Archivos Mensuales: febrero 2020

Tribulaciones de un turista

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Lo malo de un turista en España es que sea también relator de la ONU y puesto a su oficio levante la alfombra y mire debajo.

La sorpresa que este cambio de perspectiva puede acarrear al observador imparcial (turista y relator a un mismo tiempo) no está descrita, o quizás sí.
Es lo que le ha ocurrido a Philip Alston, relator de la ONU para la pobreza extrema, que tras haberse construido mentalmente una idea de España como turista (bastante placentera por otra parte) ha visto arruinado ese espejismo ilusorio tras observar más de cerca a nuestro país, a pie de obra y en su papel de relator de la ONU.
Relator de la pobreza extrema, para ser más exactos, y pobreza que al parecer abunda en nuestro país, pero que no siempre es visible o sencillamente se prefiere no ver.

Por un momento, nuestro turista encandilado primero y relator de la ONU desengañado después, creyó estar viendo doble sin haber bebido: una España oficial y turística en primer plano, como primera impresión, y luego en duro y crudo contraste, una España real que subyace a la primera y que no se le parece en nada. De ahí la sorpresa.

Esto nos lleva a reflexionar sobre lo falso de las generalizaciones que hacemos unos y otros, cuando afirmamos que España es de esta o aquella otra manera, o que se sale o que no llega, sin percatarnos que todo depende del punto de vista y del terreno que se pisa. Sobre todo si donde se pisa y se camina es a nivel de tierra.
No se ve la misma España desde un sillón de la Real academia de la lengua que desde un andamio inestable y precario, como es hoy en día casi todo el trabajo en España.
Ni tampoco es el mismo país el que se contempla desde un tren turístico de juguete que desde esas chabolas de jornaleros que viven en régimen de explotación esclava.

Philip Alston nos cuenta que el país que estaba acostumbrado a ver como turista enamorado no es el mismo que ha visto como relator profesional y analítico de la ONU. Incluso sospecha que el primero desvanece su realidad cuando se compara con el segundo, al lado del cual el primero parece una performance trucada, o al menos una antología poco fiel.
Es más, sospecha que no pocos españoles desconocen esa realidad y dudarían si se les dijera que esa realidad habita y es frecuente en su país.
Esta revelación en tiempos de posverdades hormonadas por el autobombo oficial, debería llevar a preguntarnos si la España macroeconómica que se vende tiene algo que ver con la España real que las pasa canutas.

“En España hay familias que tienen un dilema: o poner la calefacción o comprar comida”.

“Las autoridades hacen la vista gorda con las condiciones de los jornaleros inmigrantes”.

“Las ventajas de quienes tienen contratos fijos y la precariedad extraordinaria de los demás que no los tienen, es insostenible”.

Dice Alston, y todos sabemos que dice la verdad.  He aquí una síntesis de sus alarmantes conclusiones:

 “España debería mirarse de cerca en el espejo y actuar. Lo que verá no es lo que desearía la mayoría de españoles, ni lo que muchos responsables de formular políticas tenían planeado: una pobreza generalizada y un alto nivel de desempleo, una crisis de vivienda de proporciones inquietantes, un sistema de protección social completamente inadecuado que arrastra deliberadamente a un gran número de personas a la pobreza, un sistema educativo segregado y cada vez más anacrónico, un sistema fiscal que proporciona muchos más beneficios a los ricos que a los pobres y una mentalidad burocrática profundamente arraigada en muchas partes del gobierno que valora los procedimientos formalistas por encima del bienestar de las personas”.

Suele ocurrir que algunos países muy turísticos lleven una doble vida: una aparente, que es la que se enseña o ve el turista, y otra real, que es la que discurre por debajo, en segundo plano, al nivel del ciudadano indígena.
Hay oficios más expuestos a conocer el país real, tan distinto del país oficial y aparente. Uno parece ser este: relator de la ONU para la pobreza extrema. Otro puede ser experto del grupo GRECO del consejo de Europa contra la corrupción. El país que ellos ven e informan parece muy diferente del país que ven la mayoría de nuestros medios de comunicación, y también del que ven la mayoría de nuestros políticos.

