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Alaridos y omertá

Évole y Villarejo

 

Yo estoy seguro, en la medida de mis dudas, de que la ruina final de nuestra democracia acontecerá oscurecida entre alaridos de triunfo deportivo y grandes cifras macroeconómicas. El tamaño y el ruido impresionan mucho.

El ruido de cascotes y taladradoras que minan esos cimientos civiles cada día, son apenas un murmullo amortiguado por los grandes espectáculos de masas.

Nuestra normalidad es tan ruidosa que nuestra anormalidad medra y se hace fuerte entre algodones.

No es sin una razón sólida que el fraude millonario de los futbolistas galácticos a nuestra Hacienda nos importe un pito (al mismo tiempo que se agostan nuestras pensiones y encogen nuestros derechos sociales), o que nuestro modelo vital sea tan pueril como las cabriolas que Cristiano Ronaldo se marca junto al palo del córner.

A la hora de afrontar la vida civil y política como circo, este es un buen entrenamiento que además requiere muy poco esfuerzo.

Es coherente con este escenario que algunos gobernantes -a los que incluso votamos- excusen y justifiquen esas faltas fiscales como un culto a los héroes, necesario en toda sociedad primitiva, y que los hilos, las ondas, y las cámaras de los medios de masas, oficien ese culto amplificándolo desde sus tóxicos minaretes, en una llamada a la oración colectiva.
Fe y propaganda son como las dos caras de una misma y falsa moneda.

Entre futbolistas galácticos y políticos extraterrestres no puede haber sino buen rollo. Que compartan paraísos se considera de buen tono y signo de modernidad.

Esa es la atmósfera que lo inunda todo, y la deslumbrante y mefítica luz que irradia hace que no veamos más allá de nuestras narices. Vivimos en un flash. Intoxicándonos.

Eucaristía mediática y profana que Platón –el áureo- habría proclamado como idea suya y Goebbels –el nazi- suscrito en el papel de discípulo aventajado.

No será sin consecuencias palpables y duraderas que el cine hollywoodiense más patético y hortera triunfe por doquier, y que entre zombis pegajosos y superhéroes hormonados, se consuman tres cuartas partes de nuestro olimpo mitológico. El resto lo consumen duelos y quebrantos.

La única duda geoestratégica que me intriga y aún no he resuelto, es si en este carrusel de despropósitos que la posmodernidad ha acelerado como un tiovivo, estamos solos -tan diferentes como siempre- o navegamos ahora ya todos juntos e iguales en la misma nave de los locos.

Posmodernidad y corrupción como fórmula globalizada.

Ni se me ocurre preguntar:
¿Tendrá alguna vez, en un futuro inmediato (más tiempo no hay), la ecología tanto interés y eco como las cabriolas de Cristiano Ronaldo?

Y no lo pregunto porque dada la diligencia que ponemos en este tema, la respuesta “empírica” me puede llegar allá por los últimos coletazos de la sexta extinción.

Que dicen que será antropogénica o antropocénica.

Del discurso del Rey -aprovechando que hablamos de extinciones y simios poderosos- con ocasión del cuarenta aniversario de nuestra transición suspensa en el tiempo, como el Espíritu Santo lo está en el espacio, se destacan dos hechos: que la corona calificara por primera vez de “dictadura” al régimen de Franco, y que dijera que “fuera de la ley todo es arbitrariedad”.

En cuanto a lo primero es un gran avance cuarenta años después, tan sorprendente en su retraso como si ayer mismo Merkel hubiera revelado a los alemanes que el régimen de Hitler era poco liberal.

En cuanto a lo segundo todos le dan  la interpretación obligada por el momento y la razón de Estado, y así coinciden que es una “indirecta” muy directa del monarca al independentismo catalán.

Sin tantas anteojeras institucionales como nos obcecan y ciegan podría pensarse que es un ejercicio arriesgado este de mencionar la soga en casa del ahorcado (se echó en falta al rey emérito), ya que la propia casa real tiene experiencia dilatada en este tipo extravíos que conducen al terreno de la arbitrariedad.

No digamos el partido del gobierno en lo que se refiere a colocarse fuera de la legalidad vigente o al despliegue libérrimo de toda suerte de arbitrariedades (pongamos la amnistía fiscal como ejemplo sintético).
Arbitrariedades que en su punto más álgido y desatado han llegado a atascar las cloacas del Estado.

Al menos Jordi Évole, aprovechando que esas cloacas atestadas regurgitan, sigue apuntándose hitos periodísticos importantes a la vez que saludables -véase su entrevista al comisario Villarejo– en beneficio de nuestra edad adulta y de nuestra vapuleada democracia.

Para mí que seguimos muy lejos de la normalidad.

Ahora bien, no me cabe la menor duda tampoco de que no hay más salida a esta situación tan extraña que la que nos lleve hacia esa normalidad de una vez por todas, porque ya es raro que cuarenta años después parezca aún inalcanzable.

Y en eso estamos según la versión más optimista.

 

POSDATA:

Comparecencia íntegra de la periodista de ‘Público’ Patricia López en la Comisión de Investigación sobre la Operación Catalunya

http://www.publico.es/politica/comparecencia-integra-periodista-publico-patricia.html

Salvados / La versión de Villarejo

http://www.atresplayer.com/television/programas/salvados/temporada-12/capitulo-21-versin-villarejo_2017062401332.html

Amnistía fiscal

Síndrome de Estocolmo

Sorpresas

monos sordos

 

Si hay algo que hoy ya no sorprende a nadie es la propia sorpresa.

