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EL INTERROGANTE

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Hay interrogantes sobre el pasado (quizás presente) que lanzan un interrogante hacia el futuro.

¿Será ese M. Rajoy que aparece en los papeles de Bárcenas como receptor de sobresueldos el mismo M. Rajoy que fortalecía el ánimo deprimido de Bárcenas en un mensaje de wasap?

En esta sencilla pregunta y en la respuesta que a la mayoría de los españoles nos inspire, se cifra el ser o el no ser de nuestro país.
Sin duda una respuesta no tan importante para la Humanidad como decidir si la Tierra es plana o redonda, o si la vida extraterrestre abunda o es escasa, pero que a esta pequeña escala de lo civil y lo político, le da a un país, en este caso al nuestro, la vida o se la quita.

A la Humanidad -incluso a la Humanidad europea- le importa poco si quien encabeza el gobierno de nuestra nación, y por tanto rige sus destinos, es un hombre honesto o un político corrupto. Es esta indiferencia un hecho grave al que la rutina de nuestro “sistema” nos tiene acostumbrados, y que impide una mínima coherencia en los planteamientos éticos que se supone Europa defiende de cara a un destino común. Pero al país en concreto al que este interrogante interpela, la respuesta le importa tanto que mientras no lo resuelva se moverá en círculos, como quien perdido el norte y la brújula no va a ningún sitio.

El no ir a ningún sitio puede ser una opción válida en el mundo de la mística o incluso desde una actitud ética consecuente puede ser defendido, visto a donde va el mundo. Pero desde el pragmatismo ingenuo de la política, siempre demasiado humana y cándidamente optimista, un país debe aspirar a caminar y llegar a alguna parte: por ejemplo a la democracia, o a la justicia social, entendiendo esta como la prevalencia del interés general sobre el interés privado aliado con la corrupción. Solo con alicientes como estos se puede caminar desde el pasado hacia el futuro.

Por eso es tan importante dar una respuesta a aquel interrogante: porque la democracia y la justicia son incompatibles con la corrupción, y se repelen como el agua y el aceite.

Urge dar una respuesta a este interrogante, y no nos vale una actitud escapista como la que defendía Bartleby el escribiente de Melville, que siempre “prefería no hacerlo” y sin su rutina ciega se sentía perdido. Lo que realmente nos puede perder es la ceguera voluntaria transformada en rutina.

Si por un casual el M. Rajoy, receptor de las mordidas de la corrupción que han arruinado a este país es el mismo M. Rajoy que preside la Marca España y nuestro gobierno, vamos aviados. Es decir, en caída libre y sin paracaídas.

Podremos entretenernos, preferir no hacerlo hoy ni mañana, comer palomitas, intentar digerir el Nodo recuperado del baúl de los recuerdos y puesto al día en en el canal catequético de la RTVE, pero mientras tanto la fuerza de la gravedad y la gravedad del asunto, nos siguen arrastrando hacia el centro de un abismo de cuya sombra será muy difícil salir.

Hay gente muy inteligente, incluso catedráticos de ética y profesores de ciencias políticas, que opinan que la corrupción (incluso presidiendo un país y dirigiendo un gobierno) es pecata minuta frente a los grandes desafíos que tenemos por delante. No comprenden que con corrupción no tenemos nada por delante, ni siquiera desafíos.

Y si me apuran, ni siquiera país.

“Indignaos” decía Hessel, que luchó toda su vida contra el fascismo y en defensa de los derechos humanos y la democracia. Y lo decía hace muy poco y desde el mismo corazón de la Europa que él ayudó a fundar.
Su mensaje sigue siendo actual. Desde luego mucho más actual y moderno que la indiferencia.

Dada la íntima ligazón con que la corrupción une pasados y futuros, el crucial interrogante que da título a este artículo (¿Gobierna la corrupción nuestro país?) es una urgencia nacional para antes de ayer.

Lo cierto es que salvar al soldado Rajoy puede echarnos a perder.

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Como decíamos ayer

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Como decíamos ayer, tras un breve paréntesis menos ancho que profundo (casi un abismo), estamos donde estábamos. Es decir, al principio.

Tras intentar el más allá estamos de nuevo en el más acá, o en todo caso no hemos avanzado mucho. Al menos en el sentido horizontal de quién persigue un horizonte, todo lo más en el sentido vertical de quién cae en picado. ¿Y esto por qué?

Habrá quien hable de “rémora” y de “lastre”, en todo caso de un peso muerto adherido a nuestra espalda y con el que no es posible avanzar. No hemos hecho del todo la transición de la dictadura, y ni siquiera hemos intentado la transición de la corrupción.

