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Extinciones: todo se acelera

Niños del pico-zorro-zaina

Pienso a veces que la aceleración del tiempo puede ser ilustrada y demostrada por dos hechos igualmente deprimentes: el ritmo de extinción de las especies vivas, y el ritmo de extinción de los juegos infantiles. Si lo midiéramos por estos raseros, la velocidad de los tiempos que nos ha tocado vivir, la aceleración hacia el futuro, sería una deriva decadente y más bien triste.

Podría argumentarse que los juegos infantiles que van cayendo en el olvido, a veces por desaparición del escenario natural de los mismos, son sustituidos por otros nuevos fruto de un nuevo escenario. No lo se. No se si los niños salen hoy a la calle como salíamos antes, creo que no, o si salir a la calle de aquella manera de entonces determinaba que los niños aquellos fuéramos distintos, como moldeados en un ambiente que ya no existe.

Si que recuerdo que salíamos a la calle de forma bastante autónoma y liberal, sin padres ni carabina. Creo que ahora los niños pasan más tiempo en casa, y ya no se escucha tanto aquella admonición materna -que era casi una orden- de: “iros a la calle que me tenéis hasta el moño”.

La verdad es que antes se mandaba a los niños a la calle sin demasiadas angustias ni aprensiones. Incluso los mas pequeños empezaban pronto a patearla bajo la tutoría transitoria y fugaz de algún hermano mayor, que sin embargo también era un niño. Eran otros tiempos, no muy lejanos pero si bastantes distintos.

Lo cierto es que extinciones siempre ha habido, tanto de juegos infantiles como de especies vivientes, pero lo que debe preocuparnos es el ritmo de estas extinciones, es decir la velocidad que ha atrapado y arrastra a la sustancia de la vida. Este ritmo endiablado que todo lo domina y que nos tiene a todos sin sosiego ni asidero posible.

La vida es animada, si, pero una cosa es estar animado y otra muy distinta es estar fuera de si, desintegrándose. Y es que si no estamos integrados, alma y cuerpo, ser viviente y medio ecológico, vamos a la desintegración, es decir, al desastre.

Todo se ha acelerado.

Visité no hace mucho una exposición sobre Cervantes en el Museo de Santa Cruz de Toledo. Allí, detrás de una vitrina, llamaron mi atención un par de peonzas de los tiempos del gran literato, con su cuerpo de madera y sus puntas de hierro oxidado, tan parecidas a las que yo usaba de niño que me sorprendió y casi diría que me emocionó. Recordé aquellas peonzas mías de pico “cigüeña”, de pico “garbanzo”, y las franjas de colores que les pintábamos para que fueran más vistosas. Al parecer los egipcios ya las pintaban. Pensé entonces que el tiempo en que los niños han jugado a la peonza se mide en siglos, desde un niño egipcio a un niño español de los años 60 y 70, y sin embargo hoy ¿se han extinguido? ¿cuántos niños se ven hoy en la calle jugando a la peonza?

La misma emoción o sorpresa puede experimentarse cuando se lee el Satiricón de Petronio (siglo I después de Cristo), y encuentra descrito en sus páginas el juego de “pico-zorro-zaina” que jugábamos en nuestra propia infancia. Creso se sube de un salto a la espalda de Gayo Trimalción, a modo de cabalgadura, y dándole golpes en la espalda al tiempo que extiende los dedos de una mano, le pregunta ¿cuántos hay?.

Hay un hecho notable que a poco que nos intrigue no nos debe dejar de preocupar: según investigaciones bien planteadas, asistimos en el momento presente a una extinción en masa de especies vivas en el planeta, que sería la sexta de su serie. Les recomiendo la lectura de “La sexta extinción”, un libro de Elisabeth Kolbert.

Lo especial de esta sexta extinción es que asistimos a ella no sólo como testigos (y sería la primera vez, ya que no fuimos testigos de las cinco precedentes, la última y más famosa de las cuales acabó con los dinosaurios), sino como autores y protagonistas, según opinión bien fundada que merece todo crédito.

Al respecto se plantean distintas posibilidades:

Que seamos solo testigos impotentes ante ella. Que seamos autores inconscientes o irresponsables de la misma. Que en esta gran matanza en curso sólo seamos verdugos, o que también seamos finalmente y de forma irremediable víctimas.

