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Geranios

Geranios

 

Recuerdo aquel tiempo, sin duda mejor, en que de los balcones colgaban geranios en vez de banderas. Quizás la ropa interior de una familia sin secadora, pero nunca el aliviadero de una mente congestionada ¡Vaya diferencia!

Más inofensivos y más bellos, los geranios reivindican, sin dar discursos, la sobria elegancia de la vida, y si se me permite, la sólida indiferencia ante la locura humana.
¡La de patrias y pueblos que habrán visto pasar y caer bajo sus flores!

El geranio es un hijo de la luz. La bandera es una flor de invierno. O para ser más exactos: de invernadero.

Hay quien tiene fobia de los animales que reptan, otros la tienen de los espacios cerrados aunque tengan aire. Yo la tengo de los himnos inflamados y los trapos patriotas, que pretenden encerrar en su símbolo canijo uno de los conceptos más enanos: el nacionalismo.

¡A estas alturas y con esos polvos!
Que tarde o temprano se vuelven lodos.
Somos polvo de estrellas hasta que nos volvemos patriotas o nacionalistas. A partir de ahí, ya solo somos polvo sublunar, una mota de pensamiento presta a encoger, un planta artificial que no recibe la luz ni orea el aire.

Decía Bernanos en un párrafo de ” Los grandes cementerios bajo la luna”: “Queda por solucionar, ciertamente, la cuestión de la bandera. Para ahorrar gastos y reemplazar fácilmente esos emblemas sagrados, propongo que se use el papel de arroz con que los chinos hacen los pañuelos”.

Este florecer de banderas me espanta y me deprime. Y no solo a mí, somos ya muchos los espantados.
Me recuerda aquello de Nietzsche: “¡dos mil años ya, y ningún nuevo Dios!”, que hoy podríamos traducir por: tantos muertos más tarde y de nuevo el nacionalismo. O su primo hermano, el patriotismo.

El nacionalismo como excusa y el patriotismo como máscara. Y tras ellos el odio ciego engordado con pienso de pésima calidad. Pienso obnubilante, pienso que distrae, entre otras cosas de la corrupción. Y quien dice corrupción dice saqueo de las pensiones, amnistía fiscal de los golfos, y condonación del dinero público prestado a los bancos tramposos. Esa deuda si se perdona.

Las banderas están enhiestas y brillantes, tan lisas como un cerebro recién lavado. La democracia arrugada y hecha unos zorros. Todavía hay clases.

¡Donde esté un geranio…!

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Sofismas

El principal sofisma que vicia los relatos al uso consiste en confundir los efectos con las causas, y viceversa.
Si en el mundo mágico de la física cuántica ese orden no importa, en el mundo prosaico de los hechos humanos, sí.

Primero hay que partir de un axioma fundamental y muy necesario para distraer al personal de cualquier intento de razonamiento lógico: la crisis económica no es causa ni efecto, sino que cayó del cielo ya criada, cual epifanía inmanente o rayo sideral.
Aceptado ese misterio de la fe, cualquier silogismo es ya posible y cualquier relato pasa por bueno.

Aunque hubo quien sugirió, al hilo de los hechos, que el capitalismo necesita reformas y que algunas prácticas de liberalismo patibulario conceden a los tramposos todas las ventajas del mundo, no por eso llegó la sangre al río ni nadie (o casi nadie) se aventuró a relacionar una cosa con la otra, ni a sugerir que quizás el sistema estaba viciado, y que de ese humus había nacido la planta, o sea la crisis.

Y cuando digo nadie o casi nadie, lo digo -es obvio- como figura retórica.

Hipótesis aquella por otra parte nada radical sino que está muy próxima a ser cierta, aunque gracias a Dios – y nunca mejor dicho- aún se cree en la inmanencia y todo lo ocurrido se explica por la inocencia del azar.
En resumen la crisis, esta crisis, que no sabemos si es eterna o procreará otra distinta y más grande, no tiene padre ni madre, pero si muchos hijos, uno de los cuáles y más famosos es el populismo.

