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Geranios

Geranios

 

Recuerdo aquel tiempo, sin duda mejor, en que de los balcones colgaban geranios en vez de banderas. Quizás la ropa interior de una familia sin secadora, pero nunca el aliviadero de una mente congestionada ¡Vaya diferencia!

Más inofensivos y más bellos, los geranios reivindican, sin dar discursos, la sobria elegancia de la vida, y si se me permite, la sólida indiferencia ante la locura humana.
¡La de patrias y pueblos que habrán visto pasar y caer bajo sus flores!

El geranio es un hijo de la luz. La bandera es una flor de invierno. O para ser más exactos: de invernadero.

Hay quien tiene fobia de los animales que reptan, otros la tienen de los espacios cerrados aunque tengan aire. Yo la tengo de los himnos inflamados y los trapos patriotas, que pretenden encerrar en su símbolo canijo uno de los conceptos más enanos: el nacionalismo.

¡A estas alturas y con esos polvos!
Que tarde o temprano se vuelven lodos.
Somos polvo de estrellas hasta que nos volvemos patriotas o nacionalistas. A partir de ahí, ya solo somos polvo sublunar, una mota de pensamiento presta a encoger, un planta artificial que no recibe la luz ni orea el aire.

Decía Bernanos en un párrafo de ” Los grandes cementerios bajo la luna”: “Queda por solucionar, ciertamente, la cuestión de la bandera. Para ahorrar gastos y reemplazar fácilmente esos emblemas sagrados, propongo que se use el papel de arroz con que los chinos hacen los pañuelos”.

Este florecer de banderas me espanta y me deprime. Y no solo a mí, somos ya muchos los espantados.
Me recuerda aquello de Nietzsche: “¡dos mil años ya, y ningún nuevo Dios!”, que hoy podríamos traducir por: tantos muertos más tarde y de nuevo el nacionalismo. O su primo hermano, el patriotismo.

El nacionalismo como excusa y el patriotismo como máscara. Y tras ellos el odio ciego engordado con pienso de pésima calidad. Pienso obnubilante, pienso que distrae, entre otras cosas de la corrupción. Y quien dice corrupción dice saqueo de las pensiones, amnistía fiscal de los golfos, y condonación del dinero público prestado a los bancos tramposos. Esa deuda si se perdona.

Las banderas están enhiestas y brillantes, tan lisas como un cerebro recién lavado. La democracia arrugada y hecha unos zorros. Todavía hay clases.

¡Donde esté un geranio…!

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Sofismas

El principal sofisma que vicia los relatos al uso consiste en confundir los efectos con las causas, y viceversa.
Si en el mundo mágico de la física cuántica ese orden no importa, en el mundo prosaico de los hechos humanos, sí.

Primero hay que partir de un axioma fundamental y muy necesario para distraer al personal de cualquier intento de razonamiento lógico: la crisis económica no es causa ni efecto, sino que cayó del cielo ya criada, cual epifanía inmanente o rayo sideral.
Aceptado ese misterio de la fe, cualquier silogismo es ya posible y cualquier relato pasa por bueno.

Aunque hubo quien sugirió, al hilo de los hechos, que el capitalismo necesita reformas y que algunas prácticas de liberalismo patibulario conceden a los tramposos todas las ventajas del mundo, no por eso llegó la sangre al río ni nadie (o casi nadie) se aventuró a relacionar una cosa con la otra, ni a sugerir que quizás el sistema estaba viciado, y que de ese humus había nacido la planta, o sea la crisis.

Y cuando digo nadie o casi nadie, lo digo -es obvio- como figura retórica.

Hipótesis aquella por otra parte nada radical sino que está muy próxima a ser cierta, aunque gracias a Dios – y nunca mejor dicho- aún se cree en la inmanencia y todo lo ocurrido se explica por la inocencia del azar.
En resumen la crisis, esta crisis, que no sabemos si es eterna o procreará otra distinta y más grande, no tiene padre ni madre, pero si muchos hijos, uno de los cuáles y más famosos es el populismo.

Que el hijo proceda del padre o le preceda nos introduce en la terrible duda de si la crisis trajo el populismo o el populismo produjo la crisis. Tesis esta última que sostienen con falso candor aquellos que creen que la crisis cayó del cielo, ya hecha una moza, o que consideran oportuno que siendo los populistas los últimos culpables de casi todo, ya no es necesario pedir responsabilidades a los banqueros.
Y para no generalizar especifiquemos: los banqueros corruptos.

Que no es que quiera yo defender el populismo ni el visceral primitivismo de las consignas fáciles, pero es que ya me hincha tanta referencia culta al populismo para excusar e ignorar una responsabilidad que compete casi en exclusiva a ciertas élites.
A las élites financieras y a las élites políticas, que en su promiscuidad un tanto plebeya y bastante mercenaria son capaces de cualquier engendro, o incluso de cualquier relato.