Víctimas y verdugos al mismo tiempo, poderosos y fatalmente frágiles en un mismo y quizás último acto.

Del antropocentrismo como ejercicio del narcisismo más ciego e insensato, hemos pasado casi por necesidad lógica y evolutiva a dar nombre a una era, el antropozeno, que da cuenta de nuestros desmanes e irresponsabilidad contra la realidad viva de la que formamos parte: el planeta y la vida que alberga.

Del humanismo renacentista y liberador hemos pasado al terrorismo ecológico vía capitalismo desregulado y salvaje, que sin embargo tiene tan buena prensa que lo llaman “libertad”. Queda más bonito sin duda con ese nombre, pero su efecto tóxico es igual de letal. Si no lo remediamos la Naturaleza acabará demostrándonos que tomarse determinadas “libertades” con ella no sale gratis.

También la antigua Unión Soviética ejercía el terrorismo ecológico a gran escala desde su planificación regulada. Pensemos en Chernóbil.

¿Que cabe concluir de todo esto, y del fracaso de modelos tan dispares, aparentemente opuestos, en el fondo gestionados por una misma idea del progreso, insensata, egoísta, mecanicista, e irresponsable?

Pues que vivimos sujetos a un paradigma infantil, del que es propio no tener conciencia de los límites.

En esta relación del hombre con su medio, Occidente era una cara de la moneda, y Oriente la opuesta. ¿Puede decirse ahora lo mismo?

Si por algo se trabaja hoy a gran escala en el planeta es por un modelo único de pensamiento, por un gobierno del mundo no solo en el plano político sino en el plano ideológico.

Hemos pasado de lo prometeico desatado y la razón liberadora, a lo primitivo fetichista. Hoy nuestros fetiches preferidos son El Progreso (con mayúsculas) y la Tecnología que todo lo puede. De este poder omnímodo que se le supone a la Tecnología se espera que nos salve en el último instante de nuestras aceleradas tropelías. Porque de alguna manera si somos conscientes de que no lo estamos haciendo demasiado bien y nos dirigimos a una especie de límite o de fin. Aunque sabemos que hay que corregir la trayectoria, no tenemos demasiada prisa en hacerlo, o sencillamente no sabemos cómo hacerlo.

Por lo pronto, y en base a la evidencia de que el futuro será ecológico o no será, cabe concluir que se necesita la creación de un nuevo humanismo que antes que nada sea adulto, y sepa y comprenda qué es el hombre y cuál es su relación con todos los demás seres vivos, y en general con el planeta.

Por ejemplo que sepa que si el hombre es un animal que respira, no es por inspiración divina sino gracias a un alga verde-azulada.

Que comprenda que el conocimiento de las múltiples dependencias y relaciones que mantiene con su entorno, no lo hacen más poderoso, sino más frágil y por ello más sabio. Que asuma que es parte de un todo orgánico del que no se puede independizar, y que debe conocer, respetar, y preservar.

Somos un animal frágil y a la vez potente, capaz de cambiar el clima y padecer ese cambio.

 

POSDATA: PLANETA TIERRA 2017 Documental Completo 2 Hs en Alta calidad 1080p

 

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Daños colaterales

Entre efectos deletéreos y daños colaterales nuestra civilización, que ya es global, avanza imparable derribando todo tipo de fronteras: físicas, económicas, e intelectuales.

Si no somos supremacistas, al menos somos (y la propaganda nos convence de ello) “supremos”.

No tengo nada en contra de este optimismo cultural salvo una sola cosa: que todo progresa en la misma dirección y guiado por una sola idea, y esto reduce mucho la variedad. La variedad no es ni buena ni mala, pero al menos es prudente. Las ideas únicas suelen ser demasiado simples, y nuestra idea de hoy no supera el rango de mecanicismo ramplón, que como todos los mecanicismos, automatismos y despliegues dialécticos, peca de exceso de fe y no le vendría mal albergar alguna que otra duda.

Por doquier intenta desacreditarse la crítica que acompaña a esa duda,  el ‘activismo”, la responsabilidad cívica y la conciencia social (y ecológica).

