Archivos Mensuales: agosto 2018

Reflexiones “primarias”

Cartel centro

 

Pensar se parece a un acto pictórico mediante el cual unimos puntos sueltos para trazar un dibujo coherente dentro de una trama difusa.

Cuando los antiguos trazaban estas líneas de unión imaginarias entre las estrellas para ver deliberadamente constelaciones en el cielo, estaban guiados por un pensamiento mítico. Pero si de las estrellas distantes y las figuras mitológicas (fantasmagóricas) pasamos a los hechos reales que palpamos, y entre ellos encontramos relaciones lógicas y necesarias, o vislumbramos una estructura consistente de causas y efectos, estamos pensando con un pensamiento que ya no es mítico sino racional.

Quizás lo más sencillo y al mismo tiempo lo más complicado (si nos entorpecen los prejuicios) es encontrar esos vínculos necesarios entre hechos que aunque nítidos y evidentes en sí mismos, parecen tener poca o ninguna relación. En este sentido es sencillo y al mismo tiempo complicado establecer una relación lógica y necesaria entre la desregulación económica que propugnó determinada ideología radical y la crisis social, política, y económica que arrastramos, crisis multiforme a la que cabe añadir la crisis de valores, que quizás sea la consecuencia más nociva e invalidante de todo lo anterior.

Es sencillo percatarse de lo que ha ocurrido si atendemos a los hechos, pero complicado si nos entorpecen los prejuicios (o los intereses) que nos impiden ver la realidad manifestada, en este caso, de manera tan contundente. No menos contundentemente se presenta esa trama de causas y efectos en otros casos de ceguera deliberada.

Intentémoslo con un problema distinto y de ámbito más reducido, como es la actual decadencia de la atención primaria de nuestra sanidad, base de todo el sistema sanitario. Quiero invitar, por decirlo así, a unas reflexiones “primarias” sobre nuestra atención “primaria”, libre de prejuicios e intereses espurios.

Procede enumerar primero una serie de hechos que considero contrastables, y luego intentar establecer entre ellos una relación lógica que nos permita extraer de ese razonamiento una acción eficaz.

HECHOS:

1. Proliferan los estudios que demuestran un efecto tóxico y a la larga letal de las guardias prolongadas (17 o 24 horas) sobre la salud del personal sanitario. Deberían estar prohibidas por imperativos de higiene en toda sociedad civilizada que considere importante la salud laboral, y como hablamos de profesionales sanitarios, deberían prohibirse allí donde se considere que la asistencia sanitaria no puede ni debe ser prestada por profesionales agotados. Como caso monstruoso de este paradigma insalubre de nuestros servicios de salud cabe decir que en el SESCAM de CASTILLA-LA MANCHA hay profesionales sanitarios de atención primaria (mayormente PEAC) que hacen 65 horas seguidas de guardia, obligados –todo hay que decirlo- por el chantaje que determina su régimen de explotación.

2. El Estatuto Marco del personal estatutario de los servicios de salud (Ley 55/2003) dice que tiempo de trabajo es el tiempo que se trabaja, y tiempo de descanso es el tiempo que se descansa (perogrullada). La “libranza” (por ejemplo, posguardia) es otra cosa y no coincide con el concepto estatutario de “descanso”. En esta línea, la jurisprudencia firme del Tribunal Supremo establece nítidamente que “el descanso postguardia no exime del cumplimiento de la jornada legal“, es decir, que gestionarlo como “libranza” en vez de cómo “descanso” es ilegal y un fraude (de dinero, de jornada, de asistencia debida….).

3. Hay servicios de salud (por ejemplo el SESCAM) que en el ámbito de su atención primaria incumplen los preceptos estatutarios antes dichos y la jurisprudencia señalada (Tribunal Supremo recurso 4848/2000), al optar por un modelo de guardias largas y gestionar el “descanso” posguardia como “libranza”. En pura coherencia jurídica cabe decir que se sitúa por ello en el ámbito del fraude.

4. Los servicios de salud que en su atención primaria optan por un modelo de guardias largas (con total desprecio de la salud de sus profesionales) y gestionan el descanso postguardia como libranza (fraudulentamente), favorecen un modelo viciado que podemos calificar de “peonadas” mediante el cual el médico de cabecera acumula guardias (y retribuciones) al objeto de incumplir consultas (igualmente abonadas a pesar de su incumplimiento). Se trata de un modelo viciado ejemplo perfecto de “círculo vicioso”. Propio es de este modelo viciado generar listas de espera y saturar los servicios de urgencias con asistencia que no les corresponde.