Esta confusión nada inocente entre causas y efectos (que es la que nos desayunamos cada mañana en los medios de masas), es la que caracteriza también a la incoherencia bruselense.
No es la elección de una política equivocada, radicalmente opuesta a la que inspiró la fundación de Europa, la que ha provocado el Brexit, sino que es el Brexit (otra manifestación del populismo avieso) la que ha hecho a Europa entrar en crisis de disgregación.
No es la corrupción, el saqueo de las arcas públicas y la destrucción del Estado del bienestar lo que ha puesto en riesgo la unidad de España, sino que es un sistema que ha permitido todo eso y un gobierno de corruptos los que la van a salvar. Y así por el estilo.
Tan sencillo como darle la vuelta a la tortilla.

Hace poco, en un informe autorizado, Europa ponía a caer de un burro a España por sus retrocesos sociales y sus récords en desigualdad, sin pararse a meditar que dichas consecuencias son efecto directo de las causas y principios que Bruselas patrocina. Es decir, consecuencia de una ideología política y económica extrema que hace pocas décadas todo el mundo hubiera calificado como radical.

Así no nos debe extrañar que en un abrir y cerrar de ojos, Macron, que parecía que iba a ser causa y origen de una gran salvación o revolución europea (neoliberal por supuesto), sea ya al día de hoy el epílogo de una renovada decepción.
Desde luego esto huele a chamusquina.

¿Cambiará Europa de política, escarmentada ya de la imitación de modelos ajenos y radicales, o persistirá en el camino que la tiene desorientada y sin rumbo?
Sin duda la reconsideración de unos dogmas tan bien financiados no parece tarea fácil.

Una vez construido el molde mental o sea el paradigma, los silogismos averiados se fabrican como churros. No es la corrupción la que está en el origen de la crisis, sino que es el “populismo” de los que denuncian la corrupción o acampan en las plazas el que nos hace entrar en crisis. Matar al mensajero es siempre la forma más rápida de ocultar la realidad.

Amputar una parte importante de los hechos para que la coherencia interna (y solo interna) del relato no quede deslucida, es muy poco científico. Y es en este tipo de apaños menores donde los paradigmas vigentes empiezan a mostrar sus primeras grietas.
Ahora bien, confundir los efectos con las causas ya es un grado sumo de irracionalidad, una suerte de animismo. Lo cual nos retrotrae a tiempos ya superados en los que la ceguera estaba perfectamente codificada en un lenguaje culto y oscuro al que se le sacaba brillo en las más altas academias.

En realidad nuestro actual escenario nacional, tan ingrato como poco ilusionante, no procede del postfranquismo a secas, sino en parte también de la modernidad más avanzada, es decir, de la postmodernidad. Una mezcla extraña con aire vintage que se encarna de forma natural y armónica en “la gran coalición”. La escopeta nacional aliada con la Inmaculada transición.

Posdata: Macron, el presidente del 1% más rico.

http://ctxt.es/es/20171025/Politica/15777/Macron-Francia-politica-economica-ricos.htm

 

SUPONGAMOS

Supongamos que en Europa (y al nombrar a Europa nombramos un ente mítico que quizás no se corresponde del todo con la realidad) leen con detenimiento los mensajes del wasap de ciertos policías de Madrid.

Supongamos que averiguan que quien destapó esa cloaca de ideas e intenciones malsanas, tan favorables a la ideología y al régimen nazi, y tan alejadas de la democracia y la simple decencia, debe ser protegido al día de hoy con escolta porque sobre el pesan amenazas.

Supongamos que saben, como lo sabemos todos (“el presidente del gobierno lo sabe” también), que el penúltimo ministro del interior del reino de España tuvo que hacer mutis por el foro, por frecuentar y trabajar en esas cloacas, tan ajenas a la democracia como características de todo régimen cutre y totalitario.

Supongamos que tras la España aparente subyace una España profunda que trajina a todo gas alimentada con el combustible del silencio, que junto al miedo es la base de todo sistema corrupto.

Supongamos que todo esto coincide en el tiempo con circunstancias de todos conocidas que dibujan un panorama enrarecido y un ecosistema a punto de irse a pique, donde el partido en el gobierno (pero no solo ese partido) rezuma corrupción y hasta el presidente del gobierno sale en los papeles (de Bárcenas).

Añádase a esto que bajo la acción disolvente de tales ácidos corrosivos el país ha entrado en quiebra y vive del rescate, al tiempo que una parte de él intenta la fuga, no se sabe si huyendo del sistema o de sí mismo.

Supongamos que pese a todo, este escenario deprimente que dibuja un sistema tóxico se mantiene porque otros partidos aledaños e indistinguibles le prestan oxigeno y apoyo en forma de “gran coalición”, manifiesta o disfrazada. Una “gran familia” que entre ellos mismos se apadrinan.

Podríamos decir entonces que en Europa (en la mítica no en la real) tienen motivos suficientes para estar preocupados, y aquí argumentos suficientes para hacernos la siguiente pregunta:

¿Que  nos está pasando?
¿Seguiremos ciegos, sordos, y mudos?

EL INTERROGANTE

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Hay interrogantes sobre el pasado (quizás presente) que lanzan un interrogante hacia el futuro.