El vivir para nosotros “solos” o nuestra  tribu (y ya es mucho compartir), como si no hubiera un mañana (que efectivamente no lo hay), es la clave del progreso, según nos cuentan.
La pereza dinámica que conlleva a veces el sosiego reflexivo, y la ausencia de entusiasmo por la aceleración económica, no están bien vistos. Parece que debe estimularse la competencia por ver quién llena más rápido el planeta de basura. Ante esta manía por llenarlo todo, un poco de quietismo no viene mal.

El egoísmo -se dice y proclama- es la varita mágica que todo lo arregla y mejora. Y efectivamente si por mejorar entendemos atiborrar el planeta de masas furibundas, vamos mejorando cantidad y el planeta menguando en la misma proporción.

Aunque muchos alaban esa varita mágica del egoísmo que todo lo soluciona, luego se extrañan de que el conejo que sale de esa chistera mágica esté rabioso.

La cooperación entre los hombres como partícipes de una misma humanidad, y la coordinación con el planeta como imperativo físico y biológico insoslayable, no se contempla en el programa. Es más, ese modo naif de ver el mundo se desacredita a diario como propio de “filántropos” y hippies.
Para los que dirigen el mundo desde los gobiernos (corruptos) y las academias que les bailan el agua, Nietzsche tenía razón: el futuro del mundo está en las manos (y casi diría en los pies) del Superhombre, cuya máxima aspiración hiperbórea es plantar los susodichos pinreles sobre la mesa del despacho oval, y jugar al golf con el dueño del mundo antes de empezar a hablar de guerras y negocios.

Sin demasiadas contradicciones hemos pasado de la civilización “cristiana”, donde todos somos hijos de Dios incluidos -en su versión franciscana- los grillos, a la civilización hobbesiana, más tecno y  “neodarwinista”, donde el hombre es un lobo para el hombre y un cordero ante los poderosos. Dóciles y rabiosos en un mix que carece de nobleza y sabiduría.

Fuertes ante los débiles, y cobardes y mudos ante los que ejercen el poder. Justo lo contrario del fundador del cristianismo.

La competencia por el dudoso privilegio de acaparar una mayor cuota de mercado y de contaminación, es el signo de nuestro tiempo, la madre de todas las virtudes oficiales y el padre de todos los vicios reales. Y es que hay algo de vicioso y de obsesivo-compulsivo en nuestro actual modelo de consumo. Lo importante no es comprender quiénes somos y donde estamos, sino eliminar la rigidez del mercado de trabajo para “acelerar” el dinamismo económico. Dinamismo, aceleración, y velocidad que demasiado a menudo nos acercan a la vida inhumana de la máquina.

Casi siempre, cuando se llega por sorpresa a situaciones de catástrofe social o geoestratégica es porque determinados extremismos con buena prensa han actuado durante demasiado tiempo y al amparo de instituciones decorosas.
O bien al hilo de guerras prefabricadas que fabrican muerte en tiempo real primero y a plazo fijo después. Guerras en todos los formatos y versiones, para el espectáculo visual y el despliegue de influencia, por ejemplo, pero también guerras disfrazadas y ocultas. En cualquier caso, siempre a favor del egoísmo y el negocio rápido de unos pocos que no sufrirán las consecuencias de sus actos.

El flujo de la acción corrosiva de estas corrientes subterráneas es inaparente pero pertinaz. Excava los cimientos día y noche, y roe las compuertas de la ruina futura.

Lo que se presenta luego como sobrevenido en forma de crisis económica o de avalancha de violencia global, es en realidad fruto de una larga gestación, alentada entre siestas modorras cuando no entre vítores y aplausos.

Solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, y hasta entonces podemos dormir tranquilos con tal de no ser demasiado exigentes con nuestros sueños. La irresponsabilidad de nuestro silencio y de nuestra indiferencia es un buen abono para esta planta adormidera.
No hay peor radicalismo que la corrupción, ni peor populismo que el silencio que la ampara.

En esta fase de germinal carcoma, lo que se promueve y se premia sin necesidad de proclamarlo es el mutismo acomodaticio. Cualquier mosca cojonera es espantada como testigo incómodo del cadáver, y aquel que se define en contra del pastel debe ser porque padece alguna carencia emocional. Cualquier aspiración a una necesaria corrección es desacreditada como fruto de una ilusa utopía, y la prudente equidistancia entre el que estafa y el que es estafado es el signo más celebrado de la elegancia.