En cuanto a esta última, muchos pensaron que una vez más el tiempo haría su labor, y tras el olvido vendría la impunidad, el eterno retorno de lo mismo, la inevitable desidia de quien consiente. Pero no. Cada vez se consiente menos, y muchos ya no colaboran en la desidia. Esa falta de colaboración en la estafa es lo algunos se empeñan en llamar populismo. Que lo hay, pero no está ahí. Está en todo caso en determinadas Instituciones y en determinados medios manipulados.

Amén de otros asuntos. Dice Inés Arrimadas (entrevistada hoy por El País) que “el nacionalismo crece en los países enfermos, en los países que no funcionan”. Pues eso.
Pero ocurre que son ellos (junto al PSOE) el principal sostén de ese morbo, y el principal alimento para esa enfermedad.

El nuevo equilibrio del desorden global sigue sin echar raíces, ni siquiera en lo local. Más que reunión hay disolución. Nuevos átomos de soledad, repetidas ráfagas de violencia. No todos ven el futuro de la misma forma, ni comulgan en el  pensamiento único del capitalismo salvaje.

Como si el nuevo sistema fuera eso: violencia con intención de unificación. O de clasificación. Un nuevo feudalismo. Y lo que produce, paradójicamente, es disgregación. Una nueva confrontación. Un nuevo desorden a escala global.

Los efectos de la corrupción prevista (una constante inevitable del sistema, según algunos) son cada vez más duraderos y están más presentes. Quizás porque esta vez la corrupción y la miseria que arrastra fue gestada con intención de futuro, de epílogo de la historia, de solución final. Y al final no hubo solución ni tampoco hubo final, sino un presente siempre inestable, asfixiado bajo su peso muerto, y agitado por su falta de futuro.

Cargamos con un pasado inmediato (mas otro que viene de atrás) poco recomendable, como quien carga con un saco de patatas echadas a perder. Intentamos ventilar el almacén e intentamos desconocer lo que sabemos. Pero es imposible.
No conseguimos homologarnos. Seguimos diferentes.

Se dice que todo depende de la dosis. Y esta vez la dosis se ha superado con creces.

Intentar digerirla es intoxicarse.

 

 

Abstenciones preocupantes

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El triunfo de Pedro Sánchez ha supuesto una inyección de ilusión para muchos militantes socialistas. Me refiero a los militantes que no abandonaron, decepcionados, ese proyecto, porque lo cierto es que han sido muchos los que sí lo hicieron, y o bien perdieron todo interés por la política o recalaron y prestaron su apoyo a otras formaciones. Por ejemplo Podemos.

La ilusión es el combustible que lo mueve todo, y sin ella la maquinaria primero se gripa y luego se para.

Esto es lo que les ha pasado a muchas maquinarias socialistas de Europa, que mientras sus aparatos marchaban a todo gas en la dirección neoliberal que imponía el mercado, sus maquinarias militantes, más cerca de la realidad, con más sentido común y bastante más sentido histórico, se iban gripando.

En algunos de estos casos la catástrofe ha sido inevitable porque el mal estaba ya muy avanzado. En otros, una reacción a última hora ha salvado los muebles de momento y los supervivientes aspiran a habitar de nuevo en el territorio de la izquierda, que pese a quien pese tiene más sentido y futuro que nunca, y esto por distintos motivos: humanitarios (que es lo mismo que decir de civilización), de defensa de la democracia como sistema irrenunciable, y de urgencia medioambiental.

Moscovici es un comisario de esa Europa que degenera a toda prisa y sin remedio a la vista.

Si hace apenas unas semanas, el susto y la congoja de los gerifaltes europeos ante posibles derivas electorales que confirmaran el malestar general, determinaba que el neoliberalismo rampante que hoy intoxica a Europa recogiera velas y se hablara incluso de una “refundación social” de Europa, hoy, apenas transcurridas esas pocas semanas, aquella lección de humildad que decían haber aprendido en medio de aquellas turbulencias (Brexit incluido), se les ha olvidado, y lo social acaba de nuevo postergado frente a los imperativos de la desregulación y las exigencias del mercado.

Se trata desde luego de una desmemoria veloz.

Es así que el comisario Moscovici, socialista a beneficio de inventario, ha podido llamar a capítulo al socialista Pedro Sánchez para conminarle a que obedezca y entre por el aro, aconsejándole que suscriba con entusiasmo positivo el pacto comercial entre Canadá y la UE, tratado comercial que llaman CETA por sus siglas en inglés. Tratado que según opinión bastante extendida pone más acento en la desregulación y la explotación humana, que en los derechos laborales y el medio ambiente. O dicho de otro modo, pone los intereses financieros muy por encima de casi todo lo demás, incluida la calidad democrática.

