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Siempre nos quedará la duda

Selva

 

Más allá de la incertidumbre y el limbo en que se mueve y flota nuestro dinero piroclástico, siempre nos quedará la duda de si las criptomonedas de los cleptómanos virtuales (bitcoin, zerocoin, cloakcoin, dash…) que con sus ransomvirus piden hoy el rescate de sus secuestros malévolos, pertenecen al ámbito legítimo de la desregulación y de las fuerzas vivas del mercado, o son la versión 3.0 del bandolerismo de Sierra Morena.

Dicho esto sin tener nada claro si legitimidad y desregulación son entre si conceptos compatibles, o si el capitalismo salvaje hoy reivindicado es efectivamente una nueva forma de bandolerismo en que la economía más moderna hace síntesis con el casticismo armado de trabuco.

Quizás una pista esté en Esperanza Aguirre, símbolo y metáfora de tantas cosas, que es al mismo tiempo neoliberal ultra y castiza retro.

En cualquier caso, ya el hecho de que se hable de las “fuerzas” del mercado, y no de las “ideas” o de la inteligencia del mercado, nos debe orientar sobre la naturaleza de la cuestión y orientar también sobre su posible respuesta.

En este caso el lenguaje es significativo.

Al optar nuestra economía y nuestra política -que ya es sólo económica- por el término “fuerzas” en contraposición al concepto “ideas”, nos están descubriendo, los promotores de esas fuerzas ciegas, su firme decisión de descender unos cuantos peldaños en la escala evolutiva, para imitar sin complejos ni falsos pudores la naturaleza selvática de la selva, y recuperar para bien o para mal, pero sobre todo para mal, aquellos periodos de la tierra primitiva en que la vida inteligente aún no había aparecido, y el único motor de todo devenir era la fuerza bruta.
En automático, sin reflexión, por las bravas.

El interrogante que el reciente ciberataque planetario nos plantea, recae en el carácter legítimo (o no) de la desregulación, y consecuentemente también de la desregulación de la ilegitimidad, o de la ilegalidad a secas, y si todo este trabalenguas ético y jurídico es indicativo y sintomático de algún lío mental en que nos hayamos metido sin darnos cuenta.

Casi como aquel que encontrándose en un parque temático sobre paraísos fiscales, comiéndose un helado de vainilla, se pone a caminar, y así a lo tonto, a lo tonto, de palmera en palmera paradisiaca, se encuentra de repente en lo más profundo de la selva oscura de Borneo, sin brújula, sin machete, y rodeado de fieras.

Que una cosa es la teoría y otra la práctica; una cosa un parque temático, y otra cosa muy distinta una tropa de alimañas y fieras desatadas, en su ambiente y en su salsa, dentellada va dentellada viene.

O encriptación va y secuestro viene. O privatización va y saqueo viene. O recorte va y reforma no la esperes.

En todo caso, resulta paradójico y sorprendente que una de nuestras empresas más selváticas, Telefónica, buque insignia o pirata de la desregulación más descocada y cruel, no tuviera sus ordenadores protegidos contra los ataques de esa selva que explota, cultiva, y predica.

Pero es que son así: primero se ponen selváticos para arrasar con todo, más suyos y libertarios que una serpiente pitón, y luego si las cosas vienen mal dadas y se les atraganta el desayuno, piden el rescate a la cosa pública.

Inconsecuentes son un rato. O tramposos, que es otra forma de decirlo.

¿Y qué decir de Uber?
¿Nos aclaramos o no?

¿Selva o civilización?

Que si al menos fuera la selva original, podríamos decir que estamos combatiendo el cambio climático, pero es que cada vez más nuestra civilización parece una mala copia de aquella selva primera, un aborto monstruoso de aquel equilibrio.

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LAISSEZ FAIRE

Hay quien opina que la mejor manera y la más liberal de afrontar la corrupción, especialmente cuando esta es superlativa, como ocurre en nuestro país, es con indiferencia bovina.
Y que la manera más inteligente de enfrentar esta lacra, es con una tontez tan superlativa como la propia corrupción que se quiere combatir. Claro que no se trata de una tontez espontánea o innata, sino de una tontez aprendida o incluso predicada, un hacerse el tonto.

