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EL INTERROGANTE

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Hay interrogantes sobre el pasado (quizás presente) que lanzan un interrogante hacia el futuro.

¿Será ese M. Rajoy que aparece en los papeles de Bárcenas como receptor de sobresueldos el mismo M. Rajoy que fortalecía el ánimo deprimido de Bárcenas en un mensaje de wasap?

En esta sencilla pregunta y en la respuesta que a la mayoría de los españoles nos inspire, se cifra el ser o el no ser de nuestro país.
Sin duda una respuesta no tan importante para la Humanidad como decidir si la Tierra es plana o redonda, o si la vida extraterrestre abunda o es escasa, pero que a esta pequeña escala de lo civil y lo político, le da a un país, en este caso al nuestro, la vida o se la quita.

A la Humanidad -incluso a la Humanidad europea- le importa poco si quien encabeza el gobierno de nuestra nación, y por tanto rige sus destinos, es un hombre honesto o un político corrupto. Es esta indiferencia un hecho grave al que la rutina de nuestro “sistema” nos tiene acostumbrados, y que impide una mínima coherencia en los planteamientos éticos que se supone Europa defiende de cara a un destino común. Pero al país en concreto al que este interrogante interpela, la respuesta le importa tanto que mientras no lo resuelva se moverá en círculos, como quien perdido el norte y la brújula no va a ningún sitio.

El no ir a ningún sitio puede ser una opción válida en el mundo de la mística o incluso desde una actitud ética consecuente puede ser defendido, visto a donde va el mundo. Pero desde el pragmatismo ingenuo de la política, siempre demasiado humana y cándidamente optimista, un país debe aspirar a caminar y llegar a alguna parte: por ejemplo a la democracia, o a la justicia social, entendiendo esta como la prevalencia del interés general sobre el interés privado aliado con la corrupción. Solo con alicientes como estos se puede caminar desde el pasado hacia el futuro.

Por eso es tan importante dar una respuesta a aquel interrogante: porque la democracia y la justicia son incompatibles con la corrupción, y se repelen como el agua y el aceite.

Urge dar una respuesta a este interrogante, y no nos vale una actitud escapista como la que defendía Bartleby el escribiente de Melville, que siempre “prefería no hacerlo” y sin su rutina ciega se sentía perdido. Lo que realmente nos puede perder es la ceguera voluntaria transformada en rutina.

Si por un casual el M. Rajoy, receptor de las mordidas de la corrupción que han arruinado a este país es el mismo M. Rajoy que preside la Marca España y nuestro gobierno, vamos aviados. Es decir, en caída libre y sin paracaídas.

Podremos entretenernos, preferir no hacerlo hoy ni mañana, comer palomitas, intentar digerir el Nodo recuperado del baúl de los recuerdos y puesto al día en en el canal catequético de la RTVE, pero mientras tanto la fuerza de la gravedad y la gravedad del asunto, nos siguen arrastrando hacia el centro de un abismo de cuya sombra será muy difícil salir.

Hay gente muy inteligente, incluso catedráticos de ética y profesores de ciencias políticas, que opinan que la corrupción (incluso presidiendo un país y dirigiendo un gobierno) es pecata minuta frente a los grandes desafíos que tenemos por delante. No comprenden que con corrupción no tenemos nada por delante, ni siquiera desafíos.

Y si me apuran, ni siquiera país.

“Indignaos” decía Hessel, que luchó toda su vida contra el fascismo y en defensa de los derechos humanos y la democracia. Y lo decía hace muy poco y desde el mismo corazón de la Europa que él ayudó a fundar.
Su mensaje sigue siendo actual. Desde luego mucho más actual y moderno que la indiferencia.

Dada la íntima ligazón con que la corrupción une pasados y futuros, el crucial interrogante que da título a este artículo (¿Gobierna la corrupción nuestro país?) es una urgencia nacional para antes de ayer.

Lo cierto es que salvar al soldado Rajoy puede echarnos a perder.

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Corrupción, Constitución, Sistema.