Afea Moscovici a Sánchez que sea renuente y dubitativo ante el CETA, quizás lastrado -el nuevo líder socialista- por escrúpulos sociales o socialdemócratas que hoy ya no forman parte -según Moscovici y compañía- del canon de la posmodernidad salvaje que se quiere para Europa.
Y le anima severamente a que no contradiga con sus peros el “patrimonio común europeísta”, patrimonio que a todas luces sigue siendo neoliberal, es decir, radical e insolidario, y en última instancia bastante ajeno a los controles propios de una democracia.

¡Hay que ver que giros retóricos y que frases rimbombantes y solemnes se utilizan hoy para condimentar y vestir de príncipes a los sapos que nos tenemos que tragar!

“Patrimonio común europeísta” dice el comisario para patrocinar una globalización que deja fuera mucho de aquello que precisamente define a Europa, que es -o era- su sensibilidad social y su defensa de los derechos humanos.

Luego los animadores ideológicos de esta cosa que está causando tanto “orden” mundial, se pondrán estupendos y archimodernos, y dirán que los que nos oponemos a este tipo de tratados, somos enemigos del comercio y cosas más horrendas. O que en la Edad Media habríamos perseguido judíos, como representantes que eran en aquel tiempo -o incluso en este- de la iniciativa comercial y el espíritu moderno.
Pues ni una cosa ni la otra: ni somos enemigos del comercio, ni mucho menos antisemitas, ni nos comemos crudos a los erasmistas de hoy.

Otros son los que llenos de incoherencia hacen compatible el comercio desregulado a favor de las finanzas -esa gran y escueta libertad- con la xenofobia que levanta muros por doquier.

La escena consiste por tanto en un socialista europeo conminando a otro socialista europeo a que dé el visto bueno a una globalización “ultra” y “radical” que podían haber suscrito con euforia y entusiasmo esos adalides del socialismo y de los derechos sociales que fueron Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

Pero lo preocupante es que el nuevo PSOE sigue en el limbo de la indefinición, y a lo más que llega es a decir -ante la oportunidad de censurar un gobierno corrupto hasta el fondo del armario, o de rechazar un tratado antisocial y antiecológico- “me abstengo”.

Del no es no a una abstención doble, desdibujada y pusilánime, en muy poco tiempo: ¡preocupante!

Ya sabemos que Pedro Sánchez y el PSOE vienen de su infierno particular y de una falta de credibilidad ganada a pulso, pero el limbo no es el mejor sitio para recuperar el tiempo perdido y la credibilidad.

Y es que es mucho lo que hay que recuperar, porque es mucho lo que se perdió.

Y seguimos perdiendo a toda prisa. Así que abstenerse ante esa pérdida hace que las segundas oportunidades caduquen muy rápido.

Más claro lo tiene el PP, núcleo duro de la “gran coalición” propuesta por González, que una vez que ha cogido el carril de la corrupción, ni duda, ni se distrae, ni da bandazos. Es de una idea fija que impresiona; robar a tutiplén y negar la mayor.

Frente a este despliegue de autoayuda y confianza en sí mismos, cuyo apoyo teórico no es precisamente Montesquieu sino Celia Villalobos, sobre todo cuando dice inspirada que quien no arrambla con todo y se lo lleva a un paraíso fiscal es que es monja de clausura o pobre de espíritu, mostrando directamente a los ciudadanos -para que sutilezas- cuál es el camino a seguir y la filosofía que triunfa, este otro dudar del PSOE entre el “no” y la “abstención” quizás debido al miedo a irritar a los que mandan sin pasar por las urnas, nos indica que la unión de la izquierda sigue un poco cruda, de lo cual -qué duda cabe- se beneficiará Rajoy y la corrupción que ampara y patrocina.

Todo va como la seda

Montoro

 

Como diría nuestro inefable y huidizo presidente del gobierno, al que desde aquí le recomendamos que sea fuerte y le aseguramos que hacemos todo lo que podemos: todo va como la seda.

Somos la vanguardia, el ejemplo a seguir, y como viene siendo tradicional, la reserva espiritual (y futbolera) de Occidente. Somos la repanocha.

En nuestros dominios no se pone el sol porque no sale. Como seremos que hemos estrenado el mecanismo europeo para liquidar bancos en dificultades, después de todo lo que nos ha llovido encima en este terreno anfibio y resbaladizo del rescate bancario.

Ya digo: la vanguardia de la posmodernidad.

Este “estreno” avant-garde de un mecanismo de liquidación debe ser algo muy parecido a ir por delante de todos los demás en I + D.