Lo cierto es que aunque la tontez sea tan sana, uno no puede dejar de percatarse, en los breves ratos de lucidez, que el apoyo a la investidura del gobierno de Rajoy fue el apoyo a la investidura de la corrupción. Y además, con pleno conocimiento de causa.

Lo benéfico de esta indiferencia, y lo saludable de esta tontez, es opinión muy extendida en nuestro país y de enorme éxito (de ahí el éxito de nuestra corrupción), pues incluso algunos profesores universitarios la defienden.

Argumentan estos que todo intento de corrección en esta materia peca de inmadurez (es propio de inmaduros tener buenas intenciones y altos objetivos), cuando no es fruto de la ignorancia, pues desconocer a estas alturas de la evolución antropoide el carácter incorregible del hombre, sin que medie manipulación genética, sólo instrucción moral, es propio de párvulos.

Defienden estos apologetas (o apolojetas, que diría Juan Ramón Jiménez), con indudable rigor científico, que todo intento de mejora (y los hechos parecen indicar que en nuestro país no se ha hecho ninguno) incurre en intervencionismo, en optimismo, y en algo mucho peor: en moralismo.
Moralismo que aunque sea de naturaleza laica o civil, nunca debemos dejar escapar del coto cerrado de las cátedras reglamentarias de la materia, de la misma manera que no se deben dejar escapar de los laboratorios los virus manipulados.

Proponen por tanto la indolencia y el adaptarse, como hacen los borregos, al hecho inexorable del pastor, y a la circunstancia incluso benéfica de los lobos.

Si el dinero es el dueño de la manada, es mejor aceptarlo y entrenar a los borregos para que lo sean con propiedad y con la cabeza alta… quiero decir, gacha.

Que esta actitud contemplativa fruto de una madurez avanzada que sólo la ilustración procura, agnóstica ya para cualquier ilusión civil, de lugar y rienda suelta a males (al menos en términos subjetivos) como el hambre infantil -que no es poca en nuestro país- la eliminación de derechos, el fortalecimiento de privilegios, la ruina del patrimonio público, o el desmembramiento y hundimiento del Estado, es una simple anécdota.

¿En qué consiste el “problema” catalán, al menos en su última recidiva, si no es en el triunfo de la acción disolvente de la corrupción?

Hay que decir, que esta nueva raza de hiperbóreos, de imperturbables espectadores olímpicos de las miserias humanas, no sufren ya ni padecen de perplejidad o de capacidad de escándalo, tal es su grado de adaptación al medio. Cuando no proclaman, mediante sofismas tan flácidos como sinuosos, que la corrupción debe considerarse una especie protegida que merece un esfuerzo de ocultación y camuflaje.

Decía Tony Judt en su obra “Algo va mal” (título que peca de moralista), y lo decía en 2010, con excesivo optimismo, que vamos a tardar mucho tiempo en volver a ver fanáticos del dios mercado en nuestro entorno inmediato, vistas las consecuencias de su prédica y de su práctica.

Yo diría que aquí, donde la libertad ha sido tan mal entendida que creemos que consiste en robar al prójimo, y siempre vamos con algo de retraso, vamos a tardar un poco más en dejarlos de ver.

Algún día, las cátedras de ética enseñaran, desde un punto de vista ni siquiera doctrinario ni “justiciero” (como se dice ahora para intentar acoquinar a todo el que no piense como el canon manda), que la libertad de uno acaba donde empieza la libertad del otro, y que robar, estafar, evadir impuestos, o utilizar puertas giratorias, no es liberalismo, sino pura inmoralidad.

Aunque suene a moralismo trasnochado, o a optimismo inmaduro.

Estado de Deshecho y un libro

rajoy

Entenderemos mejor lo que ocurre si pensamos que Esperanza Aguirre es símbolo y sacerdotisa del Estado de derecho (¿o de deshecho?) y musa lacrimógena del neoliberalismo cañí.