Vivimos un tiempo en que las sorpresas se suceden y se fecundan unas a otras. En que la sorpresa es ya costumbre infalible, y también impredecible.

Y sin embargo todavía, los atrapados en su rutina y sorprendidos en su inopia son (o somos) multitud. De hecho no hacen (o hacemos) más que aumentar.

Los analistas no dan ni una. Las encuestas aciertan de guindas a brevas. Los tratados fundacionales duran dos días. Las Historias muertas y enterradas, resucitan.
Los muros derribados tienen hijos, si no peores muy parecidos a los padres.

Sobre todo se confirma -es la única certeza- que aquellos que decían que la Historia ya no tenía nada nuevo que ofrecernos, y que habían dado con la clave de su mecanismo y desactivado a tiempo su bomba de relojería, esa misma Historia desentrañada y anulada, se los ha llevado por delante de la noche a la mañana.

No es buen tiempo para profetas.

Heráclito tenía razón.

Si lo pensamos bien, el último periodo político en nuestro país, marcado definitivamente por la convulsión del 15M, fruto de tantas convulsiones soterradas, se caracteriza por una secuencia acelerada de hechos extraordinarios recorridos por un mismo hilo rojo que les sirve de eje: que no es otro que el retraso y la torpeza de sus protagonistas en comprender lo que les estaba ocurriendo.

El número de bajas experimentado en poco tiempo es el propio de un cambio climático, inaparente pero dramático.

Da igual que nos refiramos a la monarquía o a los barones territoriales, al PSOE o a la burbuja ideológica de la penúltima socialdemocracia, a la justicia corrupta o a los ministros reprobados, a los independentistas catalanes o a los nacionalistas xenófobos.

Su mirada ha sido demasiado lenta o demasiado turbia y condicionada para captar el curso acelerado de los hechos, o para preverlos siquiera.
Su capacidad de reacción estaba y está gripada. Caído el muro y abierta la compuerta, el agua baja en tromba, y cuando quieren reaccionar (si es que reaccionan) es tarde y mal.

Por ejemplo, ciertos y muy concretos independentistas catalanes, que se acostaron corruptos y se levantaron separatistas.
O los socialistas socios fieles de los neoliberales, que en su último estertor lo único que han sabido hacer es traicionar el voto y atacar a la democracia interna.

Demasiado tarde y demasiado mal.

Cabe preguntarse: ¿sin corrupción sistémica (española y catalana) se habría producido este último brote independentista en España?

O en un plano más universal: ¿sin aquella estafa globalizada que adoptó el nombre de “crisis” y sus contraproducentes remedios austericidas, se habrían producidos los actuales brotes de racismo y xenofobia?

O ya directamente en el plano cavernícola: ¿sin aquellas guerras insensatas decididas por tres pijos y cuatro negociantes se habría producido la actual avalancha de terrorismo criminal?

Y como consecuencia de todo ello ¿sin los éxodos masivos y a la desesperada, con miles de muertos y ahogados inocentes, producto de aquellas “hazañas bélicas” de la “buena sociedad”, estaría hoy Europa de nuevo embrutecida por un fascismo larvado y maquillado, que busca apoyo en muros de alquiler y en regímenes liberticidas?

Tarde y mal, lo único que se les ocurre es aumentar el presupuesto de defensa, incluso allí donde hay hambre infantil y trabajadores pobres.

Como en relación al último brote separatista algunos no se han hecho aún aquella pregunta básica sobre la corrupción -ni siquiera lo han intentado-, establecen mal sus prioridades. O al menos sus prioridades y sus preocupaciones no coinciden con las del común de los mortales, hartos ya de tantas cosas.

Al penúltimo monarca español, la Historia -a la que se daba por muerta y enterrada- le pilló en un cementerio de elefantes. A Pujol en su honorable y episcopal poltrona. A Felipe González en su desastrada y estirada decadencia.

¿Y qué de decir de Rajoy y del PP sordo, ciego, y mudo que le hace los coros, y que intentan refugiarse en su propia ceguera como el avestruz en su agujero, sino que están empeñados en una huida hacia adelante a la que arrastran, solidaria y patrióticamente –sobre todo esto último- a todo el país?.

Pero será en vano.

Los que suscriben pactos con ese PP cuyo único plan de futuro es la huida, hacen un pésimo negocio. Como lo hizo la gestora socialista que patrocinó su continuidad en el gobierno.

Europa, en el último asalto recobró la vista y redescubrió el encanto y la virtud de lo “social”, casi palpando ya la profundidad del abismo que se abría a sus pies.
Su Nomenklatura autista vio, como en un destello, las orejas al lobo. O eso dicen.

El tiempo, que hoy corre deprisa, lo dirá.

En todo caso, en Bruselas me han escuchado (es un decir) y nos llaman al orden, aunque un poco tarde, censurando en su último informe-rapapolvo a España y su gobierno por una corrupción que ya abruma y hiede, no sólo en España sino allende sus fronteras.

¿Pues no decíamos, como si fuera cosa sabida, que Europa era un club de democracias homologadas?
¿Adónde vamos con nuestra corrupción a cuestas y con nuestra triste parodia de Estado de derecho?

Si Montesquieu levantara la cabeza y no viera otra cosa que a “Rafa” ministro español de justicia, se volvería a la tumba con la cabeza un tanto confusa.