Que nadie dude que estamos abriendo caminos desconocidos, nuevas vetas de negocio, nuevos mecanismos de saqueo y liquidación, nuevas maneras de estafar a la gente, inusitadas maneras de llamar a las cosas por su falso nombre.

Nunca hemos sido rescatados y quien diga lo contrario miente.
Que a cambio de “esa cosa” que algunos insisten en llamar rescate hayamos comprometido el recorte de nuestros derechos y suspensión de todo lo que da fundamento y sentido a una sociedad: los instrumentos sociales de cohesión, la sanidad pública, la educación, las pensiones… no significa nada. Es como si no hubiera ocurrido.

Usted puede vaciar de contenido un Estado y aun así quedará una cáscara con un bonito nombre: España, Estado, Patria, Unidad nacional… lo que usted quiera.

Como animales primigenios de aquel paraíso terrenal de inocentes, tenemos el don libre y estupendo de poner nombre a las cosas.

Lo que pasa es que a veces las palabras y los nombres usados en vano se parecen mucho a las burbujas que explotan.

Leo en artículo de El País: “El 9 de junio de 2012 España pide el rescate. Rajoy y Guindos insistieron en que este préstamo sólo conllevaba condiciones para el sector financiero. Sin embargo, al poco se reconoció el contenido del memorando, que recogía un largo listado de reformas económicas. La Troika aterriza en España. Se congelan las pensiones, se recorta la prestación de paro, se ajusta la plantilla de sanidad y educación y se aprueban las mayores subidas de impuestos de la historia reciente”.

Que un montón de banqueros inútiles, y un montón de supervisores inútiles -inutilidad que en este ámbito va unida tantas veces a la delincuencia- haya hecho piña con una recua de políticos corruptos y aforados para llegar a este punto, no tiene mayor trascendencia.
Lo importante es que hemos llegado a tiempo de rescatarlos, a unos y a otros.

Aunque sea a costa de las pensiones, y de la sanidad, y de la educación, y del futuro de los más jóvenes.
Me atrevería a decir que a cuenta incluso de la unidad nacional. Pero en fin, en este terreno todo lo que se diga suena artificioso, cuestionable, metafísico.
Lo real, lo verdaderamente palpable, es que los corruptos de Cataluña se parecen como dos gotas de agua a los de Madrid, y que los recortes de allí se parecen mucho a los del resto de España.

Ahora eso sí, en lances de fútbol nos implicamos como nadie. Qué pasión ponemos, cómo lo vivimos, qué delirio colectivo y solidario, que manera de gritar todos a una -como Fuenteovejuna- ese Gooollll estentóreo que aterroriza como un trueno de tormenta a todos los perros del barrio.

Por cierto, ¡que grandes psicólogos son estos inteligentes animales!
¡Como detectan! ¡Cómo huelen el peligro!

A ellos, el desmadre futbolero y el discurso sincopado y reducido a un sólo término evacuado con doloroso espasmo de abdominales: ese Gooollll que dice tanto con decir tan poco, les produce terror.
A mi horror vacui.

El Tribunal Constitucional dicta ahora sentencia en la que establece que la amnistía fiscal del alegre  Montoro no es de recibo ni envuelta en papel de regalo. Y es que Montoro, un auténtico anti-Robin Hood que -como todo neoliberal que se precie- roba a los pobres para dárselo a los ricos, se sacó de la manga un procedimiento que a cualquiera con espíritu democrático y dos dedos de frente, ya desde el primer momento parecía cosa rara, sin pies ni cabeza. Algo así como un fraude (anticonstitucional) bendecido por altas instancias cuya finalidad era bendecir y dar por buenos otros muchos fraudes más.

¡Pero a quien se le ocurre perdonar a los defraudadores fiscales para hacer pagar el fraude y sus consecuencias a los que no defraudan!
Es decir, a los pensionistas, a los asalariados, a los trabajadores públicos, a los dependientes, a los parados, a los que menos tienen.
¿Es esta la igualdad ante la ley que pregona la Constitución?

¡Mira que tenían razón los indignados del 15M!

La crisis la están pagando sus víctimas. Los autores y fautores se van de rositas.

El invento del alegre Montoro afecta, según se lee: “a la esencia del deber de contribuir al sostenimiento de los gastos públicos, alterando sustancialmente el reparto de la carga tributaria a la que deben contribuir la generalidad de los contribuyentes, según los criterios de capacidad económica, igualdad y progresividad”.

