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Autoridad moral

Bárcenas y Rajoy

Era de suponer, visto el derrotero que han ido tomando nuestra política, nuestra economía, y demás altas instituciones a juego (decorosas por supuesto), que llegaría un momento, como de hecho ha llegado, en que allí arriba, en la estratosfera del poder, no habría nadie con autoridad moral para inspirar una pizca de confianza.

Del rey abajo ninguno, y del rey arriba tampoco.

Algunos hemos ido descreyendo en la misma medida en que nuestros representantes abusaban de nuestra buena fe, y así, paso a pasito, episodio tras episodio nacional, hemos ido cayendo en un agujero de negro escepticismo, quizás reversible, quizás no. Todo depende de si se toma conciencia del mal y hay intención de resolverlo. De momento ni una cosa ni la otra.

Entre pelotazos, saqueos, rescates bancarios, amnistías fiscales, y demás crisis sobrevenidas de repente que ¿seguro? nada tienen que ver con los actuales “recortes” de la “la cosa pública” (“cosa” que es la única cosa que nos une), nos hemos quedado sin “referentes” y sin “autoridad moral” que nos inspire confianza o un resto de esperanza en el buen hacer de los que tienen que velar por el bien público.

Y sin confianza no hay unión ni unidad, y sin esperanza no hay ánimo civil, de la misma manera que sin coherencia solo hay desbarajuste social y político.

Habrá otro tipo de autoridad, legal, política, policial o militar, habrá incluso miedo, pero sin la autoridad moral, sin la verdad de los comportamientos como referente compartido, dicha autoridad, por muy trabajado y trabado que sea su mecanismo, quedará envuelta en una niebla de mentiras que la desvirtúa y la torna fofa.

Ni Rajoy, colega de Bárcenas and company, ni una monarquía costosa y entregada a negocios poco claros, ni una clase política afectada gravemente por la corrupción y el privilegio (incluso cuando para los demás ciudadanos todo son recortes), inspiran el respeto de quien debe su  “autoridad moral” a sus comportamientos coherentes.

Llegan las crisis (de todo orden) y pedimos a los ciudadanos un esfuerzo, una unión, una unidad, un sacrificio, un patriotismo, en resumen un comportamiento digno que no hemos sabido fomentar y cuyo ejemplo no hemos dado.

Y cuando hablamos de moral (de la que hoy, por cierto, está muy mal visto hablar) no hablamos de moralina y aparato, ni de moral religiosa en el orden judeo-cristiano, ni de ninguna otra moral que no sea la relativa, cambiante, compartida y civil, en la que lo que se exige a los demás, en cumplimiento de las leyes, es lo mismo que uno se exige a sí mismo.

¿Pueden reclamar el cumplimiento de la Ley los mismos que la incumplen?

Pongamos como ejemplo la amnistía fiscal y preguntémonos: ¿irradia autoridad moral?

Sigo opinando que el descrédito intencionado de “lo público” (eso que nos une), junto a su deterioro via recorte, están en el origen de la actual crisis multiforme por la que atraviesa España, e insisto en que el egoísmo antisocial y suicida de los radicales de la neolibertad, une más bien poco y está fomentando, junto a la corrupción, el deterioro de la trama social que nos mantenía unidos.

La corrupción, el saqueo, la estafa, la mentira (tan difícil de mantener hoy), son un pésimo pegamento para una sociedad, y lo único que hacen es incrementar las tensiones centrífugas y las tendencias disolventes.

¡Recordemos!

En el origen del 1-O está la corrupción, y esa no se resuelve con banderas, de la misma forma que el patriotismo no se promociona llevándose la pasta de todos a un paraíso fiscal.

 

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Desde fuera y desde dentro

Susana y Rajoy

 

Cuando la derecha más rancia y retrógrada (también la más corrupta) elogia y hace campaña por Susana Díaz, y parece querer llevarla en palmas hasta la victoria final en las primarias socialistas ¿le hacen un favor?

No, pero nos lo hacen a nosotros, porque si sobre lo que se debate y se decide en esas elecciones había alguna duda, esa circunstancia y ese apoyo lo deja un poco más claro.

Desde fuera del PSOE, pero desde dentro de los graves problemas a los que se enfrenta este país -el mayor de los cuales es la corrupción-, es difícil mostrarse indiferente a lo que el PSOE decide este domingo 21 de mayo, o abstraerse de la importancia que tiene para todo el país.

Creo que no somos pocos los que habiendo sido testigos del derrotero político que el PSOE ha ido tomando durante las últimas décadas (algunos hemos sido incluso votantes de ese partido), intuíamos que antes o después ese partido y esa evolución plena de contradicción y de decisiones inexplicadas, iba a entrar en crisis, y que dicha crisis no iba a ser una fiebre ligera ni un simple catarro.

Según lo vemos, la cuerda se ha ido estirando tanto, en la insensata creencia de que la elasticidad y la paciencia de los votantes socialistas son infinitas, que al final la tensión ha sido insoportable y la cuerda se ha roto.
Ahora se quiere coser, cuando algunos ni siquiera son conscientes o reconocen las causas y las responsabilidades de esa ruptura. No, ellos no tienen nada que ver con ese fracaso. Los responsables y culpables son los que acaban de llegar.

Para algunos militantes ha sido ya demasiado, y no han querido participar ni un minuto más en una mascarada que no sólo los avergonzaba, sino que los hacia fracasar en las urnas, quedando relegados al papel de lubricante fiel de la derecha.

