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Extinciones: todo se acelera

Niños del pico-zorro-zaina

Pienso a veces que la aceleración del tiempo puede ser ilustrada y demostrada por dos hechos igualmente deprimentes: el ritmo de extinción de las especies vivas, y el ritmo de extinción de los juegos infantiles. Si lo midiéramos por estos raseros, la velocidad de los tiempos que nos ha tocado vivir, la aceleración hacia el futuro, sería una deriva decadente y más bien triste.

Podría argumentarse que los juegos infantiles que van cayendo en el olvido, a veces por desaparición del escenario natural de los mismos, son sustituidos por otros nuevos fruto de un nuevo escenario. No lo se. No se si los niños salen hoy a la calle como salíamos antes, creo que no, o si salir a la calle de aquella manera de entonces determinaba que los niños aquellos fuéramos distintos, como moldeados en un ambiente que ya no existe.

Si que recuerdo que salíamos a la calle de forma bastante autónoma y liberal, sin padres ni carabina. Creo que ahora los niños pasan más tiempo en casa, y ya no se escucha tanto aquella admonición materna -que era casi una orden- de: “iros a la calle que me tenéis hasta el moño”.

La verdad es que antes se mandaba a los niños a la calle sin demasiadas angustias ni aprensiones. Incluso los mas pequeños empezaban pronto a patearla bajo la tutoría transitoria y fugaz de algún hermano mayor, que sin embargo también era un niño. Eran otros tiempos, no muy lejanos pero si bastantes distintos.

Lo cierto es que extinciones siempre ha habido, tanto de juegos infantiles como de especies vivientes, pero lo que debe preocuparnos es el ritmo de estas extinciones, es decir la velocidad que ha atrapado y arrastra a la sustancia de la vida. Este ritmo endiablado que todo lo domina y que nos tiene a todos sin sosiego ni asidero posible.

La vida es animada, si, pero una cosa es estar animado y otra muy distinta es estar fuera de si, desintegrándose. Y es que si no estamos integrados, alma y cuerpo, ser viviente y medio ecológico, vamos a la desintegración, es decir, al desastre.

Todo se ha acelerado.

Visité no hace mucho una exposición sobre Cervantes en el Museo de Santa Cruz de Toledo. Allí, detrás de una vitrina, llamaron mi atención un par de peonzas de los tiempos del gran literato, con su cuerpo de madera y sus puntas de hierro oxidado, tan parecidas a las que yo usaba de niño que me sorprendió y casi diría que me emocionó. Recordé aquellas peonzas mías de pico “cigüeña”, de pico “garbanzo”, y las franjas de colores que les pintábamos para que fueran más vistosas. Al parecer los egipcios ya las pintaban. Pensé entonces que el tiempo en que los niños han jugado a la peonza se mide en siglos, desde un niño egipcio a un niño español de los años 60 y 70, y sin embargo hoy ¿se han extinguido? ¿cuántos niños se ven hoy en la calle jugando a la peonza?

La misma emoción o sorpresa puede experimentarse cuando se lee el Satiricón de Petronio (siglo I después de Cristo), y encuentra descrito en sus páginas el juego de “pico-zorro-zaina” que jugábamos en nuestra propia infancia. Creso se sube de un salto a la espalda de Gayo Trimalción, a modo de cabalgadura, y dándole golpes en la espalda al tiempo que extiende los dedos de una mano, le pregunta ¿cuántos hay?.

Hay un hecho notable que a poco que nos intrigue no nos debe dejar de preocupar: según investigaciones bien planteadas, asistimos en el momento presente a una extinción en masa de especies vivas en el planeta, que sería la sexta de su serie. Les recomiendo la lectura de “La sexta extinción”, un libro de Elisabeth Kolbert.

Lo especial de esta sexta extinción es que asistimos a ella no sólo como testigos (y sería la primera vez, ya que no fuimos testigos de las cinco precedentes, la última y más famosa de las cuales acabó con los dinosaurios), sino como autores y protagonistas, según opinión bien fundada que merece todo crédito.

Al respecto se plantean distintas posibilidades:

Que seamos solo testigos impotentes ante ella. Que seamos autores inconscientes o irresponsables de la misma. Que en esta gran matanza en curso sólo seamos verdugos, o que también seamos finalmente y de forma irremediable víctimas.

Víctimas y verdugos al mismo tiempo, poderosos y fatalmente frágiles en un mismo y quizás último acto.

Del antropocentrismo como ejercicio del narcisismo más ciego e insensato, hemos pasado casi por necesidad lógica y evolutiva a dar nombre a una era, el antropozeno, que da cuenta de nuestros desmanes e irresponsabilidad contra la realidad viva de la que formamos parte: el planeta y la vida que alberga.

Del humanismo renacentista y liberador hemos pasado al terrorismo ecológico vía capitalismo desregulado y salvaje, que sin embargo tiene tan buena prensa que lo llaman “libertad”. Queda más bonito sin duda con ese nombre, pero su efecto tóxico es igual de letal. Si no lo remediamos la Naturaleza acabará demostrándonos que tomarse determinadas “libertades” con ella no sale gratis.

También la antigua Unión Soviética ejercía el terrorismo ecológico a gran escala desde su planificación regulada. Pensemos en Chernóbil.

¿Que cabe concluir de todo esto, y del fracaso de modelos tan dispares, aparentemente opuestos, en el fondo gestionados por una misma idea del progreso, insensata, egoísta, mecanicista, e irresponsable?

Pues que vivimos sujetos a un paradigma infantil, del que es propio no tener conciencia de los límites.

En esta relación del hombre con su medio, Occidente era una cara de la moneda, y Oriente la opuesta. ¿Puede decirse ahora lo mismo?

