIÁLOGOS de Unamuno el artículo titulado “Lo mayúsculo y lo minúsculo” (publicado en “El liberal” de 31 de diciembre de 1920), y no puedo por menos de reconocer que la batalla ideológica que hoy protagoniza la rabiosa actualidad, está ya muy trillada y es más vieja que Matusalén, como todos esos “neos” y “post” que hoy nos epatan, disfrazados de modernos.

En realidad la confrontación que hoy se vive (y no sólo hoy, como vemos por la cita de Unamuno) no es la del individuo contra el estado, sino la del dinero contra el Estado y la del particular interés contra el interés colectivo (un clásico de la condición humana), que hoy ya, y dado lo que hemos avanzado en “progreso” y velocidad, adquiere dimensiones ecológicas (y con esto quiero decir catastróficas), tal que si no ponemos remedio rápido acabarán siendo irreversibles.

No se trata ya, como antes, de una confrontación entre clases o intereses que concurren en el momento presente (o no es sólo eso), sino que ganando protagonismo la dimensión temporal dentro de un marco ecológico limitado y finito, se transforma ahora en un conflicto entre generaciones. Las del presente, que consumen y agotan ávida e irresponsablemente los últimos recursos del planeta, y las que han de venir después, si es que hay lugar (y aire respirable) para ello, y que no tendrán ya medios claros para sobrevivir, al menos de manera civilizada.
Lo cual a su vez deriva de un conflicto conceptual entre progreso y explotación frente a equilibrio y sostenibilidad, fruto de un antropocentrismo mal informado incluso desde el punto de vista teológico. Y esto no debe extrañarnos porque la teología, por su propia esencia, es irracional, de la misma forma que la teocracia (régimen que impera en las dictaduras islámicas, pero también en el Vaticano) no es democrática.

Asistimos a un caso singular dentro de la imperiosa y ciega mecánica darwinista, en que la codicia a ultranza, la mística (algunos dicen ética) del egoísmo, esteriliza y anula la progenie, incluida la propia, y acogota la esperanza en el futuro.
Y es que con tanto macho alfa metido a político beta, y con tanto mangante lerdo metido a liberal místico, tenemos garantizado el desastre general y solidario de unos y otros, no sólo como individuos o clase social (sea la que sea esta), sino más ampliamente como especie viviente.
Sobre todo porque en la guerra que actualmente sostenemos, primero contra nosotros mismos (favoreciendo la competencia frente a la colaboración) y después contra el planeta, tenemos todas las de perder.

¿Ha cambiado la lucha de clases? No lo sé. Lo cierto es que hoy vuelve a haber pobres de solemnidad y ricos de reventar, quizás con la diferencia de que cada vez más el destino de unos y otros converge, incluso en un plazo de tiempo presumiblemente no muy largo, hacia un desenlace común no demasiado halagüeño.

En las “danzas macabras” que inmortalizaron las obras de artistas como Holbein, era la muerte individual y personal la que igualaba a ricos y pobres, arrieros y Papas, labriegos y Reyes. Ahora es la muerte de nuestro espacio natural la que se prevé nos iguale a todos en un mismo destino y en una misma barbarie, que parece vislumbrarse cada vez más cercana.

Pero más acá todavía de ese negro horizonte, hoy observamos novedosos enfrentamientos, hitos de resistencia, que no se corresponden con el esquema clásico de la lucha de clases. Por ejemplo el que se vive hoy en España (y en otros países de nuestro entorno) entre los trabajadores públicos (funcionarios o no) contra los políticos corruptos, merced al impulso de una nueva épica que persigue defender el Estado frente a la selva que propugnan los acólitos del caos, y la ética pública y civil frente al laissez faire de la desregulación -que es el camino abonado y expedito a la corrupción y la debacle-. Las mareas, las únicas que  han hecho historia reciente y nueva en nuestro país, se nutren de ese impulso.

Desde esta perspectiva, los políticos corruptos vendidos al poder del dinero, son los auténticos antisistema, la auténtica quinta columna que desde dentro del Estado quieren destruir el Estado, como ya señalaba en 1920 el lúcido rector de Salamanca.

