Laissez faire

wall-street

 

Así dicho hasta suena bien: dejad hacer. Liberad las ataduras. Soltad amarras. No te entrometas en aquello que no te incumbe. Dejad hacer, pero dejad hacer ¿Qué?

No es lo mismo permitir y alentar que el individuo explote su creatividad y sus talentos (¿Qué mejor instrumento para ello que una educación pública sólida y bien financiada?) que dejar que unos cuantos golfos estafen a la gente. Y esto al por mayor, en plan global. La estafa y la corrupción como paradigma de la globalización. Bien, pues esto es lo que ha ocurrido con el laissez faire.

¿Hay algo más bello que la libertad y algo más turbio que la estafa?
El problema de nuestra época (y esto viene de atrás) es que los amigos de la estafa invocan en falso el nombre de la libertad para dignificar sus indignas operaciones. Y esto -que solo es farsa e hipocresía- es lo que respiramos cada día como alimento espiritual.¿Comida basura? Eso parece. ¿Nos hemos acostumbrado a ese aire?
¿Ya no percibimos su impureza?

En los años ochenta el dinero, es decir, los dueños del dinero, cogieron la sartén por el mango y comprobaron perplejos y agradecidos que no había nadie más en la cocina. Cosa extraña. O quizás no tanto.
El poder político no existía o sólo en grado mínimo y como testaferro amistoso de los dueños del dinero.
La mayoría de “representantes” políticos, merced a una involución gestada a conciencia, estaba en nómina, y se limitaba a obedecer las órdenes que recibía del poder financiero. Las puertas giratorias, perfectamente engrasadas, funcionaban a pleno rendimiento, su tráfico era continuo y fácil además de moralmente irreprochable, según la moral de entonces, que más o menos es la misma de ahora. Los académicos de la cosa y de la casa bendecían la situación. Amén.

Ronald Reagan, testigo “amistoso” del macartismo (esa insidia contra las libertades civiles), bendecido además por los favores de la mafia, que le ayudó a pagar sus deudas (hoy por ti y mañana por mí), pudo decir aquello tan liberal y digno de “Vamos a liberar a la bestia”. Y Margaret Thatcher, Felipe González, Tony Blair (el mejor legado de la dama de hierro), con los demás pupilos aplicados y representantes de las terceras vías, “dejaron hacer”, claro que sí, mirando para otro lado pero pringando del plato.

Básicamente la filosofía de la época consistía en que los delincuentes económicos (y políticos) de alto rango, los delincuentes educados en las mejores escuelas de negocios para delinquir impunemente, pudieran hacerlo fácilmente sin demasiadas trabas o mejor ninguna.
Fue la época del pelotazo, del espejismo colectivo, de las grandes fiestas universales, de las performances trucadas que acababan siempre en el estercolero, en la que todo el mundo se sentía con licencia para timar.
Y no hablamos de pequeños hurtos sino de timos a gran escala, de timos en última instancia con consecuencias epidémicas y globales.
Se abrió la veda del saqueo del patrimonio público, que luego hizo imposible el mantenimiento de un mínimo Estado del Bienestar, o simplemente el mantenimiento de un Estado soberano como instrumento del bien común y del sentido de ciudadanía.
El paisaje tras el saqueo era muy similar, si no el mismo, en Chicago y en Ciudad Real, lograda así una globalización del fiasco y del vacío político merced a un pensamiento único, dócil, y colaborador.

Esto tuvo consecuencias inmediatas, y no fue la menor de ellas el descrédito de la democracia representativa, parasitada y llevada a su quiebra por los timadores profesionales y los políticos corruptos en simbiosis perfecta. Y es que cada día que pasaba se ponía de manifiesto que el poder no residía en las urnas ni en los votos, sino en los dueños del dinero y su potestad para imponer sus órdenes.

Este proceso por todos conocido y que en España conocemos de primera mano, está descrito en múltiples ensayos al alcance de cualquiera que quiera informarse, y en muy serios y entretenidos documentales sobre el tema. Imagen real, Historia viva, y palabras lúcidas que comentan la jugada.
Por ejemplo en esa estupenda serie documental: “Los ochenta”, de los productores ejecutivos Tom Hanks, Gary Goetzman y Mark Herzog, cuyo capítulo “La codicia” es toda una lección avanzada de Historia posmoderna. O incluso no solo de Historia sino de psicología y mentalidad al uso de una época desnortada.

Como también ese otro gran documental: “Generación riqueza”, sobre la fotógrafa estadounidense Lauren Greenfield, que desnuda y deja en pelotas las consecuencias psicopatológicas de la propuesta neoliberal. Propuesta y modelo que con tanta constancia e interés se promueve en los medios de comunicación masas que el dinero explota y controla. La basura ofusca y da dinero.