O si nos preguntamos a menudo por qué razón Felipe González predica con tanta pasión la “gran coalición” con el PP, aun conociendo los mensajes vergonzantes de Rajoy a Bárcenas, y su proyecto político de liquidar el Estado del bienestar.

O por qué este mismo González utilizó una puerta giratoria para cobrar por aburrirse -como el mismo confiesa- habiendo podido utilizar una puerta normal y aburrirse como todo el mundo, gratis y sin cobrar.

O por que Esperanza Aguirre ponía la mano en el fuego por toda su tropa de colaboradores, conociéndolos a fondo, con el mismo gesto melodramático con que Felipe González la ponía por Jordi Pujol, del que desconocía muy pocas cosas.

O por qué no existe en el mundo “normal” ningún país con más aforados que España.
Eso se llama ser previsores, e ir preparando el terreno y acondicionando la cueva (de Ali Baba).

O por qué tantos compis-yoguis de la casa real acaban detenidos o en el trullo, que no son uno ni dos. Que casi los salones reales parecen la corte de Monipodio, el sevillano.

O por qué tenemos los fiscales más raros de todos los países de nuestro entorno, que cuando no hacen de abogados defensores de gente de posibles (consiguiendo imposibles), hacen de obstructores de la justicia en favor de los corruptos.

O por que los medios públicos de información son órganos de propaganda del gobierno, liberalismo puro que acostumbra a dar lecciones muy sentidas sobre la tiranía.

Si el mundo que nos rodea es tan raro (especialmente en España) es porque algo no va bien, sino que al contrario, va muy mal.

Y esto es lo que intenta explicarnos Tony Judt en su obra “Algo va mal”, de lectura imprescindible para entender el momento presente.

Dice al comienzo de su obra:
“Durante los primeros años de este siglo, el consenso de Washington había ganado la batalla. En todas partes había un economista o experto que exponía las virtudes de la desregulación, el Estado mínimo y la baja tributación. Parecía que los individuos privados podían hacer mejor todo lo que hacia el sector público. La doctrina de Washington era recibida en todas partes por un coro de animadores ideológicos: desde los beneficiarios del milagro irlandés (el boom de la burbuja inmobiliaria del tigre celta) hasta los ultracapitalistas doctrinarios de la antigua Europa comunista. Incluso los viejos europeos se vieron arrastrados por la marea. El proyecto de mercado de la Unión Europea -la llamada agenda de Lisboa-, los entusiastas planes de privatización de los gobiernos francés y alemán: todos atestiguaban lo que sus críticos franceses han denominado el nuevo pensamiento único“.

Una reflexión y una pregunta:

La reflexión: siempre hay que desconfiar del entusiasmo feroz, porque a menudo detrás de esa hipérbole emotiva suele esconderse el pensamiento único. Que es el más pobre de los pensamientos.

La pregunta: vista la podredumbre que rezuma por todas sus costuras la gran “revolución” ultraliberal, que se zampó a la socialdemocracia europea de un sólo bocado, como si fuera un pincho moruno (síntesis digestiva que hoy llamamos “sistema”), ¿acaso el rufián y malandrín de toda la vida –de Monipodio a esta parte- necesita algún soporte ideológico o teorizar académicamente en torno a su falta de escrúpulos?

Para mí que no.

No se sí en un libro sobre economía, sobre política, sobre la sociedad actual y sus dislates, tiene sentido hablar de sentimientos.
Sea como sea, Judt se atreve y titula uno de los capítulos de su obra: “Sentimientos corruptos”, y lo introduce con esta cita de Tolstoi (Anna Karenina):
“No hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan”.

En este sentido, nuestro actual presidente de gobierno es un líder de la normalidad y de la costumbre. Cuando la corrupción se indulta -como él dice y sostiene- con los votos, triunfa la normalidad y reina la costumbre. Lo mismo pensaba Hitler.

¿Alguna vez nos da por pensar, entre derbi y derbi, o entre bostezo y bostezo, que nuestra normalidad es muy anormal? ¿Que no sólo soportamos, sino que votamos y elegimos gobiernos corruptos?

