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Toledo (2): “Hermosa”

 

Ciudad “hermosa”, ciudad mágica, de la esquiva y poderosa mesa del Rey Salomón, y de intrincados y nunca conquistados subterráneos, en cuyas profundidades leía el mago Illán libros prohibidos, a salvo ruidos y curiosos, y a refugio del tórrido verano toledano organizaba viajes en el tiempo -como nos informa El Conde Lucanor en su ejemplo XI- antes de que por esta urbe levítica paseara Einstein, navegante también de extrañas dimensiones, desvelador también de los inefables espejismos del espacio y del tiempo.

Caminos y mapas del saber, tantas veces cegados y tapiados por los defensores de la ortodoxia, como si fuera posible emparedar la luz que regalan a borbotones los astros o detener el rio inquieto de la ciencia.

Anota Victor Klemperer en su Diario el 12 de abril de 1933: “El Ministerio de Instrucción pública español le ha ofrecido a Einstein una cátedra en una universidad española, él ha aceptado. Este es el chiste más memorable de la historia universal. Alemania establece la limpieza de sangre. España ofrece una cátedra al judío alemán.

Con esta amarga ironía comentaba Klemperer el cambio de papeles en el escenario histórico entre ambas naciones, una Alemania ya racista y nazi, en la que Klemperer, judío, intentaba sobrevivir,  y una España transitoria e inusualmente democrática y republicana, que ofrecía una cátedra a un físico judío, Einstein. En efecto, en abril de 1933 Fernando de los Ríos ofreció en nombre de la segunda república española una cátedra a Einstein, que en aquel entonces estaba en Estados Unidos y que no pensaba volver a su patria, ya que en enero de ese mismo año Hitler había subido al poder. El principal agente de esa oferta fue Ramón Pérez de Ayala, que en ese momento era embajador de España en Gran Bretaña. Aunque Einstein nunca llegó a ocupar esa cátedra, en un principio la aceptó como apoyo político a la república española, según el mismo declara en una carta de 5 de mayo de 1933 a su amigo, el físico francés Paul Langevin.

No tardando mucho, nuestra nación volvería a sus derroteros liberticidas, y el generalísimo africanista impondría su delirio de conspiraciones judeo-masónicas.

Además de tapiar túneles y cuevas, tras explorarlos por si había tesoros (que estos nunca tienen sangre impura) o para acabar con las supersticiones -según opina más benignamente Lozano-, el cardenal Silíceo, que no se paraba en nada, tiró de falsificación (la famosa y espuria “Carta de los judíos de Constantinopla”) para convencer al rey y al Papa de las bondades y razones de su racista estatuto de limpieza. Y hay que reconocer que tal falsificación le vino como anillo al dedo para justificar y promover su estatuto, porque al final se salió con la suya.

Según la opinión de muchos, ese fraude fue un precedente, si no de virtud si de astucia, para posteriores falsificaciones, tal que la conocida como “Los Protocolos de los Sabios de Sión”, artefacto salido de las manos de la OJRANA, la policía secreta del zar, de la que luego el nazismo hizo apropiado y genocida uso, con los resultados que todos conocemos. Los momentos históricos alternantes de la España del cardenal Siliceo y de la Alemania de Hitler, bailaban en la cabeza de Klemperer sobre la que pendía constante la amenaza de la muerte.

Uno de los aspectos de la Historia que más debería movernos a reflexión, porque además es circunstancia que periódicamente se actualiza en hechos contemporáneos, es la capacidad y poder de estos fraudes para decidir el derrotero de la historia en algunas de sus más importantes y decisivas encrucijadas, sea la España del cardenal Guijarro, sea la Alemania del dictador Hitler.

Ciudad antigua, contradictoria y compleja, ciudad hermosa, pero a veces terrible.

“Hermosa” (o “hermoso”) es, por cierto, otra palabra también aquí muy querida y usada, que causa desconcierto y hasta rubor en los foráneos pardillos, hasta que aprenden a calibrar el alcance y uso de tal piropo. Sobra decir que allí, en la otra Castilla, a orillas del Tormes y a la sombra del verraco granítico que descalabró las inocencias primeras del Lazarillo, para hacerle de golpe bachiller en picaresca, nos tienen que apretar mucho para ceder a tales expansiones del lenguaje. Si acaso en primavera y paseando por la orilla pastoril del afluente del Duero, dejando a un lado por un momento los fríos rigores escolásticos y sus duros bancos de madera, grabados con tiernos corazones de estudiantes, tal y como aún  puede verse en la vieja aula de Fray Luis, donde… como decíamos ayer, todo sigue igual, y el amor platónico sigue siendo más poderoso que la ciencia aristotélica, y el perdón más poderoso que la venganza.