Que el hijo proceda del padre o le preceda nos introduce en la terrible duda de si la crisis trajo el populismo o el populismo produjo la crisis. Tesis esta última que sostienen con falso candor aquellos que creen que la crisis cayó del cielo, ya hecha una moza, o que consideran oportuno que siendo los populistas los últimos culpables de casi todo, ya no es necesario pedir responsabilidades a los banqueros.
Y para no generalizar especifiquemos: los banqueros corruptos.

Que no es que quiera yo defender el populismo ni el visceral primitivismo de las consignas fáciles, pero es que ya me hincha tanta referencia culta al populismo para excusar e ignorar una responsabilidad que compete casi en exclusiva a ciertas élites.
A las élites financieras y a las élites políticas, que en su promiscuidad un tanto plebeya y bastante mercenaria son capaces de cualquier engendro, o incluso de cualquier relato.

Esta confusión nada inocente entre causas y efectos (que es la que nos desayunamos cada mañana en los medios de masas), es la que caracteriza también a la incoherencia bruselense.
No es la elección de una política equivocada, radicalmente opuesta a la que inspiró la fundación de Europa, la que ha provocado el Brexit, sino que es el Brexit (otra manifestación del populismo avieso) la que ha hecho a Europa entrar en crisis de disgregación.
No es la corrupción, el saqueo de las arcas públicas y la destrucción del Estado del bienestar lo que ha puesto en riesgo la unidad de España, sino que es un sistema que ha permitido todo eso y un gobierno de corruptos los que la van a salvar. Y así por el estilo.
Tan sencillo como darle la vuelta a la tortilla.

Hace poco, en un informe autorizado, Europa ponía a caer de un burro a España por sus retrocesos sociales y sus récords en desigualdad, sin pararse a meditar que dichas consecuencias son efecto directo de las causas y principios que Bruselas patrocina. Es decir, consecuencia de una ideología política y económica extrema que hace pocas décadas todo el mundo hubiera calificado como radical.

Así no nos debe extrañar que en un abrir y cerrar de ojos, Macron, que parecía que iba a ser causa y origen de una gran salvación o revolución europea (neoliberal por supuesto), sea ya al día de hoy el epílogo de una renovada decepción.
Desde luego esto huele a chamusquina.

¿Cambiará Europa de política, escarmentada ya de la imitación de modelos ajenos y radicales, o persistirá en el camino que la tiene desorientada y sin rumbo?
Sin duda la reconsideración de unos dogmas tan bien financiados no parece tarea fácil.

Una vez construido el molde mental o sea el paradigma, los silogismos averiados se fabrican como churros. No es la corrupción la que está en el origen de la crisis, sino que es el “populismo” de los que denuncian la corrupción o acampan en las plazas el que nos hace entrar en crisis. Matar al mensajero es siempre la forma más rápida de ocultar la realidad.

Amputar una parte importante de los hechos para que la coherencia interna (y solo interna) del relato no quede deslucida, es muy poco científico. Y es en este tipo de apaños menores donde los paradigmas vigentes empiezan a mostrar sus primeras grietas.
Ahora bien, confundir los efectos con las causas ya es un grado sumo de irracionalidad, una suerte de animismo. Lo cual nos retrotrae a tiempos ya superados en los que la ceguera estaba perfectamente codificada en un lenguaje culto y oscuro al que se le sacaba brillo en las más altas academias.

En realidad nuestro actual escenario nacional, tan ingrato como poco ilusionante, no procede del postfranquismo a secas, sino en parte también de la modernidad más avanzada, es decir, de la postmodernidad. Una mezcla extraña con aire vintage que se encarna de forma natural y armónica en “la gran coalición”. La escopeta nacional aliada con la Inmaculada transición.

Posdata: Macron, el presidente del 1% más rico.

http://ctxt.es/es/20171025/Politica/15777/Macron-Francia-politica-economica-ricos.htm

 

SUPONGAMOS

Supongamos que en Europa (y al nombrar a Europa nombramos un ente mítico que quizás no se corresponde del todo con la realidad) leen con detenimiento los mensajes del wasap de ciertos policías de Madrid.

Supongamos que averiguan que quien destapó esa cloaca de ideas e intenciones malsanas, tan favorables a la ideología y al régimen nazi, y tan alejadas de la democracia y la simple decencia, debe ser protegido al día de hoy con escolta porque sobre el pesan amenazas.