¡No lo puedo evitar! Cada vez que se me viene a la mente la “cuestión catalana”, se me viene a la boca la palabra corrupción. Casi como una náusea.

¿Pero la corrupción de quién? Pues la respuesta parece obvia: de unos y de otros, a ambos lados de esa falsa frontera. Sin embargo es más fácil pensar que España nos roba o que los catalanes son los malos de la película, como en otro tiempo los judíos. Todo antes que reconocer que los corruptos de uno y otro bando nos han traído hasta aquí. Y no solo eso, sino que creemos ingenuamente que esos mismos corruptos, sentidos patriotas, nos van a sacar del atolladero. De momento son ellos los que siguen al mando de las naves que nos llevan al abismo.

Más allá de fronteras lingüísticas o identidades folclóricas, más allá de banderas de colorines y patrias chicas, casi enanas, los políticos corruptos en nuestro país siempre han sido grandes aliados. Siempre han aspirado a esa “Gran coalición” que predica San Felipe González, esa fórmula política de barbarie mayoritaria y corte populista (engendro de la élite que trinca) que cierra todas las puertas a la democracia y abre todas las puertas a la corrupción. Donde no hay resquicio para la oposición y la crítica no corre el aire y el agua se estanca.

¿Hemos olvidado ya el buen rollo de Felipe González con Jordi Pujol y como el poder ejecutivo ordenaba al poder judicial que no tocara al intocable?
¿Hemos olvidado la perfecta armonía de Aznar, el héroe de la guerra de Irak, semilla de tantas calamidades, con los héroes catalanistas del 3%?

En aquella liga de aforados se jugaba al robo en comandita del dinero público, que luego nos ha faltado para la educación, la sanidad, y las pensiones.
La independencia de poderes que define toda democracia era un cuento chino que cada día nos vendían gratis a la puerta del colegio, y en las cloacas del Estado social y de derecho había más tráfico y roedores que a plena luz del día.
Ese era el “consenso” que los unía: no robes tu donde robo yo, o en todo caso pide la vez y nos turnamos. Hagan cola que cada vez queda menos y no hay guarda, solo jueces venales.

Nuestra memoria es frágil. Nada extraño ya que se premia el olvido, como si los hombres o los países fueran esclavos autómatas de un presente olvidadizo, casi una realidad virtual.

Aquella gran unidad de acción, aquel cuerpo místico de lúgubres patrias, suficientemente saqueadas por los gobiernos respectivos, casi una familia, hoy se ha roto. Nuestro esperpento nacional y nuestras cloacas atestadas, nuestros pequeños Nicolases y oscuros Villarejos, han hecho crisis. Cada vez hacen menos gracia y dan más miedo.

Cada vez hay más patriotas agresivos que consintieron fofos el desmantelamiento del Estado y hoy enseñan los dientes dando dentelladas al vacío.
Y mientras agitan banderitas y atizan con el palo a todo el que se cruza por delante de sus cables hiperpatrióticos, los grandes coaligados siguen diseñando nuevos recortes a las órdenes del dinero, para un futuro que nos pillará cantando un himno marcial. Camino del matadero de borregos. Enanos de mente y cebados de odio.

Toca jugar a las diferencias, a las identidades, a las dicotomías, al enfrentamiento, a los españoles y antiespañoles, a los buenos y a los malos. Todo viene bien mientras distraiga al personal y disfrace nuestra auténtica realidad de fondo: somos una democracia de tercera división.

 

POSDATA: La caída del comisario Villarejo hará saltar en pedazos la tapa de las cloacas de Interior http://www.publico.es/politica/operacion-tandem-caida-comisario-villarejo-hara-saltar-pedazos-tapa-cloacas-interior.html

 

 

 

 

El coro y el decoro

El coro

Que ante la magnitud de la corrupción que rezuma por todos sus poros nuestro desgraciado país, la respuesta indignada se considere excesiva, o incluso una falta de decoro, cuando no una injustificada rabieta infantil guiada por el odio, nos da una idea de la tropa de melifluos consentidores en que nos hemos convertido.