Otro oficio privilegiado para ver el país de cerca, sin filtros publicitarios, es el de médico o enfermero de la sanidad pública, sobre todo los que desarrollan su labor en el ámbito de la atención primaria. En cuanto que la atención domiciliaria se hace (cuando se sigue haciendo pese a los recortes) de manera muy frecuente en domicilios de extrema pobreza, podemos llegar a dudar que eso que vemos, ocurre en nuestro país. Y sin embargo es ahí donde ocurre, y no precisamente como una excepción, sino más bien con una frecuencia inusitada y poco conocida.
Y esta es la misma impresión que sacó el relator de la ONU, Philip Alston, cuando se apeó de la nube turista y puso pie a tierra.
Más difícil es que se bajen de la nube muchos de nuestros políticos y sus lumbreras macroeconómicas, espectros alucinados en sus cielos bursátiles.

No sé si esta duplicidad de realidades tiene algo que ver con la posverdad y el poder de distracción de los medios de masas. Sin duda se lee poco y se mira menos.
El caso es que esta visión doble (diplopía) se tiene no solo ante la percepción de la pobreza extrema versus el éxito macroeconómico, sino también ante las calificaciones de sesudos organismos que elogian nuestra democracia, versus la corrupción real y las cloacas del Estado que conocemos todos.
Y así vemos que al mismo tiempo que un experto del Instituto Elcano -por poner un caso-  hace una apología desatada de nuestra democracia como lo mejor de lo mejor, la fiscalía anticorrupción sospecha que el espionaje a PODEMOS fue un encargo directo del gobierno de Rajoy. Hecho gravísimo en cualquier democracia normal, pero que en una democracia sobresaliente como la nuestra no tiene la más mínima importancia.
Intenta la fiscalía anticorrupción averiguar, del propio comisario Villarejo, quién dio la orden de ese espionaje y de la falsificación subsiguiente, si Fernández Díaz, ministro del Interior, ducho en cloacas, o si la orden procedía de Cosidó, experto en tugurios subterráneos. Este Cosidó es por cierto el mismo senador del PP que afirmaba ufano y sin complejos que en nuestra democracia de primera a los jueces del Tribunal Supremo se les toquetea por detrás, dóciles y obedientes.
La otra opción que baraja la fiscalía es que la orden procediera del mismo Rajoy, según indicios muy sólidos, lo cual concuerda con lo que afirma el DAO Eugenio Pino, que sostiene ante el juez que Fernández Díaz intercedió por Villarejo a petición de Rajoy.

En fin, que efectivamente batimos todos los récords. Y no solo eso, sino que unos récords (los de la corrupción) nos llevan a los otros (los de la pobreza).

 

Laissez faire

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Así dicho hasta suena bien: dejad hacer. Liberad las ataduras. Soltad amarras. No te entrometas en aquello que no te incumbe. Dejad hacer, pero dejad hacer ¿Qué?

No es lo mismo permitir y alentar que el individuo explote su creatividad y sus talentos (¿Qué mejor instrumento para ello que una educación pública sólida y bien financiada?) que dejar que unos cuantos golfos estafen a la gente. Y esto al por mayor, en plan global. La estafa y la corrupción como paradigma de la globalización. Bien, pues esto es lo que ha ocurrido con el laissez faire.

¿Hay algo más bello que la libertad y algo más turbio que la estafa?
El problema de nuestra época (y esto viene de atrás) es que los amigos de la estafa invocan en falso el nombre de la libertad para dignificar sus indignas operaciones. Y esto -que solo es farsa e hipocresía- es lo que respiramos cada día como alimento espiritual.¿Comida basura? Eso parece. ¿Nos hemos acostumbrado a ese aire?
¿Ya no percibimos su impureza?