Para los acérrimos partidarios de la tesis de Rajoy según la cual todo va como la seda (supongo que lo mismo les dirá a los jueces que le interroguen), sirvan de reflexión también estás otras líneas de Judt:

“Hemos entrado en una era de inseguridad: económica, física, política. El hecho de que apenas seamos conscientes de ello no es un consuelo: en 1914 pocos predijeron el completo colapso de su mundo y las catástrofes económicas y políticas que lo siguieron. La inseguridad engendra miedo. Y el miedo -miedo al cambio, a la decadencia, a los extraños y a un mundo ajeno- está corroyendo la confianza y la interdependencia en que basan las sociedades civiles”.

Y yo pregunto:

¿Acaso se puede confiar hoy en España en los políticos que nos gobiernan, en los fiscales que nos defienden del delito, o en los bancos que guardan nuestros ahorros?

Primarias

golpe en el psoe

Dentro de las cosas novedosas que ha traído la llamada nueva política a nuestro país, está el “suspense” y el interés ante el resultado de unas elecciones primarias. En este caso las del PSOE. Que la política deje de ser aburrida, siempre es un riesgo para el poder constituido. Que la política nos resbale, siempre es una garantía de que el poder se corromperá.

Se percibe el aspecto ilusionante del asunto por un lado, el de los militantes, y el envaramiento artrítico y preocupado del aparato, por el otro. Aparato que en este caso concreto del PSOE, ha dado todas las largas que ha podido a este asunto, y si no fuera porque a la fuerza ahorcan, aplazaría esa cita con las urnas sine die, contento de seguir en la vieja era del cotarro mal ventilado.

Que es la misma era antediluviana en que sigue vegetando el PP, cuyas nuevas promesas de apertura (esas juventudes añosas) nacen ya viejas y encorsetadas dentro de una armadura oxidada que es básicamente ideológica.

En esto como en tantas cosas, y si los ánimos no estuvieran tan caldeados y las experiencias tan escaldadas, como evidentemente están, el aparato del PSOE seguiría el ejemplo y las huellas del aparato del PP, y prolongaría el golpe cuartelero de septiembre en algún tipo de “solución Armada” o “golpe de timón” a la turca. Experiencia en este campo no le falta a uno de sus más veteranos y señalados dirigentes.

Si pensamos en las consecuencias que pueden tener las primarias en el PSOE, llegaremos a la conclusión de que los militantes de los partidos tienen más fuerza de la que se quiere admitir, y sobre todo más fuerza de la que se quiere conceder.
Y esto, permítanme que lo diga, me parece muy bien y motivo de alegría democrática.

Lo que se dilucida en las próximas primarias del PSOE es quienes son los dueños del partido, si los poderes económicos (y aquí incluyo también a los bancos alemanes) o los militantes socialistas.

Lo que se decide es si el PSOE va a seguir siendo muleta y palmero de la política coja y reaccionaria del PP (cómplice, por tanto, del recorte de derechos y de la involución en marcha), o parte de una opción progresista mucho más amplia, que sin duda tiene más futuro, no sólo aquí, sino también en Europa.

Lo que se decide es si persistirá en su papel -como hasta ahora- de monaguillo fiel de los principios neoliberales de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, o intentará acercarse, aunque sea un poco, a la socialdemocracia Olof Palme y Pablo Iglesias.

Si fiel al proyecto del partido único, continuará ahondando en la actual dinámica de desigualdad, caos, desapegó ciudadano, y catástrofe social, o negará que este es el único modelo  posible, y participará en diseñar y construir la alternativa, que quizás es la única alternativa que le queda ya a Europa.

Se decide también si prefiere seguir formando parte del organigrama de la corrupción y de su tóxico anagrama, PPSOE, o repudiando pelotazos, EREs, y amnistías fiscales, se regenerará a sí mismo para nunca más volver a aquellas andadas.  Incluida la reforma de la reforma laboral, que como muy bien saben –no en balde ayudaron a parirla- es básicamente esclavista.

Se decide si se inclina por la dinámica partidocrática de los aparatos endiosados y corruptos, tan alejados del pulso ciudadano y de las calles, o se abre a una nueva política basada en la democracia interna.