Cómo envidio a esos países libres y democráticos, capaces de echar sin despeinarse ni esperar a que den las cinco, a un ministro o a un presidente de gobierno ante la más mínima evidencia de corrupción.

A eso es a lo que aspirábamos.

Y cómo admiró también a esos países honestos y valientes que no se plantean como disyuntiva cruel -ni siquiera es motivo de debate- elegir entre estabilidad política y la nula tolerancia a la corrupción, porque saben (lo aprenden en la escuela primaria) que con una corrupción consentida (cuando no consensuada) no hay estabilidad política que valga ni tampoco democracia, ni mucho menos futuro. Y que cualquier retraso en actuar con diligencia contra esa lacra, engorda la factura que luego habrá que pagar (unos más que otros), con sus respectivos intereses.

A esta diligencia -de momento minoritaria en nuestro país- contra la corrupción censurable, los más responden con esa parsimonia desgarbada y también cómplice que Rajoy les ha contagiado, y que nos trae a los demás por el camino de la amargura. Esa negligencia nos llevará a todos, en un futuro inevitable, de sorpresa en sorpresa.

De corrupciones y endogamias

Gestora PSOE

 

Al parecer, las fuerzas de orden público exageran, la justicia que hace su trabajo y no el del delincuente, exagera, las cifras exageran, y los números no cantan, sino que están histéricos.

La corrupción en España -opinan algunos- no es para tanto, y quien se indigna ante su magnitud es porque no tiene otra cosa mejor que hacer que meterse donde no le llaman, y ocuparse de asuntos que ni le van ni le vienen.

Doctores tiene la santa madre iglesia es el principio teocrático que siempre ha dirigido y acotado nuestra vida critica, y nuestra eterna crisis de libertad de pensamiento.

¡Cualquiera se indigna con lo mal visto que está últimamente!
En tiempos de Franco estaba incluso prohibido.

¡Cuanto más diligente y sabio es aquel que ante la corrupción reinante (y nunca mejor dicho) mira para otro lado y calla!

Es sorprendente el paralelismo que existe entre los hallazgos de la psicología freudiana y los hallazgos de la UCO. Y entre los vicios del sistema y las virtudes de la hipocresía.

El extremo centro que rige nuestra vida política tiene mucho que ver con este mundo de apariencias y represiones, donde tras la virtud y la “centralidad” cacareada, se esconde un ello radical que, desatado, arrasa con todo y arrambla con lo propio y lo ajeno, pero sobre todo con aquello poco que les queda a los que menos tienen.

Y es curioso y llamativo también el paralelismo que existe entre la vida y la política, y entre los hallazgos de los biólogos y los hallazgos de los politólogos.
O quizás no sea tan sorprendente si nos atenemos al hecho de que la buena política es una parte más de la vida corriente, y los buenos políticos son como usted y como yo, con los mismos derechos y las mismas obligaciones civiles que el resto, sin especiales privilegios que los segreguen de la comunidad cuyos intereses representan y defienden. O así debería ser.

Y para ser como debería ser, tendría que empezar por no haber aforados, que en nuestro país son plaga que cría el terreno, abonado con estiércol de primera.

Sorprende que hoy, en pleno trance de las elecciones primarias socialistas, tantos aboguen por un retorno a un pasado que nos ha traído a este presente -con tan poco futuro- de corrupción omnipresente y ubicua, tóxica y paralizante.

Proliferan las consignas contra las elecciones primarias, y aumenta la presión mediática contra la democracia interna, como si la democracia pudiera ser externa a sus sujetos protagonistas, o venir del  espacio exterior en un platillo volante.

Dentro de Europa (y casi diría dentro de Occidente), esta campaña feroz y esta animadversión militante contra la democracia interna, guiada por una especie de impulso contrarreformista, se está dando sobre todo o casi exclusivamente en España, donde nuestra relación con la democracia siempre fue problemática, y donde los  tímidos y breves intentos por conquistarla siempre fueron abortados por la fuerza de las armas, en defensa de la tradición sacrosanta.

Lo más moderno y demócrata que llegamos a explorar al hilo del devenir de la historia fue el despotismo ilustrado (nuestro sueño de la razón siempre produce monstruos), hasta arribar con enormes esfuerzos y dificultades al sueño desmochado de la república.

Los que hoy claman, andanada va y andanada viene, contra el protagonismo de los militantes de base, contra la eficacia y la oportunidad de las elecciones primarias, y en definitiva contra la democracia interna, base y pilar de toda auténtica democracia, tal y como se entiende hoy en el Occidente laico, están en esa línea de pensamiento pro-despotismo (ilustrado o corrupto ya es otro tema) y pro-élite. Aunque luego esa élite cuando se la sorprende en su espontaneidad natural y en su salsa, resultan ser en muchos casos simples chorizos que se manejan con soltura en un lenguaje francamente barriobajero.

Estos que hoy lanzan anatemas contra la democracia interna, quizás inspirados por el peor Platón y el peor liberalismo (Platón, aunque ilustrado, era muy poco liberal), parecen los mismos animadores ideológicos que hoy reclaman externalizarlo todo.

¿Por qué no también la democracia?

“Externalizar” la democracia (arrebatársela a los ciudadanos) para internar y acaparar el poder en un coto cerrado y a salvo de testigos.

No olvidemos nunca, sobre todo hoy en que las modas que impone el mercado nos ofuscan la mente, que hay liberalismos muy poco liberales, y que a la escuela de Chicago nunca le importó demasiado colaborar con Pinochet y sus matanzas. El momento cumbre de ese liberalismo fue cuando Margaret Thatcher tomó el té con Pinochet sin que le temblara la mano ni la permanente. Casi igual que con los sindicatos.