¿Será ese M. Rajoy que aparece en los papeles de Bárcenas como receptor de sobresueldos el mismo M. Rajoy que fortalecía el ánimo deprimido de Bárcenas en un mensaje de wasap?

En esta sencilla pregunta y en la respuesta que a la mayoría de los españoles nos inspire, se cifra el ser o el no ser de nuestro país.
Sin duda una respuesta no tan importante para la Humanidad como decidir si la Tierra es plana o redonda, o si la vida extraterrestre abunda o es escasa, pero que a esta pequeña escala de lo civil y lo político, le da a un país, en este caso al nuestro, la vida o se la quita.

A la Humanidad -incluso a la Humanidad europea- le importa poco si quien encabeza el gobierno de nuestra nación, y por tanto rige sus destinos, es un hombre honesto o un político corrupto. Es esta indiferencia un hecho grave al que la rutina de nuestro “sistema” nos tiene acostumbrados, y que impide una mínima coherencia en los planteamientos éticos que se supone Europa defiende de cara a un destino común. Pero al país en concreto al que este interrogante interpela, la respuesta le importa tanto que mientras no lo resuelva se moverá en círculos, como quien perdido el norte y la brújula no va a ningún sitio.

El no ir a ningún sitio puede ser una opción válida en el mundo de la mística o incluso desde una actitud ética consecuente puede ser defendido, visto a donde va el mundo. Pero desde el pragmatismo ingenuo de la política, siempre demasiado humana y cándidamente optimista, un país debe aspirar a caminar y llegar a alguna parte: por ejemplo a la democracia, o a la justicia social, entendiendo esta como la prevalencia del interés general sobre el interés privado aliado con la corrupción. Solo con alicientes como estos se puede caminar desde el pasado hacia el futuro.

Por eso es tan importante dar una respuesta a aquel interrogante: porque la democracia y la justicia son incompatibles con la corrupción, y se repelen como el agua y el aceite.

Urge dar una respuesta a este interrogante, y no nos vale una actitud escapista como la que defendía Bartleby el escribiente de Melville, que siempre “prefería no hacerlo” y sin su rutina ciega se sentía perdido. Lo que realmente nos puede perder es la ceguera voluntaria transformada en rutina.

Si por un casual el M. Rajoy, receptor de las mordidas de la corrupción que han arruinado a este país es el mismo M. Rajoy que preside la Marca España y nuestro gobierno, vamos aviados. Es decir, en caída libre y sin paracaídas.

Podremos entretenernos, preferir no hacerlo hoy ni mañana, comer palomitas, intentar digerir el Nodo recuperado del baúl de los recuerdos y puesto al día en en el canal catequético de la RTVE, pero mientras tanto la fuerza de la gravedad y la gravedad del asunto, nos siguen arrastrando hacia el centro de un abismo de cuya sombra será muy difícil salir.

Hay gente muy inteligente, incluso catedráticos de ética y profesores de ciencias políticas, que opinan que la corrupción (incluso presidiendo un país y dirigiendo un gobierno) es pecata minuta frente a los grandes desafíos que tenemos por delante. No comprenden que con corrupción no tenemos nada por delante, ni siquiera desafíos.

Y si me apuran, ni siquiera país.

“Indignaos” decía Hessel, que luchó toda su vida contra el fascismo y en defensa de los derechos humanos y la democracia. Y lo decía hace muy poco y desde el mismo corazón de la Europa que él ayudó a fundar.
Su mensaje sigue siendo actual. Desde luego mucho más actual y moderno que la indiferencia.

Dada la íntima ligazón con que la corrupción une pasados y futuros, el crucial interrogante que da título a este artículo (¿Gobierna la corrupción nuestro país?) es una urgencia nacional para antes de ayer.

Lo cierto es que salvar al soldado Rajoy puede echarnos a perder.

Alaridos y omertá

Évole y Villarejo

 

Yo estoy seguro, en la medida de mis dudas, de que la ruina final de nuestra democracia acontecerá oscurecida entre alaridos de triunfo deportivo y grandes cifras macroeconómicas. El tamaño y el ruido impresionan mucho.

El ruido de cascotes y taladradoras que minan esos cimientos civiles cada día, son apenas un murmullo amortiguado por los grandes espectáculos de masas.

Nuestra normalidad es tan ruidosa que nuestra anormalidad medra y se hace fuerte entre algodones.

No es sin una razón sólida que el fraude millonario de los futbolistas galácticos a nuestra Hacienda nos importe un pito (al mismo tiempo que se agostan nuestras pensiones y encogen nuestros derechos sociales), o que nuestro modelo vital sea tan pueril como las cabriolas que Cristiano Ronaldo se marca junto al palo del córner.

A la hora de afrontar la vida civil y política como circo, este es un buen entrenamiento que además requiere muy poco esfuerzo.

Es coherente con este escenario que algunos gobernantes -a los que incluso votamos- excusen y justifiquen esas faltas fiscales como un culto a los héroes, necesario en toda sociedad primitiva, y que los hilos, las ondas, y las cámaras de los medios de masas, oficien ese culto amplificándolo desde sus tóxicos minaretes, en una llamada a la oración colectiva.
Fe y propaganda son como las dos caras de una misma y falsa moneda.