Han bastado unos cuantos años de domesticación concienzuda, como prórroga a cuarenta años de inexistencia civil, para secar toda posibilidad de digna y justificada rebeldía, de mínima honestidad.

Es de tal calibre nuestro horror a mirar la verdad de frente, que no creo que podamos volver a vivir en un escenario social o político que no sea de mentira.
Ese es el nivel de nuestra crítica: el adorno y maquillaje del fraude y la estafa.

La hipocresía era anglosajona hasta que decidimos batir el récord.

Es de tal entidad nuestro miedo a coger el toro por los cuernos, que no me extraña que la fiesta nacional esté bajo mínimos (aparte de porque es una tortura ritual de seres inocentes).

Somos postergadores natos y crónicos de nuestras responsabilidades, y así nos va. Pelotas harapientos, siempre buscando el arrimo del sol que más calienta.

Lo que más me duele es que no haya en Europa alguien que nos quiera un poco, y por nuestro bien nos llame al orden o directamente denuncie lo que nosotros callamos.

Les da igual, mientras sigamos pagando la deuda (la deuda de una estafa) y engordando los beneficios de los bancos.

Cuando con toda la ilusión de nuestra juventud muchos vivimos el momento histórico y colectivo de dejar atrás una dictadura y empezar a vivir en una democracia, la ocasión de acabar con el aislamiento de bichos raros y conocer otros modos de estar y de pensar más abiertos, más informados, más críticos, nunca imaginé que iba a llegar a ver esta decadencia ética, y esta muerte civil fruto de un cinismo consensuado.

Somos un coro decoroso de peleles. En eso nos hemos convertido.

“No hemos vigilado lo suficiente”, dicen ahora algunos como excusa y tapadera.
Y el coro repite: “invigilando, pecata minuta, sólo era una manzana podrida. Todo lo demás era sano”.

Invigilando, parece que no. Ocultando, me temo que sí.
Robando a manos llenas y reclamando, látigo en mano, la austeridad ajena.

En esto, como en tantas otras vergüenzas de las que ya tenemos la despensa llena, la “gran coalición”: uña y carne.

El autobús

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Así como algunos han estado a punto de perder el “tramabús” (al final han llegado a tiempo), otros -muchos más- estamos en ciernes de perder, si no ponemos remedio, el autobús de la historia y de la normalidad política.

Y es que, si nuestra situación política es normal, que venga Dios y lo vea.
Salvo que consideremos normal esa normalidad que irradia Rajoy, que nunca sabe uno si es la normalidad del ciudadano medio, o la raíz cuadrada de la corrupción elevada al cubo.
A lo mejor, cuando le interroguen los jueces, nos lo aclara.

El caso es que uno visualiza, quizás cinematográficamente, al PP de Madrid, con Aguirre y toda su tropa acudiendo presurosa y billete en ristre, a la estación del tramabús -a punto de salir en su viaje concienciador- gritando desesperadamente que les esperen.

Y lo cierto es que han llegado, por los pelos, pero han llegado. Puntuales a la cita. Como era de esperar.
Y para que no sobre mi falte nada, también aparecen periodistas.
¡Qué cosas!

Ni que los hubieran visto venir.

Toca ahora Madrid como no hace tanto tocaba Murcia o Valencia.

Ahora bien, también se decía en Twitter -y no sin razón- que a este paso no va a ser suficiente un autobús, y que habría que ir pensando en un tren de mercancías, y de los largos.

¡Si fuera tan fácil librarnos de esta lacra!
Hasta les pagaríamos el billete, pero sólo de ida.

Aquí el hecho de la cantidad ofusca el hecho de la calidad, y al final tenemos un lío de magnitudes en que, sí o sí, nos pasamos tres pueblos. En la una, por arriba, y en la otra, por abajo. Y es que, efectivamente, hemos asaltado los cielos, pero ha sido la corrupción, y hemos besado el suelo, pero hemos sido los ciudadanos.

¿Somos conscientes de lo que nos está pasando?
¿Somos conscientes de en qué manos hemos puesto el destino de nuestro país, y en qué país nos estamos convirtiendo?