Por otro lado, el gobierno portugués, lleno de “extremistas de izquierdas” y de “radicales”, según la terminología al uso de los lavadores de cerebros, es al día de hoy la envidia y el ejemplo de toda Europa, y motivo de satisfacción y orgullo para sus ciudadanos.
Y todo gracias a una fórmula de coalición de izquierdas que se podría haber aplicado en España sí Felipe González y su gestora golpista no se hubieran empeñado en lo contrario.

Protección de los salarios, de los servicios públicos, de las pensiones, de una política socialdemócrata que sin complejos le ha plantado cara, en su defensa de los derechos sociales, a la barbarie neoliberal en Europa.

A ver si aprendemos.

Según dicen, ellos han aprendido mucho de nuestros errores.

 

 

POSDATA: El secreto detrás de la increíble recuperación económica de Portugal: ¿cómo hizo para reducir el déficit y al mismo tiempo aumentar los salarios http://www.bbc.com/mundo/noticias-39494514?#_=_

El milagro de la izquierda en Portugal frente al auge de la ultraderecha http://www.elespanol.com/mundo/europa/20161125/173483510_0.html

9 de junio de 2012: el día que España tuvo que pedir el rescate | Economía | EL PAÍS http://economia.elpais.com/economia/2017/06/08/actualidad/1496944711_618627.html

El Constitucional anula la amnistía fiscal y deja en evidencia a Montoro http://politica.elpais.com/politica/2017/06/08/actualidad/1496933024_470959.html?id_externo_rsoc=FB_CC

Estado de Deshecho y un libro

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Entenderemos mejor lo que ocurre si pensamos que Esperanza Aguirre es símbolo y sacerdotisa del Estado de derecho (¿o de deshecho?) y musa lacrimógena del neoliberalismo cañí.

O si nos preguntamos a menudo por qué razón Felipe González predica con tanta pasión la “gran coalición” con el PP, aun conociendo los mensajes vergonzantes de Rajoy a Bárcenas, y su proyecto político de liquidar el Estado del bienestar.

O por qué este mismo González utilizó una puerta giratoria para cobrar por aburrirse -como el mismo confiesa- habiendo podido utilizar una puerta normal y aburrirse como todo el mundo, gratis y sin cobrar.

O por que Esperanza Aguirre ponía la mano en el fuego por toda su tropa de colaboradores, conociéndolos a fondo, con el mismo gesto melodramático con que Felipe González la ponía por Jordi Pujol, del que desconocía muy pocas cosas.

O por qué no existe en el mundo “normal” ningún país con más aforados que España.
Eso se llama ser previsores, e ir preparando el terreno y acondicionando la cueva (de Ali Baba).

O por qué tantos compis-yoguis de la casa real acaban detenidos o en el trullo, que no son uno ni dos. Que casi los salones reales parecen la corte de Monipodio, el sevillano.

O por qué tenemos los fiscales más raros de todos los países de nuestro entorno, que cuando no hacen de abogados defensores de gente de posibles (consiguiendo imposibles), hacen de obstructores de la justicia en favor de los corruptos.

O por que los medios públicos de información son órganos de propaganda del gobierno, liberalismo puro que acostumbra a dar lecciones muy sentidas sobre la tiranía.

Si el mundo que nos rodea es tan raro (especialmente en España) es porque algo no va bien, sino que al contrario, va muy mal.

Y esto es lo que intenta explicarnos Tony Judt en su obra “Algo va mal”, de lectura imprescindible para entender el momento presente.

Dice al comienzo de su obra:
“Durante los primeros años de este siglo, el consenso de Washington había ganado la batalla. En todas partes había un economista o experto que exponía las virtudes de la desregulación, el Estado mínimo y la baja tributación. Parecía que los individuos privados podían hacer mejor todo lo que hacia el sector público. La doctrina de Washington era recibida en todas partes por un coro de animadores ideológicos: desde los beneficiarios del milagro irlandés (el boom de la burbuja inmobiliaria del tigre celta) hasta los ultracapitalistas doctrinarios de la antigua Europa comunista. Incluso los viejos europeos se vieron arrastrados por la marea. El proyecto de mercado de la Unión Europea -la llamada agenda de Lisboa-, los entusiastas planes de privatización de los gobiernos francés y alemán: todos atestiguaban lo que sus críticos franceses han denominado el nuevo pensamiento único“.

Una reflexión y una pregunta:

La reflexión: siempre hay que desconfiar del entusiasmo feroz, porque a menudo detrás de esa hipérbole emotiva suele esconderse el pensamiento único. Que es el más pobre de los pensamientos.

La pregunta: vista la podredumbre que rezuma por todas sus costuras la gran “revolución” ultraliberal, que se zampó a la socialdemocracia europea de un sólo bocado, como si fuera un pincho moruno (síntesis digestiva que hoy llamamos “sistema”), ¿acaso el rufián y malandrín de toda la vida –de Monipodio a esta parte- necesita algún soporte ideológico o teorizar académicamente en torno a su falta de escrúpulos?