5. En otros tiempos más sensatos, los servicios de urgencias eran el ámbito de la “expectativa” de la asistencia urgente, lo cual favorecía la “disponibilidad” de los profesionales para que esa asistencia pudiera prestarse con celeridad y urgencia. Ahora son el ámbito de la consulta a destajo. Concretamente de aquella consulta que no se pasa en su lugar natural: la consulta del médico de cabecera. Como reflejo especular de este despropósito, el ámbito de la consulta programada (de cabecera) se ha convertido en el ámbito de la “cita que falla”. Proliferan los informes de los profesionales de primaria sorprendidos por el ingente número de pacientes que no acuden a la cita. Y no acuden porque ya se pasaron antes por un servicio de urgencias, que es hacia dónde ha basculado el peso de la atención primaria. Cada vez son más los tiempos muertos que así se producen en la consulta programada. Así que el fallo de la “cita” es doble y bidireccional: le falla al paciente cuando le dan una cita inasumible (7 días, 10 días, 2 semanas), y le falla al profesional que observa que el paciente no acude. De hecho se constata frecuentemente que muchos pacientes, frecuentadores y habituales de los servicios de urgencias, no saben quien es su médico de cabecera. En cuanto a las consultas a destajo de 17 o 24 horas que se pasan en los servicios de urgencias, decir que si una consulta de 7 horas (la del médico de cabecera) cansa, una consulta de 17 o 24 horas mata. También bidireccionalmente.

Los sacerdotes del dogma (el dogma de las guardias largas y la libranza consiguiente a que obliga el hecho de que las guardias sean largas e insalubres, pescadilla que se muerde la cola o círculo vicioso que anula toda virtud y eficacia del servicio) prefieren no mirar para no ver los vicios del modelo. Entre otras cosas porque esa “libranza” posguardia, innecesaria en un modelo de guardias más cortas y saludables (que es el que implementan otros servicios), conlleva el privilegio de un “segundo mes de vacaciones”, caso único dentro de las profesiones sanitarias. Claro que ese segundo mes de vacaciones (sumen “libranzas” posguardia) se obtiene a expensas del incumplimiento de la jornada legal (presupuestada y abonada) de consulta. Un caso claro de ceguera deliberada, alimentada por intereses espurios, es decir, un modelo de “peonadas”. Es preferible no mirar para no ver.

No ver, por ejemplo, el ingente número de consultas cerradas cada mes por este motivo (65.000 horas de consulta en un solo semestre y en una sola gerencia de atención primara, abonadas sin trabajarse); las listas de espera escandalosas e inasumibles del médico de cabecera que por este medio se producen; el desvío de la función natural de la medicina de familia a los servicios de urgencias, saturados irregularmente por esta cadena de irregularidades (para que unos tengan dos meses de vacaciones otros tienen que estar saturados); la ruptura de la continuidad asistencial que define la atención primaria, y en resumen el desastre que como era de esperar un modelo viciado (yo digo ilegal) ha de provocar fatalmente en el ámbito más importante de nuestra sanidad: la medicina de familia.

Todo esto podría evitarse con un modelo diferente de guardias, más cortas y saludables, que volviera innecesaria la falsa “libranza” posguardia (no es una “libranza”, es un “descanso”), lo cual conduciría a su vez a la apertura de las consultas del médico de cabecera (respetando el descanso de 12 horas entre jornadas) todos los días laborables, en cumplimiento de la jornada legal pactada, presupuestada, y abonada (lo contrario es un fraude mediante un mecanismo de desvío y distracción), y ello a su vez reduciría las listas de espera del médico de cabecera y consecuentemente la saturación de los servicios de urgencias, que deben estar en disponibilidad de asistir “verdaderas” urgencias, en vez de quedar abocados a pasarle la consulta al médico de cabecera y bloqueados para su auténtica función.

Pensemos por tanto que este vicio de origen repercute en los siguientes niveles asistenciales y deteriora todo el sistema sanitario. Con raíces maltrechas la planta no puede estar lozana, y de hecho vamos de mal en peor, cosa que reconocen casi todos los profesionales.

Las virtudes del modelo alternativo que cabe proponer al modelo viciado y fraudulento consisten en:

1. Guardias más cortas y saludables que, respetando el descanso de 12 horas entre jornadas, son compatibles con el cumplimiento (obligado) de la jornada ordinaria y legal de consulta. La salud del sanitario es importante, no solo para él sino también para el paciente.