La acción política del PSOE a lo largo de todo este tiempo ha tenido una deriva ideológica constante, pertinaz y demostrable, sesgada siempre en el mismo sentido, hacia el polo de la derecha política y económica, con hitos tan notorios como su participación en las distintas reformas laborales de carácter  retrógrado, que han hecho del trabajador el protagonista involuntario de un nuevo estatuto: el precariado; con su protagonismo incluso pionero en las vergonzosas e insolidarias amnistías fiscales; con su impulso reaccionario de las bases legislativas para la privatización de la sanidad (entre otras privatizaciones y concesiones al neoliberalismo más radical); con su decisión de someterse servilmente a la manipulación de nuestra Constitución (artículo 135), impuesta por Merkel a espaldas de los ciudadanos soberanos; y por último con su apoyo ya sin remilgos ni máscaras al gobierno de Rajoy, es decir, a un PP que ha batido todos los récords de corrupción, no sólo en nuestro país, sino en toda Europa, y cuyo único objetivo político es desprestigiar lo público, liquidar el Estado del bienestar, y aumentar la desigualdad y la injusticia. Y ahí han estado (y están), echando una mano, el viejo PSOE.

Esa es la hoja de ruta que los ha llevado hasta donde están, y esa hoja de ruta la han marcado dirigentes muy concretos, que además han hecho todo lo necesario  (y aún más) para que el criterio de los “cuadros” (como se llaman) prevalezca antidemocráticamente en su autismo suicida.

Pues bien, si esa era la ruta, ya han llegado.

Tanto Susana Díaz como Pedro Sánchez, como los últimos fracasos electorales de ese partido, son epígonos y herederos de esa deriva, de esa evolución en declive constante, y en definitiva de esa involución imparable.
Pero la actitud de ambos candidatos ante la misma es muy distinta.

Susana Díaz la suscribe al cien por cien y promete seguir en esa línea para ganar. Suerte para Rajoy y albricias para la derecha. Pésima noticia para la socialdemocracia y para los socialistas.

Pedro Sánchez parece haber aprendido la lección y entendido el mensaje, y se declara decidido a cambiar de rumbo. Una tenue esperanza y una última oportunidad para la unidad de la izquierda y el resurgir de la socialdemocracia, o lo que es lo mismo, última oportunidad para conservar el Estado del bienestar y la ilusión en el proyecto europeo.

Ese es el debate ideológico.

Y es que por mucho que los analistas ultramodernos nieguen que haya ya ideologías, o siquiera sólo ideas (únicamente admiten la persistencia de automatismos y fuerzas ciegas e irrefrenables), lo cierto es que haberlas haylas, y de su dinámica surgirá un nuevo progreso, más humano y sostenible, y continuará la historia por mucho que la quieran parar y dar marcha atrás.

Pero en una confrontación de candidatos, como esta, que nos afecta a todos, de dentro y de fuera del partido, no sólo tienen importancia las ideas y el debate ideológico sino también las personas.

Si la frase que achacan a Susana Díaz sobre Pedro Sánchez es cierta, no sólo define a la persona que la dijo, sino su manera de pensar, y también quizás explica ciertas actitudes prepotentes y ciertos juegos sucios, que con razón se han considerado bochornosos.

No creo que esas sean las actitudes vitales ni las aptitudes personales que convienen a un o una dirigente.
Yo al menos no me encontraría cómodo ni seguro sabiendo que una persona que piensa y actúa de ese modo dirige mi país, o mi partido.

Si es verdad que dijo:  “Ese chico no vale, pero a nosotros nos vale”, demuestra varias cosas:
primero, que es una persona imbuida de prepotencia, que siempre despreció a su compañero y anda floja en compañerismo; y segundo, que actuó de tapado, lo utilizó y nunca fue sincera con él.

Cabe aún preguntarse a quien se refería con ese “nosotros” a los que les venía bien la práctica oculta de ese juego sucio. Pero en todo caso parece indicar que no tiene un concepto demasiado amplio ni generoso, ni siquiera solidario, de los intereses colectivos.

Soy consciente de que a una persona no se la puede juzgar por una frase, pero lo cierto es que en este caso las acciones realizadas a posteriori se corresponden con el contenido y el espíritu de la frase dicha previamente.

Lo cual nos debe hacer sospechar que las acciones que se han querido hacer pasar como “reactivas” a unos hechos, estaban decididas y planificadas de antemano. Eran parte de la hoja de ruta.

Y lo mismo podríamos decir de Mariano Rajoy y sus frases.

¿Se puede juzgar a Rajoy por sus frases?
Por ejemplo, por aquellas que dirigió a su colega Bárcenas, cuando le recomendó ante los hechos que se iban descubriendo: “se fuerte”, o más directamente “hacemos todo lo que podemos” (para protegerte y protegernos, se sobrentiende).
Y efectivamente lo han hecho, y lo siguen haciendo con el apoyo cómplice de algunos.

Aquí también, de las palabras y las frases se pasó a los hechos, y por lo que vamos sabiendo en base a las informaciones que justifican la “reprobación” del ministro de justicia y sus colaboradores, efectivamente desde el minuto cero se pusieron a hacer -y en ello están- todo lo que podían para poner palos en la rueda de la justicia y para burlar uno de los principios fundamentales de la democracia, cual es la separación de poderes.

A muchos esto de la reprobación del ministro de justicia nos suena a regañina educativa que se propina –aún con esperanza- a un niño trasto.
Se le reprueba como si se hubiera hurgado la nariz, prescindido de corbata en un acto oficial, o copiado en un examen. Ligeros torcimientos en el camino de la vida que aún cabe enderezar.

Pero no estamos ante hechos de esa naturaleza ni de ese calado. Estamos ante hechos muy graves. Tan graves como los que estos días protagoniza Trump en su país. Estamos ante un ataque frontal a la democracia, ante un intento de vaciamiento de su contenido, ante un plan (supuestamente) para engañar a todos y burlar la Constitución.