En los años ochenta el dinero, es decir, los dueños del dinero, cogieron la sartén por el mango y comprobaron perplejos y agradecidos que no había nadie más en la cocina. Cosa extraña. O quizás no tanto.
El poder político no existía o sólo en grado mínimo y como testaferro amistoso de los dueños del dinero.
La mayoría de “representantes” políticos, merced a una involución gestada a conciencia, estaba en nómina, y se limitaba a obedecer las órdenes que recibía del poder financiero. Las puertas giratorias, perfectamente engrasadas, funcionaban a pleno rendimiento, su tráfico era continuo y fácil además de moralmente irreprochable, según la moral de entonces, que más o menos es la misma de ahora. Los académicos de la cosa y de la casa bendecían la situación. Amén.

Ronald Reagan, testigo “amistoso” del macartismo (esa insidia contra las libertades civiles), bendecido además por los favores de la mafia, que le ayudó a pagar sus deudas (hoy por ti y mañana por mí), pudo decir aquello tan liberal y digno de “Vamos a liberar a la bestia”. Y Margaret Thatcher, Felipe González, Tony Blair (el mejor legado de la dama de hierro), con los demás pupilos aplicados y representantes de las terceras vías, “dejaron hacer”, claro que sí, mirando para otro lado pero pringando del plato.

Básicamente la filosofía de la época consistía en que los delincuentes económicos (y políticos) de alto rango, los delincuentes educados en las mejores escuelas de negocios para delinquir impunemente, pudieran hacerlo fácilmente sin demasiadas trabas o mejor ninguna.
Fue la época del pelotazo, del espejismo colectivo, de las grandes fiestas universales, de las performances trucadas que acababan siempre en el estercolero, en la que todo el mundo se sentía con licencia para timar.
Y no hablamos de pequeños hurtos sino de timos a gran escala, de timos en última instancia con consecuencias epidémicas y globales.
Se abrió la veda del saqueo del patrimonio público, que luego hizo imposible el mantenimiento de un mínimo Estado del Bienestar, o simplemente el mantenimiento de un Estado soberano como instrumento del bien común y del sentido de ciudadanía.
El paisaje tras el saqueo era muy similar, si no el mismo, en Chicago y en Ciudad Real, lograda así una globalización del fiasco y del vacío político merced a un pensamiento único, dócil, y colaborador.

Esto tuvo consecuencias inmediatas, y no fue la menor de ellas el descrédito de la democracia representativa, parasitada y llevada a su quiebra por los timadores profesionales y los políticos corruptos en simbiosis perfecta. Y es que cada día que pasaba se ponía de manifiesto que el poder no residía en las urnas ni en los votos, sino en los dueños del dinero y su potestad para imponer sus órdenes.

Este proceso por todos conocido y que en España conocemos de primera mano, está descrito en múltiples ensayos al alcance de cualquiera que quiera informarse, y en muy serios y entretenidos documentales sobre el tema. Imagen real, Historia viva, y palabras lúcidas que comentan la jugada.
Por ejemplo en esa estupenda serie documental: “Los ochenta”, de los productores ejecutivos Tom Hanks, Gary Goetzman y Mark Herzog, cuyo capítulo “La codicia” es toda una lección avanzada de Historia posmoderna. O incluso no solo de Historia sino de psicología y mentalidad al uso de una época desnortada.

Como también ese otro gran documental: “Generación riqueza”, sobre la fotógrafa estadounidense Lauren Greenfield, que desnuda y deja en pelotas las consecuencias psicopatológicas de la propuesta neoliberal. Propuesta y modelo que con tanta constancia e interés se promueve en los medios de comunicación masas que el dinero explota y controla. La basura ofusca y da dinero.

Esa normalización y socialización de la neurosis y el absurdo, y con ello de la angustia, es lo que de forma tan magistral Lauren Greenfield registra en sus fotos. Un auténtico estudio antropológico sobre una cultura salvaje. Casi diríamos, sobre una cultura degenerada.

“Espíritu de época” que también ha quedado reflejado en varias películas interesantes, como “Wall Street”, de Oliver Stone.