Si por algo se trabaja hoy a gran escala en el planeta es por un modelo único de pensamiento, por un gobierno del mundo no solo en el plano político sino en el plano ideológico.

Hemos pasado de lo prometeico desatado y la razón liberadora, a lo primitivo fetichista. Hoy nuestros fetiches preferidos son El Progreso (con mayúsculas) y la Tecnología que todo lo puede. De este poder omnímodo que se le supone a la Tecnología se espera que nos salve en el último instante de nuestras aceleradas tropelías. Porque de alguna manera si somos conscientes de que no lo estamos haciendo demasiado bien y nos dirigimos a una especie de límite o de fin. Aunque sabemos que hay que corregir la trayectoria, no tenemos demasiada prisa en hacerlo, o sencillamente no sabemos cómo hacerlo.

Por lo pronto, y en base a la evidencia de que el futuro será ecológico o no será, cabe concluir que se necesita la creación de un nuevo humanismo que antes que nada sea adulto, y sepa y comprenda qué es el hombre y cuál es su relación con todos los demás seres vivos, y en general con el planeta.

Por ejemplo que sepa que si el hombre es un animal que respira, no es por inspiración divina sino gracias a un alga verde-azulada.

Que comprenda que el conocimiento de las múltiples dependencias y relaciones que mantiene con su entorno, no lo hacen más poderoso, sino más frágil y por ello más sabio. Que asuma que es parte de un todo orgánico del que no se puede independizar, y que debe conocer, respetar, y preservar.

Somos un animal frágil y a la vez potente, capaz de cambiar el clima y padecer ese cambio.

 

POSDATA: PLANETA TIERRA 2017 Documental Completo 2 Hs en Alta calidad 1080p

 

Daños colaterales

Entre efectos deletéreos y daños colaterales nuestra civilización, que ya es global, avanza imparable derribando todo tipo de fronteras: físicas, económicas, e intelectuales.

Si no somos supremacistas, al menos somos (y la propaganda nos convence de ello) “supremos”.

No tengo nada en contra de este optimismo cultural salvo una sola cosa: que todo progresa en la misma dirección y guiado por una sola idea, y esto reduce mucho la variedad. La variedad no es ni buena ni mala, pero al menos es prudente. Las ideas únicas suelen ser demasiado simples, y nuestra idea de hoy no supera el rango de mecanicismo ramplón, que como todos los mecanicismos, automatismos y despliegues dialécticos, peca de exceso de fe y no le vendría mal albergar alguna que otra duda.

Por doquier intenta desacreditarse la crítica que acompaña a esa duda,  el ‘activismo”, la responsabilidad cívica y la conciencia social (y ecológica).

El vivir para nosotros “solos” o nuestra  tribu (y ya es mucho compartir), como si no hubiera un mañana (que efectivamente no lo hay), es la clave del progreso, según nos cuentan.
La pereza dinámica que conlleva a veces el sosiego reflexivo, y la ausencia de entusiasmo por la aceleración económica, no están bien vistos. Parece que debe estimularse la competencia por ver quién llena más rápido el planeta de basura. Ante esta manía por llenarlo todo, un poco de quietismo no viene mal.

El egoísmo -se dice y proclama- es la varita mágica que todo lo arregla y mejora. Y efectivamente si por mejorar entendemos atiborrar el planeta de masas furibundas, vamos mejorando cantidad y el planeta menguando en la misma proporción.

Aunque muchos alaban esa varita mágica del egoísmo que todo lo soluciona, luego se extrañan de que el conejo que sale de esa chistera mágica esté rabioso.

La cooperación entre los hombres como partícipes de una misma humanidad, y la coordinación con el planeta como imperativo físico y biológico insoslayable, no se contempla en el programa. Es más, ese modo naif de ver el mundo se desacredita a diario como propio de “filántropos” y hippies.
Para los que dirigen el mundo desde los gobiernos (corruptos) y las academias que les bailan el agua, Nietzsche tenía razón: el futuro del mundo está en las manos (y casi diría en los pies) del Superhombre, cuya máxima aspiración hiperbórea es plantar los susodichos pinreles sobre la mesa del despacho oval, y jugar al golf con el dueño del mundo antes de empezar a hablar de guerras y negocios.

Sin demasiadas contradicciones hemos pasado de la civilización “cristiana”, donde todos somos hijos de Dios incluidos -en su versión franciscana- los grillos, a la civilización hobbesiana, más tecno y  “neodarwinista”, donde el hombre es un lobo para el hombre y un cordero ante los poderosos. Dóciles y rabiosos en un mix que carece de nobleza y sabiduría.

Fuertes ante los débiles, y cobardes y mudos ante los que ejercen el poder. Justo lo contrario del fundador del cristianismo.

La competencia por el dudoso privilegio de acaparar una mayor cuota de mercado y de contaminación, es el signo de nuestro tiempo, la madre de todas las virtudes oficiales y el padre de todos los vicios reales. Y es que hay algo de vicioso y de obsesivo-compulsivo en nuestro actual modelo de consumo. Lo importante no es comprender quiénes somos y donde estamos, sino eliminar la rigidez del mercado de trabajo para “acelerar” el dinamismo económico. Dinamismo, aceleración, y velocidad que demasiado a menudo nos acercan a la vida inhumana de la máquina.