Cuando la carcoma completa su labor y consumido el contenido sólido empieza a agrietarse la cascara, entonces la consigna oficial cambia y los apóstoles del mutismo y la indiferencia, los beneficiarios e ideólogos del laissez faire, exigen ahora enérgicamente un control más estricto y el cumplimiento a rajatabla de las normas, amenazando incluso con la cárcel a quien no obedezca. Pero sobre todo les entran de repente las prisas y exigen perentoriamente que la gente se defina, que la gente reaccione, que el ciudadano amante de su patria, se indigne.
Demasiado tarde descubren que las causas prolongadas y silenciadas suelen acabar en efectos retardados pero explosivos.

La monótona y prolongada discordia que alimentamos desde hace tiempo y cada día respecto a la última versión de la “cuestión catalana”, suele llevarnos a olvidar que el molde en el que se fraguó esa grieta fue la corrupción política y económica, de aquí y de allí, o si se prefiere, de uno y otro falsos patriotismos. Corrupción, ruina, y después desapego.

Como ya tenemos una historia detrás, esto de que algunos erizados patriotas de última hora, antes indiferentes y mudos, exijan ahora a voz en grito que el prójimo se defina, que el ciudadano se indigne, además de incurrir en incoherencia supina no nos trae buenos recuerdos

 

Abstenciones preocupantes

sanchezmoscovichi

 

El triunfo de Pedro Sánchez ha supuesto una inyección de ilusión para muchos militantes socialistas. Me refiero a los militantes que no abandonaron, decepcionados, ese proyecto, porque lo cierto es que han sido muchos los que sí lo hicieron, y o bien perdieron todo interés por la política o recalaron y prestaron su apoyo a otras formaciones. Por ejemplo Podemos.

La ilusión es el combustible que lo mueve todo, y sin ella la maquinaria primero se gripa y luego se para.

Esto es lo que les ha pasado a muchas maquinarias socialistas de Europa, que mientras sus aparatos marchaban a todo gas en la dirección neoliberal que imponía el mercado, sus maquinarias militantes, más cerca de la realidad, con más sentido común y bastante más sentido histórico, se iban gripando.

En algunos de estos casos la catástrofe ha sido inevitable porque el mal estaba ya muy avanzado. En otros, una reacción a última hora ha salvado los muebles de momento y los supervivientes aspiran a habitar de nuevo en el territorio de la izquierda, que pese a quien pese tiene más sentido y futuro que nunca, y esto por distintos motivos: humanitarios (que es lo mismo que decir de civilización), de defensa de la democracia como sistema irrenunciable, y de urgencia medioambiental.

Moscovici es un comisario de esa Europa que degenera a toda prisa y sin remedio a la vista.

Si hace apenas unas semanas, el susto y la congoja de los gerifaltes europeos ante posibles derivas electorales que confirmaran el malestar general, determinaba que el neoliberalismo rampante que hoy intoxica a Europa recogiera velas y se hablara incluso de una “refundación social” de Europa, hoy, apenas transcurridas esas pocas semanas, aquella lección de humildad que decían haber aprendido en medio de aquellas turbulencias (Brexit incluido), se les ha olvidado, y lo social acaba de nuevo postergado frente a los imperativos de la desregulación y las exigencias del mercado.

Se trata desde luego de una desmemoria veloz.

Es así que el comisario Moscovici, socialista a beneficio de inventario, ha podido llamar a capítulo al socialista Pedro Sánchez para conminarle a que obedezca y entre por el aro, aconsejándole que suscriba con entusiasmo positivo el pacto comercial entre Canadá y la UE, tratado comercial que llaman CETA por sus siglas en inglés. Tratado que según opinión bastante extendida pone más acento en la desregulación y la explotación humana, que en los derechos laborales y el medio ambiente. O dicho de otro modo, pone los intereses financieros muy por encima de casi todo lo demás, incluida la calidad democrática.

Afea Moscovici a Sánchez que sea renuente y dubitativo ante el CETA, quizás lastrado -el nuevo líder socialista- por escrúpulos sociales o socialdemócratas que hoy ya no forman parte -según Moscovici y compañía- del canon de la posmodernidad salvaje que se quiere para Europa.
Y le anima severamente a que no contradiga con sus peros el “patrimonio común europeísta”, patrimonio que a todas luces sigue siendo neoliberal, es decir, radical e insolidario, y en última instancia bastante ajeno a los controles propios de una democracia.