El cielo de Toledo desde el principio se me apareció como un cielo nuevo y distinto, digno de contemplar, un auténtico espectáculo, sobre todo en determinadas épocas del año. Supongo que a cada tierra o porción de la Tierra corresponde su cielo y su “atmósfera”. Y a Toledo le ha tocado un magnífico cielo. Me he sorprendido muchas veces desde entonces mirando extasiado ese cielo, o incluso fotografiando ese paisaje siempre nuevo y mutante que dibujan las nubes con la luz que el cielo les presta.

Luz y cielo de Toledo. ¿Sorprendió y atrapó al Greco este cielo y esta luz? ¿Por qué tantas veces, la primera llegada a Toledo se vive por muchos como un retorno o un reencuentro? ¿Es otro espejismo del espacio y del tiempo? O en un sentido similar ¿Atrajo a los primeros judíos de Toledo, el parecido de estas tierras con sus paisajes bíblicos?: “¿Cómo ha de negar con serenidad, que Yepes, a quien nombré poco hace, no es hijo legítimo de Jope? ¿Escalona de Ascalón? ¿Noves de Nové? ¿Maqueda de Maceda? ¿Aceca de otra tal así llamada en la tierra de Caná…? se lee en el “Viage de España” de D. Antonio Ponz.

Desde los “altos” de Cobisa y Argés, que como la palma de una mano se extienden tersos y horizontales hasta tocar la base de los Montes, es más fácil avistar lo elevado y lo distante. Aquí el estado de ánimo, fundiéndose con el paisaje se sosiega, y hasta la “corriente de conciencia” que aquejaba irrefrenable a Leopold Bloom, errante en viaje de vuelta a su Ítaca doméstica, parece que se interrumpe y suspende ante la ascética reducción del objeto de los sentidos. Pero solo durante un momento, y para fluir instantes después como un río más claro y profundo.

Caminamos y el pensamiento (como nuestra sombra) viene con nosotros, o incluso a veces nos adelanta, abducido por la línea mística del horizonte. El camino acuna al espíritu y la “paciencia en al azul del cielo” que invocaba Hubert Reeves siguiendo a Paul Valery, hace el resto.

La primera vez que en estas tierras toledanas me nombraron y llamaron “alhaja”, en un contexto normal y rutinario, me miré de arriba a abajo para acto seguido mirar intrigado a la que así me llamaba, dudando si me tomaba el pelo o era zíngara escrutadora de destinos perdidos. Pero no. La persona que así me motejaba era una compañera de trabajo en un escenario de total normalidad, o incluso de indiferencia hacia mis posibles méritos ocultos.

Para los que venimos de tierras más al norte, esta palabra así usada resuena con un timbre oriental y exótico, que nos pone en la antesala del mundo andalusí y morisco. Y algo parecido ocurre con algunas plantas, que en contraste con el paisaje sobrio y austero de la Armuña (por ejemplo) resultan novedosas para quien de allí viene. No poca curiosidad y sorpresa causaron en mí los altísimos tallos florales de las pitas, que embellecen las pendientes y tajos próximos al puente de San Martín. Y lo mismo puedo decir de las chumberas, tan abundantes que me hicieron recordar lo que Joaquín Costa dijo sobre nuestra absurda campaña africana, que sin ánimo belicista y con espíritu más equitativo él había alentado en otro momento. Intentona colonialista de última hora, que buscaba compensar anímicamente la pérdida de otras colonias (Cuba y Filipinas), como si aún fuera posible, con aquellos mimbres, un imperio en que no se pone el sol.

En su empeño regeneracionista y de reconstrucción nacional, contra caciques y oligarcas, Costa denunciaba el absurdo intento de ir a “proteger” y “desarrollar” Marruecos, cuando aquí ya teníamos chumberas y pueblos sin colonizar totalmente desprotegidos, necesitados de una “colonización interior”. Pensemos por ejemplo en las Hurdes, que Alfonso XIII visitó de la mano del doctor Marañón en 1922, y que Buñuel dibujó con trazos goyescos en su documental “Tierra sin pan” de 1932. Una locura parecida a la de querer construir una Europa contra los ciudadanos, una Europa de los mercados y en pos del imperio global del dinero. Esto de globalizarnos sin atender al malestar humano que dejamos detrás, es una especie de inflación, una burbuja, un globo que, más tarde o más temprano, nos explotará en la cara, como todas las burbujas en que soplamos viento. ¡Cafres! ¡Y soplagaitas!