Para mí que no.

No se sí en un libro sobre economía, sobre política, sobre la sociedad actual y sus dislates, tiene sentido hablar de sentimientos.
Sea como sea, Judt se atreve y titula uno de los capítulos de su obra: “Sentimientos corruptos”, y lo introduce con esta cita de Tolstoi (Anna Karenina):
“No hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan”.

En este sentido, nuestro actual presidente de gobierno es un líder de la normalidad y de la costumbre. Cuando la corrupción se indulta -como él dice y sostiene- con los votos, triunfa la normalidad y reina la costumbre. Lo mismo pensaba Hitler.

¿Alguna vez nos da por pensar, entre derbi y derbi, o entre bostezo y bostezo, que nuestra normalidad es muy anormal? ¿Que no sólo soportamos, sino que votamos y elegimos gobiernos corruptos?

Para los acérrimos partidarios de la tesis de Rajoy según la cual todo va como la seda (supongo que lo mismo les dirá a los jueces que le interroguen), sirvan de reflexión también estás otras líneas de Judt:

“Hemos entrado en una era de inseguridad: económica, física, política. El hecho de que apenas seamos conscientes de ello no es un consuelo: en 1914 pocos predijeron el completo colapso de su mundo y las catástrofes económicas y políticas que lo siguieron. La inseguridad engendra miedo. Y el miedo -miedo al cambio, a la decadencia, a los extraños y a un mundo ajeno- está corroyendo la confianza y la interdependencia en que basan las sociedades civiles”.

Y yo pregunto:

¿Acaso se puede confiar hoy en España en los políticos que nos gobiernan, en los fiscales que nos defienden del delito, o en los bancos que guardan nuestros ahorros?

Timos y estampitas

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Cuando Obama dijo recientemente en Grecia que las reglas no son iguales para unos que para otros, Al capones versus bípedos implumes (o desplumados), y que nuestro actual “sistema” (tan digno el) es esencialmente un timo que aconseja cambiar de máscara o de rumbo, debía tener en mente, entre otros, el timo de Volkswagen.

Todo lo que se diga sobre este asunto es poco, también por el contraste y la diferente actitud que la empresa timadora mantiene hacia los timados, según sean de USA o de España, rubios o morenos (no pocos de estos últimos en España).
Que hasta ese extremo llega la desigualdad en las reglas, y en las compensaciones por el perjuicio ocasionado.

De hecho en España no hay compensación alguna ni indemnización por el timo.

Pero lo que ya impone una falta de respeto total es la actitud de nuestro gobierno (y demás órganos vigilantes), que parece un pelele ante las órdenes secas y cortantes de la empresa en cuestión (que encima se crece), y el ministro del ramo dice genuflexo “si bwana”, como si fuera un sicario a las órdenes de mafiosos y mangantes, y no representante de los ciudadanos que le pagan la nómina.

Y es que en este turbio asunto, en el que al fraude confesado se une el desprecio por la contaminación ambiental y la voluntad meditada de estafa y engaño, nuestro gobierno, tan dócil al látigo como a los favores de doña Merkel, lejos de protestar y reclamar explicaciones, pone de su parte la “estampita” que completa y da color local al timo germano.

La estampita necesaria para acicalar el fraude, que es digna de enmarcarse y colgarse, para ilustración de inocentes, en el museo de la infamia, toma la forma en este caso de carta de la DGT (Ministerio del Interior) que anima a los estafados a que pasen por el aro (“… debe usted realizar la medida de servicio”), dóciles como borregos y mudos como estatuas, abusando de una autoridad institucional que estaría mejor empleada combatiendo el timo y persiguiendo a los timadores, y no acoquinando a los timados, de parte de la empresa timadora.

¿Se habrá visto alguna vez a un Ministerio del interior -no siendo el español- colaborando en semejante fregado?

Pena de país, que más bajo no puede caer.

Son este tipo de cosas las que convencen al ciudadano de que no vive bajo el imperio de la ley, sino bajo la égida del gansterismo desalmado y a dos bandas, con su brazo económico y su brazo político.

Frau Merkel tiene en Rajoy un siervo bien obediente.

Este es un mundo raro (deja vu) en el que a quien quema o rompe fotos del “líder” lo meten al calabozo, y a quien anima a un colega corrupto  -mediante mensaje telefónico- a que resista la acción de la justicia, el fiscal ni siquiera le envía una misiva en reclamación de explicaciones.

No muy distinto habría ocurrido en la Corea de Kim Jong Un, o en la España de Franco.

