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EL INTERROGANTE

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Hay interrogantes sobre el pasado (quizás presente) que lanzan un interrogante hacia el futuro.

¿Será ese M. Rajoy que aparece en los papeles de Bárcenas como receptor de sobresueldos el mismo M. Rajoy que fortalecía el ánimo deprimido de Bárcenas en un mensaje de wasap?

En esta sencilla pregunta y en la respuesta que a la mayoría de los españoles nos inspire, se cifra el ser o el no ser de nuestro país.
Sin duda una respuesta no tan importante para la Humanidad como decidir si la Tierra es plana o redonda, o si la vida extraterrestre abunda o es escasa, pero que a esta pequeña escala de lo civil y lo político, le da a un país, en este caso al nuestro, la vida o se la quita.

A la Humanidad -incluso a la Humanidad europea- le importa poco si quien encabeza el gobierno de nuestra nación, y por tanto rige sus destinos, es un hombre honesto o un político corrupto. Es esta indiferencia un hecho grave al que la rutina de nuestro “sistema” nos tiene acostumbrados, y que impide una mínima coherencia en los planteamientos éticos que se supone Europa defiende de cara a un destino común. Pero al país en concreto al que este interrogante interpela, la respuesta le importa tanto que mientras no lo resuelva se moverá en círculos, como quien perdido el norte y la brújula no va a ningún sitio.

El no ir a ningún sitio puede ser una opción válida en el mundo de la mística o incluso desde una actitud ética consecuente puede ser defendido, visto a donde va el mundo. Pero desde el pragmatismo ingenuo de la política, siempre demasiado humana y cándidamente optimista, un país debe aspirar a caminar y llegar a alguna parte: por ejemplo a la democracia, o a la justicia social, entendiendo esta como la prevalencia del interés general sobre el interés privado aliado con la corrupción. Solo con alicientes como estos se puede caminar desde el pasado hacia el futuro.

Por eso es tan importante dar una respuesta a aquel interrogante: porque la democracia y la justicia son incompatibles con la corrupción, y se repelen como el agua y el aceite.

Urge dar una respuesta a este interrogante, y no nos vale una actitud escapista como la que defendía Bartleby el escribiente de Melville, que siempre “prefería no hacerlo” y sin su rutina ciega se sentía perdido. Lo que realmente nos puede perder es la ceguera voluntaria transformada en rutina.

Si por un casual el M. Rajoy, receptor de las mordidas de la corrupción que han arruinado a este país es el mismo M. Rajoy que preside la Marca España y nuestro gobierno, vamos aviados. Es decir, en caída libre y sin paracaídas.

Podremos entretenernos, preferir no hacerlo hoy ni mañana, comer palomitas, intentar digerir el Nodo recuperado del baúl de los recuerdos y puesto al día en en el canal catequético de la RTVE, pero mientras tanto la fuerza de la gravedad y la gravedad del asunto, nos siguen arrastrando hacia el centro de un abismo de cuya sombra será muy difícil salir.

Hay gente muy inteligente, incluso catedráticos de ética y profesores de ciencias políticas, que opinan que la corrupción (incluso presidiendo un país y dirigiendo un gobierno) es pecata minuta frente a los grandes desafíos que tenemos por delante. No comprenden que con corrupción no tenemos nada por delante, ni siquiera desafíos.

Y si me apuran, ni siquiera país.

“Indignaos” decía Hessel, que luchó toda su vida contra el fascismo y en defensa de los derechos humanos y la democracia. Y lo decía hace muy poco y desde el mismo corazón de la Europa que él ayudó a fundar.
Su mensaje sigue siendo actual. Desde luego mucho más actual y moderno que la indiferencia.

Dada la íntima ligazón con que la corrupción une pasados y futuros, el crucial interrogante que da título a este artículo (¿Gobierna la corrupción nuestro país?) es una urgencia nacional para antes de ayer.

Lo cierto es que salvar al soldado Rajoy puede echarnos a perder.

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SESCAM: 65 horas seguidas de trabajo

Prehistórico

 

Ni en las tribus más feroces y atrasadas del planeta (y lo de “atrasadas” es un relativismo cultural) consentirían que un operario de la tribu (cazador-recolector-hechicero sanitario) trabajase durante 65 horas seguidas sin parar, como en los trasnochados tiempos del paleolítico.