Supongamos que saben, como lo sabemos todos (“el presidente del gobierno lo sabe” también), que el penúltimo ministro del interior del reino de España tuvo que hacer mutis por el foro, por frecuentar y trabajar en esas cloacas, tan ajenas a la democracia como características de todo régimen cutre y totalitario.

Supongamos que tras la España aparente subyace una España profunda que trajina a todo gas alimentada con el combustible del silencio, que junto al miedo es la base de todo sistema corrupto.

Supongamos que todo esto coincide en el tiempo con circunstancias de todos conocidas que dibujan un panorama enrarecido y un ecosistema a punto de irse a pique, donde el partido en el gobierno (pero no solo ese partido) rezuma corrupción y hasta el presidente del gobierno sale en los papeles (de Bárcenas).

Añádase a esto que bajo la acción disolvente de tales ácidos corrosivos el país ha entrado en quiebra y vive del rescate, al tiempo que una parte de él intenta la fuga, no se sabe si huyendo del sistema o de sí mismo.

Supongamos que pese a todo, este escenario deprimente que dibuja un sistema tóxico se mantiene porque otros partidos aledaños e indistinguibles le prestan oxigeno y apoyo en forma de “gran coalición”, manifiesta o disfrazada. Una “gran familia” que entre ellos mismos se apadrinan.

Podríamos decir entonces que en Europa (en la mítica no en la real) tienen motivos suficientes para estar preocupados, y aquí argumentos suficientes para hacernos la siguiente pregunta:

¿Que  nos está pasando?
¿Seguiremos ciegos, sordos, y mudos?

Entre gerifaltes y patriotas

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Entre gerifaltes y patriotas se consumen tres partes de nuestra Hacienda, que diría Cervantes.

Los gerifaltes ultra liberales, es decir, todos nuestros gerifaltes del momento, afirman, sostienen, e imponen, no en balde les hemos otorgado el poder, que ellos, por ser quién son, tan distintos de todos nosotros, son muy libres de no pagar impuestos, ya que cobran poco, roban solo de lunes a jueves, y a la vista de todos está que se marchitan, pobres, a dos velas.

Dada su precaria situación de monarcas parlamentarios del mundo anglosajón y aledaños (o familia de los mismos), así por la jeta como por la sangre azul, o su empinada condición de estrellas del deporte y la música en lata, ex cancilleres alemanes muy serios y estirados, estadistas ultra patriotas y demás retahíla de próceres solemnes, necesario es que reciban un trato diferencial y entre todos les paguemos a escote los impuestos.

Y dado que tienen prisa y la vida es corta, y como en resumen el personal ni se entera, ellos mismos se toman con total libertad (adorada palabra) ese derecho, casi un deber, de no contribuir como los demás del común a la cosa pública, que a ellos ni les va ni les viene, ya que solo usan carreteras privadas y aeropuertos privados, playas privadas y fiestas privadas donde corre la coca, y nunca visitan una biblioteca pública, no sea que se les pegue alguna enfermedad, física o moral.

Nada más lógico que el padre o la madre de una nación por derecho divino o de pernada, o el deportista galáctico que eleva la cabeza al cielo cuando suena el himno nacional, lleno de arrobo místico, o el estadista prestigioso al que todo el mundo otorga el título solemne y vitalicio de “hombre de Estado”, estafen al Estado.

Dicen los analistas de la barra anti demagógica y anti populista, que todo esto que suena raro y extraño, aunque no es ético es sin embargo legítimo. De lo cual debemos deducir que la ley de esa legitimidad que ellos mismos se guisan y se comen con papas, es legal pero indecente, algo que ya barruntábamos de un tiempo a esta parte.

Estimados compatriotas, en cualquier caso, que duda cabe que el público adora a quien le desprecia, y que por una extraña necesidad masoca de la mente colectiva, eleva siempre a un Olimpo inalcanzable a los rufianes más bajos y oscuros.
Generosos como somos con los monarcas y sus caprichos, hasta financiamos Corinnas.

Allí veréis a la cantante fashion que sale en todas las revistas del corazón de colorines, o al cantante vocinglero que levanta el puño solidario a poco que le enfoque la cámara, llevarse los dineros lo más lejos posible del fisco que a todos nos une y obliga.