Aún así, y a pesar de la percepción clara de lo que ha pasado, de los análisis lúcidos sobre la naturaleza y causas del mal, muy poco ha cambiado en las últimas décadas. El triunfo de esa propuesta anómala ha sido posible porque enfrente solo ha encontrado desidia o ceguera, más allá de una mínima y limitada resistencia en la que han sobresalido, paradójicamente, pensionistas: el pasado (¿recuerdan aquella otra Europa?) iluminando el futuro, y el futuro propuesto por este capitalismo salvaje como involución y vuelta a un pasado más lúgubre.

Una vez que el poder político representativo perdió las riendas de su destino, que es el destino de todos, no las ha vuelto a recuperar. Todos –parece- nos deslizamos arrastrados por una misma inercia sin fe en nuestra capacidad de acción frente al poder omnímodo del dinero, concentrado además en muy pocas manos.
Fruto de esa desidia, estamos ante un escenario donde se barajan, ya sin complejos, ya sin escrúpulos, distintas alternativas totalitarias, más o menos tecnócratas, pero decididamente plutócratas y antidemocráticas.

Si Europa fue fundada por mercaderes y un cierto humanismo democrático inspirado en los griegos cultos, luego ha sido refundada por políticos neoliberales al servicio de los intereses económicos de una minoría descerebrada. Plutocracia en vez de democracia.

El humanismo europeo amenaza ruina y puede acabar como una pieza de museo. El orgullo en la defensa los derechos del hombre y las libertades civiles, parece ya cosa de un pasado glorioso. En la globalización del disparate y la involución competitiva no queremos quedarnos atrás. Ante todo pragmatismo.

Vamos por tanto hacia una Europa ferozmente neoliberal, supuestamente unida, donde casi nadie está a gusto (de ahí las fugas), y en la que los españoles se jubilan a los 67 años y los franceses, menos dóciles o más combativos, a los 62. Parece una broma pesada esto de la unidad europea.
Una Europa donde la competencia y el mérito consiste en ver quién explota de forma más salvaje a sus trabajadores, o quién soporta de forma más ruin a unos gobernantes corruptos. Gobernanza lo llaman a esto, creo.

En los años ochenta el mundo se volvió más inestable, más injusto, más peligroso, más inhumano, más violento, más supuestamente feliz y rico, y sin embargo más falso, más lúgubre y menos civilizado. Es también la época en que la crisis medioambiental marca un punto de inflexión y se baten todos los récords de un deterioro progresivo que amenaza con hacerse irreversible.
Dicho en pocas palabras, a aquellos que dirigen y han dirigido el mundo en su último periodo neoliberal, les importa el planeta un comino, víctimas de su propio espejismo, consumidores de su propia burbuja artificial, víctimas de su ignorancia.

Como en los años treinta, y como vacuna ante la posible reacción de una ciudadanía estafada pero ya despierta, el dinero no quiso perder privilegios ni ceder un ápice del poder adquirido tan rápido y con tanta facilidad. Y como en los años treinta las iniciativas fascistas han recibido un gran impulso económico con este fin. El dinero está siempre detrás de ese instrumento siempre dispuesto para acabar con la democracia.
Laissez faire, si, pero reprimir cualquier intento de libertad y respuesta ante la injusticia. Cualquier gobierno surgido de esa respuesta será declarado inmediatamente ilegítimo, o lo que es lo mismo, antisistema.

¡Ah, el “sistema”!

Escucho en RNE unas reflexiones de Miguel Ángel Fernández Ordoñez (MAFO), al que entrevistan porque recientemente ha publicado un libro: “Adiós a los bancos”. Y es que al parecer este antiguo gobernador del Banco de España se ha enterado de cómo funciona el “sistema” ya de mayor, y eso que trabajó para el sistema, en el mismo corazón del sistema, y ateniéndose a los mandamientos sagrados del “sistema”.
Viene a decir ahora -como un Saulo caído del caballo- y tras leer a los que de ello saben, que el dinero es frágil, que lo que usted cree que tiene en el banco, en realidad no lo tiene, y como resumen que todo el “sistema” es una gran mentira. La voz de la experiencia.