Esto de echar el resto currando 65 horas seguidas sin descanso no se vio ni en las más lúgubres cuevas prehistóricas, donde ya en germen e inspirados por la luz de una fogata nuestros antecesores alumbraron un poco de sentido común y una miaja de humanidad, siendo este un primer paso para alejarnos del reino de las fieras.

Ni los salvajes más salvajes, ni los primitivos más primitivos, ni los bárbaros más bárbaros, consienten ya y desde hace mucho tiempo una panzada semejante de trabajo, que ni los dioses más crueles ven ya con buenos ojos.

Solo en aquellos tiempos supuestamente avanzados en que una civilización engreída y teóricamente sofisticada ha utilizado el esclavismo como lubricante de su maquinaria terrible, se han consentido tales disparates.

Y sin embargo, no echen las campanas al vuelo ni estén tan seguros de que aquellos tiempos ya pasaron, porque hete aquí que vuelven si es que alguna vez se han ido.

Y la prueba está en que el SESCAM, servicio sanitario de Castilla-La Mancha, actualmente en fase PROGRESISTA, consiente y ampara tales excesos y sacrificios laborales como si a través de un túnel del tiempo hubiéramos acabado recalando en los estratos más profundos de Atapuerca.

¡Viva el progreso!

MOVIMIENTOS EN LA ATENCIÓN PRIMARIA DEL SESCAM

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Observamos que en la atención primaria del SESCAM se están produciendo últimamente “movimientos” debido a varios motivos:

1. Están saliendo a la luz determinados aspectos laborales que a muchos les gustaría que no salieran. Por ejemplo: hay profesionales (médicos y enfermeros) que hacen hasta 65 horas seguidas de trabajo. Lo sabe la Administración y lo saben los sindicatos.

2. Presuntamente se está abonando como trabajada una jornada que no se trabaja, y concretamente la que corresponde a la jornada ordinaria de algunos miembros del EAP: los que hacen guardias. Según algunas estimaciones y debido a este vicio de gestión, en el primer semestre de 2017 se abonaron como trabajadas en la gerencia de Guadalajara (por poner un ejemplo) unas 65.000 horas de trabajo que sin embargo no fueron trabajadas.

3. Este vicio de gestión (a la espera de otro calificativo), constituye una tentación y un chollo de orden económico y determina que algunos profesionales del EAP que se benefician de ese incumplimiento aspiren a una jornada complementaria (de guardias) máxima o incluso sobrepasando esta accedan a jornada “especial” (sin cumplirse los criterios legales para ello), dejando sin embargo INCUMPLIDA la jornada ordinaria de consulta que se les abona como trabajada. Esto en resumen supone un abandono de las consultas para acumular guardias por un procedimiento que recuerda a las denostadas PEONADAS. Más allá de las dudas que sugiere sobre el uso del dinero público, este es el principal factor de deterioro en la atención primaria del SESCAM a través de las listas de espera que genera.

4. En relación con el punto anterior, el SESCAM está consintiendo que la jornada complementaria (o especial) del EAP preceda y se priorice sobre la jornada ordinaria del PEAC, cuando según la legalidad vigente la jornada Complementaria del EAP no es un derecho sino un deber administrable y contingente, mientras que la jornada Ordinaria del PEAC (personal estatutario con plaza en plantilla y por tanto titular de una plaza presupuestada) es un DERECHO y una necesidad.

5. El SESCAM y sus órganos de dirección están consintiendo que el personal del EAP en algunas gerencias SELECCIONEN las guardias de lunes a jueves, que es la fórmula irregular para explotar al máximo, en beneficio propio, los vicios de gestión antes señalados. Esta laxitud administrativa es un claro ejemplo de irresponsabilidad y dejación de funciones. Ese beneficio privado cuya legitimidad es más que dudosa, se obtiene a costa del interés general y con el resultado de deterioro de la atención primaria en el ámbito de Castilla-La Mancha.

6. En un escrito reciente de un sindicato que al parecer defiende y ampara este modelo de organización, entre otros argumentos justificativos verdaderamente endebles, utiliza literalmente este otro que además de endeble es “sintomático” del escenario laboral en que estos hechos se producen. Argumento que nunca debería figurar en el argumentario de ninguna organización que aspire a la mejora y el progreso. Dice así sobre algún tímido intento de corrección por parte del SESCAM de los vicios señalados: “no responde a lo tradicionalmente realizado”. Sin comentarios.