Se decide si persistirá en el inmovilismo, rehén del pasado, o afrontará la reforma de la Constitución que debe conducirnos a un futuro más solidario y democrático.
Y por tanto, si además de conceder a Merkel el privilegio de violar nuestra Constitución a través del artículo 135, concede también a los ciudadanos españoles el derecho soberano a reformarla.

Todo esto se decide y no es poco, en esas primarias expectantes.

En resumen, una serie de disyuntivas en las que al día de hoy, tras la crisis y su gestión sectaria, las opciones están mucho más claras.

Al lado de estos dilemas, la “tercera vía” de Patxi López hoy no se la cree nadie. Aparece desvaída y desdibujada, casi como un fantasma, si es que no se trata en el fondo de un disfraz de la primera y fracasada vía, o un subterfugio para su mantenimiento postmorten.

Como lo es ya -un fantasma- Blair, padre de la susodicha “tercera vía”. Como lo es ya también Felipe González, fiel pupilo de Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

Ese fue el origen de la actual crisis del PSOE, y por extensión, del socialismo Europeo, caído al día de hoy en un descrédito total.
Ahora los militantes tienen en su mano reparar ese gran error histórico.

En caída libre

ancianos

Escucho una opinión tertuliana según la cual las pensiones las trajo el franquismo, y -por extensión- también trajo a nuestro país todo el Estado del bienestar. También la paz de los cementerios (bajo la luna) tras rebelión contra la democracia y el Estado de derecho, cabría decir, incluso con mayor verdad.

Y continúa el argumento, ya en fase subliminal:
Por tanto, una forma de combatir el franquismo  (no hubo tiempo antes en cuarenta años) y “liberar” la cosa haciéndonos modernos de golpe, es quitar las pensiones a los ancianos o a los que hayan de serlo en el futuro, si es que llegan.
Curiosamente los que defienden esta revolución que consiste en liquidar todo el Estado del bienestar, incluidas las pensiones, y dejar a los ancianos pasando frío y hambre en la calle, son los herederos del franquismo, que si hemos de creerlos ahora reniegan de sus conquistas. Da que pensar. Y el pensamiento -no pierdan la esperanza- será un día el motor del voto.

Sin duda es este un argumento prototipo de lo que podríamos llamar argumentación “especiosa” (en su significado más negro), que hace -retórica y falsamente- defensa de la libertad a través de la liquidación de los derechos humanos, y hace -también con falsedad- apología de la democracia masacrando sus logros. Es decir, es un argumento perfectamente adaptado a esta era que hemos dado en llamar de la posverdad, que viene a significar lo mismo que nuestros abuelos, sin tanta retórica, llamaban mentira.

Y es que en esta argumentación subyace una lógica con el colmillo retorcido, porque todos entendemos fácilmente que no es necesario fusilar demócratas para pagar pensiones de orfandad, ni es necesario adherirse al fascismo y venerar a Hitler para construir y defender un Estado del bienestar.

Aunque si lo pensamos bien, de un tiempo a este parte, y desde que nos ha dado por considerar muy moderno globalizar errores con más años que Matusalén, muchos ciudadanos occidentales de escasas luces, están volviendo a poner al fascismo de moda.
Porque señores míos, el fascismo allá por los años treinta fue una moda “moderna”.

Al final esta es nuestra particular paradoja: como aquí durante 40 años no supimos que era democracia, tuvimos que vestir al mono de seda y llamarlo democracia “orgánica”. Ya en aquel entonces se masacraba con las palabras y se confundía con neolenguajes.

Y claro, 40 años son muchos años y dan para mucho. Si te descuidas o te duermes en los laureles, el hombre llega a la luna, las suecas llegan a las playas, sin olvidar que siempre hay que llevarse bien con los americanos.
Algo había que hacer para no dar el cante (aún más) y no parecer que vivíamos todavía en tiempos del Cid. De ahí que ciertas cosas fueran inevitables en evitación de males mayores.