Y eso no se merece sólo una reprobación o una regañina. Se merece una moción de censura en toda regla, porque si no, en el fondo y en la práctica, estamos dando amparo y sostén a esos hechos y al partido que los protagoniza.
Cosa que como todos sabemos no es una novedad, sino la causa fundamental -ese apoyo- de la actual situación.
Al parecer hay muchos a los que no les importa que nuestra democracia se vaya por el desagüe.

Tan grave como los hechos reprobados, es no actuar en consecuencia. Eso también es reprobable.

Reformas

Recortes

 

Hay palabras que todas las mañanas se lavan la cara para no parecer mentiras, pero ni aun así desaparece la mugre.

“Reformas”.
Habrán escuchado estos días multitud de veces esta palabra mágica, dotada de gran poder de persuasión. Incluso más veces que en ocasiones precedentes. Pero lo cierto es que ya venía teniendo mucho éxito y predicamento entre nuestros políticos más inspirados. Sobre todo en boca de aquellos que no son ni populistas, ni demagogos, ni justicieros, sino solamente mentirosos y mendaces.

Mientras no nos curemos del lenguaje no nos curaremos de nada.

Y no me estoy refiriendo a la ortografía, cuya rígida ortodoxia ha tenido incluso detractores ilustrados y eminentes, muchos de ellos poetas. Ni me refiero tampoco a la capacidad de redactar con eficacia y corrección. Me estoy refiriendo al lenguaje como instrumento al servicio del engaño, deliberadamente manipulado para la desinformación y la estafa.

Hoy vivimos un tiempo de gran inventiva en este campo. Los neolenguajes con sus neopalabras posverdaderas proliferan y nos inundan. Los diccionarios más elitistas las acogen y las nombran palabras del año. Los animadores ideológicos las promueven y las venden, casi a precio de saldo. Los dobles sentidos se cultivan con esmero y se dan por buenos. Una forma como otra cualquiera de colocar a algún primo la mercancía dañada.

Se dice, por ejemplo, “populismo” en vez de “fascismo”, para no alimentar la comparativa razonable de nuestro tiempo con el de los años 30, y así no establecer relaciones peligrosas entre aquella desregulación financiera y su estafa anexa, con las que hoy nos traen por el camino de la amargura y la involución, y que hemos de tragar cual aceite de ricino para purgar nuestros inmerecidos derechos civiles y nuestros insolentes derechos humanos.

El fascismo de entonces fue producto de aquella estafa y de un capitalismo salvaje y desmandado, y esto no es muy distinto de lo que ocurre hoy, aunque se le cambie el nombre para evitar el recuerdo, aunque se intente promover el espejismo de que, caminando a toda prisa hacia atrás, somos más modernos y tenemos más futuro que entonces.

Si recordáramos podríamos pensar que el hombre, efectivamente, es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y que el capitalismo sin control es una bestia feroz que cada vez que despierta y se le deja, devora a los hombres y arrasa con todo.

Ante verdad tan cruda, se impone el doble lenguaje, la mentira ni siquiera piadosa, la posverdad sin escrúpulos.

Mentira que es más necesaria hoy, porque no se propugna -como entonces se hizo- una salida “social” a la estafa, y la creación de un Estado solidario del bienestar como solución y salvación colectiva, sino justamente lo contrario: mayor dosis de veneno que eleve los muros y profundice aún más las fronteras.
En eso consisten las famosas “reformas” que tantos “animadores ideológicos” promueven y alaban como si fuese el bálsamo de Fierabrás, y no, como ellos saben, un timo.

Una mayor definición y una más rígida distinción entre amos y esclavos.

Y para ello se impone el doble lenguaje, se impone la mentira. Y si no son suficientes, se impone el látigo.

Como venía a decir Ignacio González en sus grabaciones mafiosas para no dormir: tienen (ellos, los de su barra) la justicia, tienen los medios de comunicación, tienen el ministerio del interior … lo tienen todo. Cuando de estafar se trata, esa es una gran ventaja.
Pero aún necesitan mentir, inventar palabras o darles la vuelta como a un calcetín. Y para eso vienen bien los académicos. Académicos de la lengua bífida.

De ahí que sea posible también decir cuando aumenta el número de contratos basura, que ha disminuido el paro, sin faltar a la verdad pero sin que sea cierto.
Podría decirse con más dosis de verdad que el régimen de esclavitud va aumentando su volumen de negocio.

Podría pensarse que la política siempre ha sido eso: mentira y engaño, pero no es cierto.
En el uso de esas prácticas siempre ha habido épocas mejores y épocas peores, cuando no intermedias, épocas más críticas e ilustradas, y épocas más bárbaras y sumisas. La nuestra es de las malas.

“Viva las caenas” es un eslogan que Rajoy podría promover hoy entre nosotros con suma facilidad y contrastado éxito. Con más facilidad incluso que en el ancien regime, porque entonces no existía la televisión para contagiar la tontez.

Aunque hoy sea más fácil malograr la inteligencia natural, se requiere sin embargo de un adiestramiento pertinaz mediante las técnicas que señala Ignacio Gonzalez, otro místico que se dedicaba a la exportación de misales.
¿Necesitaremos otro siglo dieciocho para reponernos del veintiuno, ahora que los misales y las madres superioras vuelven a estar de moda, y los medios públicos (y privados) de información son el púlpito de sus teodiceas?

Por eso cuando debido a ciertos requerimientos judiciales, el pensamiento verdadero y el auténtico lenguaje de algunos de nuestros políticos más procaces salen a la luz, sufrimos una especie de epifanía, un baño de realidad, una pérdida brutal de la inocencia.