Ayer en RNE, una oyente argentina nos deseaba lo mejor a los españoles, e intentando hacernos un favor que nosotros mismos no nos hacemos, nos ponía sobre aviso con su propia experiencia, sobre la manera sigilosa y letal en que la corrupción corroe y acaba con un país, y hace la vida desgraciada a sus ciudadanos.

Evidentemente, a estas alturas, muchos somos conscientes de esta circunstancia, pero no está de más este tipo de advertencias que proceden de la experiencia en carne propia.
Tal como ocurrió con Argentina, hoy ocurre con España, venía a decir.

Y es que hay autobuses que, como el tren de la historia, sólo pasan una vez, y si se dejan pasar, los que tenían que irse se quedan.

A lo peor, hasta sucede que otros les ayudan a quedarse. Y no quiero mencionar a ninguna gestora.

Desintegración

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Cuando se persigue a las Humanidades (y a la Humanidad) a mayor gloria de la tecnocracia (fabricar esclavos como bielas en serie), se acaba por desconocer hasta el principio de causalidad, que por cierto, es muy útil para el pensamiento racional y la acción empírica.

Por eso, escuchar a uno de nuestros jefes (Draghi, hoy en El País) decir que “la integración europea se ha frenado por culpa de los populismos”, es deprimente en cuanto burla grosera y casi cínica de los silogismos básicos que aprendíamos en el Instituto.

Desconozco si existe una “academia europea del doble lenguaje” donde se fabrican las mentiras oficiales y se diseñan las palabras que les son más útiles, pero lo cierto es que parece funcionar un cierto consenso en las alturas del poder cuando se trata de intoxicar. Una especie de “gran coalición” lingüística que tiene por misión fijar, distraer, y emborronar la lengua para que no prospere el pensamiento.

En un mundo inmóvil en su fe, congelado tal y como lo veía Parménides, donde la vida es una simple caricatura rígida proyectada al fondo de la caverna, da igual que los caballos tiren del carro o al revés, porque la dirección del tiempo, y la relación entre las causas y los efectos, las deciden los que mandan e imparten doctrina.
Muy distintas son las cosas en un mundo de verdad, tal y como lo veía Heráclito, donde la Historia nunca se detiene, y hasta las cosas quietas se desgastan.

Pareciera como si allí arriba se viviera el tiempo frígido de la impostura, y aquí abajo el tiempo humano de la erosión.

En cualquier caso, en el mundo sublunar que nos ha tocado en suerte habitar, son los caballos los que tiran del carro, y no al revés.
Es la desintegración de la sociedad la que produce desesperación y populismo, y no el populismo el que produce la desintegración.
Como no sea que todo se enlace en un círculo vicioso, siempre acelerado hacia su propia ruina, que tiene su origen en la extraña creencia de que la integración social -cuyos mecanismos son el Estado y la democracia- sobra y es prescindible.

Tristemente, los que denuncian la desintegración y la ruina de los “valores europeos” (Draghi dixit), son los que las han impulsado y llevado a cabo.

Ahora bien, por mucho que apretemos el corsé de la doctrina, los hechos acaban reventando las costuras. Dice Draghi: “Una de las razones principales de la crisis financiera fue la desregulación ciega que tuvo lugar en los primeros años de este siglo y los últimos de la década de los 90. Eso llevó a la creación de los activos tóxicos, a la opacidad de los mercados, a los excesos que provocaron la crisis financiera mundial y la recesión”.

Algo es algo. Y no es poca cosa reconocer que la “crisis” fue una “estafa”. Aunque no sirve de mucho consuelo saber que los pilotos de la nave que nos lleva, están “ciegos”, y que esa ceguera es de la peor especie: una ceguera hija de la fe. ¡Y en Europa!

Casi, de fe a fe, no ha hecho falta ni cambiar de monaguillos.

Y es que cuando los intereses más turbios priman sobre los silogismos más claros, todo (incluido el mundo real) se desintegra.