 

Entre gerifaltes y patriotas

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Entre gerifaltes y patriotas se consumen tres partes de nuestra Hacienda, que diría Cervantes.

Los gerifaltes ultra liberales, es decir, todos nuestros gerifaltes del momento, afirman, sostienen, e imponen, no en balde les hemos otorgado el poder, que ellos, por ser quién son, tan distintos de todos nosotros, son muy libres de no pagar impuestos, ya que cobran poco, roban solo de lunes a jueves, y a la vista de todos está que se marchitan, pobres, a dos velas.

Dada su precaria situación de monarcas parlamentarios del mundo anglosajón y aledaños (o familia de los mismos), así por la jeta como por la sangre azul, o su empinada condición de estrellas del deporte y la música en lata, ex cancilleres alemanes muy serios y estirados, estadistas ultra patriotas y demás retahíla de próceres solemnes, necesario es que reciban un trato diferencial y entre todos les paguemos a escote los impuestos.

Y dado que tienen prisa y la vida es corta, y como en resumen el personal ni se entera, ellos mismos se toman con total libertad (adorada palabra) ese derecho, casi un deber, de no contribuir como los demás del común a la cosa pública, que a ellos ni les va ni les viene, ya que solo usan carreteras privadas y aeropuertos privados, playas privadas y fiestas privadas donde corre la coca, y nunca visitan una biblioteca pública, no sea que se les pegue alguna enfermedad, física o moral.

Nada más lógico que el padre o la madre de una nación por derecho divino o de pernada, o el deportista galáctico que eleva la cabeza al cielo cuando suena el himno nacional, lleno de arrobo místico, o el estadista prestigioso al que todo el mundo otorga el título solemne y vitalicio de “hombre de Estado”, estafen al Estado.

Dicen los analistas de la barra anti demagógica y anti populista, que todo esto que suena raro y extraño, aunque no es ético es sin embargo legítimo. De lo cual debemos deducir que la ley de esa legitimidad que ellos mismos se guisan y se comen con papas, es legal pero indecente, algo que ya barruntábamos de un tiempo a esta parte.

Estimados compatriotas, en cualquier caso, que duda cabe que el público adora a quien le desprecia, y que por una extraña necesidad masoca de la mente colectiva, eleva siempre a un Olimpo inalcanzable a los rufianes más bajos y oscuros.
Generosos como somos con los monarcas y sus caprichos, hasta financiamos Corinnas.

Allí veréis a la cantante fashion que sale en todas las revistas del corazón de colorines, o al cantante vocinglero que levanta el puño solidario a poco que le enfoque la cámara, llevarse los dineros lo más lejos posible del fisco que a todos nos une y obliga.

Aunque lo cierto es que sin tanto esfuerzo y sin necesidad de recorrer muchos kilómetros, en el propio corazón de la Europa democrática, neoliberal y cristiana, espejo de naciones, encontrarán fácilmente numerosos y florecientes tugurios que no tienen más oficio ni beneficio que reírse de todos nosotros y dar cobijo al delincuente, y donde el más refinado jurista o el más enervado patriota, alternan codo con codo con el peor capo de la mafia.

 

 

Corrupción, Constitución, Sistema.

¡No lo puedo evitar! Cada vez que se me viene a la mente la “cuestión catalana”, se me viene a la boca la palabra corrupción. Casi como una náusea.

¿Pero la corrupción de quién? Pues la respuesta parece obvia: de unos y de otros, a ambos lados de esa falsa frontera. Sin embargo es más fácil pensar que España nos roba o que los catalanes son los malos de la película, como en otro tiempo los judíos. Todo antes que reconocer que los corruptos de uno y otro bando nos han traído hasta aquí. Y no solo eso, sino que creemos ingenuamente que esos mismos corruptos, sentidos patriotas, nos van a sacar del atolladero. De momento son ellos los que siguen al mando de las naves que nos llevan al abismo.

Más allá de fronteras lingüísticas o identidades folclóricas, más allá de banderas de colorines y patrias chicas, casi enanas, los políticos corruptos en nuestro país siempre han sido grandes aliados. Siempre han aspirado a esa “Gran coalición” que predica San Felipe González, esa fórmula política de barbarie mayoritaria y corte populista (engendro de la élite que trinca) que cierra todas las puertas a la democracia y abre todas las puertas a la corrupción. Donde no hay resquicio para la oposición y la crítica no corre el aire y el agua se estanca.