Quizás un síntoma mayor de esa mentira que ya se ha globalizado (es lo que tiene ser cosmopolita) es que Valls, supuesto socialista, apoyara a Macron en contra de Hamon, el legítimo candidato socialista.
Que se parece mucho a la traición que aquí ha alimentado y llevado a cabo Felipe González a través de Susana Díaz, para que gobierne el PP corrupto y cavernario de Rajoy. Una especie de degeneración por convergencia evolutiva de los métodos, que une a España y Francia a través de los Pirineos, para acabar quizás en la misma ruina.

Hoy un Valls insolvente y sin crédito busca desesperado un clavo ardiendo al que agarrarse, para no quedarse sin oficio, y sobre todo sin beneficio.
Pero nadie quiere ya tener nada que ver con semejante trepa.
Quiso estar en todos los sitios, y se ha quedado en tierra de nadie, pidiendo pista.

Se dice de Macron que es “exbanquero y reformista”.
Lo de exbanquero -en este mundo donde el dinero todo lo manda y ordena- lo entendemos fácilmente, pero lo de “reformista” no hay quien lo entienda mientras no se defina y se concrete. Es decir, mientras no se traduzca.

Pero no lo esperen porque a eso juegan: a que el doble lenguaje y la mentira no maten del todo la esperanza del crédulo, que sería como matar la gallina de los huevos de oro.

Para qué continúe la estafa se necesita que el engañado tenga fe. No puede haber timo de la estampita sin paleto. La polisemia posverdadera (por decirlo suavemente) es buena para este negocio.

Se habla de que con Macron podría inaugurarse “un nuevo orden narrativo” (El País), expresión con la que parecen dar a entender –sin demasiados tapujos-que nos van a contar un cuento nuevo, mejor trabado aunque igual de falso, y a fin de cuentas una mentira muy gorda. Ni siquiera piadosa.

En cualquier caso, si las reformas de Macron se parecen a las de Rajoy, ya sabemos a que atenernos y cómo hay que traducirlo: no son reformas, son recortes.
Su inteligencia política y económica no da para más. Como mucho da para unas tijeras pero nunca para un cartabón, y mucho menos para una escuadra.

El patrimonio público se saquea y se manda al garete, y si los ladrones privados fracasan o se llevan el dinero a Suiza, se les apoya y sostiene con dinero público. Esa es la receta infalible.

Hay que ser tonto para comprársela.

El pensamiento único tiene muy poca imaginación, y la ideología (y la suya es radical) estropea mucho la inteligencia.

O visto de otra forma, quizás más certera y exacta: no son ellos los que mandan (ni nosotros a través de ellos), hay que reconocerlo, y para obedecer no se necesita perspicacia ni habilidades especiales. Solamente ser dócil y saber quién es el jefe (o la jefa).

Esa es la diferencia entre nuestra crisis y la de los años 30: entonces algunos, con algo de inteligencia y al menos una pizca de coraje, le pusieron el cascabel al gato. Hoy el gato se está comiendo de una sentada a todos los ratones, animado por una tropa de corifeos.
Y Macron no viene a ponerle el cascabel al gato, sino a ayudarle en su guerra contra los ratones.

En eso consistirán sus “reformas” si el desengaño no lo remedia. Por lo pronto, echar a la calle a 120.000 trabajadores del servicio público y del Estado del bienestar, en un nuevo intento de desmocharlo. Menos sanidad, menos educación, menos dependencia. Justamente los recortes que están disolviendo y desmembrando a Europa.

¡Y esto es lo que proponen como solución, como remontada triunfal a la crisis europea!

Un Napoleón con tijeras y a las órdenes de Merkel.
Esa es toda la novedad.

En este contexto de mentira posverdadera, Rajoy, aunque gallego, no llega a inteligente, y aunque se esfuerza, muchas veces peca de cándido.

Dijo ayer que no puede hacer más “reformas”, en lo cual hizo una traducción inconsciente de su mentira y la de todos, descubriendo involuntariamente que sus llamadas “reformas” son “recortes”, que nos perjudican a todos y benefician a muy pocos. A los de siempre.

Confiesa, en forma de lapsus linguae, que ha sido tanta la tijera que se ha quedado sin tela.

Otro por lo visto que tendrá que “coser”, sin hilo ni intención, y que sabe que ya llega tarde y sin ganas.

En cualquier caso, su mensaje iba dirigido a sus jefes (o jefa), como testaferro en apuros.

LAISSEZ FAIRE

Hay quien opina que la mejor manera y la más liberal de afrontar la corrupción, especialmente cuando esta es superlativa, como ocurre en nuestro país, es con indiferencia bovina.
Y que la manera más inteligente de enfrentar esta lacra, es con una tontez tan superlativa como la propia corrupción que se quiere combatir. Claro que no se trata de una tontez espontánea o innata, sino de una tontez aprendida o incluso predicada, un hacerse el tonto.

Lo cierto es que aunque la tontez sea tan sana, uno no puede dejar de percatarse, en los breves ratos de lucidez, que el apoyo a la investidura del gobierno de Rajoy fue el apoyo a la investidura de la corrupción. Y además, con pleno conocimiento de causa.

Lo benéfico de esta indiferencia, y lo saludable de esta tontez, es opinión muy extendida en nuestro país y de enorme éxito (de ahí el éxito de nuestra corrupción), pues incluso algunos profesores universitarios la defienden.

Argumentan estos que todo intento de corrección en esta materia peca de inmadurez (es propio de inmaduros tener buenas intenciones y altos objetivos), cuando no es fruto de la ignorancia, pues desconocer a estas alturas de la evolución antropoide el carácter incorregible del hombre, sin que medie manipulación genética, sólo instrucción moral, es propio de párvulos.