Aunque lo cierto es que sin tanto esfuerzo y sin necesidad de recorrer muchos kilómetros, en el propio corazón de la Europa democrática, neoliberal y cristiana, espejo de naciones, encontrarán fácilmente numerosos y florecientes tugurios que no tienen más oficio ni beneficio que reírse de todos nosotros y dar cobijo al delincuente, y donde el más refinado jurista o el más enervado patriota, alternan codo con codo con el peor capo de la mafia.

 

 

EL ESTADO MÍNIMO

Estado del bienestar

De vez en cuando el Estado mínimo da un discurso. Y hasta parece de verdad, de carne y hueso, casi lo puedes tocar frente a ti, a dos palmos de tu sopa de fideos.

Como si no supiéramos que en el fondo no existe, que solo es un espejismo, una entelequia de la distancia, una distorsión óptica de la realidad. Quizás el Estado mínimo nos habla desde la cálida playa de un paraíso fiscal, reconvertida mediante la tramoya y el truco audiovisual en un frío y serio despacho oficial.
De esta forma nos hacen creer que el Estado ha viajado desde las Bahamas a nuestro salón para hacernos una visita, o que nosotros hemos viajado hasta la luna en primera clase.

El Estado fue un invento de otro tiempo, que desapareció un viernes por la tarde sin avisar, y no de muerte lenta sino de un día para otro, por libre disposición de los que mandan. Un capricho de nuevos ricos.

Como quien se levanta una mañana con un deseo inconfesable entre ceja y ceja, y dice “hágase la luz”, confundiendo quizás las últimas hebras de un mal sueño con las primeras grietas de una realidad inverosímil.

“El problema es el Estado”, se decía con total seguridad, casi con arrobo de novicio. El Estado nos roba, el Estado nos cobra impuestos, se predicaba desde cada Tertulia abonada a la tarifa única del pensamiento plano.
Por tanto la solución no podía ser otra que acabar con el Estado, y el Estado mínimo no era sino el paso previo a la victoria final del Estado ausente. Una vez ausente el Estado, los problemas se resolverían por sí solos. Ese era el planteamiento escatológico de los fanáticos. Como ven, una nueva religión, una auténtica fe que la realidad empírica no ha confirmado.

¿Demagogia? ¿Populismo? ¿Posverdad?
No. Alta teología de las escuelas de negocios. Populismo si, pero de alto standing. Borrachera si, pero de whisky caro.

Pensaron los obispos de la nueva religión -quizás sin ninguna razón sólida- que tras desmantelar hospitales, y desmantelar colegios, y desmantelar pensiones y becas, comedores escolares y demás, las banderas del Estado permanecerían indemnes, en eterna erección patriótica. Pero no. En cuanto la gente piensa un poco y une los cabos sueltos, las banderas se desinflan o se enredan con el cable por el que baja el rayo.

Cuando se saquea un Estado y solo se deja la cáscara del protocolo, tiene más bulto que masa, y más apariencia que realidad.

Cuando a un Estado se le amputan las piernas se cae de culo, como todo hijo de vecino, y ya es difícil que se tenga en pie.
 

Emociones

Emociones

 

Últimamente se habla mucho de odio y no precisamente desde una actitud amorosa, ni siquiera justa.

Es este un término que ha entrado con fuerza en el lenguaje político del momento, y además con decidido ánimo diagnóstico y diferenciador.

Que el que dice amar sepa detectar y diagnosticar tan fácilmente y sin ninguna duda el odio ajeno, ya llama la atención de propios y extraños, en primer lugar porque el amor inmuniza contra diagnósticos tan exactos, y también porque las emociones son patrimonio del alma y el alma es algo muy personal.

Y esto sin entrar en otras consideraciones oportunas como que, llevados de esta manía psicoterapéutica, podemos confundir el odio con lo que es una justa reivindicación de derechos y necesaria denuncia de abusos. Lo cual, a los que tienen por costumbre pisotear esos derechos y practicar esos abusos, les viene muy bien.

¡Que hubiera sido de la humanidad si siempre los oprimidos hubieran amado pánfilamente a sus opresores! No habríamos progresado nunca y la Europa del ancien regime sería la Europa eterna de ahora mismo, tan moderna y tan rancia.