Es lo que tiene la lectura sosegada: que uno aprende.
Preocupante pero a estas alturas de la historia, ya sabido.

¿Se han dado cuenta que los principales protagonistas de este periodo oscuro dicen ahora que no saben o no entienden lo que ha ocurrido? Nada más incierto. Estaban perfectamente informados.

Apocalipsis “Low cost”

El día del juicio final será una convención de negocios en la que todos llevaremos mascarilla por si las moscas.

Hay quien hace gala de una fe tan ciega en el capitalismo que diríamos se somete a sus designios con una sumisión religiosa. A “dios” no se le discute, ni se le explica, ni se le comprende. Únicamente se le obedece.

Si la bestia desbocada en su automatismo ciego anuncia la extinción de todo aquello humano y bello que conocemos, a través del cambio climático, posibilidad hoy por hoy cada vez más cercana, hay que obedecer y no ponerse a escrutar los misterios de la creación y las certezas de la destrucción. Las cosas son como son, y cómo Dios y el capitalismo han decidido.

El juego libre de las fuerzas del mercado, manifestación visible de la omnisciencia divina, inaccesible por otro lado a cualquier comprensión o intervención humana, ya tiene trazado el camino a nuestra especie y especies anexas: la extinción, si Dios, liberado de su sosias, el capitalismo desregulado, no lo impide.

Quizás lo más cómico de nuestra situación actual (síntoma de una locura ya avanzada) es interpretar también el Apocalipsis en términos de eficiencia económica.
Llevados de su fe y de su monomanía, los fanáticos del capitalismo desregulado interpretan que si las fuerzas sabias del mercado nos llevan de bruces a la extinción global, como antes nos han llevado a otras crisis mayores y menores, pero sobre todo mayores, es porque sin duda esta, la destrucción de todo lo humano y divino (los bosques, los ríos, las especies que nos acompañan), resulta más eficiente en términos económicos que mantener la vida humana y simbiótica en pie.

O dicho de otro modo, en una carrera alocada por ahorrar costes, quedarnos sin planeta resulta más barato que salvarlo.
Esta verdad económica, dogma increíble  de una fe tan extraña, sólo podrá ser comprobada por aquellos (si los hay) que queden flotando en una nave espacial a la deriva y sin puerto al que amarrar.

Esto digamos es, poco más o menos, lo que subyace a la polémica Borrell, dignatario europeo que ha venido a decir (y algunos le elogian por ello) que intentar salvar el planeta tiene un coste inasumible, y que ese coste lo tendrán que pagar además, no esa minoría exigua que atesora casi toda la riqueza mundial, merced a esos flujos grandiosos de dinero de las últimas décadas, sino los mineros polacos y los atolondrados jóvenes inspirados por Greta Thunberg.
Como ven, la asignación de costes y responsabilidades es un tanto peculiar y extraña: ¿Síndrome Borrell, podríamos llamarlo?

Esta distribución de costes y responsabilidades, se corresponde bastante con el paradigma dado por bueno y asumido sin rechistar tras la última gran estafa.
Salvo algún caso aislado ofrecido al cretinismo general como símbolo y cabeza de turco (quien la hace la paga), los principales responsables de la gran estafa fueron premiados con mayores beneficios tras ella.
Resulta ilustrativa la escena real de ese documental (no recuerdo ahora el título) en que unos agentes de la Bolsa de Wall Street están pendientes de unas pantallas donde los representantes políticos de USA deciden si rescatan o no rescatan a los golfos de las finanzas desreguladas tras la catástrofe global que han provocado.
Al mismo tiempo que ellos saltan de júbilo y gritan ¡Nos han rescatado! cuando los políticos estadounidenses deciden que sí se les rescata, en la calle las víctimas de esos estafadores profesionales, jóvenes, y suficientemente rescatados (listos los llamamos en nuestro idioma) ya saben que ellos van a pagar el pato de la fiesta neoliberal. Y entonces exhiben grandes pancartas pidiendo que también se les rescate a ellos. ¿Qué menos?
Este es nuestro mundo de hoy y sus modelos éticos que tanto nos empieza a recordar al mundo de ayer, cuando esos valores hicieron quiebra.