¿Hemos olvidado ya el buen rollo de Felipe González con Jordi Pujol y como el poder ejecutivo ordenaba al poder judicial que no tocara al intocable?
¿Hemos olvidado la perfecta armonía de Aznar, el héroe de la guerra de Irak, semilla de tantas calamidades, con los héroes catalanistas del 3%?

En aquella liga de aforados se jugaba al robo en comandita del dinero público, que luego nos ha faltado para la educación, la sanidad, y las pensiones.
La independencia de poderes que define toda democracia era un cuento chino que cada día nos vendían gratis a la puerta del colegio, y en las cloacas del Estado social y de derecho había más tráfico y roedores que a plena luz del día.
Ese era el “consenso” que los unía: no robes tu donde robo yo, o en todo caso pide la vez y nos turnamos. Hagan cola que cada vez queda menos y no hay guarda, solo jueces venales.

Nuestra memoria es frágil. Nada extraño ya que se premia el olvido, como si los hombres o los países fueran esclavos autómatas de un presente olvidadizo, casi una realidad virtual.

Aquella gran unidad de acción, aquel cuerpo místico de lúgubres patrias, suficientemente saqueadas por los gobiernos respectivos, casi una familia, hoy se ha roto. Nuestro esperpento nacional y nuestras cloacas atestadas, nuestros pequeños Nicolases y oscuros Villarejos, han hecho crisis. Cada vez hacen menos gracia y dan más miedo.

Cada vez hay más patriotas agresivos que consintieron fofos el desmantelamiento del Estado y hoy enseñan los dientes dando dentelladas al vacío.
Y mientras agitan banderitas y atizan con el palo a todo el que se cruza por delante de sus cables hiperpatrióticos, los grandes coaligados siguen diseñando nuevos recortes a las órdenes del dinero, para un futuro que nos pillará cantando un himno marcial. Camino del matadero de borregos. Enanos de mente y cebados de odio.

Toca jugar a las diferencias, a las identidades, a las dicotomías, al enfrentamiento, a los españoles y antiespañoles, a los buenos y a los malos. Todo viene bien mientras distraiga al personal y disfrace nuestra auténtica realidad de fondo: somos una democracia de tercera división.

 

POSDATA: La caída del comisario Villarejo hará saltar en pedazos la tapa de las cloacas de Interior http://www.publico.es/politica/operacion-tandem-caida-comisario-villarejo-hara-saltar-pedazos-tapa-cloacas-interior.html

 

 

 

 

Tragicómico

El nacimiento de nuestra mejor literatura hunde su raíz más potente y vigorosa en el terreno de la tragicomedia.

Si un pueblo ha padecido de manera más trágica y persistente (y sin perder el humor) la opresión de nuestra patria, ese ha sido el de los judíos españoles.
Ocurre sin embargo que ese pueblo, ilustrado y acostumbrado a leer desde la más tierna infancia (tenemos el ejemplo de Santa Teresa, la santa oficial de la raza aunque ella misma de raza judía), siempre ha dominado el arte de la broma y ha sobresalido en el ejercicio de lo cómico. Y por otra parte nuestra historia siempre ha proporcionado materia abundante para tales desenfados humanísticos.

En la tragicomedia de Calixto y Melibea, o en las aventuras y desventuras del Lazarillo de Tormes, lo jocoso y alegre de la vida se mezclan con lo trágico y deprimente de su condición, con una maestría y autenticidad que nos ha dado estilo y carácter.
Así en nuestra patria, el fanático más fanático y grosero, ignaro superlativo, se cruza fácilmente con el librepensador más fino y resabiado, de cuya mezcla el esperpento se constituye por derecho propio en nuestra salsa habitual, casi desde Fernando de Rojas hasta Buñuel.

En nuestros caminos se cruzan los hijos de las universidades más antiguas y afamadas de Europa, con los arrieros de las peores fondas castellanas, y si no se entra en debates sublimes, entre unos y otros están garantizadas las risas.

Por eso mismo nuestros momentos trágicos se mezclan fácilmente con momentos irrisorios, de manera que de un modo o de otro las lágrimas siempre están justificadas, ya se llore de risa o de pena.