La vulgarización del populismo

Al parecer, según opinan algunos politólogos, Europa en masa está degenerando y volviéndose populista.
En vez de la vida doméstica, gusta de la calle (quizás le han hipotecado la casa).
En vez del trabajo, el estudio y el recogimiento, prefiere la algarada (quizás está en paro o en algo que se le parece mucho).
En vez del balido borreguil, opta por el grito. Lee el resto de esta entrada

Mejor que nazca pronto

http://elpais.com/elpais/2016/07/15/opinion/1468593268_999073.html

El chiste

El chiste

Aunque visten muy estiraos, luego se lo pasan pipa. A nuestra costa, claro.

Es sabido que les damos mucha risa.

¿Qué de quién hablo?
Pues de nuestros exquisitos mandarines, expertos en evasión fiscal, elusión fiscal, y otros fraudes finos. De Juncker y compañía. Que no hay como probar la guinda para saber de qué merengue está hecho este pastel llamado Neoeuropa.

En estos días se dirimen judicialmente las hazañas -en el ramo de la elusión fiscal- de algunos de nuestros más empinados mandatarios europeos: como Juncker, capo nuestro y responsable último del Luxleacks, perdonado de sus imperdonables fechorías por obra y gracia de “La gran coalición” (ya saben).

Gracias a esa monocorde mezcla política de contrarios siameses, se libró el susodicho estratega de la necesaria e higiénica moción de censura. Y es que no hay nada como la autoproclamada “responsabilidad institucional” de los coligados, para ocultar la colaboración consensuada en el crimen.

El tiempo transcurrido y los papeles de Panamá, han demostrado que aquellos socios contrarios a la transparencia y la visibilidad, tenían fundadas razones para hacer frente común y proteger al Boss. “Responsabilidad institucional” es lo que antes se llamaba, en la jerga del oficio, ley de la omertá.

No sé qué vena se les ha roto a nuestros gerifaltes últimamente (desde la revolución mango-liberal en adelante), pero asisten más a los juzgados que a los problemas de los ciudadanos. Y quizás es mejor así, porque cuando les prestan atención es para empeorarlos o crear otros nuevos. O para meternos en una guerra, si se levantan con resaca y ganas de negocio. Ponen los pies encima de la mesa, se toman un whisky, y luego firman la masacre.

La niña de sus ojos son las multinacionales, que aunque no votan tienen mucha pasta, y todo lo que suene a dinero fácil y evasión (o elusión) de impuestos, les pone tiernos. Que eso de pagar a Hacienda es cosa de pobres, y ellos son gente de calidad y bien relacionada. Hoy por ti, mañana por mí. Arrieros somos y en las puertas giratorias y demás favores nos encontraremos. Pagar menos del 1% en impuestos en vez de un 29%, es uno de esos favores, que pagamos con sangre los demás: “sus maniobras… han contribuido a que estados como España, Italia o Grecia tuvieran que recortar su sanidad y sus servicios” (Stuart Holland, La Vanguardia 29/04/2016).

Según un informe del Parlamento europeo de 2013, cada año deja de recaudarse en Europa un billón de euros, debido al fraude, la evasión fiscal, y otras proezas similares.
Esto al mismo tiempo que los recortes sociales causan víctimas y bajas con nombres y apellidos. Y de todas las edades. Y ahí están, como si el tema no fuera con ellos. Y no solo eso, sino que encima echan una mano. Para ayudar a los evasores, claro.

Decir estas cosas, suele descalificarse como populismo. Pues vale.
Sigan en esa línea.

Sintomático del bodrio en que ha degenerado nuestro marco político, es que el encausado por este asunto (Luxleacks) es el auditor que destapó la trama, Antoine Deltour, y otros dos informantes, y no el responsable de la fechoría, Jean-Claude Juncker.
Transparencia Internacional (TI) pide protección para los informantes de Luxleacks.
En un ámbito democrático deberían ser los informantes los protegidos, no los delincuentes. Saquen sus propias conclusiones, que no es difícil. Estos héroes civiles son los que tendrían que estar aforados, y no Rita Barberá o Juncker.