Esa normalización y socialización de la neurosis y el absurdo, y con ello de la angustia, es lo que de forma tan magistral Lauren Greenfield registra en sus fotos. Un auténtico estudio antropológico sobre una cultura salvaje. Casi diríamos, sobre una cultura degenerada.

“Espíritu de época” que también ha quedado reflejado en varias películas interesantes, como “Wall Street”, de Oliver Stone.

Aún así, y a pesar de la percepción clara de lo que ha pasado, de los análisis lúcidos sobre la naturaleza y causas del mal, muy poco ha cambiado en las últimas décadas. El triunfo de esa propuesta anómala ha sido posible porque enfrente solo ha encontrado desidia o ceguera, más allá de una mínima y limitada resistencia en la que han sobresalido, paradójicamente, pensionistas: el pasado (¿recuerdan aquella otra Europa?) iluminando el futuro, y el futuro propuesto por este capitalismo salvaje como involución y vuelta a un pasado más lúgubre.

Una vez que el poder político representativo perdió las riendas de su destino, que es el destino de todos, no las ha vuelto a recuperar. Todos –parece- nos deslizamos arrastrados por una misma inercia sin fe en nuestra capacidad de acción frente al poder omnímodo del dinero, concentrado además en muy pocas manos.
Fruto de esa desidia, estamos ante un escenario donde se barajan, ya sin complejos, ya sin escrúpulos, distintas alternativas totalitarias, más o menos tecnócratas, pero decididamente plutócratas y antidemocráticas.

Si Europa fue fundada por mercaderes y un cierto humanismo democrático inspirado en los griegos cultos, luego ha sido refundada por políticos neoliberales al servicio de los intereses económicos de una minoría descerebrada. Plutocracia en vez de democracia.

El humanismo europeo amenaza ruina y puede acabar como una pieza de museo. El orgullo en la defensa los derechos del hombre y las libertades civiles, parece ya cosa de un pasado glorioso. En la globalización del disparate y la involución competitiva no queremos quedarnos atrás. Ante todo pragmatismo.

Vamos por tanto hacia una Europa ferozmente neoliberal, supuestamente unida, donde casi nadie está a gusto (de ahí las fugas), y en la que los españoles se jubilan a los 67 años y los franceses, menos dóciles o más combativos, a los 62. Parece una broma pesada esto de la unidad europea.
Una Europa donde la competencia y el mérito consiste en ver quién explota de forma más salvaje a sus trabajadores, o quién soporta de forma más ruin a unos gobernantes corruptos. Gobernanza lo llaman a esto, creo.

En los años ochenta el mundo se volvió más inestable, más injusto, más peligroso, más inhumano, más violento, más supuestamente feliz y rico, y sin embargo más falso, más lúgubre y menos civilizado. Es también la época en que la crisis medioambiental marca un punto de inflexión y se baten todos los récords de un deterioro progresivo que amenaza con hacerse irreversible.
Dicho en pocas palabras, a aquellos que dirigen y han dirigido el mundo en su último periodo neoliberal, les importa el planeta un comino, víctimas de su propio espejismo, consumidores de su propia burbuja artificial, víctimas de su ignorancia.

Como en los años treinta, y como vacuna ante la posible reacción de una ciudadanía estafada pero ya despierta, el dinero no quiso perder privilegios ni ceder un ápice del poder adquirido tan rápido y con tanta facilidad. Y como en los años treinta las iniciativas fascistas han recibido un gran impulso económico con este fin. El dinero está siempre detrás de ese instrumento siempre dispuesto para acabar con la democracia.
Laissez faire, si, pero reprimir cualquier intento de libertad y respuesta ante la injusticia. Cualquier gobierno surgido de esa respuesta será declarado inmediatamente ilegítimo, o lo que es lo mismo, antisistema.

¡Ah, el “sistema”!

Escucho en RNE unas reflexiones de Miguel Ángel Fernández Ordoñez (MAFO), al que entrevistan porque recientemente ha publicado un libro: “Adiós a los bancos”. Y es que al parecer este antiguo gobernador del Banco de España se ha enterado de cómo funciona el “sistema” ya de mayor, y eso que trabajó para el sistema, en el mismo corazón del sistema, y ateniéndose a los mandamientos sagrados del “sistema”.
Viene a decir ahora -como un Saulo caído del caballo- y tras leer a los que de ello saben, que el dinero es frágil, que lo que usted cree que tiene en el banco, en realidad no lo tiene, y como resumen que todo el “sistema” es una gran mentira. La voz de la experiencia.

Es lo que tiene la lectura sosegada: que uno aprende.
Preocupante pero a estas alturas de la historia, ya sabido.

¿Se han dado cuenta que los principales protagonistas de este periodo oscuro dicen ahora que no saben o no entienden lo que ha ocurrido? Nada más incierto. Estaban perfectamente informados.

Publicado el 25 febrero, 2020 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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