Cuando ahora se dice por ejemplo que el gobierno de Rajoy va a intervenir la TV3 catalana para proteger la libertad de expresión y promover la pluralidad de opiniones, se supone que siguiendo el ejemplo glorioso de RTVE (también intervenida), aparte de reírnos o llorar ¿que más podemos hacer?

O cuando se habla con aplomo independiente, de los intelectuales “orgánicos” catalanes, recién descubiertos, como si los que medran al arrimo del poder central fueran inorgánicos, puros y sublimes ¿nos lo deberemos tomar en serio o en broma?

Y algo parecido ocurre cuando hablamos de adoctrinamiento de infantes y demás feligreses indefensos, como si los púlpitos del fanatismo solo alimentaran necios en Cataluña.

Recientemente El País, ese órgano oficial del neoliberalismo adinerado que mientras rinda dividendos todo lo consiente y desregula, ha despedido a John Carlin por un artículo en que este opinaba con excesiva libertad sobre Cataluña.
Bien. Pues ese liberalismo nuevo es el que hay que considerar más viejo que Matusalén y muy poco de fiar, además de excesivamente plano en su visión del mundo, de manera que cada día se acerca más al modelo rancio de la RTVE de Rajoy. De ahí los errores de apreciación y pronóstico en que incurre una y otra vez.

He leído estos días que algunos corresponsales extranjeros están hasta el moño de la contrapropaganda oficial de nuestro gobierno, con la que este intenta hacer frente a la propaganda independentista. Se quejan de que los encargados de dichos menesteres no salen de la cantinela un tanto espesa y desgastada de los reyes católicos. Así no vamos a ningún sitio, como no sea a los ejercicios espirituales y las flores de María. Lo cual me recuerda aquellos tiempos gloriosos de nuestro adoctrinamiento escolar.

Lo dije y lo repito: falta la coherencia, falla el ejemplo.

Los mismos que nos han hundido en la crisis económica más severa y prolongada, los que han llevado a la miseria y a la pérdida de derechos a tantos españoles ¿Pretenden dar ahora lecciones de economía y democracia al prójimo en fuga?
Los mismos que han amnistiado a los defraudadores fiscales, los que han rescatado con dinero público a los banqueros tramposos y ahora les condonan (se supone que en nuestro nombre) esa deuda, dando por bueno que nos roben dos veces ¿Sostienen sin embargo que el nuestro es un Estado social y de derecho?
Ni cómico ni trágico, directamente patético es que que el gobierno de la Gürtel, de las cloacas del Estado y los amiguitos del alma, y de la amnistía fiscal y los recortes sociales, exija a otros el cumplimiento de la ley en nombre del Estado social y de derecho.

Se repite con tanta insistencia que nuestra democracia es ejemplar y modélica, se implora con tanta ansiedad a dirigentes europeos que así lo pregonen, entre otros al más que dudoso Juncker, que da la impresión de que los mismos que lo proclaman no se lo creen. En cuanto a Juncker, recordemos: “Los presidentes de la Comisión y del Eurogrupo crearon la trama de fraude fiscal masivo para las multinacionales”.

Esta mañana, despertándome con las ondas hipnóticas de RNE para constatar una vez más la falta unánime de variedad en las opiniones, me ha parecido entender entre líneas y sueños que el ministro Catalá (otro que tal) no tiene ni idea de por donde puede salir esto del artículo 155. Es decir, que están improvisando y cualquier cosa es posible, desde la más cómica a la más trágica, siendo por tanto potencialmente posible la catástrofe total.
Y en el mismo sentido y con la misma seriedad el ministro del interior (otra lumbrera) desconoce si el artículo 155, ese misil tan poco inteligente, se podrá ya frenar en su vuelo trágico, salga por donde salga y explote como explote.

Tras toda esta niebla tóxica de insensatez supina el mensaje que relumbra como el metal frío de una guadaña es el mismo que iluminó nuestra caída allá por la infausta pero fácil violación del artículo 135 de nuestra Constitución (que rima con el 155).

El mensaje es nítido y claro: son los dueños del dinero, los plutócratas, los que no creen en la democracia ni pasan por las urnas, los que dictan a nuestros políticos más señeros lo que hay que hacer en cada momento. Esos políticos llevan su recompensa, nosotros solo la pagamos.