Casi siempre, cuando se llega por sorpresa a situaciones de catástrofe social o geoestratégica es porque determinados extremismos con buena prensa han actuado durante demasiado tiempo y al amparo de instituciones decorosas.
O bien al hilo de guerras prefabricadas que fabrican muerte en tiempo real primero y a plazo fijo después. Guerras en todos los formatos y versiones, para el espectáculo visual y el despliegue de influencia, por ejemplo, pero también guerras disfrazadas y ocultas. En cualquier caso, siempre a favor del egoísmo y el negocio rápido de unos pocos que no sufrirán las consecuencias de sus actos.

El flujo de la acción corrosiva de estas corrientes subterráneas es inaparente pero pertinaz. Excava los cimientos día y noche, y roe las compuertas de la ruina futura.

Lo que se presenta luego como sobrevenido en forma de crisis económica o de avalancha de violencia global, es en realidad fruto de una larga gestación, alentada entre siestas modorras cuando no entre vítores y aplausos.

Solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, y hasta entonces podemos dormir tranquilos con tal de no ser demasiado exigentes con nuestros sueños. La irresponsabilidad de nuestro silencio y de nuestra indiferencia es un buen abono para esta planta adormidera.
No hay peor radicalismo que la corrupción, ni peor populismo que el silencio que la ampara.

En esta fase de germinal carcoma, lo que se promueve y se premia sin necesidad de proclamarlo es el mutismo acomodaticio. Cualquier mosca cojonera es espantada como testigo incómodo del cadáver, y aquel que se define en contra del pastel debe ser porque padece alguna carencia emocional. Cualquier aspiración a una necesaria corrección es desacreditada como fruto de una ilusa utopía, y la prudente equidistancia entre el que estafa y el que es estafado es el signo más celebrado de la elegancia.

Cuando la carcoma completa su labor y consumido el contenido sólido empieza a agrietarse la cascara, entonces la consigna oficial cambia y los apóstoles del mutismo y la indiferencia, los beneficiarios e ideólogos del laissez faire, exigen ahora enérgicamente un control más estricto y el cumplimiento a rajatabla de las normas, amenazando incluso con la cárcel a quien no obedezca. Pero sobre todo les entran de repente las prisas y exigen perentoriamente que la gente se defina, que la gente reaccione, que el ciudadano amante de su patria, se indigne.
Demasiado tarde descubren que las causas prolongadas y silenciadas suelen acabar en efectos retardados pero explosivos.

La monótona y prolongada discordia que alimentamos desde hace tiempo y cada día respecto a la última versión de la “cuestión catalana”, suele llevarnos a olvidar que el molde en el que se fraguó esa grieta fue la corrupción política y económica, de aquí y de allí, o si se prefiere, de uno y otro falsos patriotismos. Corrupción, ruina, y después desapego.

Como ya tenemos una historia detrás, esto de que algunos erizados patriotas de última hora, antes indiferentes y mudos, exijan ahora a voz en grito que el prójimo se defina, que el ciudadano se indigne, además de incurrir en incoherencia supina no nos trae buenos recuerdos

 

La vida es breve 2

 

Sebastiao Salgado empezó como economista y acabó como fotógrafo. Esa suerte hemos tenido. Su obra es insustituible, y quizás una de las más necesarias y oportunas para este momento histórico.

En la magnífica película-documental de Wim Wenders sobre Salgado, “La sal de la tierra”, veréis que cosas ocurren aquí al lado, en la puerta de nuestra casa, en el Sahel, por ejemplo.

Leí hace ya muchos años “El Decamerón negro” de Frobenius, y el recuerdo maravillado que tengo de aquellos relatos -que brotan naturales y espontáneos de esa tierra y que nos recuerdan a los de las Mil y una Noches- contrasta dolorosamente con las imágenes más recientes de miseria y muerte que nos descubre Salgado.
Es la distancia que va de la complejidad y riqueza de la civilización, la poesía, y el arte, a la homogeneidad desnuda de la miseria mortal.

La lectura de la obra de Frobenius puede suponer una especie de descubrimiento o revelación sobre África. Así mismo, las fotos de Salgado sobre esa tierra solo puede llevar a preguntarnos una y otra vez ¿Por qué?

También veréis en ese documental, arder los pozos de petróleo de Kuwait, durante la guerra de Irak, y a los caballos pura sangre que, al no poder escapar, enloquecieron en ese infierno dantesco donde hubo días enteros en que reinó la noche.

“Trabajadores” es otro de sus libros de fotografías, donde Salgado nos demuestra que el mundo descrito y denunciado por Carlos Marx, sigue aquí. Nunca se ha ido, o ha vuelto con renovada fuerza y crueldad. La injusticia y la opresión no envejecen, y siempre encuentran nuevos disfraces, nuevos lenguajes, nuevos sofismas.

“Éxodo” es otra de sus obras. Se dice en el documental de Wenders: “Mientras Europa cerraba sus fronteras, Sebastiao intentaba arrojar luz en la vida de los marginados”.
Los marginados eran en este caso los de las diásporas múltiples y letales del mercado global y las guerras locales.

Y Sebastiao, que siempre volvía a África, fue testigo también de las terribles matanzas y éxodos de Ruanda.
De aquí ya salió, como el mismo  confiesa, con el alma enferma, sin fe en el hombre, “el animal más feroz”.

Fue en la hacienda de campo familiar, de una tierra consumida, arruinada y seca, donde Sebastiao Salgado concibió una metáfora del mundo que había conocido y recorrido hasta la extenuación, y de allí pudo extraer una lección esperanzada.
Allí pudo sanar su alma enferma, al mismo tiempo que regeneraba la Naturaleza en ese pedazo de terreno yermo y casi muerto. Junto con su mujer, Lelia, planto miles de árboles y plantas, y fueron esas plantas y los árboles que veía arraigar y crecer, en un equilibrio recobrado, los que le curaron a él y sanaron su alma.