Y una locura es también, escandalizarse e indignarse por los males de otras naciones, allende los mares, sin recalar en los vicios propios. Incoherencia que si no fuera tontería sería hipocresía.

De aquella campaña africana absurda y carente de verdad, salieron el desastre y matanza de Annual, cuya corrupción subyacente y mortífera puso al descubierto el informe del general Picasso, tío del genial pintor, y también salieron los militares africanistas ya entrenados y hechos al degüello, a cantar vivas a la muerte y a desear muertes a la inteligencia. Es decir, no solo el desastre (y la masacre) de aquel momento en tierra ajena, sino el desastre (y la masacre) que había de venir en nuestra propia tierra.

Posdata: “Las Hurdes, tierra sin pan” / (Buñuel, 1932) https://es.wikipedia.org/wiki/Las_Hurdes,_tierra_sin_pan

Toledo (1): una conversación telefónica.

 

Suena el teléfono:

-Dígame

-¡Juan…! ¡Juan…!

-Creo que se ha equivocado señora.

-¡Anda que…! ¡Cuántas veces me equivoco…! Perdona alhaja

-No se preocupe usted.

-Adiós cariño.

Breve conversación telefónica que mantengo esta mañana con una mujer ya anciana (a juzgar por la voz) claramente preocupada por su error. Y efectivamente su voz no me suena extraña, como si ya en otras ocasiones la anciana no acertara con el destinatario de su llamada, aunque el interpelado o interpelada en otros intentos no ha sido Juan sino María Jesús. Me imagino a la educada y amable anciana liándose con la agenda o las teclas del teléfono. Mi número debe ser parecido a alguno de los que ella maneja habitualmente.

“Alhaja”, he ahí una palabra que me sorprendió por su ubicuidad en las conversaciones más comunes cuando procedente de otra Castilla (la vieja de Salamanca) recalé en este Toledo para mi desconocido y recién descubierto.

Cuando aterricé en estas tierras, migrante laboral huyendo del paro y los contratos basura –ese hilo rojo que recorre el fluir ondulante y poco claro de nuestra preclara democracia-, tres cosas sobre las demás llamaron mi atención: el cielo y sus nubes, un puñado de palabras, y algunas plantas. Descontado, claro está, esa joya intemporal y eterna que es la vetusta y “hermosa” ciudad de Toledo, que aúna ciencia y magia, abismos y peñascos, ortodoxia y heterodoxia, Oriente y Occidente, el Corpus y el mago Illán.

Por las calles de esta ciudad suspendida en el tiempo y el aire, caminaron el cardenal Silíceo de las “limpiezas de sangre” ad maiorem gloriam del racismo pasado, presente, y futuro, y el marqués de Villena de las “redomas mágicas”, abstraído en profundos y elevados estudios en su laboratorio de ciencias venideras. Garcilaso y Cervantes, Marañón y Lorca, Buñuel y Dalí, Fleming y Einstein, se perdieron y se encontraron por su laberinto místico.

Esto de las limpiezas de sangre no es cualquier cosa, y hoy parece claro que es una de las claves de nuestra historia y su especial discurrir. No descubro nada nuevo. Imaginen, por ejemplo, que pudo pensar al respecto Juan Luis Vives, uno de nuestros más celebrados talentos, cuando tuvo que encajar que la Inquisición quemara a su padre y desenterrara los huesos de su madre, Blanquina March, para purificarlos también en el fuego.

Escogió vivir fuera de su patria natural y no volver (se fue a los 17 años). ¡Lógico! Cuestión de vida o muerte. Marañón en su trabajo sobre Vives, en su obra “Españoles fuera de España”, se plantea el enigma de su exilio en el capítulo titulado “El misterio de la emigración de Vives”. El mismo año que abandonó España quemaban a su maestro. La sangre del autor del “Tratado del alma” y de los “Diálogos” era “impura”, a efectos oficiales, por todos sus flancos, es decir, por sus cuatro abuelos. Era de origen judío. Víctor Klemperer, en una anotación de sus Diarios de 10 de abril de 1933, escribe: Se es “ajeno a la raza” o judío si se tiene un 25% de sangre judía, o sea si uno de los abuelos ha sido judío. Como en la España del siglo XV, pero en aquel entonces era cosa de la fe. Hoy es zoología y negocio”. En sus Diarios (“Quiero dar testimonio hasta el final”), Víctor Klemperer hace una descripción pormenorizada de su vida bajo el régimen nazi. Hay que decir sin embargo que en aquella España segregacionista que señala Klemperer, hubo también bastante negocio y su parte de zootecnia, término preferido por Unamuno para tratar el mismo tema, subrayando su grosera inhumanidad,  así por ejemplo en su artículo de El Sol de 30 de junio de 1932, que titula -sin palabras- mediante el símbolo de una Esvástica.