“Juncker no tiene legitimidad”, dicen con razón los que acostumbran a mirar las cosas de frente y los hechos con los ojos abiertos y limpios de legañas. Pero claro, a ver quién contradice a “la gran coalición”, que incluye las derechas rancias de siempre, junto a socialistas de pega, colaboradores “oficiales” de contrastada responsabilidad institucional, es decir, a esa izquierda que tanto ayuda y hace reír a la derecha, a De Guindos y Dijsselbloem  en sus conversaciones de amigotes:
“¿Por qué no hacéis en España una gran coalición con la “izquierda” (léase, aunque se atragante, con el PSOE)?”, pregunta con gesto pícaro y risible Dijsselbloem a nuestro ministro de la cosa.
Y se tronchan de la risa. Ambos más un tercero que se une a la juerga.
Se tronchan de la risa en coalición y de la gran coalición, por eso de que conocen de que masa está hecho el pastel. Pastel de un solo sabor.

Otro chiste es cuando dicen, muy serios y de profundis, que Pablo Iglesias en representación de Podemos (o Podemos a través de Pablo Iglesias) quiere hacerse con “las palancas del poder”. Ahí es nada.
¡Toma ya! Así expresado parece la trama de una película de Fu Manchú, de un siniestro complot retorcido, en cartón piedra pero muy logrado, todo aliñado con un claroscuro de atmósfera expresionista.

Y lo dicen -al parecer- para convencernos de que la furia y aviesa intención de los Podemitas no tiene límites, y es tal que se presentan a las elecciones para ganarlas, llegar al gobierno, e implementar su programa. ¿Se ha visto alguna vez tamaña desvergüenza?
Y ahora en serio: ¿Alguien entiende el argumento del chiste o capta el mecanismo de tan insólito delito?
Pues de ese tenor es la lluvia fina, el calabobos con que a diario nos regalan algunos medios, que por tal nos tienen.
Ínfimo estilo y deprimido nivel de la campaña en marcha, con todos los resortes y “palancas del poder” trajinando en el mismo sentido y dirección, que parece que las ha programado una lavadora de cerebros, con todas las bielas del “sistema” echando humo contra todo lo que huela a cambio, es decir, contra todo lo que pueda poner en riesgo “su cotarro”. No sabe uno si reír o llorar, aunque aconsejo lo primero, porque es más sano y porque el nivel del discurso oficial lo merece.

Discurso que da a entender que los demás agentes en conflicto, no quieren hacerse con las susodichas palancas, o lo que es peor, que según juicio implícito y que no es necesario expresar, esas palancas tienen unos dueños señalados por la tradición y amos por derecho de pernada, cuya titularidad no se discute ni está sujeta a la contingencia del voto.

Estoy por asegurar que no soy el único que cuando tratan de endilgarle este tipo de papillas pasadas por el pasa puré, más propias de niños de pañal, le queda más claro de que plato no quiere comer. Se deben creer que nacimos ayer o que no hemos hecho el bachillerato.
¡Pero hombres de Dios! ¿No se dan cuenta que estos intentos de embeleco les dejan a ustedes mismos en muy mal lugar?

En resumen, la “gran coalición” es la fórmula política idónea para que los evasores fiscales y otros malandrines, se encuentren cómodos y desregulados cometiendo sus fechorías. Esto es de primero de ciudadanía responsable.
Por eso los desreguladores que los desregulan, tienen nombres tan distintos y en el fondo tan iguales: Thatcher, Blair, Aznar, Felipe González… Suenan a lo mismo.
Tal es la proximidad y la simbiosis, que no solo establecen entre ellos relaciones crematísticas, sino incluso sentimentales: aparean sus fortunas.

Primero juegan en la división de desreguladores, y luego ascienden a la de desregulados.

¿Pero alguien esperaba que el PSOE pusiera en duda o en riesgo el programa económico marcado a fuego (incluso en nuestra Constitución) por la ultraderecha europea?
Antes el manzano dará higos.

Pedro Sánchez y Albert Rivera: un paripé desde el principio.

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