Defienden estos apologetas (o apolojetas, que diría Juan Ramón Jiménez), con indudable rigor científico, que todo intento de mejora (y los hechos parecen indicar que en nuestro país no se ha hecho ninguno) incurre en intervencionismo, en optimismo, y en algo mucho peor: en moralismo.
Moralismo que aunque sea de naturaleza laica o civil, nunca debemos dejar escapar del coto cerrado de las cátedras reglamentarias de la materia, de la misma manera que no se deben dejar escapar de los laboratorios los virus manipulados.

Proponen por tanto la indolencia y el adaptarse, como hacen los borregos, al hecho inexorable del pastor, y a la circunstancia incluso benéfica de los lobos.

Si el dinero es el dueño de la manada, es mejor aceptarlo y entrenar a los borregos para que lo sean con propiedad y con la cabeza alta… quiero decir, gacha.

Que esta actitud contemplativa fruto de una madurez avanzada que sólo la ilustración procura, agnóstica ya para cualquier ilusión civil, de lugar y rienda suelta a males (al menos en términos subjetivos) como el hambre infantil -que no es poca en nuestro país- la eliminación de derechos, el fortalecimiento de privilegios, la ruina del patrimonio público, o el desmembramiento y hundimiento del Estado, es una simple anécdota.

¿En qué consiste el “problema” catalán, al menos en su última recidiva, si no es en el triunfo de la acción disolvente de la corrupción?

Hay que decir, que esta nueva raza de hiperbóreos, de imperturbables espectadores olímpicos de las miserias humanas, no sufren ya ni padecen de perplejidad o de capacidad de escándalo, tal es su grado de adaptación al medio. Cuando no proclaman, mediante sofismas tan flácidos como sinuosos, que la corrupción debe considerarse una especie protegida que merece un esfuerzo de ocultación y camuflaje.

Decía Tony Judt en su obra “Algo va mal” (título que peca de moralista), y lo decía en 2010, con excesivo optimismo, que vamos a tardar mucho tiempo en volver a ver fanáticos del dios mercado en nuestro entorno inmediato, vistas las consecuencias de su prédica y de su práctica.

Yo diría que aquí, donde la libertad ha sido tan mal entendida que creemos que consiste en robar al prójimo, y siempre vamos con algo de retraso, vamos a tardar un poco más en dejarlos de ver.

Algún día, las cátedras de ética enseñaran, desde un punto de vista ni siquiera doctrinario ni “justiciero” (como se dice ahora para intentar acoquinar a todo el que no piense como el canon manda), que la libertad de uno acaba donde empieza la libertad del otro, y que robar, estafar, evadir impuestos, o utilizar puertas giratorias, no es liberalismo, sino pura inmoralidad.

Aunque suene a moralismo trasnochado, o a optimismo inmaduro.

El autobús

tramabús

 

Así como algunos han estado a punto de perder el “tramabús” (al final han llegado a tiempo), otros -muchos más- estamos en ciernes de perder, si no ponemos remedio, el autobús de la historia y de la normalidad política.

Y es que, si nuestra situación política es normal, que venga Dios y lo vea.
Salvo que consideremos normal esa normalidad que irradia Rajoy, que nunca sabe uno si es la normalidad del ciudadano medio, o la raíz cuadrada de la corrupción elevada al cubo.
A lo mejor, cuando le interroguen los jueces, nos lo aclara.

El caso es que uno visualiza, quizás cinematográficamente, al PP de Madrid, con Aguirre y toda su tropa acudiendo presurosa y billete en ristre, a la estación del tramabús -a punto de salir en su viaje concienciador- gritando desesperadamente que les esperen.

Y lo cierto es que han llegado, por los pelos, pero han llegado. Puntuales a la cita. Como era de esperar.
Y para que no sobre mi falte nada, también aparecen periodistas.
¡Qué cosas!

Ni que los hubieran visto venir.

Toca ahora Madrid como no hace tanto tocaba Murcia o Valencia.

Ahora bien, también se decía en Twitter -y no sin razón- que a este paso no va a ser suficiente un autobús, y que habría que ir pensando en un tren de mercancías, y de los largos.

¡Si fuera tan fácil librarnos de esta lacra!
Hasta les pagaríamos el billete, pero sólo de ida.

Aquí el hecho de la cantidad ofusca el hecho de la calidad, y al final tenemos un lío de magnitudes en que, sí o sí, nos pasamos tres pueblos. En la una, por arriba, y en la otra, por abajo. Y es que, efectivamente, hemos asaltado los cielos, pero ha sido la corrupción, y hemos besado el suelo, pero hemos sido los ciudadanos.

¿Somos conscientes de lo que nos está pasando?
¿Somos conscientes de en qué manos hemos puesto el destino de nuestro país, y en qué país nos estamos convirtiendo?

Ayer en RNE, una oyente argentina nos deseaba lo mejor a los españoles, e intentando hacernos un favor que nosotros mismos no nos hacemos, nos ponía sobre aviso con su propia experiencia, sobre la manera sigilosa y letal en que la corrupción corroe y acaba con un país, y hace la vida desgraciada a sus ciudadanos.

Evidentemente, a estas alturas, muchos somos conscientes de esta circunstancia, pero no está de más este tipo de advertencias que proceden de la experiencia en carne propia.
Tal como ocurrió con Argentina, hoy ocurre con España, venía a decir.

Y es que hay autobuses que, como el tren de la historia, sólo pasan una vez, y si se dejan pasar, los que tenían que irse se quedan.

A lo peor, hasta sucede que otros les ayudan a quedarse. Y no quiero mencionar a ninguna gestora.