Había racismo y había negocio: “Merced a Tello Gómez, alguacil mayor de la Inquisición de Sevilla, de las casas confiscadas en esta ciudad al cambiador Diego Merchán y a Alfonso Sánchez, condenados con sus mujeres por herejes”, se lee en un documento de archivo.

En cuanto a la familia de Vives este fue el resultado y quizás la clave del exilio del gran humanista: “El año 1489 son quemados vivos dos tíos abuelos de Vives. En el año 1491 su abuelo materno. El 1507 su primo hermano. El 1509 su maestro TRISTANY. El 1524 son ajusticiados por el alto tribunal su padre, abuela, cuñados y primos. Y en 1530 se ordena desenterrar a la madre, muerta en 1508, siendo quemados sus restos” (Un Español en Europa. Una aproximación a Juan Luis Vives / José Peña González). Sobra decir que a los susodichos les importa poco computar en las listas de la Leyenda negra o en las listas de la Leyenda rosa.

Fray Luis de León votó en contra de la aplicación de dicho estatuto de limpieza en la Universidad de Salamanca, y no es de extrañar porque no solo teología o polémica “hebraísta” hubo en su proceso infame, sino también genealogías y linajes. La cosa venía de atrás.

Santa Teresa se opuso con igual firmeza a esa barbarie y no permitió su aplicación en las carmelitas descalzas, como tampoco San Ignacio en los jesuitas. Hoy sabemos que la santa de la raza era, según aquellos requerimientos administrativos del cardenal Guijarro (o Silíceo), de raza impura, pues procedía de judíos conversos -y judaizantes- de Toledo, parroquia de Santa Leocadia, que tuvieron que poner tierra por medio para refugiarse en Ávila, y quizás gracias a aquella fuga tenemos hoy santa. El abuelo de Teresa, Juan Sánchez, vecino de Toledo, fue condenado por la Inquisición en 1485 a acudir durante siete viernes seguidos a las diversas iglesias de Toledo con un sambenito infamante. Esos sambenitos se colgaban luego en las parroquias para que la gente supiera, a efectos de humillación, de donde venía cada cual. En este caso, Santa Teresa, la santa de la raza.

Dice Sebastián de Horozco (toledano y padre de Sebastián de Covarrubias, autor del Tesoro de la Lengua castellana) en sus Relaciones Históricas toledanas: “Es de notar que los sanbenitos de todos estos quemados se ponían e pusieron colgados en la claustra de la Sancta Iglesia de Toledo, a la parte del güerto en unos maderos colgados. E yo los vi allí. Mas porque andando el tiempo con los aires, soles y aguas los dichos sanbenitos estavan ya rotos y gastados y no se podían leer. Y por las razones y causas que a los señores inquisidores movió, fueron mandados renovar y poner en cada perrocha desta çibdad donde los tales quemados o reconçiliados eran perrochanos y en las iglesias de los lugares de donde eran naturales, lo cual se hizo en el año de mil quinientos y treinta y ocho años… Y así se pusieron en esta çibdad los dichos sanbenitos en las perrochas donde están. E yo lo vi. Lo cual pesó infinito a los confessos de Toledo, desçendientes de aquellos. E por esto todos o los más se han quitado y mudado los nombres antiguos que tenían de sus ágüelos y antepasados, que ya en esta çibdad no se hallarán quien de aquellos nombres y apellidos antiguos de confessos se llame… “.

“Confessos” son conversos. Hay que decir que el propio Sebastián de Horozco que así nos cuenta, era de origen judío. Se hace difícil comprender por otra parte, que tipo de sangre imaginaban aquellos clérigos limpiadores que corría por las venas de Jesús de Nazaret, sobre todo cuando sentaban catedra de eugenesia adjudicando un hedor especial y un rabillo en la parte baja de la espalda a los judíos.