¡Hay que ver que giros retóricos y que frases rimbombantes y solemnes se utilizan hoy para condimentar y vestir de príncipes a los sapos que nos tenemos que tragar!

“Patrimonio común europeísta” dice el comisario para patrocinar una globalización que deja fuera mucho de aquello que precisamente define a Europa, que es -o era- su sensibilidad social y su defensa de los derechos humanos.

Luego los animadores ideológicos de esta cosa que está causando tanto “orden” mundial, se pondrán estupendos y archimodernos, y dirán que los que nos oponemos a este tipo de tratados, somos enemigos del comercio y cosas más horrendas. O que en la Edad Media habríamos perseguido judíos, como representantes que eran en aquel tiempo -o incluso en este- de la iniciativa comercial y el espíritu moderno.
Pues ni una cosa ni la otra: ni somos enemigos del comercio, ni mucho menos antisemitas, ni nos comemos crudos a los erasmistas de hoy.

Otros son los que llenos de incoherencia hacen compatible el comercio desregulado a favor de las finanzas -esa gran y escueta libertad- con la xenofobia que levanta muros por doquier.

La escena consiste por tanto en un socialista europeo conminando a otro socialista europeo a que dé el visto bueno a una globalización “ultra” y “radical” que podían haber suscrito con euforia y entusiasmo esos adalides del socialismo y de los derechos sociales que fueron Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

Pero lo preocupante es que el nuevo PSOE sigue en el limbo de la indefinición, y a lo más que llega es a decir -ante la oportunidad de censurar un gobierno corrupto hasta el fondo del armario, o de rechazar un tratado antisocial y antiecológico- “me abstengo”.

Del no es no a una abstención doble, desdibujada y pusilánime, en muy poco tiempo: ¡preocupante!

Ya sabemos que Pedro Sánchez y el PSOE vienen de su infierno particular y de una falta de credibilidad ganada a pulso, pero el limbo no es el mejor sitio para recuperar el tiempo perdido y la credibilidad.

Y es que es mucho lo que hay que recuperar, porque es mucho lo que se perdió.

Y seguimos perdiendo a toda prisa. Así que abstenerse ante esa pérdida hace que las segundas oportunidades caduquen muy rápido.

Más claro lo tiene el PP, núcleo duro de la “gran coalición” propuesta por González, que una vez que ha cogido el carril de la corrupción, ni duda, ni se distrae, ni da bandazos. Es de una idea fija que impresiona; robar a tutiplén y negar la mayor.

Frente a este despliegue de autoayuda y confianza en sí mismos, cuyo apoyo teórico no es precisamente Montesquieu sino Celia Villalobos, sobre todo cuando dice inspirada que quien no arrambla con todo y se lo lleva a un paraíso fiscal es que es monja de clausura o pobre de espíritu, mostrando directamente a los ciudadanos -para que sutilezas- cuál es el camino a seguir y la filosofía que triunfa, este otro dudar del PSOE entre el “no” y la “abstención” quizás debido al miedo a irritar a los que mandan sin pasar por las urnas, nos indica que la unión de la izquierda sigue un poco cruda, de lo cual -qué duda cabe- se beneficiará Rajoy y la corrupción que ampara y patrocina.

La vida es breve 2

 

Sebastiao Salgado empezó como economista y acabó como fotógrafo. Esa suerte hemos tenido. Su obra es insustituible, y quizás una de las más necesarias y oportunas para este momento histórico.

En la magnífica película-documental de Wim Wenders sobre Salgado, “La sal de la tierra”, veréis que cosas ocurren aquí al lado, en la puerta de nuestra casa, en el Sahel, por ejemplo.

Leí hace ya muchos años “El Decamerón negro” de Frobenius, y el recuerdo maravillado que tengo de aquellos relatos -que brotan naturales y espontáneos de esa tierra y que nos recuerdan a los de las Mil y una Noches- contrasta dolorosamente con las imágenes más recientes de miseria y muerte que nos descubre Salgado.
Es la distancia que va de la complejidad y riqueza de la civilización, la poesía, y el arte, a la homogeneidad desnuda de la miseria mortal.

La lectura de la obra de Frobenius puede suponer una especie de descubrimiento o revelación sobre África. Así mismo, las fotos de Salgado sobre esa tierra solo puede llevar a preguntarnos una y otra vez ¿Por qué?