Esto lo entiende sin dificultad todo aquel que se recrea en la contemplación de los ciclos, siempre vivos y siempre pujantes, de la Naturaleza, que son los mismos que podemos contemplar en un pequeño terreno, o en un simple jardín. Esa “renovación” es no sólo un símbolo, no sólo una metáfora, sino que también es,  física y espiritualmente, una medicina.

Y con la salud volvió la fe y la esperanza, y nuevos viajes. De ahí arranca su gran obra: “Génesis”, un canto al planeta que nos sostiene y al que, como insensatos sin cura, maltratamos.

El documental acaba con este mensaje:
“El hombre cuyas fotografías nos han contado miles de historias sobre nuestro planeta, nos deja una gran historia y un gran sueño: la destrucción de la naturaleza se puede revertir”.

Si sois de los que pensáis que formamos parte del todo y de él dependemos, que no hay muro que contradiga este hecho ni ideología que pueda ocultar esta verdad; que la Naturaleza, que ha construido y alcanzado un cierto equilibrio en el transcurso de millones de años, tiene algo que decirnos y enseñarnos, estaréis conmigo en que va siendo hora de reaccionar y enfrentar la situación presente. Con ayuda de la ecología, se hace necesario y urgente construir un nuevo humanismo frente a la barbarie actual. Y en esa tarea, la actitud ante los refugiados es una asignatura pendiente, y la actitud ante la Naturaleza, el examen definitivo.

Aunque la vida sea breve, lo peor es dejar de creer en ella.

La vida es breve 1

arte de vivir

 

La vida es breve, amigos, y si no se vive con calidad, ¡mal negocio!

En cuanto al más allá, la teología es una ciencia cerrada y xenófoba, mientras que la poesía es una ciencia abierta y generosa, una gaya ciencia o un alegre saber, que no desprecia el breve paso por este valle, que no tiene por qué ser de lágrimas.
En cuanto al futuro, Dios o sus emanaciones, dispondrán.

Pero ocurre que la calidad de vida es un concepto relativo, no hay consenso, cada cual es hijo de su padre y de su madre, dotado de su azaroso paquete genético (el que le tocó en suerte), aterrizado sobre unas circunstancias concretas, aunque cambiantes, y con todo ello tiene luego que administrar su libertad.

Y está también la cuestión del “gusto”, que es igualmente libre, y que se concreta en una sensibilidad indescifrable, y casi diría intransferible. Una impredecible alquimia entre el tiempo, el espacio, y la persona.

¡Libertad! ¡Qué bella palabra! (Y que prostituida).
Y que bien casa con la palabra “singularidad”, tan extraña y perseguida en estos tiempos de granjas monoliberales y antropófagas.

Acabo de leer hace unos días una obra de Michel Onfray, cuya lectura recomiendo y que se titula “Cinismos”. En ella se hace una apología de la singularidad, heroica y radical, de la persona, a través de la reivindicación de la secta cínica.
Después de todo, Diógenes y sus filósofos cínicos, también lo eran: héroes y radicales, aunque con esa radicalidad centrada y sabía de los griegos, muy alejada de la radicalidad escorada del centro político que hoy nos quieren vender (se quieren cargar hasta las pensiones). Llámese, si se quiere, posmodernidad, pero huele a rancio.

Los griegos pensaban que en el medio está la virtud. Los neoliberales (o monoliberales) -esos radicales- piensan que en el centro –político- está el disfraz. Lo cierto es que la genealogía de estos disfraces de la posmodernidad, de estas máscaras de la virtud, puede rastrearse hasta casi el mismo origen de los tiempos. O por lo menos hasta Cicerón.

Vamos al grano. En cuanto a la calidad de la vida, cada maestrillo tiene su librillo, y hay tantas “artes de vivir” como filósofos han vivido.

Antes de morir, necesariamente.

Los clásicos decían “mens sana in corpore sano”, de donde viene el anagrama de las zapatillas que hoy uso para correr por esos campos y valles de Dios: ASICS (Anima Sana In Corpore Sano). No llevo comisión, pero considero este un ejemplo curioso de la pervivencia azarosa y no siempre académica de los clásicos.

Schopenhauer recomendaba hacer ejercicio físico con frecuencia (dos o tres veces por semana, por ejemplo), mientras que Sócrates -si no recuerdo mal- recomendaba y practicaba un paseo por la mañana y otro por la tarde, no sólo para orearse y tomar el sol, sino porque quien mueve las piernas mueve la cabeza, y de paso empalmas una especulación con otra, confiando en el interés o la paciencia de los colegas de ocio y caminata.
Aunque a Sócrates también le movía a esas excursiones lúdicas y dialécticas la justificada necesidad de salir de casa y alejarse de Jantipa, su imperiosa y desabrida mujer.

En cuanto a la soledad o la sociedad, hay quien recomienda “vive oculto”, como Epicuro en su recóndito  jardín. Otros prefieren enredarse en la política, como Platón o Cicerón.
Hay quien defiende el matrimonio y su utilidad, y quien reniega de él y sus cargas, aunque estos, a veces, hacen de la necesidad virtud, porque no tienen mucho (ni poco) éxito con  las mujeres, como le ocurría a Schopenhauer. Otros, con sinceridad, de forma empírica o por deducción casi científica, llegan a la misma conclusión que el sabio alemán, y encuentran más calidad de vida y sosiego en la soltería que en la vida familiar, o escarmientan con el ejemplo –a veces tremendo- del matrimonio ajeno.

Hay quien en esta elección tiene suerte, y quién no. Y quien sobre esta materia, suspende el juicio y hasta la acción, abandonándose a una cómoda posición de espectador imparcial.