Pero así somos, todos sabemos de fútbol y todos somos psicólogos improvisados, con un inexplicable talento (sobre todo cuando la vox populi ayuda) para detectar en el prójimo los síntomas más insospechados y preocupantes. Nosotros, que siempre somos ecuánimes y libres de cualquier baja pasión, somos los más indicados para diagnosticar quien odia y quien ama, según parece y según lo que aparece en la TV oficial.

Más que está pericia repentina me preocupa lo fácil que es propagar en la sociedad determinados tics mentales que nos alejan del hombre y nos acercan al loro, o si se prefiere, me preocupa la docilidad con que encajamos determinados mensajes psico-políticos-patológicos. Porque claro, toda pasión tiene algo de “pathos”, y sin duda el que piensa de forma distinta es porque siente de forma desviada, y por tanto no es muy normal ni en sus sentimientos ni en sus preferencias políticas.

Pensar, por ejemplo, de forma inexplicable y extraña, que llevarse el dinero de todos a un paraíso fiscal no está bien, solo puede deberse a un virus, y además contagioso. En sí misma, esa desacostumbrada rareza lo dice todo.

¿Acaso lo de “podemita”, dicho con verdadero amor, no suena a “extraterrestre”?

Al parecer, cuando el ciudadano de a pie contempla estupefacto las idas y venidas de nuestra corrupción nacional (que no caduca), permanece sereno y complaciente como corresponde a un súbdito bien entrenado, y son otros los que vienen luego y mediante demagogia calculada le enardecen los ánimos y le despiertan de su letargia patriótica.

Que esta forma de ver el asunto se considere coherente y vendible, indica hasta qué grado de comedura de coco hemos llegado. Patético.

El estar sujetos a estos automatismos de rebaño, a estas modas pasajeras, en cuyas encrespadas olas se agitan y se diagnostican con extrema facilidad populismos y odios, indica que si bien la información es libre no siempre hacemos uso de esa libertad, y preferimos que nos indiquen lo que tenemos que pensar. Es más fácil y más normal.

¿En qué cabeza cabe dudar que el que estafa al prójimo es por amor fraternal y que el que saquea el patrimonio público es en un acto de heroico desprendimiento?

 

Autoridad moral

Bárcenas y Rajoy

Era de suponer, visto el derrotero que han ido tomando nuestra política, nuestra economía, y demás altas instituciones a juego (decorosas por supuesto), que llegaría un momento, como de hecho ha llegado, en que allí arriba, en la estratosfera del poder, no habría nadie con autoridad moral para inspirar una pizca de confianza.

Del rey abajo ninguno, y del rey arriba tampoco.

Algunos hemos ido descreyendo en la misma medida en que nuestros representantes abusaban de nuestra buena fe, y así, paso a pasito, episodio tras episodio nacional, hemos ido cayendo en un agujero de negro escepticismo, quizás reversible, quizás no. Todo depende de si se toma conciencia del mal y hay intención de resolverlo. De momento ni una cosa ni la otra.

Entre pelotazos, saqueos, rescates bancarios, amnistías fiscales, y demás crisis sobrevenidas de repente que ¿seguro? nada tienen que ver con los actuales “recortes” de la “la cosa pública” (“cosa” que es la única cosa que nos une), nos hemos quedado sin “referentes” y sin “autoridad moral” que nos inspire confianza o un resto de esperanza en el buen hacer de los que tienen que velar por el bien público.

Y sin confianza no hay unión ni unidad, y sin esperanza no hay ánimo civil, de la misma manera que sin coherencia solo hay desbarajuste social y político.

Habrá otro tipo de autoridad, legal, política, policial o militar, habrá incluso miedo, pero sin la autoridad moral, sin la verdad de los comportamientos como referente compartido, dicha autoridad, por muy trabajado y trabado que sea su mecanismo, quedará envuelta en una niebla de mentiras que la desvirtúa y la torna fofa.

Ni Rajoy, colega de Bárcenas and company, ni una monarquía costosa y entregada a negocios poco claros, ni una clase política afectada gravemente por la corrupción y el privilegio (incluso cuando para los demás ciudadanos todo son recortes), inspiran el respeto de quien debe su  “autoridad moral” a sus comportamientos coherentes.