También veréis en ese documental, arder los pozos de petróleo de Kuwait, durante la guerra de Irak, y a los caballos pura sangre que, al no poder escapar, enloquecieron en ese infierno dantesco donde hubo días enteros en que reinó la noche.

“Trabajadores” es otro de sus libros de fotografías, donde Salgado nos demuestra que el mundo descrito y denunciado por Carlos Marx, sigue aquí. Nunca se ha ido, o ha vuelto con renovada fuerza y crueldad. La injusticia y la opresión no envejecen, y siempre encuentran nuevos disfraces, nuevos lenguajes, nuevos sofismas.

“Éxodo” es otra de sus obras. Se dice en el documental de Wenders: “Mientras Europa cerraba sus fronteras, Sebastiao intentaba arrojar luz en la vida de los marginados”.
Los marginados eran en este caso los de las diásporas múltiples y letales del mercado global y las guerras locales.

Y Sebastiao, que siempre volvía a África, fue testigo también de las terribles matanzas y éxodos de Ruanda.
De aquí ya salió, como el mismo  confiesa, con el alma enferma, sin fe en el hombre, “el animal más feroz”.

Fue en la hacienda de campo familiar, de una tierra consumida, arruinada y seca, donde Sebastiao Salgado concibió una metáfora del mundo que había conocido y recorrido hasta la extenuación, y de allí pudo extraer una lección esperanzada.
Allí pudo sanar su alma enferma, al mismo tiempo que regeneraba la Naturaleza en ese pedazo de terreno yermo y casi muerto. Junto con su mujer, Lelia, planto miles de árboles y plantas, y fueron esas plantas y los árboles que veía arraigar y crecer, en un equilibrio recobrado, los que le curaron a él y sanaron su alma.

Esto lo entiende sin dificultad todo aquel que se recrea en la contemplación de los ciclos, siempre vivos y siempre pujantes, de la Naturaleza, que son los mismos que podemos contemplar en un pequeño terreno, o en un simple jardín. Esa “renovación” es no sólo un símbolo, no sólo una metáfora, sino que también es,  física y espiritualmente, una medicina.

Y con la salud volvió la fe y la esperanza, y nuevos viajes. De ahí arranca su gran obra: “Génesis”, un canto al planeta que nos sostiene y al que, como insensatos sin cura, maltratamos.

El documental acaba con este mensaje:
“El hombre cuyas fotografías nos han contado miles de historias sobre nuestro planeta, nos deja una gran historia y un gran sueño: la destrucción de la naturaleza se puede revertir”.

Si sois de los que pensáis que formamos parte del todo y de él dependemos, que no hay muro que contradiga este hecho ni ideología que pueda ocultar esta verdad; que la Naturaleza, que ha construido y alcanzado un cierto equilibrio en el transcurso de millones de años, tiene algo que decirnos y enseñarnos, estaréis conmigo en que va siendo hora de reaccionar y enfrentar la situación presente. Con ayuda de la ecología, se hace necesario y urgente construir un nuevo humanismo frente a la barbarie actual. Y en esa tarea, la actitud ante los refugiados es una asignatura pendiente, y la actitud ante la Naturaleza, el examen definitivo.

Aunque la vida sea breve, lo peor es dejar de creer en ella.

(Des) orden mundial

Me ha hecho pensar estos días lo dicho por Barack Obama en Grecia (¿por qué fue primero allí, en su despedida de Europa, y sólo después a Alemania?), no por declarar algo que no supiéramos, sino por decirlo el jefe del Imperio en retirada, el máximo representante del establishment occidental, que es casi decir -aunque ya no tanto- del mundo.

Obama dijo, entre otras cosas: “Hoy las reglas no son iguales para todos”. No es la primera vez que lo dice. Es una frase corta, aparentemente inocua, pero no es una frase cualquiera, pues con ella reconoció –mal que le pese- que el supuesto imperio de la ley que define a Occidente, es al día de hoy un fraude; que el estado de derecho, base y pilar de la democracia (y herencia de un pasado más brillante y lúcido), está desaparecido en combate o por imperativo geoestratégico; y que en algún momento de nuestra historia reciente más entusiasmada y lerda, comenzó la confusión y la anarquía.

