Archivos Mensuales: septiembre 2019

MILITANCIA SOCIALISTA: COMO GATO ESCALDADO

Pedro Sanchez y Albert Rivera

Page y Rivera

La militancia del PSOE, que en la misma noche electoral, oliéndose la tostada, se adelantó a su líder y gritó enfáticamente “Con Rivera no” (toda una declaración de intenciones “preliminar” contra el neoliberalismo rampante), era una militancia escaldada que venía de años, si no décadas, de pasarlas canutas y vergüenza a raudales.

Entre otras cosas por la corrupción impúdica y amplia de su partido, que en alternancia fácil con el PP y otros amiguetes nacionalistas, venían repartiéndose sin ningún control, más bien aforados y a resguardo de todo (ellos se lo guisan y ellos se lo comen) el botín del saqueo de lo público.

El régimen bipartidista, que tanto daño ha hecho a nuestra democracia (el mismo régimen que pretenden entronizar de nuevo), facilitó todas esas operaciones más propias de la delincuencia común o de la mafia que de partidos serios y “constitucionalistas”, como algunos de ellos se proclaman hipócritamente.

Esa militancia venía también de contemplar estupefacta acciones incomprensibles desde una perspectiva progresista. Fue el PSOE y no otro el que con el fiel apoyo del PP, al que también interesaba ese nicho de negocio, sentó en nuestro país las bases legislativas para la privatización de la sanidad. Y también el padre de una de esas reformas laborales feroces inspiradas por el neoliberalismo radical, que han hecho de la precariedad laboral parte sobresaliente de la “marca España”, y motivo de exilio de muchos jóvenes españoles. Hoy en día el PSOE protagoniza una actitud de indiferencia y ausencia de respuesta justa ante el fraude de Ley del que han sido víctimas cientos de miles de interinos de los servicios públicos, contribuyendo de ese modo y por otros medios al deterioro de lo público.

Venía también de comerse con patatas el marrón de los GAL, terrorismo de Estado que allí donde existe y se le hace hueco o se le da excusa, acaba con la democracia hecha unos zorros. Luego es más fácil tener unas “cloacas del Estado” perfectamente asentadas, que al margen de la ley, la decencia, y las reglas democráticas, fabrican mentiras contra los adversarios políticos, o ponen en marcha otras operaciones de tinte mafioso, siempre al servicio de ese bipartidismo que ha confundido el poder con un cortijo heredado de sus ancestros.

Venía de contemplar atónita como entre los principales usuarios de las “puertas giratorias” de la corrupción triunfante se encontraban algunos de sus más señalados gerifaltes “socialistas”, incluso históricos y padres de la patria.
Venía de constatar cómo su partido, antaño progresista, demócrata y republicano, es hoy uno de los principales valedores y defensores de una monarquía corrupta, impune ante la ley, cuyos delitos no se pueden investigar. Esto nos recuerda el estado de cosas de Arabia Saudí. Menudo ejemplo a imitar.

Venía de constatar que, legislatura tras legislatura, su partido hacia el trabajo sucio a la derecha radical, y esta se limitaba a decir amén y dar las gracias por tan eficaz como despiadado servicio.
Pero venía también de derrocar –en un amago de resistencia- a la vieja guardia neoliberal del PSOE, de Felipe González y secuaces, tras el golpe interno protagonizado por esa facción. Es decir, venía como gato escaldado, de encajar con silencio militante (un error) una traición tras otra, acabando como epílogo coherente de esa deriva involucionista con la reforma del artículo 135 de nuestra Constitución, hecha por Zapatero “el progre” a espaldas de los españoles y que “constitucionaliza” la ideología neoliberal y sus métodos, es decir aquella que propiciaron progresistas tan señalados como Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Reforma que fue perpetrada, todo sea dicho, con nocturnidad y alevosía y que determinó (y aún determina) que los paganos de la estafa neoliberal sean sus víctimas y los beneficiarios sus autores.

Lo último que ha tenido que encajar la militancia del PSOE, tras ese amago frustrado de regeneración, es que al día siguiente de pedir a su líder que “Con Rivera NO”, Sánchez, imitando en esto a sus barones regionales de la barra neoliberal, se desviviera por llegar a un acuerdo con el líder naranja para suscribir los deseos, casi órdenes, de la CEOE.

Una de las primeras órdenes que recibió y acató fue vetar al líder legítimo de PODEMOS, bloqueando así deliberadamente cualquier posibilidad de acuerdo para un gobierno progresista.