Llegan las crisis (de todo orden) y pedimos a los ciudadanos un esfuerzo, una unión, una unidad, un sacrificio, un patriotismo, en resumen un comportamiento digno que no hemos sabido fomentar y cuyo ejemplo no hemos dado.

Y cuando hablamos de moral (de la que hoy, por cierto, está muy mal visto hablar) no hablamos de moralina y aparato, ni de moral religiosa en el orden judeo-cristiano, ni de ninguna otra moral que no sea la relativa, cambiante, compartida y civil, en la que lo que se exige a los demás, en cumplimiento de las leyes, es lo mismo que uno se exige a sí mismo.

¿Pueden reclamar el cumplimiento de la Ley los mismos que la incumplen?

Pongamos como ejemplo la amnistía fiscal y preguntémonos: ¿irradia autoridad moral?

Sigo opinando que el descrédito intencionado de “lo público” (eso que nos une), junto a su deterioro via recorte, están en el origen de la actual crisis multiforme por la que atraviesa España, e insisto en que el egoísmo antisocial y suicida de los radicales de la neolibertad, une más bien poco y está fomentando, junto a la corrupción, el deterioro de la trama social que nos mantenía unidos.

La corrupción, el saqueo, la estafa, la mentira (tan difícil de mantener hoy), son un pésimo pegamento para una sociedad, y lo único que hacen es incrementar las tensiones centrífugas y las tendencias disolventes.

¡Recordemos!

En el origen del 1-O está la corrupción, y esa no se resuelve con banderas, de la misma forma que el patriotismo no se promociona llevándose la pasta de todos a un paraíso fiscal.

 

Amnistía fiscal

Síndrome de Estocolmo

Todo va como la seda

Montoro

 

Como diría nuestro inefable y huidizo presidente del gobierno, al que desde aquí le recomendamos que sea fuerte y le aseguramos que hacemos todo lo que podemos: todo va como la seda.

Somos la vanguardia, el ejemplo a seguir, y como viene siendo tradicional, la reserva espiritual (y futbolera) de Occidente. Somos la repanocha.

En nuestros dominios no se pone el sol porque no sale. Como seremos que hemos estrenado el mecanismo europeo para liquidar bancos en dificultades, después de todo lo que nos ha llovido encima en este terreno anfibio y resbaladizo del rescate bancario.

Ya digo: la vanguardia de la posmodernidad.

Este “estreno” avant-garde de un mecanismo de liquidación debe ser algo muy parecido a ir por delante de todos los demás en I + D.

Que nadie dude que estamos abriendo caminos desconocidos, nuevas vetas de negocio, nuevos mecanismos de saqueo y liquidación, nuevas maneras de estafar a la gente, inusitadas maneras de llamar a las cosas por su falso nombre.

Nunca hemos sido rescatados y quien diga lo contrario miente.
Que a cambio de “esa cosa” que algunos insisten en llamar rescate hayamos comprometido el recorte de nuestros derechos y suspensión de todo lo que da fundamento y sentido a una sociedad: los instrumentos sociales de cohesión, la sanidad pública, la educación, las pensiones… no significa nada. Es como si no hubiera ocurrido.

Usted puede vaciar de contenido un Estado y aun así quedará una cáscara con un bonito nombre: España, Estado, Patria, Unidad nacional… lo que usted quiera.

Como animales primigenios de aquel paraíso terrenal de inocentes, tenemos el don libre y estupendo de poner nombre a las cosas.

Lo que pasa es que a veces las palabras y los nombres usados en vano se parecen mucho a las burbujas que explotan.

Leo en artículo de El País: “El 9 de junio de 2012 España pide el rescate. Rajoy y Guindos insistieron en que este préstamo sólo conllevaba condiciones para el sector financiero. Sin embargo, al poco se reconoció el contenido del memorando, que recogía un largo listado de reformas económicas. La Troika aterriza en España. Se congelan las pensiones, se recorta la prestación de paro, se ajusta la plantilla de sanidad y educación y se aprueban las mayores subidas de impuestos de la historia reciente”.

Que un montón de banqueros inútiles, y un montón de supervisores inútiles -inutilidad que en este ámbito va unida tantas veces a la delincuencia- haya hecho piña con una recua de políticos corruptos y aforados para llegar a este punto, no tiene mayor trascendencia.
Lo importante es que hemos llegado a tiempo de rescatarlos, a unos y a otros.