O sea, dado que el coste de intentar salvar el planeta es francamente costoso, euro arriba, euro abajo, y además no hay forma de que lo pague (¿o sí?) quién puede y tiene que pagarlo (los que tienen la pasta), mejor no intentarlo.

Mejor (¡dónde va a parar!) que el Apocalipsis siga su curso.
Lejos de cambiarlo todo, como piensa Naomi Klein, la amenaza que tenemos encima no cambia nada.

Sigamos pues mirando para otro lado, falseando la realidad, y ganando elecciones como las gana Trump: que prometió a los mineros del carbón que abriría las minas cerradas por Obama, y al parecer así lo hizo.

Así se ganan elecciones. Así y también echando la culpa de todo a los inmigrantes.
Populismo capitalista al poder.

Que la extinción sale más barata, ya no lo discute nadie desde que el pensamiento único es más único que nunca.

 

Trumbo

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El mundo es una trama de sucesos conectados, o eso creemos. Aunque quizás esto solo sea un espejismo útil para nuestra mente.

Otra forma de verlo es como un laberinto de opciones, algo parecido al jardín de los senderos que se bifurcan del que habló Borges. No sabemos a ciencia cierta si cada una de esas elecciones entre alternativas distintas inaugura un universo paralelo para cada uno de nosotros.

Si en el mundo posmoderno de nuestros días el cine de Ingmar Bergman se considera indigesto, por poner un ejemplo, quizás sea porque el popular “Masterchef” televisivo se considera un bocado ligero y apetitoso. Alta cocina y comida basura (adivinen quien es quien). Son los dos platos de una misma balanza: cuando uno sube el otro baja. Intenten subir.
Opciones que marcan la diferencia, y que en muchos casos son determinantes, van trazando la ruta.
Esos hilos que conectan los sucesos, a veces son tenues o incluso invisibles, pero ahí están, uniendo en segundo plano lo que parece inconexo y distante. En otros casos, la conexión entre los hechos es todo un mensaje que se impone por su coherencia.

Por ejemplo:
El hecho comprobado de que McCarthy, el famoso senador de la “caza de brujas”, dirigiera algunos de sus interrogatorios bajo los efectos del alcohol, instrumento por tanto de una justicia beoda ¿Qué significa? ¿Era un síntoma de algo?

Y anécdota significativa nos parece el hecho de que cuando algunas de las víctimas del macartismo cumplían pena de prisión en la cárcel, J. Parnell Thomas, uno de los más activos inquisidores de aquel comité de actividades “antiamericanas”, acabara entre rejas (junto a sus víctimas) por corrupción y evasión de impuestos.
¿Nos recuerda esto en algo a ese patriotismo de opereta de algunos de nuestros más furibundos patriotas constitucionalistas?

En la película “Trumbo”, del director Jay Roach, esta anécdota se resume en una breve escena que otorga significado a la trama. Cuando Parnell, el feroz  inquisidor, que bajo el disfraz de patriota era en realidad un político corrupto y evasor de impuestos, se cruza como un presidiario más con su víctima (en  la película el guionista Dalton Trumbo), le dice: “Míranos aquí, un par de presidiarios”.
A lo que Trumbo, víctima de la caza de brujas, y hombre de talento y enorme paciencia, le contesta: “Sí, la diferencia es que usted si ha cometido un delito”.

En su laberinto de opciones, Trumbo había escogido ser honesto y defender su libertad de conciencia hasta el final. Parnell había escogido ser tramposo y corrupto.

También nos parece significativo el hecho de que Richard Nixon, al que observamos en las películas de archivo formando parte de la tropa gris que dirigía aquellos interrogatorios inquisitoriales, acabara luego expulsado de la presidencia estadounidense, por tramposo y mendaz. Son hilos que se conectan y forman un dibujo coherente.