Tal y como se pregunta Josep Ramoneda en un artículo reciente (El País, 21-SEP-2019): “¿Ganar una decena de escaños da derecho a obligar a la gente a volver a votar y poner en riesgo el futuro de la izquierda en este país?”.

Aún compartiendo la preocupación de Ramoneda, si nos atenemos a la deriva involucionista y desnaturalizada del PSOE en los últimos lustros, nada de esto debe sorprendernos. Recordemos que el “aliado naranja” (preferente para el PSOE de Sánchez) es a su vez aliado de VOX (preferente para Albert Rivera). Es decir, por ese lado progresismo puro y voto “útil” donde los haya.

Si esto ocurre con la militancia de base, más atada por sus servidumbres y canales de adoctrinamiento (véase la reciente carta de Sánchez a la militancia para un lavado de cerebro general de los más próximos: familia y amigos), que diremos de aquellos otros, más libres, que llevados de un deseo de “concentrar” el voto progresista y hacerlo “útil” se han tapado las narices (y los ojos) ante este panorama desolador. Diremos que esto nunca funciona. Hay concentraciones y mezclas que no cuajan, y quién se acuesta con la corrupción ya sabe como se despierta.

¿Habrán comprobado ya que lo barato sale caro, que lo que se proclama “útil” resulta inútil, y que de la corrupción no se puede esperar juego limpio ni el cumplimiento de las promesas electorales?

Hemos sido y somos campeones del paro (comprendamos de una vez que un paro crónico facilita la exploración laboral). Somos por tanto también campeones de la precariedad laboral, y ejemplo ante el mundo de docilidad y sumisión ante las medidas más radicales del extremismo neoliberal, que han impuesto en nuestro país un cambio de paradigma: la revolución reaccionaria ha sentado sus reales entre nosotros.

Aún así, todo eso puede cambiar.

Digamos algo en cuanto al adoctrinamiento: hoy en día el poder del Gran Hermano es inmenso y todos conocemos ya la sofisticación, las proezas y alcance de los algoritmos que nos manipulan o lo pretenden. A pesar de ello debemos pensar –optimistas- que el ser humano sigue siendo un ser esencialmente libre. Esa libertad de juicio requiere sin embargo un esfuerzo. Gracias a Dios (o a los demócratas) aún gozamos de prensa libre.
El desastre actual ha provocado todo un despliegue de análisis y ensayos que han descrito con rigor y acierto sus orígenes, procesos, y responsables. Son estudios serios hechos por autores de prestigio y están a nuestro alcance. No hay más que ponerse a ello.
De esos estudios se desprende que en este proceso involutivo, en esta revolución reaccionaria hacia atrás (como el cangrejo), han jugado un papel protagonista los partidos “socialistas” (así llamados) de la tercera vía. Fue una operación de camuflaje para el acoso y derribo de los principios clásicos de la socialdemocracia, que son los que inspiran y soportan nuestro Estado del bienestar y el “estilo de vida europeo”, es decir, nuestro Estado moderno. También es cierto que la mayoría de esos partidos supuestamente “socialistas”, efectivamente neoliberales, ha acabado, en justo pago y tras pasar por las urnas, en la papelera de reciclaje (al menos en el resto de Europa) esperando a que alguien los saque de allí y los recicle. Va para largo.

Se pensó, quizás precipitadamente, que Pedro Sánchez había aprendido de esa lección y era en nuestro país el llamado a realizar ese reciclaje y recuperar un partido que sin rubor ni cinismo pudiese llamarse “socialista”, o mínimamente “progresista”.
Resultó ser que no.

Enseguida traicionó sus promesas más publicitadas de cara al voto “útil” (reforma laboral, etc.) y ya con el voto “útil” en la faltriquera, se puso a las órdenes de los poderes fácticos, que son los que con dinero corrupto financian a los partidos febles que colaboran bien pagados con la plutocracia.

La alternativa ante estado de cosas, a todas luces deprimente, no es deprimirse y abstenerse de votar. La alternativa es informarse antes de votar, y también aprender de la experiencia.

Ensayo y error, es decir, ser la base racional de toda democracia.

 

A BUENAS HORAS MANGAS VERDES

 

“Algo va mal”, que diría Tony Judt. Todo lo que parecía sólido se está derrumbando, nos advierte Muñoz Molina. “Estos años bárbaros” sólo conducen a la barbarie, opina Joaquín Estefanía. La palabra de moda es “colapso”. Y lo más preocupante: los bárbaros que propician ese colapso somos nosotros.