La vida nos sirve de modelo para este debate, el cual cabe abordarlo tanto por deducción razonable como por inducción empírica, es decir, tanto por el encadenamiento lógico de los conceptos como a partir de los mismos hechos que padecemos y palpamos.

Sabemos por la biología que todo espacio mal ventilado tiende a la corrupción, y sabemos también que aquellas poblaciones cerradas sobre sí mismas, sin flujos ni intercambios genéticos con el exterior, degeneran en su endogamia y corren veloces hacia su propio fin, generando en el ínterin algún que otro monstruo.

Algo parecido ocurre con el poder y la política.

El hecho fundamental que caracteriza nuestro presente económico y político es la corrupción, y el hecho fundamental que caracteriza nuestro pasado inmediato -más o menos constitucional-  es la partidocracia, que es el régimen pseudodemocrático en que los intereses de los partidos, y más selectivamente, los intereses de sus cuadros y aparatos (tantas veces vendidos al poder del dinero), prevalecen sobre los intereses de los ciudadanos y del país en su conjunto.

No es difícil inferir que a aquello primero (la corrupción) hemos llegado a partir de esto último (la endogamia), y que defender la endogamia como medio es defender la corrupción como producto.

Son los cuadros y los aparatos frente a los militantes y los ciudadanos; es la partidocracia frente a la democracia; es la sociedad cerrada frente a la sociedad abierta; es el cuadrado estéril frente a la curva dinámica.

La partidocracia no se lleva bien con la democracia interna ni con el protagonismo de los militantes. Se lleva muy bien sin embargo con la corrupción, y también con el despotismo.

Ilustrado o corrupto, ya es otro tema.

Desde fuera y desde dentro

Susana y Rajoy

 

Cuando la derecha más rancia y retrógrada (también la más corrupta) elogia y hace campaña por Susana Díaz, y parece querer llevarla en palmas hasta la victoria final en las primarias socialistas ¿le hacen un favor?

No, pero nos lo hacen a nosotros, porque si sobre lo que se debate y se decide en esas elecciones había alguna duda, esa circunstancia y ese apoyo lo deja un poco más claro.

Desde fuera del PSOE, pero desde dentro de los graves problemas a los que se enfrenta este país -el mayor de los cuales es la corrupción-, es difícil mostrarse indiferente a lo que el PSOE decide este domingo 21 de mayo, o abstraerse de la importancia que tiene para todo el país.

Creo que no somos pocos los que habiendo sido testigos del derrotero político que el PSOE ha ido tomando durante las últimas décadas (algunos hemos sido incluso votantes de ese partido), intuíamos que antes o después ese partido y esa evolución plena de contradicción y de decisiones inexplicadas, iba a entrar en crisis, y que dicha crisis no iba a ser una fiebre ligera ni un simple catarro.

Según lo vemos, la cuerda se ha ido estirando tanto, en la insensata creencia de que la elasticidad y la paciencia de los votantes socialistas son infinitas, que al final la tensión ha sido insoportable y la cuerda se ha roto.
Ahora se quiere coser, cuando algunos ni siquiera son conscientes o reconocen las causas y las responsabilidades de esa ruptura. No, ellos no tienen nada que ver con ese fracaso. Los responsables y culpables son los que acaban de llegar.

Para algunos militantes ha sido ya demasiado, y no han querido participar ni un minuto más en una mascarada que no sólo los avergonzaba, sino que los hacia fracasar en las urnas, quedando relegados al papel de lubricante fiel de la derecha.

La acción política del PSOE a lo largo de todo este tiempo ha tenido una deriva ideológica constante, pertinaz y demostrable, sesgada siempre en el mismo sentido, hacia el polo de la derecha política y económica, con hitos tan notorios como su participación en las distintas reformas laborales de carácter  retrógrado, que han hecho del trabajador el protagonista involuntario de un nuevo estatuto: el precariado; con su protagonismo incluso pionero en las vergonzosas e insolidarias amnistías fiscales; con su impulso reaccionario de las bases legislativas para la privatización de la sanidad (entre otras privatizaciones y concesiones al neoliberalismo más radical); con su decisión de someterse servilmente a la manipulación de nuestra Constitución (artículo 135), impuesta por Merkel a espaldas de los ciudadanos soberanos; y por último con su apoyo ya sin remilgos ni máscaras al gobierno de Rajoy, es decir, a un PP que ha batido todos los récords de corrupción, no sólo en nuestro país, sino en toda Europa, y cuyo único objetivo político es desprestigiar lo público, liquidar el Estado del bienestar, y aumentar la desigualdad y la injusticia. Y ahí han estado (y están), echando una mano, el viejo PSOE.

Esa es la hoja de ruta que los ha llevado hasta donde están, y esa hoja de ruta la han marcado dirigentes muy concretos, que además han hecho todo lo necesario  (y aún más) para que el criterio de los “cuadros” (como se llaman) prevalezca antidemocráticamente en su autismo suicida.

Pues bien, si esa era la ruta, ya han llegado.

Tanto Susana Díaz como Pedro Sánchez, como los últimos fracasos electorales de ese partido, son epígonos y herederos de esa deriva, de esa evolución en declive constante, y en definitiva de esa involución imparable.
Pero la actitud de ambos candidatos ante la misma es muy distinta.