Y es que en la España del caudillo, este tipo de cosas (y peores) ocurrían a menudo. Recordemos el caso de Fernando Arrabal que llevado de un entusiasmo transitorio o de un dolor de muelas se cagó en la patria, y por costumbre aquilatada del régimen acabó entre rejas. Donde podría haber acabado también James Joyce por escribir el “Ulises”, épico, escatológico, y blasfemo, a partes iguales.

Tuvo suerte Arrabal que Vicente Aleixandre y otros amigos le echaron un cable, y declararon liberal y poéticamente que nuestro autor tenía una gata llamada “Patra” y a ella se había referido (trabándosele la “i”) la expresión escatológica.

Y aunque no hubiera tal gata y Arrabal dijera en verdad y con todas sus letras “patria”, obvio es que no se refería al conjunto de los españoles, ni siquiera a su propia nación (el, tan español), sino a un régimen fascista heredero y colofón de otros no mucho mejores.

Que a veces pienso si la forma extrema y llamativa de manifestarse los ciudadanos de a pie, no será el reflejo de la forma extrema de manifestarse y comportarse las instituciones.

Las consecuencias de quemar o romper la foto de un rey o de otro líder político, son bastante menos palpables que las consecuencias de desahuciar familias enteras al mismo tiempo que se amnistían defraudadores fiscales. Estas últimas acciones si son provocadoras, incívicas, y gamberras.

Si a este estado de cosas relativas a la libertad de expresión -en un país que tanto la ha maltratado- y que nos retrotrae con fuerza a un tiempo remoto, unimos también el nuevo caso Trueba (en su segunda ofensiva), comprobamos que en nuestro país se vive una apología de los modos del franquismo, que ni siquiera el post franquismo más delirante habría soñado nunca lograr.

 

Salvar al soldado Rajoy

El soldado Rajoy se había quedado atrapado entre horizontes penales y colegas que sabían demasiado, es decir, en las líneas enemigas de los amiguitos del alma.

Presa del pasmo, se le veía un pelín dubitativo y parado, recalcitrante a la acción positiva y eficaz, incapaz de coordinar la verdad metafísica de su conciencia con la función mecánica de sus piernas, que ya no sentía, como aquel otro héroe del Vietnam, de escasas luces que llamaban Rambo.

Como un centauro cuyas medias verdades y mentiras enteras, no se hubieran resuelto del todo en pezuña firme y sólida para empezar a correr lejos de la justicia, boqueaba pidiendo ayuda y unos fórceps compasivos para completar su extraña y compleja metamorfosis: transitar de la pena como destino seguro al indulto garantizado como premio al delito.

Y aunque en esta guerra el sólo era un peón, para la victoria final -cuya recompensa es poder trincar a gusto y sin medida- el soldado Rajoy era una pieza clave.
Así que se organizó un comando experto en golpes de mano para salvar al soldado Rajoy, al mando de un sargento chusquero que en otros tiempos fue altivo general (en el argot de la milicia se entiende por “sargento chusquero” aquel que por un chusco de pan es capaz de cualquier cosa).

Dentro de la estrategia psicológica que acompaña a toda guerra total, era imprescindible convertir al soldado Rajoy en un símbolo, no de la impunidad triunfante, que esto no está bien visto aún del todo en nuestro país, sino de la España sufriente y doliente, de la nación en peligro, último argumento de los que no tienen ninguno.

Salvar al soldado Rajoy era salvar a España -porque lo digo yo-, aunque se hundan los españoles todos. Que el concepto “España” no necesita de españoles vivos. Y viva la muerte, como diría el otro.

¡Iros a Génova! gritaban los últimos de Filipinas.
¡Ya vendrán otros para repoblar el cuarto de esclavos! respondían los amos.

Y cuando aquel comando intrépido llego hasta su objetivo -no sin pasar antes mucha vergüenza y fatiga- el soldado Rajoy, puestos los pies a remojo en una ría gallega y ciego hasta las cejas de marisco del bueno, les saludó muy cortésmente:

¡Hola camaradas!
¡Si gustáis, el banquete está servido!

Ethos y Pathos

Al final hay que concluir que el problema de España no es político, ni territorial, ni de mística identidad incomprensible, ni de inefable destino en lo universal, ni de enigma histórico, sino ético.
A pesar de ser abanderados de la fe, y cruzados de la ortodoxia (cualquier ortodoxia nos viene bien, la que se tercie; ahora lo somos, porque así cuadra, de la ortodoxia neoliberal y austericida), eso no oculta el problema esencial: tenemos un problema moral como la copa de un pino.