Comienza a ser frecuente toda una literatura sobre el colapso que se avecina, y las reflexiones sobre el desconcierto general se postulan ya como una nueva rama de la filosofía, quizás la más importante y sin duda la más urgente.

Nos pilla mal porque el apocalipsis tiene mala prensa, como si fuera cine barato de serie B, de ínfima calidad y poco creíble, además de repetitivo, pudiendo encuadrarse despreciativamente y desde una perspectiva “olímpica” en el género “paranoide”.

Sin embargo los nuevos autores son gente preparada, académicos de prestigio, premios nobel, científicos de primer nivel, y el panorama que nos presentan –poco halagüeño- no parece ya una ficción gratuita inspirada por una mala digestión o un fracaso amoroso, sino que se apoya en datos contrastados y estudios serios. Esto lo cambia todo.

Como consecuencia, las dudas y el estupor sobre nuestro presente y nuestro futuro se extienden como una mancha de aceite que asfixia el horizonte; los problemas se empujan y retroalimentan unos a otros, y si hemos de dar crédito a pesimistas bien informados, como James Lovelock (el autor de “Gaia” y “La venganza de la Tierra”), tendremos que asumir que el mecanismo del desastre puesto en marcha es ya irreversible, y que hemos entrado en la fase desagradable y poco digna del sálvese quien pueda.

Las soluciones ordinarias, las soluciones locales, las soluciones de costumbre ante este naufragio general, ante este nuevo desorden mundial, fuera de control, son ya inútiles.

De la misma forma que las tormentas de polvo del Sahara llegan cada vez con más insistencia e intensidad a nuestras latitudes, debido al desorden climático, rebasando cualquier frontera, así las riadas de seres humanos desesperados, comienzan a ser una constante de nuestro tiempo y síntoma principal de la crisis global.

Y todo ha ocurrido muy deprisa, como si la burbuja que nos nublaba la vista nos hubiese reventado en la cara. Estábamos entretenidos -ciegos, sordos y mudos- ante la pantalla del Gran Hermano. De ahí la sorpresa, de ahí la incertidumbre, de ahí el desconcierto.

Ahora el camino se ha llenado de Pablos derribados del caballo. Cuando no se han tirado de él en marcha, viendo que galopaba veloz y sin freno hacia el precipicio.

Solo a unos botarates, con bastante parte de fanáticos, se les podía ocurrir que la economía podía desplegarse sin regulación alguna, sin límites ni frenos, “sin complejos” y al margen de las consecuencias sobre el planeta y las vidas que lo habitan.

Todo parece indicar que esta nueva crisis, diferente a las anteriores y que coincide con una “sexta extinción” ya en marcha, es de origen antropogénico, y por tanto tiene una relación directa con el modelo económico y social por el que hemos optado, guiados además por un dogma poco meditado, cuyo principal motor es el “egoísmo”, aspirando incluso a su “globalización”. No tenemos abuela.

En este tipo de iluminación repentina sobre el desastre provocado, iluminación a destiempo, con su toque de farsa y oportunismo, habría que situar las reflexiones recientes de Felipe González, según aparecen en una sorprendente entrevista de “El País”: El capitalismo triunfante está destruyéndose a si mismo”.
La habilidad de este político para caer siempre de pie, situándose al margen de los fracasos propios y a la cabeza de los éxitos ajenos, falseando si fuera necesario para ello los hechos, es inaudita. Tanto él como el sector del PSOE que inspira, son incapaces de autocrítica.
González fue colaborador necesario y entusiasta del modelo capitalista que ahora critica, y respecto a la revolución reaccionaria que impulsaron y pilotaron Ronald Reagan y Margaret Thatcher, la actitud de nuestro “socialista” no fue la de impotente y simple seguidismo, sino la de convencido acólito, bien recompensado -como tantos de sus corifeos- por algunos de esos mecanismos giratorios de pago de favores que caracterizaron y aún caracterizan a esa “revolución” hacia atrás.

Esa supuesta revolución “liberal”, con su postizo anexo de la “tercera vía”, además de no considerar el planeta y su equilibrio ni siquiera como variable de la ecuación, ha permitido y alentado en última instancia el secuestro del poder político por los dueños del dinero, determinando la actual decadencia de las instituciones libres y democráticas. El “mercado” es nuestro “Gran Hermano”, y sus apóstoles son los “Padres de la patria”.