Susana Díaz la suscribe al cien por cien y promete seguir en esa línea para ganar. Suerte para Rajoy y albricias para la derecha. Pésima noticia para la socialdemocracia y para los socialistas.

Pedro Sánchez parece haber aprendido la lección y entendido el mensaje, y se declara decidido a cambiar de rumbo. Una tenue esperanza y una última oportunidad para la unidad de la izquierda y el resurgir de la socialdemocracia, o lo que es lo mismo, última oportunidad para conservar el Estado del bienestar y la ilusión en el proyecto europeo.

Ese es el debate ideológico.

Y es que por mucho que los analistas ultramodernos nieguen que haya ya ideologías, o siquiera sólo ideas (únicamente admiten la persistencia de automatismos y fuerzas ciegas e irrefrenables), lo cierto es que haberlas haylas, y de su dinámica surgirá un nuevo progreso, más humano y sostenible, y continuará la historia por mucho que la quieran parar y dar marcha atrás.

Pero en una confrontación de candidatos, como esta, que nos afecta a todos, de dentro y de fuera del partido, no sólo tienen importancia las ideas y el debate ideológico sino también las personas.

Si la frase que achacan a Susana Díaz sobre Pedro Sánchez es cierta, no sólo define a la persona que la dijo, sino su manera de pensar, y también quizás explica ciertas actitudes prepotentes y ciertos juegos sucios, que con razón se han considerado bochornosos.

No creo que esas sean las actitudes vitales ni las aptitudes personales que convienen a un o una dirigente.
Yo al menos no me encontraría cómodo ni seguro sabiendo que una persona que piensa y actúa de ese modo dirige mi país, o mi partido.

Si es verdad que dijo:  “Ese chico no vale, pero a nosotros nos vale”, demuestra varias cosas:
primero, que es una persona imbuida de prepotencia, que siempre despreció a su compañero y anda floja en compañerismo; y segundo, que actuó de tapado, lo utilizó y nunca fue sincera con él.

Cabe aún preguntarse a quien se refería con ese “nosotros” a los que les venía bien la práctica oculta de ese juego sucio. Pero en todo caso parece indicar que no tiene un concepto demasiado amplio ni generoso, ni siquiera solidario, de los intereses colectivos.

Soy consciente de que a una persona no se la puede juzgar por una frase, pero lo cierto es que en este caso las acciones realizadas a posteriori se corresponden con el contenido y el espíritu de la frase dicha previamente.

Lo cual nos debe hacer sospechar que las acciones que se han querido hacer pasar como “reactivas” a unos hechos, estaban decididas y planificadas de antemano. Eran parte de la hoja de ruta.

Y lo mismo podríamos decir de Mariano Rajoy y sus frases.

¿Se puede juzgar a Rajoy por sus frases?
Por ejemplo, por aquellas que dirigió a su colega Bárcenas, cuando le recomendó ante los hechos que se iban descubriendo: “se fuerte”, o más directamente “hacemos todo lo que podemos” (para protegerte y protegernos, se sobrentiende).
Y efectivamente lo han hecho, y lo siguen haciendo con el apoyo cómplice de algunos.

Aquí también, de las palabras y las frases se pasó a los hechos, y por lo que vamos sabiendo en base a las informaciones que justifican la “reprobación” del ministro de justicia y sus colaboradores, efectivamente desde el minuto cero se pusieron a hacer -y en ello están- todo lo que podían para poner palos en la rueda de la justicia y para burlar uno de los principios fundamentales de la democracia, cual es la separación de poderes.

A muchos esto de la reprobación del ministro de justicia nos suena a regañina educativa que se propina –aún con esperanza- a un niño trasto.
Se le reprueba como si se hubiera hurgado la nariz, prescindido de corbata en un acto oficial, o copiado en un examen. Ligeros torcimientos en el camino de la vida que aún cabe enderezar.

Pero no estamos ante hechos de esa naturaleza ni de ese calado. Estamos ante hechos muy graves. Tan graves como los que estos días protagoniza Trump en su país. Estamos ante un ataque frontal a la democracia, ante un intento de vaciamiento de su contenido, ante un plan (supuestamente) para engañar a todos y burlar la Constitución.

Y eso no se merece sólo una reprobación o una regañina. Se merece una moción de censura en toda regla, porque si no, en el fondo y en la práctica, estamos dando amparo y sostén a esos hechos y al partido que los protagoniza.
Cosa que como todos sabemos no es una novedad, sino la causa fundamental -ese apoyo- de la actual situación.
Al parecer hay muchos a los que no les importa que nuestra democracia se vaya por el desagüe.

Tan grave como los hechos reprobados, es no actuar en consecuencia. Eso también es reprobable.

LAISSEZ FAIRE

Hay quien opina que la mejor manera y la más liberal de afrontar la corrupción, especialmente cuando esta es superlativa, como ocurre en nuestro país, es con indiferencia bovina.
Y que la manera más inteligente de enfrentar esta lacra, es con una tontez tan superlativa como la propia corrupción que se quiere combatir. Claro que no se trata de una tontez espontánea o innata, sino de una tontez aprendida o incluso predicada, un hacerse el tonto.

Lo cierto es que aunque la tontez sea tan sana, uno no puede dejar de percatarse, en los breves ratos de lucidez, que el apoyo a la investidura del gobierno de Rajoy fue el apoyo a la investidura de la corrupción. Y además, con pleno conocimiento de causa.