Entre futbolistas galácticos y políticos extraterrestres no puede haber sino buen rollo. Que compartan paraísos se considera de buen tono y signo de modernidad.

Esa es la atmósfera que lo inunda todo, y la deslumbrante y mefítica luz que irradia hace que no veamos más allá de nuestras narices. Vivimos en un flash. Intoxicándonos.

Eucaristía mediática y profana que Platón –el áureo- habría proclamado como idea suya y Goebbels –el nazi- suscrito en el papel de discípulo aventajado.

No será sin consecuencias palpables y duraderas que el cine hollywoodiense más patético y hortera triunfe por doquier, y que entre zombis pegajosos y superhéroes hormonados, se consuman tres cuartas partes de nuestro olimpo mitológico. El resto lo consumen duelos y quebrantos.

La única duda geoestratégica que me intriga y aún no he resuelto, es si en este carrusel de despropósitos que la posmodernidad ha acelerado como un tiovivo, estamos solos -tan diferentes como siempre- o navegamos ahora ya todos juntos e iguales en la misma nave de los locos.

Posmodernidad y corrupción como fórmula globalizada.

Ni se me ocurre preguntar:
¿Tendrá alguna vez, en un futuro inmediato (más tiempo no hay), la ecología tanto interés y eco como las cabriolas de Cristiano Ronaldo?

Y no lo pregunto porque dada la diligencia que ponemos en este tema, la respuesta “empírica” me puede llegar allá por los últimos coletazos de la sexta extinción.

Que dicen que será antropogénica o antropocénica.

Del discurso del Rey -aprovechando que hablamos de extinciones y simios poderosos- con ocasión del cuarenta aniversario de nuestra transición suspensa en el tiempo, como el Espíritu Santo lo está en el espacio, se destacan dos hechos: que la corona calificara por primera vez de “dictadura” al régimen de Franco, y que dijera que “fuera de la ley todo es arbitrariedad”.

En cuanto a lo primero es un gran avance cuarenta años después, tan sorprendente en su retraso como si ayer mismo Merkel hubiera revelado a los alemanes que el régimen de Hitler era poco liberal.

En cuanto a lo segundo todos le dan  la interpretación obligada por el momento y la razón de Estado, y así coinciden que es una “indirecta” muy directa del monarca al independentismo catalán.

Sin tantas anteojeras institucionales como nos obcecan y ciegan podría pensarse que es un ejercicio arriesgado este de mencionar la soga en casa del ahorcado (se echó en falta al rey emérito), ya que la propia casa real tiene experiencia dilatada en este tipo extravíos que conducen al terreno de la arbitrariedad.

No digamos el partido del gobierno en lo que se refiere a colocarse fuera de la legalidad vigente o al despliegue libérrimo de toda suerte de arbitrariedades (pongamos la amnistía fiscal como ejemplo sintético).
Arbitrariedades que en su punto más álgido y desatado han llegado a atascar las cloacas del Estado.

Al menos Jordi Évole, aprovechando que esas cloacas atestadas regurgitan, sigue apuntándose hitos periodísticos importantes a la vez que saludables -véase su entrevista al comisario Villarejo– en beneficio de nuestra edad adulta y de nuestra vapuleada democracia.

Para mí que seguimos muy lejos de la normalidad.

Ahora bien, no me cabe la menor duda tampoco de que no hay más salida a esta situación tan extraña que la que nos lleve hacia esa normalidad de una vez por todas, porque ya es raro que cuarenta años después parezca aún inalcanzable.

Y en eso estamos según la versión más optimista.

 

POSDATA:

Comparecencia íntegra de la periodista de ‘Público’ Patricia López en la Comisión de Investigación sobre la Operación Catalunya

http://www.publico.es/politica/comparecencia-integra-periodista-publico-patricia.html

Salvados / La versión de Villarejo

http://www.atresplayer.com/television/programas/salvados/temporada-12/capitulo-21-versin-villarejo_2017062401332.html

Amnistía fiscal

Síndrome de Estocolmo

Sorpresas

monos sordos

 

Si hay algo que hoy ya no sorprende a nadie es la propia sorpresa.

Vivimos un tiempo en que las sorpresas se suceden y se fecundan unas a otras. En que la sorpresa es ya costumbre infalible, y también impredecible.

Y sin embargo todavía, los atrapados en su rutina y sorprendidos en su inopia son (o somos) multitud. De hecho no hacen (o hacemos) más que aumentar.

Los analistas no dan ni una. Las encuestas aciertan de guindas a brevas. Los tratados fundacionales duran dos días. Las Historias muertas y enterradas, resucitan.
Los muros derribados tienen hijos, si no peores muy parecidos a los padres.

Sobre todo se confirma -es la única certeza- que aquellos que decían que la Historia ya no tenía nada nuevo que ofrecernos, y que habían dado con la clave de su mecanismo y desactivado a tiempo su bomba de relojería, esa misma Historia desentrañada y anulada, se los ha llevado por delante de la noche a la mañana.