Es muy fácil ahora colgar el muerto a Trump, como hace González en esa entrevista, pero Trump es el digno heredero de Reagan, de Thatcher, y de los “socialistas” postizos de la tercera vía.

Sobresale y sorprende en esa entrevista la queja sobre la falta de reglas, sobre la ausencia de normas, también dentro de Europa, pero es que el dogma principal del neoliberalismo, tan grato a González (que ahora se queja), es ese: la ausencia de normas, la falta de escrúpulos, la selva como objetivo y paradigma, y la recompensa infame de la trampa. A la estafa la hemos embellecido llamándola crisis, para no desacreditar el catecismo neoliberal.

En cuanto a las tensiones centrífugas del desorden, con sus Brexit y demás huidas, González, el experimentado político ¿esperaba que un modelo cuyo paradigma es la selva, que promueve la desigualdad extrema, y transfiere la riqueza económica desde los más pobres y la clase media a los superricos, era coherente, estable?

Sin duda la crisis del 2008 se resolvió mal, como dice González, pero quien reformó el artículo 135 de la Constitución sin pedir permiso a los españoles fue su partido. Y quién rescató a los autores de la estafa dejando en la estacada a sus víctimas, fue también su partido “socialista”, el cual también puede presumir de que perpetuó el engranaje de la estafa sin ningún amago de autocrítica. Y todo ello en perfecto tándem con el PP, uno de los partidos más corruptos de Europa.

Si de privatizaciones y oligopolios subsiguientes se trata, con su abuso en la facturación y promoción del maltrato laboral, González se arriesga a mentar la soga en casa del ahorcado. No le importa. Y es que la precariedad laboral y el abuso tomó especial impulso durante sus gobiernos, a rebufo de la revolución reaccionaria de los ochenta, con la que siempre comulgó y dijo amén.

Claro que sabemos lo que pasa ¿Por qué no se reacciona? pregunta retóricamente González (pregunta retórica porque conoce de primera mano la respuesta). No se reacciona porque el poder político se ha vendido al poder del dinero; porque nuestros “representantes” frecuentan las puertas giratorias y traicionan el mandato democrático; porque se ha dado un golpe mortal a la democracia.

Antes de las elecciones los políticos dicen una cosa, al día siguiente se ponen a las órdenes de sus amos: los dueños del dinero.

¿Recuerdan lo que prometía en un pasado no tan remoto Pedro Sánchez sobre la reforma laboral? ¿Y recuerdan quienes son los fautores de las reformas laborales (sendas) en nuestro país, cuyo principio guía es el maltrato y la precariedad laboral?

Como ustedes saben, para los neoliberales (el “capitalismo triunfante”) el problema es el Estado. Sin embargo ahora el Estado resulta ser –y de ello nos informa González- “un espacio público compartido que se llama España”. ¿Pero se puede compartir un espacio público llamado España desde la desigualdad extrema y el ataque a lo “público”? Parece que no. De esas incoherencias, de esas imposturas, procede el fracaso actual.

Aún hoy, con lo que ha llovido y todo un desierto por delante que atravesar, los apóstoles de ese modelo fracasado (entre ellos González) nos quieren vender una vez más su principal instrumento: la “gran coalición”, esa inefable alianza entre los políticos corruptos y el dinero desregulado.

Y ya saben cual es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

 

Incertidumbre

Grecia y pobreza

 

Nos han inculcado -despacio pero profundo- que si respiramos, como hacían antes los animales sanos, o si alzamos la mano para preguntar, como hacían antaño los griegos clásicos -que no paraban de hacer preguntas al mundo-, se puede generar incertidumbre en los mercados.

Convencidos estamos, a fuerza de adoctrinamiento, que los mercados son entes de salud delicada y enfermizos para cuya comodidad no debemos escatimar esfuerzos y en los que cualquier amago de duda (punto de arranque de todo pensamiento libre) puede desencadenar un constipado.

Y en ese sentido, lo que más los perjudica (más que una corriente de aire) es que el personal se permita dudar, pensar, o imaginar más de una alternativa, que no sea la que se contempla y se permite con la venia de los amos. Es decir, que se plantee como hipótesis no desmesurada, ser libre y pensar distinto.

Los mercados necesitan de certidumbres, como los pueblos de religión y los rebaños de guías.

Más de la mitad de los españoles no entienden la factura de la luz, pero si expresan abiertamente sus dudas, al mercado se le puede relajar algún esfínter. Mejor no lo hagan. O si lo hacen, diríjanse al ex ministro Soria cuando vuelva de Panamá.