Y en este hecho que ya casi nadie discute (la democracia quedó atrás ¡viva la plutocracia!) no hay ni pizca de gracia ni asomo de comedia. Aquí ya solo hay tragedia pura y dura.
Y a partir de aquí podemos hacer juegos florales y retórica vacua sobre lo impecable de nuestra democracia, sobre el modelo (exportable) de la libertad de pensamiento que irradia nuestra RTVE, o sobre la insignificante casualidad de que algunos jueces fraternicen, cenen y compadreen con los gerifaltes políticos de turno y partido.
No menos chistoso es que el gobierno de la Gürtel y los sobresueldos, de la amnistía fiscal y los favores a los amigos, exija indignado a otros el cumplimiento de la Ley.

No consintamos que nos pasen una y otra vez, en sesión continua, la vieja película de la naturaleza sublime de nuestra transición y del carácter impecable de nuestra democracia modélica, sin albergar alguna duda razonable o sin esbozar una sonrisa entre escéptica y socarrona. Es cuestión de salud.

 

Vuelo

 

Primero taparon la palabra corrupción con la palabra populismo. Luego taparon la boca que decía con la mordaza que acallaba. Después taparon la palabra populismo con la palabra odio. Más tarde alimentaron la palabra odio con la palabra patria, que engorda mucho pero nutre poco, y que a su vez oculta muy bien la palabra corrupción.

Poco después los enemigos de la corrupción eran ya los enemigos de la patria, y luego vinieron a por mí, pero yo no estaba en casa. Estaba en el campo haciendo novillos, respirando como respiran los grillos, y frotando unas alas resecas.

La espiral es la metáfora visual de quién ha caído en el vértigo –un individuo o todo un pueblo- y gira y gira sin encontrar la salida.

Nada más fácil sin embargo. Solo hay que abrir la puerta.

Pero la espiral es también la metáfora visual del vuelo, de la altura, del camino, del viaje. La forma de nuestra galaxia.

Salgan al campo, respiren, sientan el sol o la lluvia, el vuelo nupcial de las hormigas que desde la tierra más profunda se elevan al aire más ligero, y todo les parecerá lejano, ajeno: las banderas, las sombras, los agujeros que en la tierra se cavan.

Luego esperen a que llegue la noche y miren al cielo, lejos de la luz artificial que todo lo oculta.

Observen las estrellas, las galaxias infinitas, las mil y una vidas que allí pululan sin que las veamos. Tómense su tiempo para pensar y la distancia necesaria para ver. Busquen allí las fronteras de alguna patria o el himno de alguna nación. Si no las encuentran es que tienen buen oído y gozan de una vista excelente.

Pero sobre todo, aléjense para empezar a ver y para escuchar una música distinta.

El camino a la insensatez es muy corto. Empieza en la desidia y acaba en el entusiasmo.

Berlanguiano: el humor como antídoto.

Luis-García-Berlanga

 

Sin quitar un ápice de seriedad al asunto, cuyas consecuencias ni unos ni otros han sabido calibrar con acierto (y cuando hablo de “unos y otros” y tiro del hilo de la madeja hacia su cabo lo que encuentro son unos políticos corruptos a los que conviene tapar sus fechorías), creo que el humor es siempre el mejor antídoto contra situaciones que han superado el umbral del mal rollo.

Después de todo, la carcajada y la risa no son sino la explosión de un aire atrapado entre pecho y espalda, que pone a prueba el vigor del diafragma, y que se emite casi como una ventosidad que nos libera de un aire retenido y malsano.

Lo mejor que uno puede hacer con todo lo que tenga que ver con nacionalismos, patriotismos, supremacías raciales y banderas, es reírse de ello.

Lamentablemente nuestra vida nacional siempre ha abundado en momentos aciagos y deprimentes (así el de ahora) que requieren, por una parte de humor para soportarlos con paciencia cristiana, y por otra de esfuerzo para corregirlos con ánimo civil. En este caso, el humor y el esfuerzo son compatibles.

Nuestros padres y abuelos tuvieron que bregar con lo suyo. Ahora nos toca a nosotros, pero sin humor todo intento de corrección puede volverse demasiado serio, o incluso traumático.

Hay un misticismo insano de la patria y la mejor manera de contrarrestar ese delirio místico es con el laicismo apátrida de la risa.

Por ello el humor de Berlanga, Gila, o Forges, que aplican a los guisos más indigestos un fino licor de hierbas, puede servirnos de ejemplo y guía para afrontar situaciones que tomadas en serio echarían a perder nuestra salud.