¿Ustedes se imaginan este país sin corruptos?
¿Dónde podríamos estar ahora si no se hubiera robado tanto dinero público y durante tanto tiempo?
Hagan cuentas y echen a volar la imaginación. Crean, por un momento, en un destino mejor.
Quizás nuestros jóvenes no tendrían que emigrar. Quizás tendríamos dinero para nuestra sanidad, nuestra educación, y nuestras pensiones. Bastaría no robar tanto para poder dar una vida más digna a nuestros dependientes.

Porque además, a este nivel al que nos referimos, no se roba por necesidad, se roba para el lucro y el exceso. Y además se roba a lo grande, en cantidades industriales, mediante cifras que al ciudadano medio causan vértigo.

Rajoy, al que le interesa mucho mirar para otro lado y quitar hierro al asunto, echa balones fuera diciendo que la corrupción está en la condición humana (ayer mismo se lo volví a escuchar, intentando explicar, así, su impotencia ante Rita Barbera, última etapa de una serie dilatada y flácida de impotencias). Esto le hace irrecuperable como político, porque pareciera que la condición humana va por barrios, y aquí en España (y sobre todo en su partido) más que condición humana es afición gozosa y perversa.

¿Cuántos aforados hay en Alemania?
¿No hay países en nuestro entorno donde un político dimite por copiar una tesis doctoral?

Así que esta corrupción que nos hunde, no es una corrupción a salto de mata. Es una corrupción organizada, planificada, gregaria, corporativa, tejida de complicidades y silencios, donde la condición humana no ha sido víctima de un arranque pasional, sino que se ha tomado su tiempo en elaborar un plan, en diseñar un clima, en entronizar un régimen.

¿De dónde procede la impotencia de Rajoy ante tanto corrupto como le acompaña en su dudoso y sinuoso camino?
Háganse esta sencilla pregunta.
¿Por qué en esta materia tan triste vamos del PP al PSOE, y del PSOE al PP, y vuelta a empezar?
Sigan preguntándose mientras les quede un hilo de voz, un resto de aliento cívico.

Lo que de verdad nos devolvería y nos reconciliaría con la condición humana, sería pensar en los dependientes, en los enfermos, en los niños que se tienen que educar, en los ancianos que recorren su última etapa ya sin fuerzas, antes de meter la mano en la caja del dinero de todos. Esa caja que se llena con tanto esfuerzo y se vacía tan rápido cuando se roba a manos llenas.

No es este un tiempo en que debamos buscar pasar página a toda velocidad. Es este un tiempo en que debemos leer la lección con parsimonia y detenimiento: este régimen está acabado.

Este país necesita echar nuevas raíces, más sanas, y eso sólo puede hacerse desde las urnas, expulsando de las instituciones mediante el voto a los corruptos.

Técnicos, místicos, y aprovechados

lobbie

“Me da terror la idea de que cualquier día me convierta en estrictamente contemporáneo. Así, a lo tonto”

“Si un uno por ciento de los habitantes del mundo tiene el mismo capital que el resto de la población, este mundo es una mierda. ¿Cómo alguien puede defender esto y hablar peyorativamente de los antisistema? ¿Cómo no voy a ser antisistema? Por honradez, coño, por decencia. Me parece una obviedad”. (JOSÉ LUIS CUERDA / El País, 9-sep-2016).

 

Hablar de tecnócratas sin ideología es como hablar del sexo de los ángeles.

¿Pero alguien cree que puede haber ángeles -hechos a imagen y semejanza del hombre- que carezcan de sexo, aunque sea metafísico?

¿Y alguien cree que puede haber tecnócratas, por muy bien pagados que estén -o quizás por eso mismo- que carezcan de ideas muy concretas sobre sus propios intereses y los intereses de los que les contratan?

Lo que pasa es que la alergia que hoy produce la ideología y todo lo que huela a ideas, sobre todo si estas son contrarias al catecismo oficial –que también es ideológico-, unido a la mala prensa que arrastra la incurable manía de pensar y sacar conclusiones empíricas de los hechos que la realidad nos presenta (desigualdad creciente, corrupción generalizada, migraciones masivas a la desesperada y con el agua al cuello, catástrofe ecológica que nos mete de lleno en el antropoceno), se justifican y encajan mejor si nos dejamos llevar del hocico, en el consuelo de que nos guían tecnócratas que -como los ángeles- no tienen sexo ni intereses. Lee el resto de esta entrada

A paso de cangrejo

Cangrejos

Ya sé que el batiburrillo íntimo de la maquinaria política no debería interesar a nadie sensato, salvo que el ruido que emiten sus engranajes sea estentóreo y, como si dijéramos, síntoma “mayor”.

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