¡Ah! ¡Que ya ha vuelto!

Y tan ricamente.

Y así el mundo, que siempre estuvo gobernado por religiones y cabritos, hoy está gobernado por mercados, que unen en un solo ente los dos conceptos: el teológico y el ganadero.

De lo que se trata es de ordeñar.

En el fondo los mercados no son tan delicados, presentan una inmunidad selectiva. Hay agentes tóxicos que no les afectan.

Por ejemplo, la querencia de nuestro país por votar a políticos corruptos, sean estos del PP o del PSOE es lo de menos, el requisito imprescindible es que sean corruptos y poco de fiar (en realidad se van alternando amigablemente en el reparto de dividendos), no afecta a los mercados, o incluso les favorece.

Que no haya médicos ni enfermeros en las residencias de ancianos, tampoco les causa mayor disgusto ni les tuerce el gesto. Que no haya personal de guardia suficiente en los centros de salud tampoco les amarga el día. Si los médicos de cabecera arrastran una lista de espera de dos semanas, ellos -los mercados- lo perciben como un balón de oxígeno, experimentan un subidón, e interpretan que el futuro de ese mercado es suyo.

Que el futuro sea suyo no significa que sea de los demás, es decir, de las personas corrientes, de carne y hueso. No cabe confundirse en esto, aún hay clases.

El abuso de la temporalidad laboral -en España somos expertos y campeones en esta materia- le engrasa las bielas a los mercados. Recuerden a Charlot en sus “Tiempos modernos”, lubricante va, lubricante viene. Ni los sindicatos ponen pegas a este abuso. Su política “social” es: a los interinos estafados que les den.

Que haya muchos parados y gente desesperada por encontrar trabajo, es algo que regocija a los mercados, si es que no lo promueven con la colaboración “social” correspondiente. Esto tiene muchas ventajas: reduce los costes laborales y las ganas de defender derechos.

Esto último, defender derechos, los mercados y sus “capataces” (también los hay en la administración pública y la representación sindical más “enrollada”) lo consideran una idea extravagante, anticuada, poco posmoderna, que no está a la altura de los tiempos.
Date con un canto en los dientes y “confórmate” si alcanzas el estatus de trabajador pobre sin derecho a jubilación ni a caerte muerto en horario laboral.
¿Para qué los derechos? Con lo que estorban.

Últimamente, y a pesar de la incertidumbre, a los mercados se les ve sueltos, sin complejos, desregulados. Han vislumbrado una gran verdad: no tienen a nadie enfrente.
Los políticos que gobiernan los tienen en nómina y acatan sus órdenes; el personal explotable abunda y es dócil; los sindicatos –la mayoría- son de adorno; las facilidades para delinquir y robar nunca fueron tan grandes ¿Entonces? ¿Por qué la incertidumbre? ¿Por qué el miedo?

En realidad los mercados se asustan de sí mismos. Temen -y con razón- que se han pasado de frenada, que se han pasado de listos, que se han equivocado de catecismo. Que incluso la mayor infamia, la alianza del poder político y el dinero, tiene los días contados, porque solo produce catástrofes. Esa es la única certidumbre. Todo tiene un límite, y el planeta también.

Fíjense en Argentina, cobaya de experimentos neoliberales, que va de corralito en corralito. Fíjense en Grecia, vapuleada entre el neoliberalismo y la corrupción. Fíjense en España, tres cuartas partes de lo mismo.

Hoy leo en “El País” confesar a un economista (José Luis Escrivá): “La soberbia de los economistas limita su eficacia”, titula, y luego se explica: “Nuestra arrogancia nos dificulta tener una buena percepción de los límites de la disciplina que desarrollamos, romper con inercias metodológicas, y asumir paradigmas más abiertos”.

Lo verdad es que no creo mucho en esta “ceguera”, más bien lo que parece que ha habido es una deliberada colaboración en la catástrofe. El pensamiento único era además de poco digno, contraproducente.

En resumen y como diría Joaquín Estefanía: “Estos años bárbaros”.
Bárbaros, radicales, y extremistas, aunque eso sí… de centro.

En el futuro contemplaremos aquella época del pasado en que los trabajadores y ciudadanos supieron conquistar y defender sus derechos como algo excepcional, improbable, irrepetible, casi un milagro.
En la dictadura tecnócrata del mercado que se avecina, aquellos tiempos viejos nos parecerán nuevos.

 

 

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