Males mayores que al parecer hoy no se quieren evitar.
¿Se han dado cuenta nuestros políticos irresponsables que estamos hablando de pensiones?
¿Se han dado cuenta que es este un tema “sensible”, motivo suficiente para echarse a la calle -pacíficamente- adultos, ancianos, y niños?
Si no se han dado cuenta de esto es que su ceguera es ya irreversible y no tiene cura.

La salud de la población mejora (dicen), y esto a pesar de la contaminación rampante, la pobreza infantil, el hambre de los comedores sociales y la desigualdad en aumento, junto a la vida de estrés. La “vida útil” se alarga, dicen (no sé si también la de los parados), como si fuera “inútil” toda la vida que no consistiera en estar en el tajo. Y por tanto hay que aproximar un poco más la jubilación con la fosa sin pararse a pensar si ha merecido la pena.
Claro que, por contraste, la vida de algunos políticos, de algunos banqueros, y otros rufianes y fuerzas vivas, se vuelve “inútil” muy rápido, apenas salen con el pesebre de la mano, o enfilan por una puerta giratoria, tras haber robado todo lo que han podido.

Lluvia radiactiva

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Lástima que hayamos perdido el sentido crítico, y que a estas alturas del fin de la historia nos conformemos con mitos y cavernas.

Quizás sea una forma de unir el fin con el principio, la infancia con la vejez, y de confundir –una vez más- el regreso con el progreso. Lee el resto de esta entrada

Blanca y del Sur

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La marea blanca hoy arrecia desde el sur, contradiciendo con su viveza y vigor el rigor invernal.

Quizás allí abajo pasan menos frío y los ciudadanos reivindicativos no están aún “hibernados”.

Nos recuerdan tiempos no tan lejanos en que esas mareas bullían por las calles de toda España, aún con fe y esperanza de sacudirse la pesadilla de encima, un último fulgor antes del coma profundo.

Pero ¿quién sabe?
Quizás ese último resto de vida sea contagioso y resucite al muerto entero. O eso, o la primavera. Una primavera parecida a la de Praga, por ejemplo, eso es lo que necesitamos.

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La sorpresa de la tiranía triunfante

El problema está en actuar como si no hubiera pasado nada, como si el tiempo presente no tuviera un pasado, ni los sucesos unos motivos, es decir, el problema está en no reconocer los hechos, y al mismo tiempo manifestar sorpresa, en confundir los efectos con las causas y el culo con las témporas.

Señores sorprendidos por el extraño derrotero de los hechos, me sorprende que se sorprendan. Y no es cuestión de clarividencia, pero uno se despierta por la mañana con un nudo de realidad en la garganta, antes de abluciones, muy difícil de obviar y que le aleja de cualquier tentación de aducir ignorancia.

Este es el mundo que hemos parido, por libre decisión de los contrayentes, en base -eso si- a un mandato superior y un catecismo impuesto. Casi diría, en base a una violación. Lee el resto de esta entrada

Pulsiones y razonamientos

galileo

En la insistente (e interesada) confusión sobre el uso indiscriminado del término populismo, hay quien ya barrunta que soltando la palabreja de moda una y otra vez, cual cortina de humo semántica, o cual mantra litúrgico, no vamos a dar con las auténticas causas del mal.
Aunque estos mismos que ya empiezan a ver claro, y a sentirse incómodos con simplificaciones tan groseras, aún hablan de las “razones” que asisten a los de arriba (la elite), y las “pulsiones” que empujan a los de abajo (la plebe). Demasiado simple, de nuevo. Lee el resto de esta entrada

(Des) orden mundial

Me ha hecho pensar estos días lo dicho por Barack Obama en Grecia (¿por qué fue primero allí, en su despedida de Europa, y sólo después a Alemania?), no por declarar algo que no supiéramos, sino por decirlo el jefe del Imperio en retirada, el máximo representante del establishment occidental, que es casi decir -aunque ya no tanto- del mundo.