Este tipo de relaciones, de hilos que se cruzan en la trama del mundo, le otorgan por tanto un cierto sentido al caos aparente. Y en este caso en concreto, el de la acción inquisitorial del Comité de actividades antiamericanas, solo hay que mirar un poco, sin necesidad de escarbar: los que dirigían aquella infamia eran unos tipos bastantes impresentables. Suele ocurrir.

Quienes más “antiespañoles” ven hoy por metro cuadrado en nuestro país, son probablemente los que más defraudan al fisco español. He aquí un ejemplo actualizado. Y quiénes mayor número de casos de corrupción han perpetrado contra el patrimonio español, son los que más patriotas (y constitucionalistas) se declaran en el escenario teatral. He ahí también todo un despliegue de significado.

La película “Trumbo”, del director Jay Roach, es sin duda una magnífica película que además de informarnos sobre el ambiente de fanatismo e histeria de aquellos tiempos (histeria calculada y administrada por políticos corruptos y venales), nos devuelve al mundo, encarnada en hechos reales, una historia personal (la de Dalton Trumbo) que nos recuerda mucho a la fábula bíblica de Job.
No conviene pasar por alto tampoco el importante componente antisemita de aquella campaña persecutoria del macartismo, circunstancia que queda también reflejada en la película de Jay Roach. Y es que al fin y al cabo, Hollywood fue creado por judíos.

Además de la película de Jay Roach, hay un documental, “Dalton Trumbo y la lista negra”, basado en algunas de las muchas cartas escritas por el atribulado guionista de Hollywood.

Atribulado pero de una fortaleza de ánimo y un humor a prueba de bomba. Aunque era perseguido sin piedad por esos falsos patriotas impulsores de la caza de brujas, se ríe a conciencia de su situación personal y de sus perseguidores, como puede comprobarse en este documental en el que un elenco de grandes actores y actrices ponen voz a Dalton Trumbo mediante la lectura de sus cartas, llenas de un humanismo en ocasiones hilarante.

Entre los actores lectores de la correspondencia de Trumbo, está Michael Douglas, el hijo de Kirk Douglas. Como saben, Kirk Douglas ha fallecido hace pocos días a la avanzada edad de 103 años, y tuvo mucho que ver con el final de la lista negra de Hollywood al exigir que en los créditos de la película Espartaco, que él protagoniza, apareciera el verdadero guionista: Dalton Trumbo.

Dalton Trumbo también era Espartaco, y también luchaba por la libertad. Hilos que se conectan.

Claro que otro tanto hizo Otto Preminger al colocar en los créditos de su película Éxodo (basada en la novela de Leon Uris) a su auténtico y proscrito guionista: Trumbo.

Sin duda el cine al final dio una respuesta a la altura de aquella vergüenza.

Guardias: caramelo envenenado

centro de salud SESCAM

 

Ya es un tópico lamentar el deterioro de la atención primaria de nuestro servicio de salud, con sus consecuencias en forma de saturación y desbordamiento de los servicios de urgencias. Lo que ya no es tan frecuente es indagar en las causas profundas, de “engranaje”, que están en el origen de ese deterioro.
Desde el año 2008 se incrustó en ese engranaje una “trampa” de la que aún no hemos logrado librarnos, y que ha ido realizando su labor de zapa todos estos años hasta acabar con la atención primaria hecha unos zorros.

Creo que nadie discutirá que la jornada “complementaria” es aquella que se “añade” a la jornada “ordinaria”, lo cual referido a la atención primaria de nuestro servicio de salud significa que la jornada (complementaria) de “guardias” se añade y se suma a la jornada (ordinaria) de “consulta”. O dicho de otro modo: para empezar a hacer guardias, hay que completar como requisito legal previo la jornada (ordinaria) de consulta.
Entre otras cosas porque cumplir esta jornada ordinaria es un imperativo legal que deriva del nombramiento, y además se retribuye en nómina como “tiempo trabajado”. Por eso se retribuye, porque se da por supuesto que se trabaja. Nada más alejado de la realidad.