Hay quien esa elección entre la soledad y la vida gregaria la supedita a un concepto y valor superior: el de la independencia o “autarquía”, que para cínicos y epicúreos era un valor casi sagrado, y que según Ferrater Mora explica en su Diccionario de Filosofía, tiene que ver con la autosuficiencia  o gobierno de si mismo. Es este un ideal cuya raíz puede rastrearse en algunas propuestas de Sócrates, y que fue propugnado y elaborado por cínicos, epicúreos, y estoicos, aunque con enfoques y practicas diferentes. Opino yo que los que hoy abogan por el “decrecimiento”, buscan no solo salvar el planeta del desequilibrio irreversible y la extenuación letal, sino también salvar su autarquía de las imposiciones alienantes, repetitivas, y machaconas del mercado como único dios. Una forma de proteger su libertad y alumbrar su propio ritmo.

Hay quienes encuentran calidad de vida en viajar a destajo y sin sosiego, incrustando esos viajes como desesperadas cuñas en su asfixiante agenda laboral (lo que ha dado en llamarse “vida útil”), y hay quien encuentra esa calidad en tomárselo con calma, no moverse tanto, y meditar aunque sea un poco. El ejercicio del recuerdo y la ensoñación, libre y dispersa, tampoco está mal, y contamina poco.

Hay quien esto de vivir y la condición de nuestro mundo, se lo toma con tranquilidad y con la distancia que proporciona la lucidez y una buena dosis de ironía, como Voltaire, que decía muy serio: “Voy a ser feliz, porque es bueno para la salud”, todo un alegato contra los objetivos trascendentes y la seriedad profunda.

Una disyuntiva fundamental en la elección del arte de vivir -y aquí tocamos un punto clave- es el modelo que tomamos como referencia. Y más allá de las personas que nos puedan inspirar con su propio ejemplo, me estoy refiriendo a la cuestión fundamental de sí vivimos acordes y atentos a la Naturaleza de la que formamos parte, y a sus contrastadas lecciones, o impulsados de impulso prometeico, nos creemos capaces de innovar radicalmente, enmendarle la plana a las leyes naturales, y crear una segunda Naturaleza artificial y artificiosa, independiente de la primera.

Lo primero que habría que afirmar, sin embargo, es que esa independencia es imposible, mientras nuestra naturaleza siga siendo la que es, “doble” y escindida, es cierto, pero “natural” al fin y al cabo.

Opinión contraria y rotunda sostiene Alberto Savinio (Andrea de Chirico) en su ensayito “El Estado”, dentro del libro “El destino de Europa”, como podemos comprobar en las siguientes líneas:

“El hombre está en la vida como en un elemento extraño. Como un sumergible en el mar. Cada contacto aviva esta incurable incompatibilidad entre nosotros y la vida. Por ello el hombre procura eliminar todo contacto entre sí y la vida, trata de aislarse; y al igual que el sumergible para andar dentro del mar se reviste de una impermeable envoltura de acero, así el hombre para navegar por la vida se reviste de envolturas materiales y espirituales, que tienen un nombre: civilización. Cuanto más gruesa es la envoltura, tanto más avanzada es la civilización. Una envoltura perfectamente impermeable propiciará una civilización perfecta, capaz de acallar las voces de los asnos que desde abajo seguirán amonestando: ¡Abandonad todo artificio! ¡Sed simples! ¡Sed naturales!”.

Descontada la porción de ironía, tan característica de Savinio, está tan bien escrito que puede llegar a convencernos. Sin duda tiene parte de razón. Sin duda en el medio, ese punto de equilibrio que buscaban los griegos, está la virtud.

Si sois de estos últimos, partidarios acérrimos y sin complejos de la “nueva Atlántida”, probablemente consideraréis un signo de estatus y de calidad de vida, esquiar en pistas cuya nieve ha sido arrastrada desde las más altas cumbres hasta esas pistas trucadas y felices, por toda una flotilla de camiones y helicópteros potentes, que contribuyen, un poco más, al cambio climático.
O si leéis en la prensa que en una autopista china de “50 carriles” se ha producido un atasco de coches que ha durado tres horas (ni un sólo hueco en 50 carriles), hecho fehaciente que ha grabado un dron sobrevolando la contaminación anexa, orgullosos del poder de nuestros artificios, pensaréis que nos aguarda un futuro brillante, aunque con niebla tóxica y mascarilla incorporadas.

Sólo puedo recomendaros, si sois de estos, que veáis con atención la película-documental de Wim Wenders “La sal de la tierra”, sobre Sebastiao Salgado, el gran fotógrafo.

El experimento

 

“La economía ha mejorado”, pero… “La pobreza ha aumentado”. Dice ahora la OCDE en relación a nuestro extraño país.

He ahí el exótico oxímoron que escupe, indefectiblemente, el experimento de marras, allí donde se aplica.
En nuestro caso, como en otros previos, las profecías -esotéricas- de tan paradójica fe (pseudociencia o falsa religión) se han cumplido. Y digo esotéricas porque esos objetivos ahora logrados no son los que abiertamente se proclaman: la desigualdad como finalidad, y no a través del mérito sino a través de la trampa.
No en vano, el neoliberalismo es el populismo de las elites que veranean en paraísos fiscales y roban al por mayor.

Obviamente, en la ecuación con que se inicia este artículo, la segunda afirmación convierte en absurda la primera, pero es que el absurdo es la materia prima de la que está hecha la fe de estos nuevos fanáticos.

Frente a una media de pobreza infantil en Europa del 13,3%, la nuestra es del 23,4%.
Ya se sabe que en todas las formas de creencias irracionales, hay catecúmenos que sobresalen por su extremismo, y a la hora de seguir con fe de carbonero cualquier catecismo, siempre hemos sido de los monaguillos más aplicados y repipis.
Hacia la virtud propia a través de la penitencia ajena. He ahí el principio hiperbóreo que rige la conducta de nuestros mandamases.

Rajoy es capaz de torear todos los toros de la austeridad que se le pongan por delante, desde la barrera y sin soltar el Marca. En diferido y por delegación. Todo un logro.

En un documental que vi recientemente, ponían a España como ejemplo (junto a otros países desgraciados y desprotegidos de la tierra, pero en este caso ya en Europa), de conejillo de Indias de un gran experimento antisocial: el del neoliberalismo desatado.
Un artefacto intelectual que, más que con la libertad, tiene que ver con el vacío de reglas que facilita el fraude.

En otros países fuera de Europa, fue necesaria la fuerza bruta de una dictadura militar para que los técnicos de la escuela de Chicago ensayaran, sin interferencias populistas ni molestias populares, sus técnicas inhumanas.

Aquí no fue necesario. Bastó con comprar -en el momento propicio y a precio de saldo- al poder político en sus dos gamas de color: el rojo desvaído y el azul intenso, para que las probetas iniciarán sus experimentos contingentes y falibles.

Hoy comprobamos que los experimentos -vistos a través de una mampara- nunca se sabe por dónde pueden salir, y las mutaciones imprevistas y los monstruos frecuentes, más que la excepción constituyen la regla.

Cuando mis padres hicieron su primer (y último) cambio de domicilio -éramos nosotros aún unos niños-, nuestra nueva casa resultó estar situada en las afueras de la ciudad, y enfrente de nuestro bloque de viviendas había una zona de antiguos chalets de veraneo, ya en decadencia, y un laboratorio abandonado y ya en ruinas.

En torno a unos y otro crecía una vegetación desmadrada, sin control, salvaje y lujuriosa, como la que luego se ha visto crecer en el área antes habitada y hoy abandonada y radiactiva de Chernóbil.
Y entre esa maleza de verde intenso, en la que de vez en cuando brillaba el cristal de una probeta abandonada, correteaban cobayas gigantes y multicolores, que hasta hacia poco no habían conocido más compañía que la que proporciona la estrechez de las jaulas experimentales.

Aparentemente aquella selva libre tenía el aspecto saludable de un paraíso, pero en el fondo hasta los niños -con nuestro sexto sentido- detectábamos un aspecto triste de enfermedad, y también de peligro. Aquellas probetas y aquellas cobayas, no eran una combinación muy natural.

Tras la huida de la gente (algunos contaminados inexorablemente con las semillas de la muerte), a Chernóbil fueron llegando los científicos atraídos por el estudio de ese experimento a gran escala: el de la coexistencia de una Naturaleza aún viva, con un veneno radiactivo que en algunos casos va a durar 24.000 años.
Es este un estudio que podría hacerse a escala global, ya que la nube radiactiva de Chernóbil, con sus isotopos venenosos y casi eternos, se extendió por toda Europa y más allá de sus límites.
Esos isótopos son agentes de contaminación y muerte, pero a la vez ellos mismos son -vistos a una escala humana- casi inmortales. Una prueba viva y mortal de que la actual civilización humana no sabe manejar las consecuencias de sus actos.

Armados con sus contadores Geiger, capturando ratones radiactivos, y estudiando todo tipo de muestras y rarezas de “La zona”, describiendo las mutaciones extrañas de las golondrinas de colas asimétricas y papada albina, los científicos empezaron a moverse por los grandes espacios abandonados, por los campos de cultivo invadidos ahora por bosques frondosos (algunos de ellos de un extraño color rojo), entre la chatarra oxidada y contaminada del progreso, entre las ruinas de edificios soviéticos y casas abandonadas apresuradamente por sus habitantes, donde los cuadernos infantiles con canciones patrióticas sirven hoy de abono a los hongos radiactivos, y donde las cuencas vacías de las muñecas sin ojos, sirven de refugio a arañas luminiscentes.

Y observaron un extraño fenómeno:
La Naturaleza, con sus plantas, con sus lobos, osos, y alces, comenzó a adueñarse de ese espacio tóxico y vacío. Los jabalíes corrían por las calles asfaltadas de la ciudad fantasma; los ciervos se asomaban a la calle a través de la ventana de un tercer piso, y desde el interior de un cuarto de estar, donde se pudría una biblioteca enmohecida, contemplaban con curiosidad la escena; los troncos empujados por su raíz rompían primero los suelos y después, subiendo por el hueco de la escalera, atravesaban los altos techos de los edificios, en busca del cielo y la luz, de tal manera que la Naturaleza parecía no sólo sobrevivir, sino adaptarse y progresar.

Para explicarse este misterio de una vida prolífica entre los efluvios de la muerte, algunos científicos concluyeron que junto al factor agresivo del veneno radiactivo, estaba el factor saludable de la ausencia humana (ese otro veneno), y de esa confrontación, quizás debido a la mayor toxicidad de este último veneno, la Naturaleza salía aparentemente triunfante.

En las viejas películas de la época (1986), rodadas en los primeros momentos tras el accidente, se observa a algunos operarios militares protegidos hasta las cejas y con mascarilla, como protagonistas de una película de ciencia ficción hecha realidad de repente, que se pasean tranquilamente por las calles de la  ciudad y se cruzan con los ciudadanos que no han sido informados aún de la catástrofe, los cuales ignorantes del veneno invisible que están respirando, siguen haciendo su vida normal, aunque algunos se paran a mirar intrigados a esos viandantes ataviados de tal guisa: las madres pasean con sus cochecitos a sus bebés en un día soleado de primavera, los niños juegan a la pelota inocentemente, o se columpian, o juegan con la tierra con sus palas y cubos de juguete (muchos morirán más tarde o padecerán cáncer de tiroides), y vemos como en la cinta que graba esa escena siniestra, los fogonazos luminosos de la radiactividad dejan impresa en la película la huella de la muerte que flota en el ambiente, inodora, incolora, inaudible. Como si los ángeles del Apocalipsis hubieran rozado con sus alas el instante inmortalizado de la muerte.

A nadie se le oculta que el experimento neoliberal está guiado por una nostalgia de la selva. Para su triunfo estorban los seres humanos. O al menos muchos de ellos.
El final de la Historia que persiguen, se parecerá, sin duda, a “La zona” que describe la inquietante película de Tarkovsky.

El siglo XXI será ecológico y solidario o no será.

Nacionalismos

 

“Yo, con mis propios ojos, vi cierta vez a un elefante que escribía con la trompa letras romanas en una tablilla, manteniendo un trazo recto y definido”. (CLAUDIO ELIANO / Historia de los animales).

Mi rechazo frontal al  nacionalismo empieza por el nacionalismo “animal”, cuyo principal representante es el espécimen humano, del cual formo solidariamente parte. Y si no el principal representante, el más consciente y responsable.

Es a esta escala de las “especies” estudiadas y definidas por Darwin (una suerte de “naciones” biológicas), donde empieza a fraguarse ya la mirada provinciana y paleta.
Y al contrario, es aquí también donde puede alumbrarse e iniciarse, con paso firme y seguro, la mirada cosmopolita. Lee el resto de esta entrada

El extremismo del centro

WARREN BUFFETT EN CLUB DE TIBURONES DE LA ESPECULACIÓN FINANCIERA, DE XAVIER VALDERAS

La sensación que tenemos es que nos ha pasado una apisonadora por encima.

¡Y eso que todavía no han llegado los “radicales” al poder!
Y quien dice radicales dice “extremistas”, o lo que es aún peor, “ecologistas”. De la piel del diablo, propiamente.

Que el “centro” esté situado en el centro es una ilusión que Einstein no daría por buena.
Para la geometría no euclidea -que es la que verdaderamente explica los misterios de la realidad- la distancia más corta entre dos puntos no siempre es la recta.
Si elevamos nuestro nivel perceptivo en política, igual que lo hacemos en física, tenemos que poner en duda esos mensajes machacones con que los dueños de la caverna bombardean nuestros sentidos, e intentan inculcarnos geometría política.

En realidad, si agudizamos nuestra consciencia y trascendemos este mundo de apariencias mediáticas y publicidad institucional, comprenderemos que esa obsesión por ocultarse en el centro llamándose centristas (así de fácil), denota un talante extremista y una intención evidente de engaño. Y todo engaño deliberado y finalista es de partida extremista.
De ahí que en ese simulacro de centro no haya sitio para tantos, porque los honestos no abundan precisamente. Ese espacio tan solicitado, más que el centro de nada parece el disfraz de casi todos.

Pongamos un ejemplo: ¿hay algo más equilibrado y de centro que “la gran coalición” que defienden al alimón Felipe González, Mariano Rajoy, y Albert Rivera?
Pues bien, esa fórmula política es la que ha protagonizado las acciones políticas más extremistas que ha conocido Occidente (incluida Europa) en los últimos decenios. De su mano hemos regresado al “ancien régime”, es decir, a momentos previos a la declaración de los Derechos Humanos. Sus apóstoles fueron Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Sus monaguillos casi todos los que hoy desgobiernan el mundo.

Cómo será este centro que hasta el FMI dice (ahora) que la corrupción está acabando con nuestra civilización. Ya no es solo el Papa, Oxfam Intermon, o Podemos.

Sin ir más lejos, gracias a esa fórmula política “de centro”, Juncker ha podido librarse de responder por sus fechorías (Luxleacks), y la amenaza de castigo por los hechos protagonizados por tan infame mandatario, recae ahora sobre el honesto auditor que los destapó, Antoine Deltour. No me cansaré de mencionar este caso.
¿Cabe algo más extremista, radical, y facineroso?
Pues fue la equilibrada y centrista “gran coalición” la que protagonizó ese golpe mafioso, tan templado y responsable. Y así todo.

Ese es el eje geométrico de la esquizofrenia del PSOE: se sabe un partido de derechas tirando a rancio, con su bastante de corrupto, pero tiene que aparentar ser de izquierdas (mejor de centro-izquierda) y decente, para no perder votos.
Este es -dicen- un lenguaje antiguo. Derechas, izquierdas. El planeta que nos estamos cargando solo entiende de vida. Es cierto. Pero también es cierto que en esa “gran coalición” que se disfraza de centro, no veo yo mucha preocupación por el planeta, y si por mantener el modelo económico y social que nos ha traído hasta aquí.

Tampoco creo que al planeta le importe un bledo nuestra civilización. Pero a nosotros si nos debe importar el planeta que nos mantiene.

So capa de “centro”, aquí se ha producido una revolución socio-política (aumento de la desigualdad y la pobreza, desaparición de las clases medias, concentración de la riqueza en pocas manos, explotación irracional de los recursos, contaminación ambiental, grandes movimientos de población desesperada) inspirada en principios extremistas y radicales, y que hace juego con la destrucción acelerada del planeta. El cambio climático es tan radical y extremista como el modelo económico y de pensamiento que lo ha propiciado.

Incluso podríamos llamar guerra a esta revolución, como la llama Warren Bufett. Una guerra que inaugura la Era de la estupidez, con armas insonoras pero muy eficaces en cuanto a mortandad. Y la guerra es siempre extremista, aunque los que las organizan se llamen de centro.

La Era de la Estupidez

san Francisco de Asís

EL PAPA FRANCISCO SOBRE SAN FRANCISCO DE ASÍS (ENCÍCLICA LAUDATO SI)

Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe. Su discípulo san Buenaventura decía de él que, “lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas”. Esta convicción no puede ser despreciada como un romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las opciones que determinan nuestro comportamiento. Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las de dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio.

Fiat Lux

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Portraits of a captive, five-month-old mandrill in Malabo. Its mother was most likely killed by a hunter on Bioko. That’s the usual way that young primates are collected.

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Gladys, a six-week-old western lowland gorilla (Gorilla gorilla gorilla) at the Cincinnati Zoo. (Joel Sartore/www.joelsartore.com)

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A mí que no me digan, pero este Papa no parece Papa, ¡y esto es un elogio! Y es un elogio porque que entre cristianos (fraternales hermanos) haya un Papa es tan absurdo como que entre ciudadanos de una democracia haya un rey. No se concibe. Como no se concibe la distinción entre almas hembras y almas machos, en orden a la diferente consideración de calidades eclesiásticas y estimaciones canónicas.

Otra cosa es entre católicos, porque en definitiva estos son herederos del Imperio romano, que estaba aclimatado a Roma y no al Mar Muerto, y ese Imperio tenía un césar (que nunca fue mujer), un palacio y un cetro que, según se terciara, podía incluso servir para machacar cráneos, de ahí que luego algunos Papas vistieran la armadura y cabalgaran junto a soldados de fortuna y matones a sueldo, matando y saqueando todo lo que se ponía por delante. Su especialidad eran las juderías. Llenas de “deicidas” de todas las edades, sexo, y condición. De ahí que hubiera que responder con “sacrificios humanos” a la brasa, para aplacar al dios muerto. Algo parecido a lo que practicaban los salvajes del Nuevo Mundo.

El cambio de las zapatillas púrpuras de Benedicto XVI (Gran Inquisidor) a los zapatones marrones de Francisco (ecologista convencido), ha hecho mucho bien a la estructura vaticana en su proyecto último de disolverse en comunidad ecuménica y ecológica, con abandono de palacios y joyas, tráficos financieros (nada claros) y Mercedes Benz, como primer paso de la vuelta al campo y al Monte de los olivos.

Por allí debe andar todavía Jesús de Nazaret, esperando, “entre las azucenas olvidado”.

Empezó este Papa poniendo en solfa el capitalismo que tanto adoran y alaban socialistas y liberales de postín (Nomenklatura obliga). Y sin perderle el hilo al asunto atacó el tema de los pobres y desheredados de la tierra, enmarcándolo en la trama desregulada de la plutocracia, que ha abierto como nunca antes un abismo entre seres humanos, llevándose por delante en pocos años, derechos, dignidad humana, planeta, y democracia, para plantar paraísos fiscales y sociedades pantalla, donde antes había árboles y ciudadanos.

¡El capitalismo mata y envenena! ¡El capitalismo descarta seres humanos para cuadrar cifras macroeconómicas! Una gran verdad que Francisco ha proclamado con valor, mayor que el de muchos sedicentes “progresistas”.

Incluso se puede hablar de los nuevos evangelistas de esa verdad: Sebastiao Salgado (Genesi y Contrasto), Yann Arthus Bertrand (Human), Joel Sartore (National Geographic Photo Ark)…

Siguiendo esa pista, con muy buen olfato, ha llegado Francisco a la cuestión ecológica, que tiene antecedentes en la poesía evangélica y en un santo de su mismo nombre: San Francisco de Asís. Cuestión ecológica que, sin duda, desborda todas las previsiones al uso del libre mercado, más corto de miras que un tendero de pueblo.

Sin embargo, la encíclica “Laudato Si”, con ser tan juiciosa, bienintencionada, y oportuna, incurre en errores antropológicos de bulto (nadie es infalible), atrapada y obligada por un imperativo de continuidad doctrinal que desenfoca y confunde el lugar del hombre en la tierra, causa en gran medida del desastre actual. Es mi opinión, tan falible como todas las demás.

En este sentido, algunas filosofías y antropologías orientales, son mucho más sensatas y sabias, aunque Occidente y su ideología única las está corrompiendo.

Así como la “Donación de Constantino” (Donatio Constantini), fue una falsificación documental para justificar y explotar el poder temporal de la Iglesia, la supuesta donación del mundo al hombre por parte de Dios, es una apropiación indebida de consecuencias deletéreas.

Sobre las paredes de la Basílica de San Pedro, sobre los símbolos del poder temporal, ha proyectado ahora Francisco, como para borrarlos, las imágenes de la Tierra y de la Vida que alberga (Salgado, Arthus Bertrand, Joel Sartore…), de la que el hombre, junto a las plantas y otros animales es un capítulo más. Un capítulo extraño, quizás incluso extravagante, destinado probablemente a auto aniquilarse o cerrarse en falso, pero un capítulo en continuidad y simbiosis ecuménica con el resto del relato.

Otra cuestión es que significa esta historia. Y otra cuestión es que la Iglesia vaya a renunciar al poder temporal (una profecía con licencia para fallar).

En cualquier caso: FIAT LUX: Iluminando nuestra Casa Común. Hágase la luz sobre la belleza de la Creación.

Posdata: Fiat Lux: Illuminating Our Common Home – 2015.12.08https://www.youtube.com/watch?v=Wrkkyw1D7KA

 

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