Vienen estás reflexiones a cuento de un artículo de El País (“La urna nacional: 9 escenas sobre Cataluña que podía haber filmado Berlanga”) en que para contrarrestar la información más tétrica y actual, se aborda el espíritu “berlanguiano” de ciertas situaciones vividas estos días. La rústica comicidad de estas anécdotas nacionales nos recuerdan tiempos pretéritos y escenas cinematográficas del gran director valenciano. Parece que el tiempo no pasa por nosotros.

Y dentro de esas anécdotas podemos ver por ejemplo esa cohorte disciplinada de fruteros extremeños (algunas de las disciplinantes con el mandil puesto) desfilando en fila india y besando la bandera, e intentamos no emocionarnos demasiado hasta el punto de no aguantarnos la risa.
Ellos mismos, que seguro son buena gente y nos proveen de sabrosa y rica fruta, al final estallan también en risas y vivas a todas las fuerzas de orden público. Y porque no había más.
El hecho llamativo de que muchos de ellos vistan de rojo no significa que no sean extremeños.

Vemos también -no sin sorpresa- la llegada marcial de la Benemérita a un pueblo catalán de 176 vecinos, y a los paisanos del lugar que con tranquilidad mediterránea y buena educación les dan a los agentes las buenas tardes (“bona tarda”), y a punto están de invitarles a merendar sentándolos a su mesa. Pero ellos, muy profesionales, empiezan por acordonar la zona, un tanto vacía, al parecer con intención de confiscar los votos emitidos. Entre cordón y cordón policial me parece ver qué queda atrapado un señor gordo que espatarrado en su silla se está comiendo un helado, o quizás esté durmiendo la siesta tras habérselo zampado.

Avancemos y veamos esta otra escena, entre clerical y leninista, mitad y mitad, en la que en medio de la celebración de una misa que no sabemos si es válida para ganarse el cielo, unos interventores-monaguillos hacen, al pie del párroco y casi bajo su casulla, recuento de votos de unas urnas semiclandestinas. Quizás son los mismos votos que buscaba la benemérita en la escena anterior.

Vemos también una imagen de unos antidisturbios, imponentes en su attrezzo, que vigilan y controlan a pie de mesa una partida de dominó. ¿Será un cruce cuántico de universos paralelos?

¿Hay algo mejor que estas escenas cómicas y epatantes para combatir, sin perder el humor, la influencia nociva de las patrias?

Busco en el diccionario de la RAE el término “berlanguiano” y no lo encuentro. Al parecer en 2009 el periódico “Las Provincias” puso en marcha una campaña para su inclusión en el Diccionario, pidiendo a “actores, eruditos, y usuarios de la web” una definición del mismo.

El actor Juanjo Puigcorbé dijo: «Dícese de la situación coral aparentemente caótica o esperpéntica donde los caracteres muestran o ponen en evidencia su monstruosidad sin categoría moral pero de una forma vitalista». No está mal.

Marta Sanz lo definió así: “Una mezcla de ironía, sal gorda y picante”. Salvador Sánchiz dijo: “Vocablo usado en el imperio austro-húngaro que significa valenciano escéptico y socarrón”.

 

EL ESTADO MÍNIMO

Estado del bienestar

De vez en cuando el Estado mínimo da un discurso. Y hasta parece de verdad, de carne y hueso, casi lo puedes tocar frente a ti, a dos palmos de tu sopa de fideos.

Como si no supiéramos que en el fondo no existe, que solo es un espejismo, una entelequia de la distancia, una distorsión óptica de la realidad. Quizás el Estado mínimo nos habla desde la cálida playa de un paraíso fiscal, reconvertida mediante la tramoya y el truco audiovisual en un frío y serio despacho oficial.
De esta forma nos hacen creer que el Estado ha viajado desde las Bahamas a nuestro salón para hacernos una visita, o que nosotros hemos viajado hasta la luna en primera clase.

El Estado fue un invento de otro tiempo, que desapareció un viernes por la tarde sin avisar, y no de muerte lenta sino de un día para otro, por libre disposición de los que mandan. Un capricho de nuevos ricos.

Como quien se levanta una mañana con un deseo inconfesable entre ceja y ceja, y dice “hágase la luz”, confundiendo quizás las últimas hebras de un mal sueño con las primeras grietas de una realidad inverosímil.