¿Cuál es entonces la realidad? ¿Donde radica la trampa?
La trampa consiste en lo siguiente:
Debido a un modelo de atención continuada equivocado o mal gestionado, basado en guardias largas y a cargo todavía en gran medida del personal de consulta, se produce una ruptura de todo el marco legal de jornadas y del marco legal de retribuciones, de forma que en el caso del Equipo de atención primaria (personal de consulta) la jornada complementaria de guardias no se “añade” o se suma a la jornada ordinaria de consulta, sino que la sustituye y la merma.

Es decir, en nuestro modelo de atención primaria (Sescam), que se desarrolla fuera del marco legal, cuántas más guardias hace el personal de consulta, más jornada ordinaria de consulta incumple. Lo cual, además de ilegal es una auténtica barbaridad, porque se computa como tiempo trabajado de consulta, un tiempo que no ha sido trabajado en absoluto. No solo se computa como trabajado sino que se retribuye como trabajado.
Todo el mundo entiende fácilmente que un mecanismo así se convierte rápidamente en círculo vicioso, pues cuanta más jornada legal de consulta se incumple, más se cobra. A menos trabajo de consulta (que recordemos es la jornada natural y ordinaria de este personal) más dinero se gana.

Todo esto les parecerá absurdo e increíble, y efectivamente así es.

¿Cuáles son las dimensiones de este fiasco?
Según algunos cálculos, en una sola gerencia de atención primaria y en un solo semestre se retribuyen como trabajadas (sin trabajarse) 65.000 horas de consulta. No es moco de pavo, y explica la lista de espera que arrastran algunas consultas: una semana o incluso dos.

Podría pensarse que algunos gestores responsables y que creen en el servicio público atacarían este problema (¿fraude?) de raíz, vistas las consecuencias y la naturaleza de los hechos. Y así ha sido, pero no en nuestra comunidad autónoma.
En el SESCAM, muy al contrario, la irregularidad y la irresponsabilidad se promueve y se alimenta, poniendo escasos límites a este chollo, por no decir ninguno.

Tampoco los sindicatos dan muestras de responsabilidad en este tema, sino que incluso algunos intentan hacer más apetecible la trampa, el chollo, sin que importe para nada el deterioro del servicio público. Y así alguno de estos sindicatos mantienen actualmente una campaña para promover y aumentar el atractivo de hacer guardias (cotización, jubilación, etc.) ya que (así es como lo argumentan): las guardias “son adicionales a la jornada ordinaria aunque obligatorias”.

Esto será cierto en aquellos servicios que respetan la legalidad vigente, pero no en el nuestro. Es decir, será cierto en aquello servicios que cumplan el imperativo legal de completar la jornada ordinaria de consulta antes de acceder a la jornada complementaria de guardias, y en los que la jornada complementaria viene efectivamente a “añadirse” y a sumarse a una jornada ordinaria efectivamente cumplida.

En nuestro servicio, por su modo de gestión, ocurre justo lo contrario: la jornada complementaria (de guardias) viene a sustituir y a mermar la jornada ordinaria de consulta. De ahí las listas de espera. De ahí el deterioro. Además esta “trampa” resta oportunidades de trabajo a otros profesionales demandantes de empleo. Esa es la consecuencia esperable de que una jornada incumplida se camufla como cumplida.

La solución solo puede venir del hecho de que el EAP complete su jornada legal de consulta, abriendo su consulta todos los días laborables, y de la coordinación con un personal autónomo de atención continuada para cubrir todos los tramos horarios. Si unos cumplen su jornada, como es de ley, los demás también. Lo que no es de recibo es saltarse tramos de jornada para llegar más pronto a mejores retribuciones. Demasiada avidez. Aún reconociendo que el personal asistencial en nuestro país está muy mal pagado respecto al estándar europeo. Pero ese es otro tema.

 

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