La gestora

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Podría uno pensar que las gestoras deben pasar desapercibidas y ser neutrales. Pero esta no.

La “gestora” (ya saben cuál) tiene tan claro que quiere cortar cabezas, como poco claro qué quiere ser de mayor.

Y si no serlo -que eso ya sería para nota- al menos aparentarlo.

Ahora bien, ser algo de mayor, de verdad y no sólo en apariencia, requiere tener las ideas claras y un esfuerzo de coherencia, para el que esta gestora y el partido que dice representar, no están entrenados.

Justamente la peripecia pelín traumática de esta gestora, deriva de una crisis de autenticidad tras prolongado teatro, y nace de la necesidad de impedir que los militantes hablen y la verdad salga a la luz, es decir, que la realidad llegue al estrato superior de la consciencia.

Es en última instancia una gestora mordaza, que esperará el tiempo que sea necesario y aún más, hasta que los militantes cambien de opinión o se muerdan la lengua.
Un acto de represión sin Freud que lo remedie, mediante la correspondiente y liberadora catarsis psicopolitica.

El gran Padre González, sigue recortando las alas de su Edipo particular en su taller de bonsáis enanos, donde salvó el todos los demás son menores de edad.

Pero donde falta autenticidad, faltan también ideas claras, y tanto las opiniones como los principios, caducan al día siguiente.
Por eso, aunque en el manejo del hacha no le tiembla el pulso, en todo lo demás padece esta gestora el baile de San Vito.
En apenas el transcurso de unas horas, puede cambiar radicalmente de criterio político y sobre todo de principios morales, según lo que interese aparentar, o según que el personal este mirando y atento a la escena, o despistado y comiendo palomitas.

Esto explica lo ocurrido recientemente con el nombramiento de Jorge Fernández Díaz como infausto presidente de la comisión de exteriores (un pesebre), cuando la gestora cambió rápidamente de opinión en menos que canta un gallo y sin esperar a que cantara tres veces, sin más razón que sentirse observada, desnuda de máscaras, y como Dios (y Felipe González) la trajo al mundo.

Eso es trasparencia y cambio.

Efectivamente, tanto la gestora como C’s estaban dispuestos a dar el visto bueno al indigno premio de Jorge Fernández Díaz (el de la caza de brujas), votando en blanco para no romper una de las normas no escritas, más sagradas y corruptas del cotarro pesebril: la de la repartición consensuada de prebendas y pesebres.
Hasta que se encendió una lucecita roja que avisaba a todas las termitas compinchadas que estaban “en el aire”, y sintiéndose observada (y también presionada por Podemos) la veleta gestora cambió rápidamente de gesto, decisión, máscara, y discurso.

Así, de la abstención facilitadora de ese pesebre tan infame, pasó a oponerse en un santiamén, para parecer honesta y cabal a ojos de la audiencia. Y todo esto entre bambalinas y al albur de los focos, como suele ocurrir en el teatro.

Al final Rajoy se salió con la suya y premió a Fernández Díaz (y con él a las cloacas y la caza de brujas), y los demás quedaron bastante mal. No sabemos si esto es un anuncio de lo que va a ser esta triste legislatura.

Salvar al soldado Fernández y su gestora golpista es ahora la misión, como antes lo fue salvar al soldado Rajoy y su misión sagrada de proteger los intereses de la banca. Pero Rajoy -ingrato- no lo pone fácil. Sabe que el mueve los hilos, y tiene atrapada en sus garras a la inestable y frágil marioneta.
Con la soltura, el desahogo, y la falta de empatía que le caracteriza, dicta un pesebre para Jorge Fernández Díaz, y dice a sus marcas blancas: esto son lentejas y donde hay patrón no manda marinero.

Más claras tiene las ideas Felipe González, que asegura que no apoyará a Susana Díaz, porque dada la merecida fama que él tiene de dar gato por liebre, esto la puede perjudicar.

No seremos nosotros los que discutamos la solidez y lógica de su argumento, pero al decir González que no la apoya, todos entienden y dan por hecho que ya la está apoyando, porque a las palabras de González, siempre hay que darles la vuelta como a un calcetín.

Por su lado Merkel, sorprendida de que Rajoy aún sobreviva tras recortes tan feroces e inhumanos, y tras la dosis XXL de austericidio propinada a los sufridos españoles, le reconoce que tiene la “piel de elefante” (los españoles, sorprendentemente, aún le siguen votando; esa es la grandeza bifronte de la democracia), y le nombra por ello caballero de su tabla redonda, que al ser alemana, es más bien cuadrada.
Porque cuadradas son las ideas fijas de la canciller pangermana.

La reina Artura de esta Europa retrógrada y medieval, debe ser la única que aún no se ha dado cuenta de la debacle que le rodea, y de la necesidad perentoria -como clama Obama- de cambiar de rumbo, porque el neofeudalismo no funciona.

Hasta qué la nueva dama de hierro despierte de un batacazo inesperado y se venga abajo su castillo de naipes, Rajoy es urbi et orbi un gran “gestor” y un gran vasallo, y al igual que la otra “gestora socialista”, el mejor sacamantecas al servicio de la banca alemana.

Por los servicios prestados y como mercenario leal, estos días ha recibido Rajoy su espaldarazo sublime, y ha venido a ocupar el hueco de uno de los pares caído en desgracia: la Inglaterra de la City.
A Rajoy, el cruzado de la vieja y decrépita fe, se le caía la baba de puro contento.

Mientras tanto, los dos países del Occidente racista y xenófobo, que dieron a luz al neoliberalismo radical y extremo, USA y el Reino Unido (ahora se enteran algunos de que esta era una ideología de extrema derecha), han parido uno el Brexit xenófobo, y el otro al Trump racista.
Por sus obras y frutos los conoceréis.