2. Cumplimiento de la jornada legal, presupuestada y retribuida, por todos los profesionales, en igualdad de condiciones y sin privilegios especiales. La ley obliga a todos y solo debe retribuirse el trabajo realizado efectivamente. El modelo de peonadas es un fraude.
He de decir que los compañeros favorecidos por ese “segundo mes de vacaciones” que suman las repetidas “libranzas” (el modelo lo deciden otros, creo) resultan a su vez perjudicados por un estado caótico de la atención primaria que a nadie conviene, ni a los pacientes ni a los profesionales.

3. El cumplimiento efectivo de la jornada ordinaria y legal de consulta conduce (al evitar el vicio de las peonadas) a una reducción de las listas de espera, pues las consultas estarán abiertas por su titular en los días laborables que señala el calendario oficial.

4. Ello a su vez reduce la saturación de los servicios de urgencias, cuya misión no es pasar una consulta a destajo de 24 horas (o 65), permitiendo su disponibilidad efectiva para asistir urgencias. Padecemos por tanto una atención primaria distorsionada, anómala, casi podríamos decir malograda, donde es más probable que un “pie de atleta” (dermatofitosis del pie) se presente a las cuatro de la madrugada en un servicio de urgencias que, con la cita programada, en su médico de cabecera. Casos así vemos todos los días.

A lo mejor no hay que inventar lo que ya está inventado (y reflejado en el Estatuto Marco): turnos que no excedan las 12 horas (salvo catástrofe imprevista) y descanso de 12 horas entre jornadas. De hecho este modelo y otros modelos alternativos, es el que aplican algunos servicios para evitar todo ese cúmulo de disparates.

Quiero acabar este análisis recordando al compañero médico agredido en fechas recientes en el ejercicio de su labor asistencial (un servicio de urgencias saturado de atención primaria / PAC), que lamentablemente sigue grave, y pedir todo el apoyo posible del SESCAM y de la Junta de Comunidades de CASTILLA-LA MANCHA para él y su familia en su desgraciada circunstancia.

 

La calma

Que la calma sea isleña o continental, acaso peninsular, rodeada de sosiego por todas partes menos por una, o solo una quimera (y esto es lo más probable), no está del todo averiguado.

En un poético librito Santiago Rusiñol la hizo isleña y concretamente de Mallorca, “La isla de la calma”.
El libro en cuestión, lleno de buen humor, está inspirado en la estancia placentera de Rusiñol en esa isla, y es el agradecido elogio de dos cosas: el elogio de la calma y el elogio de la isla, unidas ambas en natural simbiosis bendecida por el sol y el mar azul: el Mare Nostrum.

Dicho elogio está escrito con la ternura que inspira el amor y poesía. Poesía de pintor y poesía de poeta, que quizás sean una sola y misma poesía, porque el poeta es aquel ser mutante que por azar de las estrellas ve siempre el mundo con ojos nuevos y asombrados, es decir, con ojos de niño. Y del pintor podríamos decir otro tanto.

Dicen los que de ello entienden que la vida es un desequilibrio, una rareza, y que huye a contracorriente del equilibrio “químico” de la muerte, y en un plano más general, de la entropía final del ser, en la que el tiempo cosmológico se detendrá por ausencia de movimiento, de deseo, o de angustia.
Para que el tiempo discurra y viva se necesita desequilibrio, carencia, y deseo.

Pero de lo que hablan estos sabios cosmológicos es de moléculas, cristales, y leyes termodinámicas, es decir del equilibrio molecular de la muerte como destino final del Todo, y aquí hablamos de la calma, que es un  equilibrio “anímico” intermedio que se siente vivo y palpitante, con vida concentrada y no dispersa, pleno de una esperanza que no espera sino que es.

La serenidad -que es otra forma de nombrar la calma- ha sido siempre aspiración de filosofías muy vitales, alumbradas bajo un sol jovial y alegre, el sol que hace crecer el trigo, la vid, y el olivo.
El mismo sol que alumbró a Baco alumbró a Epicuro y su jardín.

Y quizás todo ello tenga que ver con el ocio como eje de una vida grata que merezca la pena, y en la que cuanta menos pena mejor.
Aún así, que esta calma que diríamos cenestésica y vital, expectante y contemplativa, sea un bien o un mal, un lujo o una carencia, mantiene desde tiempos inmemoriales un debate inconcluso cuyo resultado no arrojará nunca verdades universales, vencedores o vencidos, porque cada uno es como es y además están las “circunstancias”.
Hacer o no hacer, esa es la cuestión, y Bartleby, el escribiente de Melville, lo tenía claro: prefería no hacerlo.