Lo benéfico de esta indiferencia, y lo saludable de esta tontez, es opinión muy extendida en nuestro país y de enorme éxito (de ahí el éxito de nuestra corrupción), pues incluso algunos profesores universitarios la defienden.

Argumentan estos que todo intento de corrección en esta materia peca de inmadurez (es propio de inmaduros tener buenas intenciones y altos objetivos), cuando no es fruto de la ignorancia, pues desconocer a estas alturas de la evolución antropoide el carácter incorregible del hombre, sin que medie manipulación genética, sólo instrucción moral, es propio de párvulos.

Defienden estos apologetas (o apolojetas, que diría Juan Ramón Jiménez), con indudable rigor científico, que todo intento de mejora (y los hechos parecen indicar que en nuestro país no se ha hecho ninguno) incurre en intervencionismo, en optimismo, y en algo mucho peor: en moralismo.
Moralismo que aunque sea de naturaleza laica o civil, nunca debemos dejar escapar del coto cerrado de las cátedras reglamentarias de la materia, de la misma manera que no se deben dejar escapar de los laboratorios los virus manipulados.

Proponen por tanto la indolencia y el adaptarse, como hacen los borregos, al hecho inexorable del pastor, y a la circunstancia incluso benéfica de los lobos.

Si el dinero es el dueño de la manada, es mejor aceptarlo y entrenar a los borregos para que lo sean con propiedad y con la cabeza alta… quiero decir, gacha.

Que esta actitud contemplativa fruto de una madurez avanzada que sólo la ilustración procura, agnóstica ya para cualquier ilusión civil, de lugar y rienda suelta a males (al menos en términos subjetivos) como el hambre infantil -que no es poca en nuestro país- la eliminación de derechos, el fortalecimiento de privilegios, la ruina del patrimonio público, o el desmembramiento y hundimiento del Estado, es una simple anécdota.

¿En qué consiste el “problema” catalán, al menos en su última recidiva, si no es en el triunfo de la acción disolvente de la corrupción?

Hay que decir, que esta nueva raza de hiperbóreos, de imperturbables espectadores olímpicos de las miserias humanas, no sufren ya ni padecen de perplejidad o de capacidad de escándalo, tal es su grado de adaptación al medio. Cuando no proclaman, mediante sofismas tan flácidos como sinuosos, que la corrupción debe considerarse una especie protegida que merece un esfuerzo de ocultación y camuflaje.

Decía Tony Judt en su obra “Algo va mal” (título que peca de moralista), y lo decía en 2010, con excesivo optimismo, que vamos a tardar mucho tiempo en volver a ver fanáticos del dios mercado en nuestro entorno inmediato, vistas las consecuencias de su prédica y de su práctica.

Yo diría que aquí, donde la libertad ha sido tan mal entendida que creemos que consiste en robar al prójimo, y siempre vamos con algo de retraso, vamos a tardar un poco más en dejarlos de ver.

Algún día, las cátedras de ética enseñaran, desde un punto de vista ni siquiera doctrinario ni “justiciero” (como se dice ahora para intentar acoquinar a todo el que no piense como el canon manda), que la libertad de uno acaba donde empieza la libertad del otro, y que robar, estafar, evadir impuestos, o utilizar puertas giratorias, no es liberalismo, sino pura inmoralidad.

Aunque suene a moralismo trasnochado, o a optimismo inmaduro.

El coro y el decoro

El coro

Que ante la magnitud de la corrupción que rezuma por todos sus poros nuestro desgraciado país, la respuesta indignada se considere excesiva, o incluso una falta de decoro, cuando no una injustificada rabieta infantil guiada por el odio, nos da una idea de la tropa de melifluos consentidores en que nos hemos convertido.

Han bastado unos cuantos años de domesticación concienzuda, como prórroga a cuarenta años de inexistencia civil, para secar toda posibilidad de digna y justificada rebeldía, de mínima honestidad.

Es de tal calibre nuestro horror a mirar la verdad de frente, que no creo que podamos volver a vivir en un escenario social o político que no sea de mentira.
Ese es el nivel de nuestra crítica: el adorno y maquillaje del fraude y la estafa.

La hipocresía era anglosajona hasta que decidimos batir el récord.

Es de tal entidad nuestro miedo a coger el toro por los cuernos, que no me extraña que la fiesta nacional esté bajo mínimos (aparte de porque es una tortura ritual de seres inocentes).

Somos postergadores natos y crónicos de nuestras responsabilidades, y así nos va. Pelotas harapientos, siempre buscando el arrimo del sol que más calienta.

Lo que más me duele es que no haya en Europa alguien que nos quiera un poco, y por nuestro bien nos llame al orden o directamente denuncie lo que nosotros callamos.

Les da igual, mientras sigamos pagando la deuda (la deuda de una estafa) y engordando los beneficios de los bancos.

Cuando con toda la ilusión de nuestra juventud muchos vivimos el momento histórico y colectivo de dejar atrás una dictadura y empezar a vivir en una democracia, la ocasión de acabar con el aislamiento de bichos raros y conocer otros modos de estar y de pensar más abiertos, más informados, más críticos, nunca imaginé que iba a llegar a ver esta decadencia ética, y esta muerte civil fruto de un cinismo consensuado.

Somos un coro decoroso de peleles. En eso nos hemos convertido.

“No hemos vigilado lo suficiente”, dicen ahora algunos como excusa y tapadera.
Y el coro repite: “invigilando, pecata minuta, sólo era una manzana podrida. Todo lo demás era sano”.