Dijo bien a las claras (bastaba con esa frase), no que la tarea está cumplida, sino que nos hemos equivocado de camino y que hay que cambiar de rumbo. Quizás, incluso, que hay que empezar de nuevo desde aquel punto en que nos perdimos.
Que el orden mundial al que se aspiraba para dar carpetazo a la historia (como si esta se pudiera congelar), era en realidad un desorden, a las órdenes de intereses no muy claros.

Estas ideas y esta declaración de intenciones, no son nuevas en boca de Obama. Ya en 2011 decía respecto a su propio país: “este país tiene éxito cuando todo el mundo recibe una oportunidad, todos cumplen su parte y todos están sujetos a las mismas reglas“. “Este no es un debate político más. Es la cuestión definitoria de nuestro tiempo. Y también refiriéndose a China: “nunca podremos competir con otros países en lo que respecta a dejar que las empresas paguen los salarios más bajos o contaminen todo lo que quieran… Pero esa es una carrera que no podemos ni queremos ganar”. “La carrera que queremos ganar, la que podemos ganar, es la carrera hacia lo más alto, la carrera por empleos de calidad que paguen buenos salarios y ofrezcan seguridad a la clase media”. Y definió así el ideario republicano y lo que sus fieles piensan: ‘vivimos mejor cuando se deja que cada uno campe por su lado e imponga sus propias reglas’.

No sé cuánto tiempo llevará Obama, gestor máximo e imperial de las certezas oficiales, con la duda metida en el cuerpo, pero ahora que todo el mundo se hace preguntas en ausencia de respuestas claras, o lo que es peor, en presencia de respuestas amenazantes, deberíamos preguntarnos también nosotros donde han estado, por ejemplo, los sindicatos (y no solo ellos) durante todo este tiempo, y durante este viaje tan alegre a ninguna parte. ¿Instalados en el sistema?

Leemos hoy en la prensa datos que tienen muy poco que ver con la publicidad barata que nos venden los medios oficiales y oficiosos del reino. “España, a la cabeza en desigualdad” se lee en titulares. Los datos del último informe de la OCDE muestran que “entre 2010 y 2014, los empleados españoles con los sueldos más bajos sufrieron el mayor recorte salarial entre todos los países de la OCDE, solo por detrás de Portugal”.

“España tiene, además, la mayor proporción de trabajadores pobres solo superado por Turquía y Chile”.

Este viaje al fin de la noche habría sido imposible sin unos sindicatos neutralizados, inocuos, verticales en su conformismo y apoltronamiento. Pero no han sido solo ellos los que han actuado como convidados de piedra.

Parece, por los datos objetivos, que la España real no es como nos la cuenta Rajoy.
En realidad, todos estos datos y cifras que por su rotundidad ya claman al cielo, describen un estado de cosas que se inició hace ya mucho tiempo (allá por los años ochenta) como una lluvia fina, como un calabobos, ante el que nadie desplegó un oportuno paraguas defensivo.

Entre tanta certeza y fe triunfante, ha habido muy poca duda, y ahí Europa (la de la crítica, la de la duda metódica) empezó a perderse. Europa empezó a perderse cuando renunció a su propio modelo, que no era el de los países del Este, ni el de China, pero tampoco el de Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

No se trata por tanto de “más Europa”, sino de una Europa “diferente”, más igual a sí misma.

No se trata de correr a la desesperada hacia delante, como en una estampida de irracionales miméticos, sino de volver a empezar, retomando el camino perdido, el camino propio, refundando Europa.
No es la primera vez que Europa renace a sus valores primeros, tras una época de oscuridad y sombras.

Europa necesita un renacimiento.

Quizás por eso, Obama empezó su viaje en Grecia.

Voces contra la Globalizacion Otro mundo es posible

Europa

Gobiernos fuertesDonald Trump

 

Salió Europa con ojeras a decir (y Europa era un señor con cara de vinagre) que nuestro continente necesita gobiernos fuertes para hacer ajustes fuertes (viñeta de la República).