Obama dijo, entre otras cosas: “Hoy las reglas no son iguales para todos”. No es la primera vez que lo dice. Es una frase corta, aparentemente inocua, pero no es una frase cualquiera, pues con ella reconoció –mal que le pese- que el supuesto imperio de la ley que define a Occidente, es al día de hoy un fraude; que el estado de derecho, base y pilar de la democracia (y herencia de un pasado más brillante y lúcido), está desaparecido en combate o por imperativo geoestratégico; y que en algún momento de nuestra historia reciente más entusiasmada y lerda, comenzó la confusión y la anarquía.

Dijo bien a las claras (bastaba con esa frase), no que la tarea está cumplida, sino que nos hemos equivocado de camino y que hay que cambiar de rumbo. Quizás, incluso, que hay que empezar de nuevo desde aquel punto en que nos perdimos.
Que el orden mundial al que se aspiraba para dar carpetazo a la historia (como si esta se pudiera congelar), era en realidad un desorden, a las órdenes de intereses no muy claros.

Estas ideas y esta declaración de intenciones, no son nuevas en boca de Obama. Ya en 2011 decía respecto a su propio país: “este país tiene éxito cuando todo el mundo recibe una oportunidad, todos cumplen su parte y todos están sujetos a las mismas reglas“. “Este no es un debate político más. Es la cuestión definitoria de nuestro tiempo. Y también refiriéndose a China: “nunca podremos competir con otros países en lo que respecta a dejar que las empresas paguen los salarios más bajos o contaminen todo lo que quieran… Pero esa es una carrera que no podemos ni queremos ganar”. “La carrera que queremos ganar, la que podemos ganar, es la carrera hacia lo más alto, la carrera por empleos de calidad que paguen buenos salarios y ofrezcan seguridad a la clase media”. Y definió así el ideario republicano y lo que sus fieles piensan: ‘vivimos mejor cuando se deja que cada uno campe por su lado e imponga sus propias reglas’.

No sé cuánto tiempo llevará Obama, gestor máximo e imperial de las certezas oficiales, con la duda metida en el cuerpo, pero ahora que todo el mundo se hace preguntas en ausencia de respuestas claras, o lo que es peor, en presencia de respuestas amenazantes, deberíamos preguntarnos también nosotros donde han estado, por ejemplo, los sindicatos (y no solo ellos) durante todo este tiempo, y durante este viaje tan alegre a ninguna parte. ¿Instalados en el sistema?

Leemos hoy en la prensa datos que tienen muy poco que ver con la publicidad barata que nos venden los medios oficiales y oficiosos del reino. “España, a la cabeza en desigualdad” se lee en titulares. Los datos del último informe de la OCDE muestran que “entre 2010 y 2014, los empleados españoles con los sueldos más bajos sufrieron el mayor recorte salarial entre todos los países de la OCDE, solo por detrás de Portugal”.

“España tiene, además, la mayor proporción de trabajadores pobres solo superado por Turquía y Chile”.

Este viaje al fin de la noche habría sido imposible sin unos sindicatos neutralizados, inocuos, verticales en su conformismo y apoltronamiento. Pero no han sido solo ellos los que han actuado como convidados de piedra.

Parece, por los datos objetivos, que la España real no es como nos la cuenta Rajoy.
En realidad, todos estos datos y cifras que por su rotundidad ya claman al cielo, describen un estado de cosas que se inició hace ya mucho tiempo (allá por los años ochenta) como una lluvia fina, como un calabobos, ante el que nadie desplegó un oportuno paraguas defensivo.

Entre tanta certeza y fe triunfante, ha habido muy poca duda, y ahí Europa (la de la crítica, la de la duda metódica) empezó a perderse. Europa empezó a perderse cuando renunció a su propio modelo, que no era el de los países del Este, ni el de China, pero tampoco el de Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

No se trata por tanto de “más Europa”, sino de una Europa “diferente”, más igual a sí misma.

No se trata de correr a la desesperada hacia delante, como en una estampida de irracionales miméticos, sino de volver a empezar, retomando el camino perdido, el camino propio, refundando Europa.
No es la primera vez que Europa renace a sus valores primeros, tras una época de oscuridad y sombras.

Europa necesita un renacimiento.

Quizás por eso, Obama empezó su viaje en Grecia.

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