Invigilando, parece que no. Ocultando, me temo que sí.
Robando a manos llenas y reclamando, látigo en mano, la austeridad ajena.

En esto, como en tantas otras vergüenzas de las que ya tenemos la despensa llena, la “gran coalición”: uña y carne.

El autobús

tramabús

 

Así como algunos han estado a punto de perder el “tramabús” (al final han llegado a tiempo), otros -muchos más- estamos en ciernes de perder, si no ponemos remedio, el autobús de la historia y de la normalidad política.

Y es que, si nuestra situación política es normal, que venga Dios y lo vea.
Salvo que consideremos normal esa normalidad que irradia Rajoy, que nunca sabe uno si es la normalidad del ciudadano medio, o la raíz cuadrada de la corrupción elevada al cubo.
A lo mejor, cuando le interroguen los jueces, nos lo aclara.

El caso es que uno visualiza, quizás cinematográficamente, al PP de Madrid, con Aguirre y toda su tropa acudiendo presurosa y billete en ristre, a la estación del tramabús -a punto de salir en su viaje concienciador- gritando desesperadamente que les esperen.

Y lo cierto es que han llegado, por los pelos, pero han llegado. Puntuales a la cita. Como era de esperar.
Y para que no sobre mi falte nada, también aparecen periodistas.
¡Qué cosas!

Ni que los hubieran visto venir.

Toca ahora Madrid como no hace tanto tocaba Murcia o Valencia.

Ahora bien, también se decía en Twitter -y no sin razón- que a este paso no va a ser suficiente un autobús, y que habría que ir pensando en un tren de mercancías, y de los largos.

¡Si fuera tan fácil librarnos de esta lacra!
Hasta les pagaríamos el billete, pero sólo de ida.

Aquí el hecho de la cantidad ofusca el hecho de la calidad, y al final tenemos un lío de magnitudes en que, sí o sí, nos pasamos tres pueblos. En la una, por arriba, y en la otra, por abajo. Y es que, efectivamente, hemos asaltado los cielos, pero ha sido la corrupción, y hemos besado el suelo, pero hemos sido los ciudadanos.

¿Somos conscientes de lo que nos está pasando?
¿Somos conscientes de en qué manos hemos puesto el destino de nuestro país, y en qué país nos estamos convirtiendo?

Ayer en RNE, una oyente argentina nos deseaba lo mejor a los españoles, e intentando hacernos un favor que nosotros mismos no nos hacemos, nos ponía sobre aviso con su propia experiencia, sobre la manera sigilosa y letal en que la corrupción corroe y acaba con un país, y hace la vida desgraciada a sus ciudadanos.

Evidentemente, a estas alturas, muchos somos conscientes de esta circunstancia, pero no está de más este tipo de advertencias que proceden de la experiencia en carne propia.
Tal como ocurrió con Argentina, hoy ocurre con España, venía a decir.

Y es que hay autobuses que, como el tren de la historia, sólo pasan una vez, y si se dejan pasar, los que tenían que irse se quedan.

A lo peor, hasta sucede que otros les ayudan a quedarse. Y no quiero mencionar a ninguna gestora.

El modelo

Que el modelo de referencia, la unidad de medida, y el patrón de patrones hoy para Occidente sea China, un régimen de capitalismo autoritario, ya nos indica por dónde van los tiros, por donde sopla el viento de nuestro inquietante futuro, y nos da la clave para interpretar las sorpresas y paradojas de nuestro presente confuso.

Los campeones de la libertad occidental, no sólo se llevan bien con el modelo chino, sino que intentan imitarlo, hacerlo suyo, competir con él. Es esta, obviamente, una competición por peón interpuesto y a la baja, sobre todo de derechos y salarios, o más exactamente, se intenta que los ciudadanos-siervos del Occidente libre compitan y sean competitivos con relación al modelo de referencia: los maltratados y competitivos siervos chinos.

En otros momentos de la historia, para evitar este tipo de dinámicas cuya base es el chantaje (siempre habrá algún siervo más esclavo y menos libre), los oprimidos y estafados se organizaban a nivel internacional, y hacían valer su derecho y el beneficio de muchos, sobre el privilegio y la imposición de pocos. La democracia frente a la plutocracia. Era un contagio y globalización de derechos, basado en el humanismo y la solidaridad. Hoy ocurre al revés.
Hoy este tipo de respuesta coordinada y necesaria, internacionalista y “global”, ha sido atomizada, disuelta, controlada, y cada cual se encuentra sólo y aislado frente a su propia circunstancia y opresión. Como mucho, y desde un pánico irracional e inoperante, el oprimido se hace nacionalista, egoísta en su miseria, xenófobo, racista. Ya ocurrió en otros momentos oscuros de nuestra historia.

Se ha globalizado la opresión, y también el aislamiento frente a esa opresión, pero ahora en un contexto de comunicaciones globales. Una auténtica paradoja. Si es cierto que el confort aísla, el esclavo seguirá aislado en su alienante y decreciente confort hasta el último momento.

En realidad, en los barrios periféricos de Europa (Grecia, España…), ya funciona a pleno rendimiento el modelo chino. Un modelo de capitalismo autoritario, donde los países fuertes (ejemplo de Alemania) ya imponen su lógica mercantil y capitalista, la lógica de su propio beneficio, a otros países antaño libres y soberanos. Un modelo donde lo primero es el capitalismo y el beneficio creciente de la Nomenklatura occidental-oriental (ahí está la desigualdad en su espectacular incremento), y lo secundario y prescindible es la democracia, la libertad, o el interés general.