Aunque sea a costa de las pensiones, y de la sanidad, y de la educación, y del futuro de los más jóvenes.
Me atrevería a decir que a cuenta incluso de la unidad nacional. Pero en fin, en este terreno todo lo que se diga suena artificioso, cuestionable, metafísico.
Lo real, lo verdaderamente palpable, es que los corruptos de Cataluña se parecen como dos gotas de agua a los de Madrid, y que los recortes de allí se parecen mucho a los del resto de España.

Ahora eso sí, en lances de fútbol nos implicamos como nadie. Qué pasión ponemos, cómo lo vivimos, qué delirio colectivo y solidario, que manera de gritar todos a una -como Fuenteovejuna- ese Gooollll estentóreo que aterroriza como un trueno de tormenta a todos los perros del barrio.

Por cierto, ¡que grandes psicólogos son estos inteligentes animales!
¡Como detectan! ¡Cómo huelen el peligro!

A ellos, el desmadre futbolero y el discurso sincopado y reducido a un sólo término evacuado con doloroso espasmo de abdominales: ese Gooollll que dice tanto con decir tan poco, les produce terror.
A mi horror vacui.

El Tribunal Constitucional dicta ahora sentencia en la que establece que la amnistía fiscal del alegre  Montoro no es de recibo ni envuelta en papel de regalo. Y es que Montoro, un auténtico anti-Robin Hood que -como todo neoliberal que se precie- roba a los pobres para dárselo a los ricos, se sacó de la manga un procedimiento que a cualquiera con espíritu democrático y dos dedos de frente, ya desde el primer momento parecía cosa rara, sin pies ni cabeza. Algo así como un fraude (anticonstitucional) bendecido por altas instancias cuya finalidad era bendecir y dar por buenos otros muchos fraudes más.

¡Pero a quien se le ocurre perdonar a los defraudadores fiscales para hacer pagar el fraude y sus consecuencias a los que no defraudan!
Es decir, a los pensionistas, a los asalariados, a los trabajadores públicos, a los dependientes, a los parados, a los que menos tienen.
¿Es esta la igualdad ante la ley que pregona la Constitución?

¡Mira que tenían razón los indignados del 15M!

La crisis la están pagando sus víctimas. Los autores y fautores se van de rositas.

El invento del alegre Montoro afecta, según se lee: “a la esencia del deber de contribuir al sostenimiento de los gastos públicos, alterando sustancialmente el reparto de la carga tributaria a la que deben contribuir la generalidad de los contribuyentes, según los criterios de capacidad económica, igualdad y progresividad”.

Por otro lado, el gobierno portugués, lleno de “extremistas de izquierdas” y de “radicales”, según la terminología al uso de los lavadores de cerebros, es al día de hoy la envidia y el ejemplo de toda Europa, y motivo de satisfacción y orgullo para sus ciudadanos.
Y todo gracias a una fórmula de coalición de izquierdas que se podría haber aplicado en España sí Felipe González y su gestora golpista no se hubieran empeñado en lo contrario.

Protección de los salarios, de los servicios públicos, de las pensiones, de una política socialdemócrata que sin complejos le ha plantado cara, en su defensa de los derechos sociales, a la barbarie neoliberal en Europa.

A ver si aprendemos.

Según dicen, ellos han aprendido mucho de nuestros errores.

 

 

POSDATA: El secreto detrás de la increíble recuperación económica de Portugal: ¿cómo hizo para reducir el déficit y al mismo tiempo aumentar los salarios http://www.bbc.com/mundo/noticias-39494514?#_=_

El milagro de la izquierda en Portugal frente al auge de la ultraderecha http://www.elespanol.com/mundo/europa/20161125/173483510_0.html

9 de junio de 2012: el día que España tuvo que pedir el rescate | Economía | EL PAÍS http://economia.elpais.com/economia/2017/06/08/actualidad/1496944711_618627.html

El Constitucional anula la amnistía fiscal y deja en evidencia a Montoro http://politica.elpais.com/politica/2017/06/08/actualidad/1496933024_470959.html?id_externo_rsoc=FB_CC

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