No es buen tiempo para profetas.

Heráclito tenía razón.

Si lo pensamos bien, el último periodo político en nuestro país, marcado definitivamente por la convulsión del 15M, fruto de tantas convulsiones soterradas, se caracteriza por una secuencia acelerada de hechos extraordinarios recorridos por un mismo hilo rojo que les sirve de eje: que no es otro que el retraso y la torpeza de sus protagonistas en comprender lo que les estaba ocurriendo.

El número de bajas experimentado en poco tiempo es el propio de un cambio climático, inaparente pero dramático.

Da igual que nos refiramos a la monarquía o a los barones territoriales, al PSOE o a la burbuja ideológica de la penúltima socialdemocracia, a la justicia corrupta o a los ministros reprobados, a los independentistas catalanes o a los nacionalistas xenófobos.

Su mirada ha sido demasiado lenta o demasiado turbia y condicionada para captar el curso acelerado de los hechos, o para preverlos siquiera.
Su capacidad de reacción estaba y está gripada. Caído el muro y abierta la compuerta, el agua baja en tromba, y cuando quieren reaccionar (si es que reaccionan) es tarde y mal.

Por ejemplo, ciertos y muy concretos independentistas catalanes, que se acostaron corruptos y se levantaron separatistas.
O los socialistas socios fieles de los neoliberales, que en su último estertor lo único que han sabido hacer es traicionar el voto y atacar a la democracia interna.

Demasiado tarde y demasiado mal.

Cabe preguntarse: ¿sin corrupción sistémica (española y catalana) se habría producido este último brote independentista en España?

O en un plano más universal: ¿sin aquella estafa globalizada que adoptó el nombre de “crisis” y sus contraproducentes remedios austericidas, se habrían producidos los actuales brotes de racismo y xenofobia?

O ya directamente en el plano cavernícola: ¿sin aquellas guerras insensatas decididas por tres pijos y cuatro negociantes se habría producido la actual avalancha de terrorismo criminal?

Y como consecuencia de todo ello ¿sin los éxodos masivos y a la desesperada, con miles de muertos y ahogados inocentes, producto de aquellas “hazañas bélicas” de la “buena sociedad”, estaría hoy Europa de nuevo embrutecida por un fascismo larvado y maquillado, que busca apoyo en muros de alquiler y en regímenes liberticidas?

Tarde y mal, lo único que se les ocurre es aumentar el presupuesto de defensa, incluso allí donde hay hambre infantil y trabajadores pobres.

Como en relación al último brote separatista algunos no se han hecho aún aquella pregunta básica sobre la corrupción -ni siquiera lo han intentado-, establecen mal sus prioridades. O al menos sus prioridades y sus preocupaciones no coinciden con las del común de los mortales, hartos ya de tantas cosas.

Al penúltimo monarca español, la Historia -a la que se daba por muerta y enterrada- le pilló en un cementerio de elefantes. A Pujol en su honorable y episcopal poltrona. A Felipe González en su desastrada y estirada decadencia.

¿Y qué de decir de Rajoy y del PP sordo, ciego, y mudo que le hace los coros, y que intentan refugiarse en su propia ceguera como el avestruz en su agujero, sino que están empeñados en una huida hacia adelante a la que arrastran, solidaria y patrióticamente –sobre todo esto último- a todo el país?.

Pero será en vano.

Los que suscriben pactos con ese PP cuyo único plan de futuro es la huida, hacen un pésimo negocio. Como lo hizo la gestora socialista que patrocinó su continuidad en el gobierno.

Europa, en el último asalto recobró la vista y redescubrió el encanto y la virtud de lo “social”, casi palpando ya la profundidad del abismo que se abría a sus pies.
Su Nomenklatura autista vio, como en un destello, las orejas al lobo. O eso dicen.

El tiempo, que hoy corre deprisa, lo dirá.

En todo caso, en Bruselas me han escuchado (es un decir) y nos llaman al orden, aunque un poco tarde, censurando en su último informe-rapapolvo a España y su gobierno por una corrupción que ya abruma y hiede, no sólo en España sino allende sus fronteras.

¿Pues no decíamos, como si fuera cosa sabida, que Europa era un club de democracias homologadas?
¿Adónde vamos con nuestra corrupción a cuestas y con nuestra triste parodia de Estado de derecho?

Si Montesquieu levantara la cabeza y no viera otra cosa que a “Rafa” ministro español de justicia, se volvería a la tumba con la cabeza un tanto confusa.

Cómo envidio a esos países libres y democráticos, capaces de echar sin despeinarse ni esperar a que den las cinco, a un ministro o a un presidente de gobierno ante la más mínima evidencia de corrupción.

A eso es a lo que aspirábamos.

Y cómo admiró también a esos países honestos y valientes que no se plantean como disyuntiva cruel -ni siquiera es motivo de debate- elegir entre estabilidad política y la nula tolerancia a la corrupción, porque saben (lo aprenden en la escuela primaria) que con una corrupción consentida (cuando no consensuada) no hay estabilidad política que valga ni tampoco democracia, ni mucho menos futuro. Y que cualquier retraso en actuar con diligencia contra esa lacra, engorda la factura que luego habrá que pagar (unos más que otros), con sus respectivos intereses.