Tras las dolorosas lecciones de la crisis, muchos servidores del Estado y otros héroes anónimos, en muchos lugares y ámbitos de Occidente, y utilizando en gran medida los nuevos medios y su posición estratégica en el engranaje, le han declarado la guerra a la corrupción y al entorno que la ampara. Llamar a ese entorno “Sistema”, o lo que es peor, “Frente Constitucional”, es ridículo pero no inocente. Es, para decirlo paradójicamente, la nueva cruzada de lo laico, la nueva cruzada de lo público en defensa de la democracia, que es la base de nuestra civilización, la que está defendiendo el Sistema. El Sistema de verdad, no el cotarro de los tramposos.

Antoine Deltour, el honesto auditor que ha puesto al descubierto el carácter mafioso de los actuales dirigentes de Europa, Juncker y Dijsselbloem, es uno más y no el último de esos valientes que le han plantado cara al poder totalitario del dinero. Frente a altos y empinados cargos (fiscales generales, gobernadores del Banco de España, directores de los medios públicos de intoxicación) que son meros peleles de la política corrupta, se levantan ahora y plantan pie en tierra trabajadores públicos que no quieren formar parte de esa cadena servil que está acabando con nuestro sistema, fieles a la “cosa pública” y el interés colectivo, defensores del Estado y de la democracia.
Inspectores, auditores, funcionarios o interinos, médicos, abogados, jueces, trabajadores de a pie, catedráticos de filosofía, periodistas sin miedo, son los nuevos héroes de la libertad, el caballo de Troya que gracias al lugar que ocupan, pueden acabar, si se lo proponen, con el sistema organizado de corrupción.
En esa línea deben interpretarse algunos titulares de la prensa española:

-“La autoridad fiscal denuncia a Montoro ante la Audiencia nacional”.
-“Los presidentes de la Comisión y del Eurogrupo crearon la trama de fraude fiscal masivo”. Detrás del descubrimiento de esta trama de corrupción está un simple y joven auditor, Antoine Deltour, que nos dice: “J’agi par conviction…”.
-“Los inspectores arropan a los peritos del CASO BANKIA y critican a Linde”.
-“Los trabajadores de RTVCM explican por qué siguen las protestas de VIERNES A NEGRO” (a pesar del reciente cambio de gobierno en Castilla La Mancha).
-“Los fiscales denuncian las trabas para luchar contra la corrupción” (acusan al Gobierno de dificultar la lucha contra la corrupción).
-“Los funcionarios de Castilla y León desentierran el hacha de guerra contra la corrupción”.

Dicho en pocas palabras y al hilo de las reflexiones de Unamuno: la mecánica hinchada de lo minúsculo y la dinámica desregulada de lo privado, están acabando con el orden básico y fundacional de nuestra civilización, la ciudad Estado o el Estado como ciudad ideal. Y es que los hinchas de la ética egoísta, que siempre fueron a lo suyo (ciegos para los intereses de la cívitas), esta vez se han pasado dos pueblos y han acabado en la selva.

Un nido para el mejor humanismo

Gregorio Marañón Bertrán de Lis recuerda en ‘Memorias del Cigarral’ las visitas a la finca toledana de su abuelo de grandes de la cultura como Marie Curie o Juan Ramón Jiménez
GREGORIO MARAÑÓN Y BERTRÁN DE LIS 13 OCT 2015 – 19:10 CEST
“No leyó como un actor, ni se complacía en la dicción de las palabras como suelen hacer los poetas, pero interiorizó con tanta inten­ sidad la realidad de sus personajes, que nos hizo verdaderamente temblar, como cuando el cante jondo hiela la sangre. Cuando Federico terminó, a Marañón se le saltaron las lágrimas”.
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/10/12/babelia/1444650109_866364.html?rel=rosEP

Nacionalismos feroces y animales pacíficos

130315_el-gorila-pensador_hayatagorila pensador

Yo, lo confieso humildemente, descreo como por instinto y automatismo alérgico, de todo lo que tenga que ver con ropajes folklóricos.

No me calzaría la chapela vasca, ni la barretina catalana, ni la boina castellana, salvo a efectos prácticos de protección capilar o para camuflar una incipiente y rematada calvicie, pero nunca para ocultar ideas miserables, paletas, cutres, y raquíticas.

Asumiría con gozo, eso si, y sobre todo en invierno, la espesa pelambrera del mono antropoide, que medita pacífico y callado en la niebla de los montes Virunga. Lee el resto de esta entrada

A %d blogueros les gusta esto: