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Academias del decoro

Academia

Uno de los mayores logros intelectuales de nuestro tiempo, sin contar con el hallazgo del bosón de Higgs, es la recuperación del término “populismo”. Ha tenido tanto éxito que aparece hasta en la sopa de letras. Recuperación muy oportuna porque el término “rojos” había caído en desuso por falta de credibilidad y sustancia.
Y es que hasta los bosones de Higgs (una especie de olas en el campo invisible del mismo nombre) tienen más realidad que algunos fantasmas aparentemente sólidos.

Desde aquello de “Un fantasma recorre Europa”, la Europa decorosa y bien pensante siempre se ha considerado asediada.

Al caer el muro de Berlín por implosión espontánea de aquel otro mundo, descubrimos de forma no menos explosiva lo que había en este.
Para atemperar este hallazgo, que devino bastante traumático y remató en crisis supina, aún no resuelta, hubo que inventar nuevos enemigos, a poder ser malísimos. De ahí el resurgir de la nueva etiqueta universal, “populista”, que lo mismo vale para un roto que para un descosido.

El término “populismo” no cabe confundirlo con el término “popular”, que si utilizáremos sin reparos y como adorno imprescindible asociado a distintos conceptos poco recomendables o nada creíbles como “monarquía popular” o “partido popular”, y no nos estamos refiriendo al partido popular (PP) de España, al que encajaría mejor que “popular” el calificativo de filo-soviético, dado que según ha constatado una reciente comisión parlamentaria, ha utilizado durante estos últimos y larguísimos años a la policía de todos contra sus adversarios políticos. Es decir, lo mismísimo que la GESTAPO o la KGB, y como si tal cosa. No por ello nos han echado de Europa.

Y eso nos enseña que hay que quitar hierro a ciertos asuntos y meterles caña.

Queda claro que al ex ministro Jorge Fernández Díaz, que con tanta soltura se movía en las cloacas del Estado, nunca se le podrá tildar de “populista”, concepto vaporoso, sino en todo caso de algo mucho más real y concreto, aunque sea envuelto en el vapor mefítico de los pantanos.
Es tal la seriedad y el decoro de algunos engranajes de nuestro Estado democrático que se inventaron el informe PISA (Pablo Iglesias sociedad anónima). Lástima que no se sacaran también de la manga el informe RISA (Robos Integrales sociedad anónima, pero suficientemente conocida).
Como vemos, nuestra estabilidad institucional no se tambalea sino que se afianza sólidamente echando raíces profundas en los estratos más bajos y oscuros.

Y es que el mundo de las etiquetas es francamente imaginativo, y a todas luces más elástico que un chicle. Y es aquí precisamente donde juegan su papel las Academias del decoro.

No quiero entrar en el análisis de las variantes semánticas con que los académicos del decoro intentan atrapar ese ente ambiguo y de contornos borrosos, al que han dado en llamar de forma amplia y para ahorrar energías “populismo”. Me perdería en ese bosque.

En el fondo, todo se reduce a construir una jaula con conceptos vacíos (flatus vocis) para intentar meter en ella, aunque sea a empujones, a todo aquel que nos disgusta porque es distinto, no nos obedece como dicta la tradición, o no le baila el agua a la corrupción y el poder (que en nuestro país es casi la misma cosa). O simplemente porque tiene su manera propia, libre, y personal de ver las cosas.
Y esta práctica es tan vieja como el senador McCarthy y su paranoia brujeril. El truco está en no hacer distingos y meter todo en un mismo saco. “Rojos” eran todos los que no le gustaban al infame senador, y “Populistas” son todos los que no piensan como el poder ordena y manda.

Tiene algo de medieval y escolástico este intento de construir cárceles de palabras que se sueltan con la misma ligereza con que vuelan los arcángeles y los tronos. En realidad se trata de grilletes y mazmorras, y los celebrados maestros que las diseñan, no pasan de esbirros chusqueros del señor del castillo.

Fuere por lo que fuere, uno se imagina (probablemente sin ninguna razón sólida) la Edad Media en blanco y negro y en un eterno e inacabable invierno. Aunque parece demostrado -y no sería entonces una fantasía- que en ese periodo gris y mortecino hubo un cambio climático y una pequeña edad del hielo.
Lo que no cabe la menor duda es que el mundo era entonces menos complejo: había cielo e infierno, buenos y malos, creyentes y paganos, santos virtuosos y horrendos pecadores.
Todo era más fácil y venía rodado. Y de este modo, si de una anciana mujer se decía que recogía hierbas y otros engendros del bosque para preparar filtros y bebedizos que ella pudiera considerar -por puro empirismo- medicinales (una de estas ancianas ilustró a William Withering sobre el eficaz uso de la droga digital), estaba claro que era bruja, y entonces lógicamente se la quemaba. A ella y a su extraviada ciencia.

Si estudiamos la casuística de algunos tratados antiguos sobre este asunto de los heterodoxos (no hay nada como leer a Menéndez Pelayo para sentir preferencia por los herejes), tendremos la impresión de estar ante un bosque de conceptos tan tupido y denso como el bosque de los males imaginados.
Aunque el campo académico donde encontraremos una imaginación más exultante y florida, es en el ramo de los instrumentos de tortura. Una auténtica tecnocracia con toda la tecnología del mundo puesta al servicio del dolor y del terror.

Yo, como mi gramática no pasa de parda, y casi no llego ni a bachiller (aunque del Fray Luis de León), tengo buen ojo para los académicos del decoro que ven un populista en cada bruja que vuela fuera del redil y un portento macroeconómico en cada instrumento de tortura.

Y es que hoy, la santa madre iglesia se llama globalización del modelo único y del pensamiento abstracto, si no ¿cómo se entiende que los “futuros” intangibles coticen en bolsa y los “presentes” de carne y hueso miserable no?
Y de la misma manera que entonces se precisaba de una academia daltónica de corifeos que describieran con pelos y señales a los arcángeles y su sexo, hoy se necesita una corporación equivalente que describa el séptimo cielo macroeconómico y sus enemigos naturales: los populistas.

Porque hay que decir que en este modo daltónico y gris de ver el mundo no hemos avanzado mucho. Es más, son los sofisticados inventores de palabras nuevas que no dicen mucho sino lo mismo que otras más viejas y usadas, los que achacan simplicidad de conceptos a los rebeldes. Como si sacarse de la chistera palabras novedosas para disfrazar viejos conceptos y acostumbradas mafias, fuera toda una revolución lingüística o incluso espiritual.

Estoy seguro de que el cardenal Bertone, secretario de estado con Benedicto XVI, cuyo ático de lujo (mármoles, maderas nobles, detalles exquisitos…) fue sufragado con fondos del Hospital infantil del Bambino Gesú, reza cada noche a un confuso y oportuno Maynard Smith, y ve un “populista” rabioso en su actual jefe, al que este tipo de cosas parece ser que disgustan.
Y “populistas” serían entonces cada uno de los atolondrados rebeldes que claman -incluso al cielo- por la poca vergüenza de tan estilizado cardenal.

En resumen: señores académicos apóstoles de la servidumbre voluntaria, hay muchos, cada vez más, que no se presentan voluntarios a ese mundo feliz de la servidumbre borreguil.
Y que ustedes, para variar, los llamen “populistas” no cambia mucho el asunto.

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Arbitrariedad

carcoma

Decía con acierto Felipe VI en un discurso reciente que “fuera de la ley sólo hay arbitrariedad”. Ahora bien, cuando es la misma ley la que establece la arbitrariedad y el privilegio como axioma principesco, entramos en una lógica confusa capaz de desmadejar cualquier edificio moral o jurídico.

Que la ley sea la fuente de la legitimidad no significa que sea el remate acabado de la justicia. Por tanto hay que contar con que es revisable y mejorable. Las Constituciones son como los seres vivos: o evolucionan o mueren.

Aun cuando el término “arbitrariedad” nos recuerde a “árbitro” y por tanto pueda inducirnos a pensar equivocadamente en los conceptos de equilibrio y justicia, sobra decir que significa todo lo contrario: desequilibrio e injusticia, protagonizada por quien es juez y parte, dueño y señor.

Arbitrario: sujeto a la libre voluntad o al capricho antes que a la ley o a la razón, dice el Diccionario de la lengua española.

De la afirmación, ni siquiera arriesgada, de que la transición española está como levitando y suspensa en el tiempo, nos da idea el hecho de que la arbitrariedad más obscena corona nuestra Constitución cuando ordena y legítima que la figura del rey es irresponsable e inviolable (Título II, artículo 56), es decir, legítima que el rey, una persona de carne y hueso, como usted y como yo, con sus afectos y sus pasiones, al que puede acontecer cualquier deseo, desde el más atinado al más extraviado, no responde ante nadie y está por encima de la ley.

Lo cual convierte al monarca en un ente metafísico que entra en competencia directa con Dios.

En Europa y en pleno siglo XXI.

Y esto que nos sitúa directamente en el mundo de la irracionalidad y el medievo, y que podía ser aceptable cuando un gran número de siervos famélicos, analfabetos, y adoctrinados por sus respectivas Iglesias, creía que el rey era de pata negra pero con sangre azul y el representante más digno de Dios sobre la tierra, ya no lo es hoy que sabemos empíricamente que es un residuo evolutivo de una jerarquía simiesca basada en la fuerza bruta.

La figura del monarca sería así el equivalente al macho alfa en un grupo de monos antropoides, que desde su trono selvático ejerce su control y su real capricho, y que por imperativos genéticos absolutamente entendibles pero ciegos, trasmite ese privilegio a sus más próximos (hijos, yernos, y demás), como lo ha explicado muy bien Jaume Matas en un documental que desde aquí recomiendo.

Estamos pues ante una circunstancia etológica frecuente y suficientemente conocida que se describe casi a diario en esos documentales magistrales de la BBC sobre la vida salvaje, que dirige tan brillantemente David Attenborough.

Lo sorprendente es que así como ya no tenemos rabo al final del coxis y hemos perdido el pelo de aquella dehesa (somos monos desnudos), aún tenemos reyes que coronan nuestra vida social y política.

Lo normal sería -al hilo del avance de los tiempos y la civilización- que así como ya no tenemos cola prensil, tuviéramos representantes electos por los ciudadanos, que sujetos a su misma ley respondieran ante ella sin privilegios especiales de aforamiento y mucho menos de irresponsabilidad, y no como ocurre en este caso, que parece que estuviéramos ante semidioses puestos ahí por carambola hereditaria o designación divina. Un auténtico “dedazo”.

Pero esto, que sería lo deseable y lo coherente con el mundo que nos rodea, nos llevaría a un escenario de racionalidad ática y laicismo social, y hoy Grecia y su significado están de capa caída, triunfan Hollywood y sus criaturas, y los Popes y magos Rasputines han resucitado de nuevo. La posmodernidad no es sino el triunfo de los zombis.

Cuando la posmodernidad se parece tanto a la prehistoria, y la posverdad se parece tanto a la mentira, debemos sospechar que estamos en medio de un enorme timo.

Quizás tiene su lógica que hoy que han entrado en proceso de acoso y derribo tantas cosas estimables, logradas con encomiable esfuerzo (la democracia, los derechos humanos, las conquistas sociales, la igualdad ante la ley, la luz de la razón, la dignidad del hombre proclamada por el Humanismo, por el simple hecho de ser hombre y no por ser multimillonario, jerarca político, o monarca), arrastremos aún este vestigio rancio de tiempos pretéritos, no sólo como espectáculo que fascina y atrapa a las masas con sus ceremonias solemnes, sino como condicionante psicológico efectivo de rango y servidumbre, privilegio y arbitrariedad, sometimiento y resignación.

Y todo ello respaldado por las más altas  Instituciones.

Cuando hablo de condicionamientos psicológicos (pensemos en Pavlov y sus perros obedientes) hablo de esa sustancia invisible pero pegajosa, de esa rémora pertinaz que inadvertidamente se pega al alma de un hombre o de un pueblo, y convierte su acción en pura inercia, y su libertad en un espejismo.

Vivimos rodeados de condicionamientos de todo tipo, muchas veces envueltos bajo el ropaje de lo festivo, casi siempre disfrazados con el disfraz de lo correcto, fortalecidos por sistema con el peso de la masa, que hacen que la libertad, no ya sólo de acción sino incluso de pensamiento, sea una tarea difícil.
Si uno quiere intentarlo -ser libre- casi siempre tendrá que hacerlo nadando a contracorriente.

Si por lo general el condicionamiento está oculto, a veces es tal su osadía o su indiferencia, que se manifiesta explícitamente en una ley escrita y hasta en una Constitución, o en frases rotundas de ambiguo significado.

Por ejemplo: “no muerdas la mano que te da de comer”, que parece alabar una actitud virtuosa y agradecida, pero que también puede estar aconsejando una actitud servil y resignada. Y todo ello envuelto en un paternalismo tramposo.

Los perros también son alimentados por sus dueños, y no por salivar mecánicamente al toque de corneta son más libres ni más virtuosos. Nunca olvidemos que el cerebro es una víscera a la que se puede amaestrar tan eficazmente como a una pulga de circo.

Hay quien justifica todo esto como una concesión al espectáculo y la ceremonia, como una concesión a las necesidades espirituales del pueblo llano, que en su nostalgia de una autoridad suprema e irresponsable, siempre precisa de símbolos fuertes que coloquen cada cosa y a cada cual en su sitio.
O argumentan que dado que es un símbolo inoperante, metafísico, de adorno, sin poder real (lo cual no es cierto), no supone ningún inconveniente su permanencia como reliquia de otro mundo menos justo, ni es incompatible con el mundo moderno pues incluso saber hacer negocios poco claros, y ha tenido la prudencia de adaptar el derecho de pernada al glamour y los códigos de la jet society.

Yo no lo veo igual -permítaseme esta licencia- porque a menudo los símbolos resultan no ser tan metafísicos e inoperantes como se pretende, y tienen la mala costumbre (a pesar de la neutralidad que se pregona) de aliarse con otros símbolos igual de rancios y escorados, y al final esa coalición de símbolos teóricamente obsoletos constituye una atmósfera que oprime y condiciona, muy lejos de aquella inocencia simbólica que se dice incolora, inodora, e insípida.

Puestos a escoger símbolos y a costearlos con el presupuesto público ¿no sería mejor escoger aquellos símbolos más próximos a nuestro tiempo y a nuestro modo de ver las cosas?
Por ejemplo, el lema simbólico y programático de la revolución francesa: libertad, igualdad, y fraternidad.

POSDATA:

Documental Monarquía española https://www.youtube.com/watch?v=lkc5EGZTKzE&t=181s

Abstenciones preocupantes

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El triunfo de Pedro Sánchez ha supuesto una inyección de ilusión para muchos militantes socialistas. Me refiero a los militantes que no abandonaron, decepcionados, ese proyecto, porque lo cierto es que han sido muchos los que sí lo hicieron, y o bien perdieron todo interés por la política o recalaron y prestaron su apoyo a otras formaciones. Por ejemplo Podemos.

La ilusión es el combustible que lo mueve todo, y sin ella la maquinaria primero se gripa y luego se para.

Esto es lo que les ha pasado a muchas maquinarias socialistas de Europa, que mientras sus aparatos marchaban a todo gas en la dirección neoliberal que imponía el mercado, sus maquinarias militantes, más cerca de la realidad, con más sentido común y bastante más sentido histórico, se iban gripando.

En algunos de estos casos la catástrofe ha sido inevitable porque el mal estaba ya muy avanzado. En otros, una reacción a última hora ha salvado los muebles de momento y los supervivientes aspiran a habitar de nuevo en el territorio de la izquierda, que pese a quien pese tiene más sentido y futuro que nunca, y esto por distintos motivos: humanitarios (que es lo mismo que decir de civilización), de defensa de la democracia como sistema irrenunciable, y de urgencia medioambiental.

Moscovici es un comisario de esa Europa que degenera a toda prisa y sin remedio a la vista.

Si hace apenas unas semanas, el susto y la congoja de los gerifaltes europeos ante posibles derivas electorales que confirmaran el malestar general, determinaba que el neoliberalismo rampante que hoy intoxica a Europa recogiera velas y se hablara incluso de una “refundación social” de Europa, hoy, apenas transcurridas esas pocas semanas, aquella lección de humildad que decían haber aprendido en medio de aquellas turbulencias (Brexit incluido), se les ha olvidado, y lo social acaba de nuevo postergado frente a los imperativos de la desregulación y las exigencias del mercado.

Se trata desde luego de una desmemoria veloz.

Es así que el comisario Moscovici, socialista a beneficio de inventario, ha podido llamar a capítulo al socialista Pedro Sánchez para conminarle a que obedezca y entre por el aro, aconsejándole que suscriba con entusiasmo positivo el pacto comercial entre Canadá y la UE, tratado comercial que llaman CETA por sus siglas en inglés. Tratado que según opinión bastante extendida pone más acento en la desregulación y la explotación humana, que en los derechos laborales y el medio ambiente. O dicho de otro modo, pone los intereses financieros muy por encima de casi todo lo demás, incluida la calidad democrática.

Afea Moscovici a Sánchez que sea renuente y dubitativo ante el CETA, quizás lastrado -el nuevo líder socialista- por escrúpulos sociales o socialdemócratas que hoy ya no forman parte -según Moscovici y compañía- del canon de la posmodernidad salvaje que se quiere para Europa.
Y le anima severamente a que no contradiga con sus peros el “patrimonio común europeísta”, patrimonio que a todas luces sigue siendo neoliberal, es decir, radical e insolidario, y en última instancia bastante ajeno a los controles propios de una democracia.

¡Hay que ver que giros retóricos y que frases rimbombantes y solemnes se utilizan hoy para condimentar y vestir de príncipes a los sapos que nos tenemos que tragar!

“Patrimonio común europeísta” dice el comisario para patrocinar una globalización que deja fuera mucho de aquello que precisamente define a Europa, que es -o era- su sensibilidad social y su defensa de los derechos humanos.

Luego los animadores ideológicos de esta cosa que está causando tanto “orden” mundial, se pondrán estupendos y archimodernos, y dirán que los que nos oponemos a este tipo de tratados, somos enemigos del comercio y cosas más horrendas. O que en la Edad Media habríamos perseguido judíos, como representantes que eran en aquel tiempo -o incluso en este- de la iniciativa comercial y el espíritu moderno.
Pues ni una cosa ni la otra: ni somos enemigos del comercio, ni mucho menos antisemitas, ni nos comemos crudos a los erasmistas de hoy.

Otros son los que llenos de incoherencia hacen compatible el comercio desregulado a favor de las finanzas -esa gran y escueta libertad- con la xenofobia que levanta muros por doquier.

La escena consiste por tanto en un socialista europeo conminando a otro socialista europeo a que dé el visto bueno a una globalización “ultra” y “radical” que podían haber suscrito con euforia y entusiasmo esos adalides del socialismo y de los derechos sociales que fueron Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

Pero lo preocupante es que el nuevo PSOE sigue en el limbo de la indefinición, y a lo más que llega es a decir -ante la oportunidad de censurar un gobierno corrupto hasta el fondo del armario, o de rechazar un tratado antisocial y antiecológico- “me abstengo”.

Del no es no a una abstención doble, desdibujada y pusilánime, en muy poco tiempo: ¡preocupante!

Ya sabemos que Pedro Sánchez y el PSOE vienen de su infierno particular y de una falta de credibilidad ganada a pulso, pero el limbo no es el mejor sitio para recuperar el tiempo perdido y la credibilidad.

Y es que es mucho lo que hay que recuperar, porque es mucho lo que se perdió.

Y seguimos perdiendo a toda prisa. Así que abstenerse ante esa pérdida hace que las segundas oportunidades caduquen muy rápido.

Más claro lo tiene el PP, núcleo duro de la “gran coalición” propuesta por González, que una vez que ha cogido el carril de la corrupción, ni duda, ni se distrae, ni da bandazos. Es de una idea fija que impresiona; robar a tutiplén y negar la mayor.

Frente a este despliegue de autoayuda y confianza en sí mismos, cuyo apoyo teórico no es precisamente Montesquieu sino Celia Villalobos, sobre todo cuando dice inspirada que quien no arrambla con todo y se lo lleva a un paraíso fiscal es que es monja de clausura o pobre de espíritu, mostrando directamente a los ciudadanos -para que sutilezas- cuál es el camino a seguir y la filosofía que triunfa, este otro dudar del PSOE entre el “no” y la “abstención” quizás debido al miedo a irritar a los que mandan sin pasar por las urnas, nos indica que la unión de la izquierda sigue un poco cruda, de lo cual -qué duda cabe- se beneficiará Rajoy y la corrupción que ampara y patrocina.

Censuras

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Como el ataque feroz, no contra la corrupción sino contra la moción de censura contra la corrupción (un auténtico delirio), roza ya la histeria, si no es que roza la campaña mediática por tierra, mar, y aire, es preferible tocar, aunque sea de pasada, temas tangenciales, o si se prefiere paralelos a la corrupción gobernante, que nos permitan orearnos de tanta tensión como produce la represión de la verdad y del ello.

Por ejemplo, podemos abordar para oxigenarnos y desconectar un poco, el caso del fiscal anticorrupción, que tiene -según dicen- un asunto medio turbio en Panamá, asunto que al parecer y como suele ocurrir en estos casos es producto de una herencia y de una acción totalmente involuntaria.

De la misma manera que los que logran una poltrona personalizada dispuesta ex profeso tras una puerta giratoria, premio a su esforzada labor entre los pobres, suele ser sin motivo alguno y un imprevisto regalo del destino, así también los que tienen un dinero u otro patrimonio extraviado en algún paraíso fiscal suele ser de forma involuntaria o por delegación.
Es sabido.

No debe extrañarnos por tanto que Celia Villalobos argumente, con una insensatez supina, que el que no tiene algún patrimonio en un paraíso fiscal es que es pobre de solemnidad o monja de clausura.

Qué duda cabe que esta manera de justificar el extravío de bienes y herencias, producto de un patriotismo de quita y pon, sirve de sólido pegamento indisoluble a la unidad nacional.
Y es que la unidad de la patria, que de suyo es sagrada, no hay que predicarla en Cataluña o Castilla, sino que hay que cultivarla con esmero y abono de primera en los fértiles y patrióticos campos de los paraísos fiscales.

Y todo ello unido y dispuesto en fila india, día tras día, capítulo tras capítulo, de este folletín interminable de fina trama, no puede sino abocarnos a un descreimiento generalizado y universal, a un pitorreo sonoro, y a un cinismo omnipresente, que al final nos conduzca a todos al sosiego y la ataraxia.
Sosiego no fruto en este caso de la fe, sino de la falta absoluta y ya irreversible de ella.

Y es que al nirvana se puede llegar por dos vías: o bien por iluminación trascendente, o porque definitivamente los plomos saltan y se funden.

En cualquier caso esto de Panamá y sus papeles, es un pozo sin fondo que no se da drenado. O pozo o fosa séptica, pero insondable.

Vistas las cantidades que se manejan, de corrupción, y las ganas que se ponen en perseguirla a través de fiscales panameños y ministros a juego, políticos fofos y medios compinchados, cabe vaticinar que tenemos tarea por delante, y que en algún momento de esta larga travesía del desierto que todavía nos aguarda, descubriremos que no por mucho escurrir el bulto amanece más temprano.

Al menos los géneros en los que cabe encajar nuestra extraña y descocada peripecia civil, están ya inventados: el esperpento y la tragicomedia.

No necesitamos inventar una nueva “narrativa” -como se dice ahora- para intentar dar forma a tanta locura y brillo literario a tanta insensatez.

Sorpresas

monos sordos

 

Si hay algo que hoy ya no sorprende a nadie es la propia sorpresa.

Vivimos un tiempo en que las sorpresas se suceden y se fecundan unas a otras. En que la sorpresa es ya costumbre infalible, y también impredecible.

Y sin embargo todavía, los atrapados en su rutina y sorprendidos en su inopia son (o somos) multitud. De hecho no hacen (o hacemos) más que aumentar.

Los analistas no dan ni una. Las encuestas aciertan de guindas a brevas. Los tratados fundacionales duran dos días. Las Historias muertas y enterradas, resucitan.
Los muros derribados tienen hijos, si no peores muy parecidos a los padres.

Sobre todo se confirma -es la única certeza- que aquellos que decían que la Historia ya no tenía nada nuevo que ofrecernos, y que habían dado con la clave de su mecanismo y desactivado a tiempo su bomba de relojería, esa misma Historia desentrañada y anulada, se los ha llevado por delante de la noche a la mañana.

No es buen tiempo para profetas.

Heráclito tenía razón.

Si lo pensamos bien, el último periodo político en nuestro país, marcado definitivamente por la convulsión del 15M, fruto de tantas convulsiones soterradas, se caracteriza por una secuencia acelerada de hechos extraordinarios recorridos por un mismo hilo rojo que les sirve de eje: que no es otro que el retraso y la torpeza de sus protagonistas en comprender lo que les estaba ocurriendo.

El número de bajas experimentado en poco tiempo es el propio de un cambio climático, inaparente pero dramático.

Da igual que nos refiramos a la monarquía o a los barones territoriales, al PSOE o a la burbuja ideológica de la penúltima socialdemocracia, a la justicia corrupta o a los ministros reprobados, a los independentistas catalanes o a los nacionalistas xenófobos.

Su mirada ha sido demasiado lenta o demasiado turbia y condicionada para captar el curso acelerado de los hechos, o para preverlos siquiera.
Su capacidad de reacción estaba y está gripada. Caído el muro y abierta la compuerta, el agua baja en tromba, y cuando quieren reaccionar (si es que reaccionan) es tarde y mal.

Por ejemplo, ciertos y muy concretos independentistas catalanes, que se acostaron corruptos y se levantaron separatistas.
O los socialistas socios fieles de los neoliberales, que en su último estertor lo único que han sabido hacer es traicionar el voto y atacar a la democracia interna.

Demasiado tarde y demasiado mal.

Cabe preguntarse: ¿sin corrupción sistémica (española y catalana) se habría producido este último brote independentista en España?

O en un plano más universal: ¿sin aquella estafa globalizada que adoptó el nombre de “crisis” y sus contraproducentes remedios austericidas, se habrían producidos los actuales brotes de racismo y xenofobia?

O ya directamente en el plano cavernícola: ¿sin aquellas guerras insensatas decididas por tres pijos y cuatro negociantes se habría producido la actual avalancha de terrorismo criminal?

Y como consecuencia de todo ello ¿sin los éxodos masivos y a la desesperada, con miles de muertos y ahogados inocentes, producto de aquellas “hazañas bélicas” de la “buena sociedad”, estaría hoy Europa de nuevo embrutecida por un fascismo larvado y maquillado, que busca apoyo en muros de alquiler y en regímenes liberticidas?

Tarde y mal, lo único que se les ocurre es aumentar el presupuesto de defensa, incluso allí donde hay hambre infantil y trabajadores pobres.

Como en relación al último brote separatista algunos no se han hecho aún aquella pregunta básica sobre la corrupción -ni siquiera lo han intentado-, establecen mal sus prioridades. O al menos sus prioridades y sus preocupaciones no coinciden con las del común de los mortales, hartos ya de tantas cosas.

Al penúltimo monarca español, la Historia -a la que se daba por muerta y enterrada- le pilló en un cementerio de elefantes. A Pujol en su honorable y episcopal poltrona. A Felipe González en su desastrada y estirada decadencia.

¿Y qué de decir de Rajoy y del PP sordo, ciego, y mudo que le hace los coros, y que intentan refugiarse en su propia ceguera como el avestruz en su agujero, sino que están empeñados en una huida hacia adelante a la que arrastran, solidaria y patrióticamente –sobre todo esto último- a todo el país?.

Pero será en vano.

Los que suscriben pactos con ese PP cuyo único plan de futuro es la huida, hacen un pésimo negocio. Como lo hizo la gestora socialista que patrocinó su continuidad en el gobierno.

Europa, en el último asalto recobró la vista y redescubrió el encanto y la virtud de lo “social”, casi palpando ya la profundidad del abismo que se abría a sus pies.
Su Nomenklatura autista vio, como en un destello, las orejas al lobo. O eso dicen.

El tiempo, que hoy corre deprisa, lo dirá.

En todo caso, en Bruselas me han escuchado (es un decir) y nos llaman al orden, aunque un poco tarde, censurando en su último informe-rapapolvo a España y su gobierno por una corrupción que ya abruma y hiede, no sólo en España sino allende sus fronteras.

¿Pues no decíamos, como si fuera cosa sabida, que Europa era un club de democracias homologadas?
¿Adónde vamos con nuestra corrupción a cuestas y con nuestra triste parodia de Estado de derecho?

Si Montesquieu levantara la cabeza y no viera otra cosa que a “Rafa” ministro español de justicia, se volvería a la tumba con la cabeza un tanto confusa.

Cómo envidio a esos países libres y democráticos, capaces de echar sin despeinarse ni esperar a que den las cinco, a un ministro o a un presidente de gobierno ante la más mínima evidencia de corrupción.

A eso es a lo que aspirábamos.

Y cómo admiró también a esos países honestos y valientes que no se plantean como disyuntiva cruel -ni siquiera es motivo de debate- elegir entre estabilidad política y la nula tolerancia a la corrupción, porque saben (lo aprenden en la escuela primaria) que con una corrupción consentida (cuando no consensuada) no hay estabilidad política que valga ni tampoco democracia, ni mucho menos futuro. Y que cualquier retraso en actuar con diligencia contra esa lacra, engorda la factura que luego habrá que pagar (unos más que otros), con sus respectivos intereses.

A esta diligencia -de momento minoritaria en nuestro país- contra la corrupción censurable, los más responden con esa parsimonia desgarbada y también cómplice que Rajoy les ha contagiado, y que nos trae a los demás por el camino de la amargura. Esa negligencia nos llevará a todos, en un futuro inevitable, de sorpresa en sorpresa.

La sorpresa de la tiranía triunfante

El problema está en actuar como si no hubiera pasado nada, como si el tiempo presente no tuviera un pasado, ni los sucesos unos motivos, es decir, el problema está en no reconocer los hechos, y al mismo tiempo manifestar sorpresa, en confundir los efectos con las causas y el culo con las témporas.

Señores sorprendidos por el extraño derrotero de los hechos, me sorprende que se sorprendan. Y no es cuestión de clarividencia, pero uno se despierta por la mañana con un nudo de realidad en la garganta, antes de abluciones, muy difícil de obviar y que le aleja de cualquier tentación de aducir ignorancia.

Este es el mundo que hemos parido, por libre decisión de los contrayentes, en base -eso si- a un mandato superior y un catecismo impuesto. Casi diría, en base a una violación. Lee el resto de esta entrada

El partido único

“Es la tendencia totalitaria de la filosofía política de Platón lo que trataré de analizar y criticar” (Karl R. Popper / “La sociedad abierta y sus enemigos”)

Aunque esto ya empezó con Platón (un pionero de la sociedad cerrada), últimamente la democracia no goza de buena prensa.

La fobia al referéndum -aunque en algunos países avanzados y envidiables de Europa lo que hay es una auténtica filia- es un capítulo más de la tendencia actual a desprestigiar el criterio de los ciudadanos, y con ello dejar cada vez menos margen de decisión a los mismos. O en su caso específico y concreto, a los militantes.

Y esto es así porque para un grupo de expertos que a veces se eligen a sí mismos o son elegidos a dedo, “la cosa esta clara”, y por tanto no tiene sentido contrastar o consultar opiniones distintas. Lee el resto de esta entrada

Más Europa

“Más Europa”.
Esta cantinela en boca de todos y que es la salmodia preferida del presente funeral, es de tal ambigüedad que desmaya los ánimos y fortalece las dudas.

¿Qué querrán decirnos con ese arranque de entusiasmo? Lee el resto de esta entrada

En estado de broma

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Para contribuir al deshielo del fin del mundo conocido, digamos que este país no vive en estado de coma, sino en estado de broma. Embromado.