A esta diligencia -de momento minoritaria en nuestro país- contra la corrupción censurable, los más responden con esa parsimonia desgarbada y también cómplice que Rajoy les ha contagiado, y que nos trae a los demás por el camino de la amargura. Esa negligencia nos llevará a todos, en un futuro inevitable, de sorpresa en sorpresa.

De corrupciones y endogamias

Gestora PSOE

 

Al parecer, las fuerzas de orden público exageran, la justicia que hace su trabajo y no el del delincuente, exagera, las cifras exageran, y los números no cantan, sino que están histéricos.

La corrupción en España -opinan algunos- no es para tanto, y quien se indigna ante su magnitud es porque no tiene otra cosa mejor que hacer que meterse donde no le llaman, y ocuparse de asuntos que ni le van ni le vienen.

Doctores tiene la santa madre iglesia es el principio teocrático que siempre ha dirigido y acotado nuestra vida critica, y nuestra eterna crisis de libertad de pensamiento.

¡Cualquiera se indigna con lo mal visto que está últimamente!
En tiempos de Franco estaba incluso prohibido.

¡Cuanto más diligente y sabio es aquel que ante la corrupción reinante (y nunca mejor dicho) mira para otro lado y calla!

Es sorprendente el paralelismo que existe entre los hallazgos de la psicología freudiana y los hallazgos de la UCO. Y entre los vicios del sistema y las virtudes de la hipocresía.

El extremo centro que rige nuestra vida política tiene mucho que ver con este mundo de apariencias y represiones, donde tras la virtud y la “centralidad” cacareada, se esconde un ello radical que, desatado, arrasa con todo y arrambla con lo propio y lo ajeno, pero sobre todo con aquello poco que les queda a los que menos tienen.

Y es curioso y llamativo también el paralelismo que existe entre la vida y la política, y entre los hallazgos de los biólogos y los hallazgos de los politólogos.
O quizás no sea tan sorprendente si nos atenemos al hecho de que la buena política es una parte más de la vida corriente, y los buenos políticos son como usted y como yo, con los mismos derechos y las mismas obligaciones civiles que el resto, sin especiales privilegios que los segreguen de la comunidad cuyos intereses representan y defienden. O así debería ser.

Y para ser como debería ser, tendría que empezar por no haber aforados, que en nuestro país son plaga que cría el terreno, abonado con estiércol de primera.

Sorprende que hoy, en pleno trance de las elecciones primarias socialistas, tantos aboguen por un retorno a un pasado que nos ha traído a este presente -con tan poco futuro- de corrupción omnipresente y ubicua, tóxica y paralizante.

Proliferan las consignas contra las elecciones primarias, y aumenta la presión mediática contra la democracia interna, como si la democracia pudiera ser externa a sus sujetos protagonistas, o venir del  espacio exterior en un platillo volante.

Dentro de Europa (y casi diría dentro de Occidente), esta campaña feroz y esta animadversión militante contra la democracia interna, guiada por una especie de impulso contrarreformista, se está dando sobre todo o casi exclusivamente en España, donde nuestra relación con la democracia siempre fue problemática, y donde los  tímidos y breves intentos por conquistarla siempre fueron abortados por la fuerza de las armas, en defensa de la tradición sacrosanta.

Lo más moderno y demócrata que llegamos a explorar al hilo del devenir de la historia fue el despotismo ilustrado (nuestro sueño de la razón siempre produce monstruos), hasta arribar con enormes esfuerzos y dificultades al sueño desmochado de la república.

Los que hoy claman, andanada va y andanada viene, contra el protagonismo de los militantes de base, contra la eficacia y la oportunidad de las elecciones primarias, y en definitiva contra la democracia interna, base y pilar de toda auténtica democracia, tal y como se entiende hoy en el Occidente laico, están en esa línea de pensamiento pro-despotismo (ilustrado o corrupto ya es otro tema) y pro-élite. Aunque luego esa élite cuando se la sorprende en su espontaneidad natural y en su salsa, resultan ser en muchos casos simples chorizos que se manejan con soltura en un lenguaje francamente barriobajero.

Estos que hoy lanzan anatemas contra la democracia interna, quizás inspirados por el peor Platón y el peor liberalismo (Platón, aunque ilustrado, era muy poco liberal), parecen los mismos animadores ideológicos que hoy reclaman externalizarlo todo.

¿Por qué no también la democracia?

“Externalizar” la democracia (arrebatársela a los ciudadanos) para internar y acaparar el poder en un coto cerrado y a salvo de testigos.

No olvidemos nunca, sobre todo hoy en que las modas que impone el mercado nos ofuscan la mente, que hay liberalismos muy poco liberales, y que a la escuela de Chicago nunca le importó demasiado colaborar con Pinochet y sus matanzas. El momento cumbre de ese liberalismo fue cuando Margaret Thatcher tomó el té con Pinochet sin que le temblara la mano ni la permanente. Casi igual que con los sindicatos.