De hecho en Grecia, la democracia, y por tanto la libertad, fue proscrita por orden del dinero, sin que los campeones de la libertad se rasgaran por ello las vestiduras. Dijsselbloem, el socialdemócrata holandés que puso cara a aquel episodio vergonzante, hoy pertenece a un partido que como resultado de las últimas elecciones, es un cero a la izquierda en la política de su país, confirmando una tendencia general de todo el socialismo europeo (un socialismo a la violeta), que se inició precisamente con el PASOK, y ha seguido pasando factura a cada uno de los “socialismos” neoliberales y corruptos que, en connivencia con la derecha radical, han ayudado a afianzar la involución.
Lo he escrito otras veces: ¿Para qué se va a necesitar en Europa un neoliberalismo que se dice (para ganar votos) socialista, progresista y de izquierdas, cuando ya hay un neoliberalismo que, sin tanto disfraz, implementa un programa de derecha radical?

Como era de esperar, la socialdemocracia holandesa se ha hundido de 38 a 9 escaños. Ese es el premio por colaborar con el neoliberalismo rapaz. Los verdes suben de 4 a 14 escaños. He ahí una luz de esperanza.

Si comparamos la actitud condescendiente que hoy se tiene hacia China y su modelo autoritario, con la beligerancia manifestada en otros casos más fáciles, deberemos dudar bastante de la coherencia, la valentía, o la honestidad intelectual de algunos de nuestros guías espirituales.

Este buen rollo que nuestros campeones de la libertad mantienen hacia el régimen liberticida chino, es el mismo buen rollo que mantienen hacia los paraísos fiscales. Que al final es el polo magnético donde suelen coincidir y encontrar su patria común todos los enemigos de la democracia, desde dictadores en retirada post saqueo, hasta liberales embozados.

Si bien la democracia “liberal” (a Miguel Delibes le disgustaban este tipo de apellidos superfluos añadidos al concepto básico) debe considerarse situada en el ámbito de la democracia occidental, la democracia “ultraliberal o neoliberal” (démosle este nombre) está más cerca del modelo asiático, pues en última instancia, la ausencia de reglas que proclama y predica conduce a la ley del más fuerte, o del más tramposo, según los casos, simultánea o alternativamente.

En el primer supuesto (la ley del más fuerte) la fuerza y el privilegio del dinero supera con mucho a la fuerza y el derecho de los votos. Y en el segundo caso, la ausencia de reglas premia la trampa, que no el mérito.
Algo que tiene muy poco que ver con la libertad, con la justicia, o con la democracia, que al menos durante un periodo de nuestra historia han definido a Occidente.

Toda ortodoxia aspirante a burbuja totalitaria ha de tener su heterodoxia contraria y enemigo útil, además de un vocabulario flexible y elástico que permita enmascarar bajo conceptos novedosos o traídos por los pelos, los hechos reales que subyacen.

Por unas u otras razones, hoy ese papel lo cumple el “populismo”, un cajón de sastre que nos permite presentar como irracional y absurdo  lo que en el fondo tiene su causa reconocible y razón de ser, o incluso ha sido un producto necesario y predecible del sistema.
Es más fácil hoy (y menos alarmante) denominar populismo lo que siempre se ha llamado fascismo (nacionalismo, xenofobia, racismo), en un contexto donde causa y efecto, semilla y fruto, pueden espabilarnos la memoria, y recordarnos otras etapas históricas en las que esa forma de barbarie política (hablo del fascismo) procedía directamente de los excesos, las incoherencias, y los fracasos del sistema capitalista.

Al optar por un nombre nuevo, el sistema cree poder evitar todo tipo de responsabilidad sobre su vástago legítimo. Impresentable, pero legítimo.
No es absurdo que el paradigma del “sistema”, USA y Gran Bretaña, sean hoy el paradigma del “populismo”, con Trump y el Brexit. Tiene toda su lógica.

En un artículo reciente, Vargas Llosa describía así algunos de los rasgos del populismo:
“Practican, más bien, el mercantilismo de Putin (es decir, el capitalismo corrupto de los compinches), estableciendo alianzas mafiosas con empresarios serviles, a los que favorecen con privilegios y monopolios, siempre y cuando sean sumisos al poder y paguen las comisiones adecuadas”.

Si no nos hubiera declarado previamente el nombre del retratado (y el retratado, dice, es el populismo),  podríamos pensar que Vargas Llosa estaba hablando del PP autoindultado y triunfante del momento presente, o del PSOE de sus mejores tiempos, es decir del PSOE de sus tiempos más corruptos y demagógicos. O incluso del partido comisionista y corrupto de Jordi Pujol, al que tanto defendía y protegía Felipe González.

Parece que cuesta calificar simplemente como mafias criminales, los abortos germinados al calor de aquel alabado y publicitado fin de la historia.
Frente a la China milenaria y amante de la poesía, frente a la Rusia literaria y espiritual, hoy se levantan triunfantes las mafias criminales de la barbarie capitalista.

Quiere uno pensar que este tipo de trampas ideológicas, acabarán desprovistas de todo disfraz en la cuneta de la marginalidad política, y arrinconadas una vez más en el pasado del que quieren volver.
Y quiere uno esperar que la solidaridad civilizada y los derechos humanos, junto a la urgente ecología, serán los principios que rijan el mundo del futuro.

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