Cervantes, otro marginado de la oficialidad reinante, se mofa con fino humor del estatuto racista en su entremés  El retablo de las maravillas, cuyo asunto tiene un precedente literario en el Ejemplo XXXII de “El Conde Lucanor”, donde se nos muestra como el imperio de una impostura y la falta de coraje para defender la verdad razonable, puede servir para controlar y aterrorizar a todo un pueblo, hasta que un humilde palafrenero de color decide desfacer -con valentía e independencia de criterio- el entuerto en el que todos, como ciegos guiados por un ciego y como peleles controlados por el miedo, caen y comulgan.

Y Cervantes, que casó en Esquivias con Catalina de Salazar, vuelve a la carga sobre el mismo asunto en el entremés La elección de los alcaldes de Daganzo, donde puede leerse el siguiente dialogo que es una ventana abierta a aquellos tiempos de nuestra patria y que nos permite quizás barruntar una conclusión, de aquellos polvos estos lodos:

BACHILLER. ¿Sabes leer, Humillos? / HUMILLOS. No por cierto, / Ni tal se probará que en mi linaje / Haya persona tan de poco asiento, / Que se ponga a aprender esas quimeras, / Que llevan a los hombres al brasero, / Y a las mujeres, a la casa llana. / Leer no sé, mas sé otras cosas tales, / Que llevan al leer ventajas muchas. / BACHILLER. ¿Y cuáles cosas son? / HUMILLOS. Sé de memoria / Todas cuatro oraciones, y las rezo / Cada semana cuatro y cinco veces. / RANA. Y ¿con eso pensáis de ser alcalde? / HUMILLOS. Con esto, y con ser yo cristiano viejo, / Me atrevo a ser un senador romano.

Brasero es el quemadero de la Inquisición, y la casa llana es la mancebía.

Por eso Toledo, “ciudad de las tres culturas” (¿cabe título más bello que este que multiplica las culturas y las humanidades?), donde Cervantes rebuscaba entre manuscritos árabes de la Alcaná (la judería menor) ideas para su gran historia, porque era “aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles…”, es encrucijada de nuestras contradicciones, cifra de nuestros altibajos, y crisol de la mezcla que somos. A veces tan abstraída en su sueño intemporal, que incluso ese estatuto de segregación de que hablamos fue finiquitado en el Colegio de doncellas Nobles (fundado por el cardenal Silíceo) tan tarde como en el año 1988 (diez años después de la constitución del 78 y dos años después de ser nombrada Toledo ciudad patrimonio de la Humanidad). Claro que a otro nivel, la Inquisición tuvo su postergado y vergonzante fin en el año 1834. Al respecto escribía Larra en 1836 en su artículo El día de difuntos de 1836: “Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez. Con todo, anduve buscando alguna nota de resurrección…”.

¡Se dice bien y pronto, que poco puntuales hemos sido siempre en nuestras citas con la historia! Y nos podemos dar con un canto en los dientes, porque el cardenal primado imponía su estatuto con estas lapidarias palabras, hechas de puro sílice afilado: “Estatuimos y mandamos que de aquí en adelante y por siempre jamás…”. Quizás por eso Larra andaba buscando notas de resurrección, ante esa amenaza de eternidad zombi y funesta.

Por lo dicho cabe concluir que según la concepción apologética del analfabetismo, tal y como la promulga el candidato a alcalde, HUMILLOS, en el entremés mencionado, Cervantes, ávido lector de casi todo y curioso insaciable, inquieto y multiforme, era carne segura de brasero, salvo prudencia y disimulo.

“Era mi padre aficionado a leer buenos libros, y ansi los tenía de romance para que leyesen sus hijos…”, dice Santa Teresa al principio de su autobiografía, donde cuenta también como empezó a despertarse su mente de edad de seis o siete años. Afición peligrosa según la tesis de Humillos, y que la predisponía a peligros sociales o a destinos poco virtuosos (la casa llana).

A finales de 1533, Rodrigo Manrique, hijo del antiguo Inquisidor general, escribió desde París al erasmista Juan Luis Vives en Brujas, sobre el encarcelamiento de Juan de Vergara (toledano también y de familia judeoconversa): “Dices muy bien: nuestro país es una tierra de envidia y soberbia; y puedes agregar: de barbarie. Pues, de hoy en más, queda fuera de duda que nadie podrá poseer allá cierta cultura sin hallarse lleno de herejías, de errores, de taras judaicas. Así se ha impuesto silencio a los doctos; en cuanto a los que corrían al llamado de la ciencia, se les ha inspirado, como tú dices, un gran terror. En Alcalá se trata de extirpar completamente el estudio del griego…”

El mismo Vives en carta a su amigo toledano Vergara decía: “Yo no estaré contento hasta saber que hay en España una docena de imprentas que editen y propaguen los mejores autores; sólo así los demás países se van limpiando de la barbarie”.