La vida nos sirve de modelo para este debate, el cual cabe abordarlo tanto por deducción razonable como por inducción empírica, es decir, tanto por el encadenamiento lógico de los conceptos como a partir de los mismos hechos que padecemos y palpamos.

Sabemos por la biología que todo espacio mal ventilado tiende a la corrupción, y sabemos también que aquellas poblaciones cerradas sobre sí mismas, sin flujos ni intercambios genéticos con el exterior, degeneran en su endogamia y corren veloces hacia su propio fin, generando en el ínterin algún que otro monstruo.

Algo parecido ocurre con el poder y la política.

El hecho fundamental que caracteriza nuestro presente económico y político es la corrupción, y el hecho fundamental que caracteriza nuestro pasado inmediato -más o menos constitucional-  es la partidocracia, que es el régimen pseudodemocrático en que los intereses de los partidos, y más selectivamente, los intereses de sus cuadros y aparatos (tantas veces vendidos al poder del dinero), prevalecen sobre los intereses de los ciudadanos y del país en su conjunto.

No es difícil inferir que a aquello primero (la corrupción) hemos llegado a partir de esto último (la endogamia), y que defender la endogamia como medio es defender la corrupción como producto.

Son los cuadros y los aparatos frente a los militantes y los ciudadanos; es la partidocracia frente a la democracia; es la sociedad cerrada frente a la sociedad abierta; es el cuadrado estéril frente a la curva dinámica.

La partidocracia no se lleva bien con la democracia interna ni con el protagonismo de los militantes. Se lleva muy bien sin embargo con la corrupción, y también con el despotismo.

Ilustrado o corrupto, ya es otro tema.

Desde fuera y desde dentro

Susana y Rajoy

 

Cuando la derecha más rancia y retrógrada (también la más corrupta) elogia y hace campaña por Susana Díaz, y parece querer llevarla en palmas hasta la victoria final en las primarias socialistas ¿le hacen un favor?

No, pero nos lo hacen a nosotros, porque si sobre lo que se debate y se decide en esas elecciones había alguna duda, esa circunstancia y ese apoyo lo deja un poco más claro.

Desde fuera del PSOE, pero desde dentro de los graves problemas a los que se enfrenta este país -el mayor de los cuales es la corrupción-, es difícil mostrarse indiferente a lo que el PSOE decide este domingo 21 de mayo, o abstraerse de la importancia que tiene para todo el país.

Creo que no somos pocos los que habiendo sido testigos del derrotero político que el PSOE ha ido tomando durante las últimas décadas (algunos hemos sido incluso votantes de ese partido), intuíamos que antes o después ese partido y esa evolución plena de contradicción y de decisiones inexplicadas, iba a entrar en crisis, y que dicha crisis no iba a ser una fiebre ligera ni un simple catarro.

Según lo vemos, la cuerda se ha ido estirando tanto, en la insensata creencia de que la elasticidad y la paciencia de los votantes socialistas son infinitas, que al final la tensión ha sido insoportable y la cuerda se ha roto.
Ahora se quiere coser, cuando algunos ni siquiera son conscientes o reconocen las causas y las responsabilidades de esa ruptura. No, ellos no tienen nada que ver con ese fracaso. Los responsables y culpables son los que acaban de llegar.

Para algunos militantes ha sido ya demasiado, y no han querido participar ni un minuto más en una mascarada que no sólo los avergonzaba, sino que los hacia fracasar en las urnas, quedando relegados al papel de lubricante fiel de la derecha.

La acción política del PSOE a lo largo de todo este tiempo ha tenido una deriva ideológica constante, pertinaz y demostrable, sesgada siempre en el mismo sentido, hacia el polo de la derecha política y económica, con hitos tan notorios como su participación en las distintas reformas laborales de carácter  retrógrado, que han hecho del trabajador el protagonista involuntario de un nuevo estatuto: el precariado; con su protagonismo incluso pionero en las vergonzosas e insolidarias amnistías fiscales; con su impulso reaccionario de las bases legislativas para la privatización de la sanidad (entre otras privatizaciones y concesiones al neoliberalismo más radical); con su decisión de someterse servilmente a la manipulación de nuestra Constitución (artículo 135), impuesta por Merkel a espaldas de los ciudadanos soberanos; y por último con su apoyo ya sin remilgos ni máscaras al gobierno de Rajoy, es decir, a un PP que ha batido todos los récords de corrupción, no sólo en nuestro país, sino en toda Europa, y cuyo único objetivo político es desprestigiar lo público, liquidar el Estado del bienestar, y aumentar la desigualdad y la injusticia. Y ahí han estado (y están), echando una mano, el viejo PSOE.

Esa es la hoja de ruta que los ha llevado hasta donde están, y esa hoja de ruta la han marcado dirigentes muy concretos, que además han hecho todo lo necesario  (y aún más) para que el criterio de los “cuadros” (como se llaman) prevalezca antidemocráticamente en su autismo suicida.