“El problema es el Estado”, se decía con total seguridad, casi con arrobo de novicio. El Estado nos roba, el Estado nos cobra impuestos, se predicaba desde cada Tertulia abonada a la tarifa única del pensamiento plano.
Por tanto la solución no podía ser otra que acabar con el Estado, y el Estado mínimo no era sino el paso previo a la victoria final del Estado ausente. Una vez ausente el Estado, los problemas se resolverían por sí solos. Ese era el planteamiento escatológico de los fanáticos. Como ven, una nueva religión, una auténtica fe que la realidad empírica no ha confirmado.

¿Demagogia? ¿Populismo? ¿Posverdad?
No. Alta teología de las escuelas de negocios. Populismo si, pero de alto standing. Borrachera si, pero de whisky caro.

Pensaron los obispos de la nueva religión -quizás sin ninguna razón sólida- que tras desmantelar hospitales, y desmantelar colegios, y desmantelar pensiones y becas, comedores escolares y demás, las banderas del Estado permanecerían indemnes, en eterna erección patriótica. Pero no. En cuanto la gente piensa un poco y une los cabos sueltos, las banderas se desinflan o se enredan con el cable por el que baja el rayo.

Cuando se saquea un Estado y solo se deja la cáscara del protocolo, tiene más bulto que masa, y más apariencia que realidad.

Cuando a un Estado se le amputan las piernas se cae de culo, como todo hijo de vecino, y ya es difícil que se tenga en pie.
 

Como decíamos ayer

Rajoy corrupción

 

Como decíamos ayer, tras un breve paréntesis menos ancho que profundo (casi un abismo), estamos donde estábamos. Es decir, al principio.

Tras intentar el más allá estamos de nuevo en el más acá, o en todo caso no hemos avanzado mucho. Al menos en el sentido horizontal de quién persigue un horizonte, todo lo más en el sentido vertical de quién cae en picado. ¿Y esto por qué?

Habrá quien hable de “rémora” y de “lastre”, en todo caso de un peso muerto adherido a nuestra espalda y con el que no es posible avanzar. No hemos hecho del todo la transición de la dictadura, y ni siquiera hemos intentado la transición de la corrupción.

En cuanto a esta última, muchos pensaron que una vez más el tiempo haría su labor, y tras el olvido vendría la impunidad, el eterno retorno de lo mismo, la inevitable desidia de quien consiente. Pero no. Cada vez se consiente menos, y muchos ya no colaboran en la desidia. Esa falta de colaboración en la estafa es lo algunos se empeñan en llamar populismo. Que lo hay, pero no está ahí. Está en todo caso en determinadas Instituciones y en determinados medios manipulados.

Amén de otros asuntos. Dice Inés Arrimadas (entrevistada hoy por El País) que “el nacionalismo crece en los países enfermos, en los países que no funcionan”. Pues eso.
Pero ocurre que son ellos (junto al PSOE) el principal sostén de ese morbo, y el principal alimento para esa enfermedad.

El nuevo equilibrio del desorden global sigue sin echar raíces, ni siquiera en lo local. Más que reunión hay disolución. Nuevos átomos de soledad, repetidas ráfagas de violencia. No todos ven el futuro de la misma forma, ni comulgan en el  pensamiento único del capitalismo salvaje.

Como si el nuevo sistema fuera eso: violencia con intención de unificación. O de clasificación. Un nuevo feudalismo. Y lo que produce, paradójicamente, es disgregación. Una nueva confrontación. Un nuevo desorden a escala global.

Los efectos de la corrupción prevista (una constante inevitable del sistema, según algunos) son cada vez más duraderos y están más presentes. Quizás porque esta vez la corrupción y la miseria que arrastra fue gestada con intención de futuro, de epílogo de la historia, de solución final. Y al final no hubo solución ni tampoco hubo final, sino un presente siempre inestable, asfixiado bajo su peso muerto, y agitado por su falta de futuro.

Cargamos con un pasado inmediato (mas otro que viene de atrás) poco recomendable, como quien carga con un saco de patatas echadas a perder. Intentamos ventilar el almacén e intentamos desconocer lo que sabemos. Pero es imposible.
No conseguimos homologarnos. Seguimos diferentes.

Se dice que todo depende de la dosis. Y esta vez la dosis se ha superado con creces.

Intentar digerirla es intoxicarse.

 

 

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