A nivel de calle, estos días hemos conocido que los salarios de los españoles han caído en estos años de oportuna (e irreversible) crisis un 10%, y que los más castigados han sido los trabajadores públicos. Algo lógico si se considera que en la estrecha y sectaria ideología de los que gobiernan, “lo público” es el enemigo público (valga la redundancia) número uno, y el principal objetivo de su doctrina cerril es cargarse el Estado (y no sólo el de bienestar) tal y como lo hemos conocido hasta ahora. Ergo el sacamantecas es eficaz. De ahí la condecoración.

Los paraísos fiscales, al contrario, al no pertenecer al ámbito de “lo público”, y requerir emprendimiento, ética floja, y coraje suicida, tienen la vida (y la amnistía fiscal) asegurada.

Un mal menor

Trump es un mal menor, grande y pelirrojo (peligroso, quise decir). Su peluquín de fuego amenaza crear un incendio donde ya existe un infierno.

Por eso es un mal menor (creen), porque un fuego con fuego no se apaga, y el infierno oficial tiene garantizada, así, su rutina diaria.

Tras un breve aspaviento, las bolsas volverán a inflarse, los “trading” a hincharse, los mercados a comprar seres humanos y vender almas al maligno (en España hemos pasado en los últimos años de tener un exorcista a tener trece), y el establishment soltará un eructo, una vez digerida la extraña y aciaga noticia.

Es de los nuestros, pensarán. Y con razón.

¡Qué es xenófobo!
También lo es el cardenal Cañizares.
¡Qué quiere levantar un muro!
También aquí tenemos vallas y los echamos a patadas y pelotazos de goma, hasta hundirlos en el mar.

Y eso que allí no son mayoría los refugiados de guerra que intentan salvar la vida para perderla a miles en el intento. Son más los refugiados del hambre y la miseria, o de gobiernos tan anómalos como consentidos. Allí no va Felipe González, a cantarle las cuarenta al establishment de su patrono, Carlos Slim.

El PP y nuestro gobierno son de los que mejor y más rápido han digerido la noticia (si hubiera salido Bernie Sanders ya estarían cargando las baterías antiaéreas), porque perro no come perro. Y menos con el mismo collar.

Los del distinto collar pero el mismo perro, tienen que hacer un poco de teatro (lo que hacen siempre), y hubieran preferido a Clinton (la corrupción andante), ciertamente, pero antes que Sanders -el rebelde y socialista- no está mal Trump -el bárbaro y filonazi-.

¿Hasta cuándo gestora golpista que siga manifestando opiniones y gustos tan extraños?

¿No está ya investido -como querían- el gobierno de los recortes y con el hacha de Conan a punto de soltar el tajo? ¿Por qué Fernández y colegas siguen en la poltrona, como si ir de golpe fuera quedarse de tertulia, y tomando decisiones que no les competen?

En resumen, nada nuevo bajo el sol, y todo ha cambiado de nuevo para que no cambie nada, como siempre.
Allí ha salido Trump, ayudado entre todos, para que no salga Sanders.
Aquí ha salido Rajoy, ayudado por el PSOE y otros cuantos, para que no salga una opción progresista. Y en Francia, si un resto de lucidez no lo remedia, saldrá Marine Le Pen, sin demasiado escándalo, ni sorpresa, ni disgusto, por parte de los que hoy practican los recortes más inhumanos para consumar la estafa más tramposa.

¡Y a mí que esto me recuerda a otros tiempos!

En definitiva, un nuevo capítulo de esta novela que podemos ya ir titulando “Neoliberalismo y barbarie”, con el subtítulo “De como Felipe Gonzalez se enamoró de Margaret Thatcher cuando tomaba el te con Pinochet”.

Y es que les debemos mucho: por ejemplo, a Donald Trump.

Peregrinajes electorales

Juncker y Rajoy

Como en España no hay corrupción, ni hambre, ni pobreza, ni desabastecimiento de los que no tienen con qué sobrevivir a duras penas, ni expolio o desánimo de la clase media -desparecida en silencioso holocausto- ni evasión fiscal, ni saqueo de los bienes públicos, ni ningún mandatario que se tenga por honesto ha metido nunca la mano en la hucha de los esforzados y estafados pensionistas, nuestros políticos más perspicaces -y sobre todo coherentes- tienen que viajar al extranjero para denunciar y escandalizarse con todos estos desórdenes políticos y vicios civiles.

Como descubridores de un nuevo continente, ya roturado y descrito con pelos y señales, manchas y lamparones, en todos los juzgados de España y en todos los informes coincidentes de incontables ONGs, que claman una y otra vez en el desierto y hacen en vano lúgubre descripción de nuestro país, sin que por ello decaiga nuestro triste sino ni el interés por la Liga, estos nuevos conquistadores de lo ignoto recorren miles de kilómetros para mesarse los cabellos y denunciar lo que sin ir más lejos tienen a la vuelta de la esquina, cuando no oculto debajo de su propia alfombra.

Que estos peregrinajes tan fotogénicos coincidan con un periodo de campaña electoral, es pura casualidad.
Ni debe sorprendernos o extrañar que, no obstante la difusa y generosa ubicuidad de tales vicios, que también crecen vigorosos y florecientes en nuestra propia patria (más decaída, endeudada, e intervenida que nunca), o en la misma cúspide del poder europeo (un nido de corrupción donde desaparece al año un billón de euros por evasión o fraude fiscal), todos estos peripatéticos políticos se dirijan, como convocados por un imán, al mismo sitio: Venezuela.
¡Qué perra se han cogido! ¡Da que pensar!