Pues bien, si esa era la ruta, ya han llegado.

Tanto Susana Díaz como Pedro Sánchez, como los últimos fracasos electorales de ese partido, son epígonos y herederos de esa deriva, de esa evolución en declive constante, y en definitiva de esa involución imparable.
Pero la actitud de ambos candidatos ante la misma es muy distinta.

Susana Díaz la suscribe al cien por cien y promete seguir en esa línea para ganar. Suerte para Rajoy y albricias para la derecha. Pésima noticia para la socialdemocracia y para los socialistas.

Pedro Sánchez parece haber aprendido la lección y entendido el mensaje, y se declara decidido a cambiar de rumbo. Una tenue esperanza y una última oportunidad para la unidad de la izquierda y el resurgir de la socialdemocracia, o lo que es lo mismo, última oportunidad para conservar el Estado del bienestar y la ilusión en el proyecto europeo.

Ese es el debate ideológico.

Y es que por mucho que los analistas ultramodernos nieguen que haya ya ideologías, o siquiera sólo ideas (únicamente admiten la persistencia de automatismos y fuerzas ciegas e irrefrenables), lo cierto es que haberlas haylas, y de su dinámica surgirá un nuevo progreso, más humano y sostenible, y continuará la historia por mucho que la quieran parar y dar marcha atrás.

Pero en una confrontación de candidatos, como esta, que nos afecta a todos, de dentro y de fuera del partido, no sólo tienen importancia las ideas y el debate ideológico sino también las personas.

Si la frase que achacan a Susana Díaz sobre Pedro Sánchez es cierta, no sólo define a la persona que la dijo, sino su manera de pensar, y también quizás explica ciertas actitudes prepotentes y ciertos juegos sucios, que con razón se han considerado bochornosos.

No creo que esas sean las actitudes vitales ni las aptitudes personales que convienen a un o una dirigente.
Yo al menos no me encontraría cómodo ni seguro sabiendo que una persona que piensa y actúa de ese modo dirige mi país, o mi partido.

Si es verdad que dijo:  “Ese chico no vale, pero a nosotros nos vale”, demuestra varias cosas:
primero, que es una persona imbuida de prepotencia, que siempre despreció a su compañero y anda floja en compañerismo; y segundo, que actuó de tapado, lo utilizó y nunca fue sincera con él.

Cabe aún preguntarse a quien se refería con ese “nosotros” a los que les venía bien la práctica oculta de ese juego sucio. Pero en todo caso parece indicar que no tiene un concepto demasiado amplio ni generoso, ni siquiera solidario, de los intereses colectivos.

Soy consciente de que a una persona no se la puede juzgar por una frase, pero lo cierto es que en este caso las acciones realizadas a posteriori se corresponden con el contenido y el espíritu de la frase dicha previamente.

Lo cual nos debe hacer sospechar que las acciones que se han querido hacer pasar como “reactivas” a unos hechos, estaban decididas y planificadas de antemano. Eran parte de la hoja de ruta.

Y lo mismo podríamos decir de Mariano Rajoy y sus frases.

¿Se puede juzgar a Rajoy por sus frases?
Por ejemplo, por aquellas que dirigió a su colega Bárcenas, cuando le recomendó ante los hechos que se iban descubriendo: “se fuerte”, o más directamente “hacemos todo lo que podemos” (para protegerte y protegernos, se sobrentiende).
Y efectivamente lo han hecho, y lo siguen haciendo con el apoyo cómplice de algunos.

Aquí también, de las palabras y las frases se pasó a los hechos, y por lo que vamos sabiendo en base a las informaciones que justifican la “reprobación” del ministro de justicia y sus colaboradores, efectivamente desde el minuto cero se pusieron a hacer -y en ello están- todo lo que podían para poner palos en la rueda de la justicia y para burlar uno de los principios fundamentales de la democracia, cual es la separación de poderes.

A muchos esto de la reprobación del ministro de justicia nos suena a regañina educativa que se propina –aún con esperanza- a un niño trasto.
Se le reprueba como si se hubiera hurgado la nariz, prescindido de corbata en un acto oficial, o copiado en un examen. Ligeros torcimientos en el camino de la vida que aún cabe enderezar.

Pero no estamos ante hechos de esa naturaleza ni de ese calado. Estamos ante hechos muy graves. Tan graves como los que estos días protagoniza Trump en su país. Estamos ante un ataque frontal a la democracia, ante un intento de vaciamiento de su contenido, ante un plan (supuestamente) para engañar a todos y burlar la Constitución.

Y eso no se merece sólo una reprobación o una regañina. Se merece una moción de censura en toda regla, porque si no, en el fondo y en la práctica, estamos dando amparo y sostén a esos hechos y al partido que los protagoniza.
Cosa que como todos sabemos no es una novedad, sino la causa fundamental -ese apoyo- de la actual situación.
Al parecer hay muchos a los que no les importa que nuestra democracia se vaya por el desagüe.

Tan grave como los hechos reprobados, es no actuar en consecuencia. Eso también es reprobable.

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