Toledo fue nombrada ciudad patrimonio de la Humanidad dos años antes que Salamanca. Patrimonio de una Humanidad sin limpiezas de sangre ni purgas étnicas. El marqués de Villena, que tenía buen gusto y espíritu inquieto, es personaje real y/o legendario de ambas ciudades. Frecuentó la cervantina y nigromántica cueva de Salamanca (o eso dice la leyenda) y destiló su ciencia avanzada en los subterráneos (o cuevas) de su palacio judeo-toledano, que luego habitó el Greco y que antes había pertenecido a Samuel-Ha-Levi, tesorero de Pedro I el cruel (curiosa saga de inquilinos). Mereció el marqués estudioso, que los libros de su extensa y variada biblioteca, síntesis y espejo de las tres culturas (ya que era muy copioso y mezclado en diversas ciencias, dice Fernán Pérez de Guzmán en Los Claros Varones), fueran quemados por un clérigo -Fray Lope de Barrientos- para dar ejemplo a los censores del futuro, incluidos los de la biblioteca del Quijote, y a tantos funcionarios del fuego intolerante que nunca se apaga, ni siquiera hoy. Clérigo que quizás confundió en aquellos libros –según la autorizada opinión de Feijoo- los límpidos dibujos de la geometría y los símbolos de la matemática, con los oscuros hechizos de la magia. Dice al respecto el Bachiller Fernán Gómez de Ciudad Real, Físico del Rey Don Juan el Segundo, en una carta al poeta Juan de Mena en la que pone a caer de un burro a Lope de Barrientos: “hizo quemar más de cien libros, ca no los vio él más que el Rey de Marruecos, ni más los entiende ca el Deán de Cidá Rodrigo, ca son muchos los que en este tiempo se fan dotos, faciendo a otros insipientes e Magos, e peor es ca se facen beatos, faciendo a otros Nigromantes”.

Feijoo establece conexiones lógicas o mitológicas entre la Cueva de Salamanca (sacristía de San Cebrián o San Cipriano) con los subterráneos toledanos, de la misma forma que los sótanos del palacio de Samuel Levi, dicen comunican con el Palacio de Galiana, o la cueva de Hércules con la cueva de Higares en Mocejón. Al respecto de esto último, Cristóbal Lozano (1609-1667) en sus “Historias y Leyendas” y hablando sobre la Cueva de Hércules cuenta la siguiente hablilla: …se dice, para comprobación de lo espacioso, largo y dilatado de esta cueva, que yendo un zagalejo huyendo de su amo, que quería castigarle, temeroso del castigo, que debía ser fiero, se entró, sin reparar en la oscuridad ni frio, por esta cueva adentro, y anduvo tanto por ella que vino a salir tres leguas de la ciudad, al camino de Añover, y dijo que topó en el camino otra boca de la cueva, por donde pudo salir.

Como se ve, la materia del sueño como mezcla informe de la realidad y germen del saber, es inagotable. Que nada malogra tanto la cultura y el placer del conocimiento como la falta de lectura y ausencia de debate. Que donde se queman bibliotecas se acaban quemando, antes o después, seres humanos. Todo es empezar.

 

 

Paseo en bici por los campos de Cobisa (Toledo)

Paseo en bici por los campos de Cobisa (Toledo)

Cobisa (Toledo) noviembre 2015

Cobisa (Toledo) noviembre 2015

Un nido para el mejor humanismo

Gregorio Marañón Bertrán de Lis recuerda en ‘Memorias del Cigarral’ las visitas a la finca toledana de su abuelo de grandes de la cultura como Marie Curie o Juan Ramón Jiménez
GREGORIO MARAÑÓN Y BERTRÁN DE LIS 13 OCT 2015 – 19:10 CEST
“No leyó como un actor, ni se complacía en la dicción de las palabras como suelen hacer los poetas, pero interiorizó con tanta inten­ sidad la realidad de sus personajes, que nos hizo verdaderamente temblar, como cuando el cante jondo hiela la sangre. Cuando Federico terminó, a Marañón se le saltaron las lágrimas”.
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/10/12/babelia/1444650109_866364.html?rel=rosEP

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