Y ya saben que los ajustes fuertes sólo pueden hacerse contra ciudadanos débiles, es decir, inocentes de toda culpa, mayormente porque no tienen forma de defenderse, pacifistas como son, y huérfanos como están -al menos hasta ahora- de toda representación política eficaz. Lee el resto de esta entrada

DOS NOTICIAS Y 2101

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Eran dos noticias si bien no consecutivas si consecuentes o correlativas (incluso separadas por un par de titulares vanos), en cuanto pertenecientes a un mismo “relato” coherente dentro de su desaforada locura, y que sin merma de terror y suspense podría haber suscrito el mismísimo H. P. LOVECRAFT durante una tarde de jaqueca y lluvia ácida, y decían así:

Una: “China se lanza al desenfreno consumista en el día del soltero”.
Y otra: “La contaminación en China supera en 10 veces las recomendaciones de la OMS”.

La primera noticia se ilustraba con unos gráficos de trazo luminiscente y multicolor en unas pantallas gigantes tipo cerebro plano y formato “Gran Hermano”, que transcribían (quiero suponer) la velocidad, densidad, y dirección de las transacciones “online” de Alibaba, y que en última instancia no se distinguían mucho de las representaciones climatológicas al uso de los huracanes y los torbellinos, con una cierta tendencia al caos definitivo y la ventolera como norma máxima.

Esos flujos veloces y densos, que en la pantalla plana parecían las chiribitas de un incendio gigante, lo mismo podían representar un ciclón a punto de arrasar el Caribe, que un brote epidémico y contagioso de histeria consumista.

Es obvio, a juzgar por la unanimidad unánime del comportamiento compulsivo que dichas gráficas ponen de manifiesto y que arrastra a familias enteras integradas en sociedades-manadas, que en tales operaciones cataclísmico-comerciales que tanto recuerdan a las estampidas no se exige el carnet de soltero y se apunta todo el mundo, independientemente del estado civil, debiendo deducirse de todo ello que el día del single consumidor (como el Halloween y otros vertederos de la cultura actual) no es más que un pretexto o testaferro del auténtico dueño del garito.

Lejos de aquellos trazos luminiscentes de brillo multicolor, y ya en el mundo real que florece fuera de las pantallas, la segunda noticia se ilustraba con unos peatones chinos (apenas visibles), que allí en sus urbes orientales, resignados a las consecuencias del consumismo, caminaban entre densas y oscuras nieblas de contaminación tóxica y asfixiante que impedían distinguir lo que estaba a medio metro o incluso al hijo pequeño que llevaban de la mano confundido, quizás, con un paquete, y aunque portadores todos -grandes y chicos- de la ya habitual máscara profiláctica (protectora contra los altos niveles de civilización occidental), se adivinaba en sus ojos sin brillo un reflejo mustio del “grito” profético de Munch.

Y yo me pregunto: ¿aparte de los manuales del materialismo dialéctico que tan eficazmente los tiene entrenados para la única libertad que ya exporta Occidente, estos ciudadanos de la China oriental han leído a alguno de sus clásicos inmortales, por ejemplo taoístas, al lado de los cuales nuestros más reputados sabios del momento (tal que un Milton Friedman), parecen un oscuro infusorio de la ciénaga?

Cabe dudarlo. Y es que efectivamente, esos gases de los que intentan protegerse en vano mientras hacen cola para la estampida del supermercado global, recuerdan a la ciénaga donde el final se encuentra con el principio, el pez se muerde la cola, y el ser evolucionado se convierte en larva.

Que China se lance al desenfreno consumista no es cualquier cosa. Al lado de la potencia superpobladora y supercontaminante de esa masa humana que son los chinos, escuchar acto seguido que Madrid prohíbe circular (hoy mismo) a más de setenta kilómetros por hora debido al exceso de polución en el ambiente, parece pecata minuta. Y es que, no lo duden, lo primero que se globalizará en esta carrera por la libre competencia y el EXITUS final, es el veneno. Lo único gratis de este negocio.

Si yo tuviera que explicar el capitalismo socialdemócrata y neoliberal en síntesis postmoderna para Dummies mediante un chiste sin gracia, contaría ese de la compraventa de cuotas de contaminación entre pobres y ricos, el de las cuotas de niños ahogados que se discuten sinedie en Bruselas (Juncker anuncia solución para el año 2101, porque están muy liados con sus cosas de lobbies y puertas giratorias), o ese otro de las fronteras y muros que nuestra civilización pretende levantar contra las consecuencias de sus actos desregulados, incluidos refugiados desesperados y nubes tóxicas.

Ríanse si lo han entendido.

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