Botín no es el nombre de un banquero capaz, con un mínimo gesto, de poner genuflexos a nuestros más encumbrados padres de la patria. Botín es el nombre de una doctrina, que emana y rezuma de nuestra sin par justicia, como el pus drena del absceso reventón.

No es lo mismo ser banquero con botín que cartero con cartera, porque aunque los dos repartan sobres, el contenido de la cartera y su peso no es el mismo, y la balanza de la justicia, aquí, es muy mirada y poco ciega. Esta es una certidumbre de la que me pesa mucho no dudar.

“Hacienda somos todos”, pero unos más que otros, y si “lo que tu defraudas lo pagamos todos”, entonces los perjudicados por el infantilismo de la infanta (santa inocencia) somos todos los ciudadanos de a pie. Y si Atutxa no es lo mismo que Botín, ergo…

Poderoso caballero es don dinero, dijo Quevedo, que en medio de su cotarro -esto va por siglos y epidemias- sabía latín.

Así como los banqueros condonan las deudas a los partidos obedientes (los que saben enrollarse), nuestros juzgados enrollados condonan sus delitos y penas a los banqueros generosos. Que en esto consiste la libertad de mercado y el ceremonial de pase usted primero que yo le sigo la corriente.
Cuando les ocurra a ustedes esta contingencia (del perdón bancario), avísenme de cara a la estadística.

¡Para fiscales, los colores! Sobre todo en España -no descubro nada nuevo-, así que todo depende, porque lo que se dice independientes… Me barrunto que no. ¿Ustedes también?

Ya es raro que una doctrina de este tipo (desacostumbradamente favorable al encausado), con tanta casuística como abunda y marabunta de expedientes que inundan los juzgados, se inaugure con el nombre de un banquero, y no de uno cualquiera, sino de uno que en este país pesa y pisa mucho. Podía haberse estrenado con el nombre de un fontanero de Lavapiés, la “doctrina Marcelino”, por ejemplo, pero no. No sé.

Parece tan improbable como que la evolución de la vida empiece por el tigre.
Ni parece muy normal que tras el banquero venga una infanta.

¿Estaremos algún día curados de espanto? porque esa anestesia civil, en que el espanto ya no se percibe, es también cuestión de tiempo y evolución.

O más bien de involución.
Que así se empieza –no sintiendo- y se acaba en rigor mortis.

Santo estado comatoso.

Los deportes homínidos

RotoIdentidad

Los deportes homínidos son tres: el patriotismo, el racismo, y la religión, de la misma manera que los enemigos del alma son cuatro (tres según la Iglesia católica, apostólica, y romana): el mundo, el demonio, la carne, y (cuarto) la estupidez que tiene ideas tan nocivas y raras sobre los anteriores.

Nosotros mismos somos parte del “mundo” y estamos hechos de “carne”, y el “demonio” es un fantasma muy útil para el mejor gobierno de la república y sus rebaños. Tiene la misma genealogía que el coco y el hombre del saco, tan viejos que ya cobran trienios, tan infantiles que usan pañal.

¿Podemos ser enemigos del mundo que nos engendra? ¿Podemos ser enemigos de nuestra propia carne que nos sostiene?

Dice Trueba, con la razón que le da su inteligencia intuitiva, que no se ha sentido “español” ni durante cinco minutos de su vida (y los fariseos de la cuenta en Suiza ya tiran de piedra y mortero). Lo declara nuestro cineasta (nuestro y de todos) como sentimiento muy íntimo. Casi en el mismo sentido podría yo decir que no me he sentido “religioso” ni cinco minutos de la mía, pues apenas abiertos los ojos a la consciencia primera (gateando en mi más tierna infancia) ya me sentía “uno con el Todo” sin límites en mi confianza infinita, mientras que por lo general la religión al uso (cosas de adultos) va de desconfianzas y banderas, de exclusiones y guerras santas, de herejes, de himnos, y de fronteras (entre el creador y la criatura, entre el más acá y el más allá, entre los que se pierden y los que se salvan, entre los que interpretan y venden a Dios y los que han de comprarlo, sumisos y callados).

¿Tan difícil es sentirse –sin dejar de ser excelente persona- ajeno a la marca España “institucional, oficial, y hereditaria”?
Al contrario, es muy fácil, y hasta el propio Lope de Vega lo reconocía: “España es madrastra de sus hijos verdaderos”. Que probablemente son sus mejores hijos.

No en vano, casi podríamos afirmar sin temor a errar que España es la nación que más exiliados ilustres ha producido desde 1492 (o antes) hasta la fecha. Y los exiliados y emigrantes, caminan de nuevo. Será que la necesidad, la desesperación, o el desencanto, son poco patrióticos.

Todo un derroche. Toda una constante de nuestra historia.

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