Y yo ni afirmo ni desmiento, pero esa sobreactuación tan focalizada y tan poco coherente, peca a mi juicio más de interesada que de sincera y honesta, una maniobra de distracción para dirigir los focos hacia la paja en el ojo ajeno, a ver si el personal se olvida de la viga en el propio, que somos así de hipócritas o de inocentes.

Muy inmaduro hay que ser para creerse que nuestro futuro político, con tanto chorizo y destrozo endémico y local, se decide a miles de kilómetros, en Venezuela. Ni siquiera en los tiempos de Felipe González y su “amiguito del alma”, el corrupto Carlos Andrés Pérez.

Y como esta mañana hemos amanecido seriamente preocupados por el devenir del mundo (y con toda razón), pidamos y trabajemos todos desde aquí para que haya libertad y democracia en Venezuela, y en Méjico, y en España, y en Marruecos, y en Egipto, y en China, y en Turquía, y en Emiratos Árabes, y en esta desconocida Europa que trata como perros a los refugiados, y no mucho mejor a sus propios ciudadanos.
Reclamemos justicia para Leopoldo López, perseguido político en Venezuela, y para Antoine Deltour, perseguido político en Europa, y chivo expiatorio de las corrupciones y evasiones fiscales organizadas por nuestro jefe común, el capo Juncker, al que ni Albert Rivera ni el dúctil Zapatero tienen nada que reclamar.

Al menos Ken Loach ha ganado en Cannes.

El Monipodio va a la escuela

Ni ideadice el presidente del gobierno (y se refiere al cotarro valenciano) y eso me deja más tranquilo. Es un decir.
Quiero decir que la tranquilidad me dura poco, porque la disyuntiva es terrible: o tenemos en funciones (y hemos tenido cuatro años largos ejerciendo) al frente del gobierno un presidente de capacidades intelectivas muy mermadas, de liderazgo nulo, y el títere sin cabeza de todos los subalternos que se la pegan, que no son pocos (muy por debajo del nivel que se requiere para presidir un país, una comunidad autónoma, o incluso un ayuntamiento). O en esto como en otras cosas nos está mintiendo, y no sé qué será peor.

Me remito a sus famosos lapsus lingüísticos del tipo de: “Ya no se va a pasar ni una”.
¿Y antes, señor presidente, si se dejaba pasar para hacer caja?

No hay por dónde cogerlo. Y es un suma y sigue que demuestra que estamos hechos a prueba de bombas atómicas made in USA, de elefantes blancos que cazan elefantes grises, de compis yoguis black que se quieren mucho (¡coño, y vaya si se quieren!), y de oportunidades históricas pérdidas, que cuando un país toca suelo de ahí no pasa, salvo que escarbe. Y es que quizás ya estamos escarbando en busca de la capa freática para ponernos a remojo, a ver si maduramos o solo quedamos para cocido y olla podrida.

Es tal su inocencia declarada (pobre presidente), la inopia que confiesa, la inexperiencia adolescente que aduce, que no puedo por menos que sentir lastima e imaginármelo en el papel de aprendiz, de becario, de hijo confidente de la edil del PP (María José Alcón) pillada con las manos en la masa, y grabada en su confesión maternal y sin taquígrafos. Imagínense:

-Rajoy comenta: “… que no entiende como blanquean el dinero”.
-Y una maternal y pedagógica María José le contesta: “Ellos tienen mucho dinero negro (…), de empresas del partido, de empresas, comisiones, corrupciones (…) Es un dinero que no pueden aflorarlo”.
-Rajoy (en funciones de confidente) pregunta: “Cuantos billetes de quinientos tienen ellos (léase nosotros, que en el PP hay mucha unidad)“.
-Y María José responde: “Como tú me dijiste una vez, y tienes más razón que un santo, en este país lo único que funciona es la corrupción”.
-Rajoy podría haber preguntado entonces: ¿cómo funciona el partido? Pero no le habría respondido María José sino Alfonso Grau (literalmente según consta en grabación): “Me doy de baja en este mismo momento de un partido que se dedica a castigar a inocentes para tapar el culo a los verdaderos culpables”.

Lástima que no esté por aquí Cervantes redivivo para hacer un entremés intitulado “El aprendiz de inocente” o “El Monipodio va a la escuela”.
En resumen, un auténtico manual de cómo se maneja y organiza una banda organizada para el crimen.

Claro, uno ya contaba con la evidencia de que la capacidad de regeneración de este país es escasa, cuando es capaz de tirar para adelante con un presidente que enviaba a Bárcenas los mensajes de todos conocidos. Como si no hubiera ocurrido, hemos llegado al final de la legislatura tan ciudadanos responsables y adultos como la empezamos. Incluso más entrados en años. Una verdadera hazaña.
Para que quede en los anales y sirva de regocijo y meditación a los historiadores futuros.

Pero la saga es ya de tal calibre y persistente en sus intenciones de trascendencia, las tragaderas tan anchas, las circunstancias tan deprimentes (un mix de recortes salvajes junto a un saqueo feroz), que creo que vamos a quedar inmunizados durante varias generaciones contra cualquier amago o intento de democracia normal. No me llamen pesimista, es que así están las cosas. Y ahí están las estadísticas de hoy mismo, que dicen que los españoles que se las piran, in crescendo.

Porque además parece que los votos no condenan ni castigan este estado de cosas. Es lo que hay. Que por otra parte no desentona del contexto europeo. Ahí tienen a los padres de la patria común del euro (y nunca mejor dicho) declarando abiertamente y sin tapujos que lo suyo es violar las leyes.

Y vuelvo a lo de Platón: ¿pueden los violadores de la ley ser los guardianes de la república?

El vídeo del día de la amistad de Rajoy en Facebook

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