Parece razonable que dada esta variedad natural de caracteres que ofrece la especie humana, en libre combinatoria con las circunstancias que a cada uno le tocan, en los periodos de ocio oficial y administrativo unos fueran buscando agitación y otros calma, unos  moverse mucho y otros poco, estos gastar toda la energía posible hasta quedarse sin saldo, y aquellos moverse lo menos posible y ahorrar recuperando plácidamente la energía gastada.

Los primeros parecen querer imprimir a su periodo de ocio el mismo ritmo febril y acelerado del trabajo, sin lograr desprenderse de ese marco mental que impone rendimiento y eficiencia.
Los segundos quieren romper el ritmo, desconectar el reloj y la mente, parar y no hacer, o solo hacer lo que marque el impulso espontáneo de la gana. Sin proyecto y sin programa, sin contratos firmados ni reservas anticipadas, reacios a cualquier tipo de compraventa de ocio, se abandonan a lo que surja. Y si no surge no pasa nada, y si surge, tendrá más de ocio gozado con calma que de reto superado con esfuerzo o de trofeo conquistado a expensas del sosiego.

Se me dirá que esto último es propio de “contemplativos”, o lo que es peor, de “vagos” y “místicos quietistas” (seguidores de Miguel de Molinos), y no lo negaré porque de hecho el que esto escribe es las tres cosas, contemplativo, vago, y quietista, por instinto y libre albedrío inspirado por la razón.

Pero lo que quiero, en resumidas cuentas, es reivindicar un lugar de honor para ese ocio calmo de “interior” (entiéndase por “interior lo que se quiera, que en las costas también hay calas recoletas) que prefiere “no hacer”. Sobre todo cuando ese “no hacer” consiste en no hacer lo que hace todo el mundo, y a contracorriente huir de las multitudes y los lugares atiborrados y ruidosos.

Sin duda este espécimen raro que así vaga, manirroto de su tiempo y muy ajeno a la gestión eficiente de su ocio, es de los que prefiere salir al campo entre semana, cuando la Naturaleza no se esconde en su seno ni se aturde ante el ruido invasivo y multitudinario de los civilizados domingueros.
Son las islas que nos quedan:
las de los sitios poco visitados y la del tiempo sin aglomeraciones.

Así pues la calma y el ocio parecen palabras no solo sinónimas sino sincrónicas y fraternales, que parecen colaborar en una misma burla al tiempo que huye, o si se prefiere decirlo sin pizca de angustia, que fluye como un río manso hacia un mar inmenso.

Esto que es la teoría virtuosa luego permite pequeños deslices y pecados (no pasa nada), contradecirse, que es otra forma de romper las reglas, no las ajenas sino en este caso las propias. También es humano y por ello mismo saludable.

 

 

Finisterre

Academia

“Al parecer, es necesario experimentar primero la conmoción de comprobar la identidad entre la teoría platónica de la justicia y la teoría y práctica del totalitarismo moderno para poder comprender lo urgente que se torna la interpretación de esos problemas” (KARL. R. POPPER / La sociedad abierta y sus enemigos).

En tiempos más sensatos Europa se empezó a construir, y ahora, en tiempos más salvajes, se ha empezado a suicidar.

Como dice muy acertadamente Josep Ramoneda en un artículo reciente (El suicidio europeo), hoy el malestar de fondo, social y político, tiene su correspondiente “chivo expiatorio” (volvemos a las andadas): el inmigrante.
Una población obtusa y manipulada se vuelve hacia él (el culpable señalado) como el origen de todos sus males. ¿Es tan fácil convertir a una masa pensante en una masa obtusa?
Con los actuales medios de masas, si.

Lo primero es rechazar la trampa, y lo segundo preguntarse por el origen del malestar y sus patrocinadores.
Es falso que no haya estado del bienestar porque vengan inmigrantes. No hay estado del bienestar porque nos lo han birlado delante de nuestras narices mientras mirábamos embobados el “derbi” futbolero o la omnipresente telebasura. ¿Estábamos en Babia?
El bipartidismo cambalache de las últimas décadas, caballo de Troya de las tesis neoliberales, tiene mucho que ver con esa sustracción.
El neoliberalismo ha derivado en neofascismo, en xenofobia, y en odio. ¿Resulta esto extraño en un modelo de pensamiento social cuyas ideas rectoras son “todo vale” y “sálvese quien pueda”? Es decir, ¿resulta extraño en un modelo antisocial?

Dentro de la insensatez ideológica en boga todo cabe, por ejemplo el intento de convertir a una “España vacía” y envejecida en una España xenófoba. ¿Hemos olvidado que somos una nación de emigrantes, de síntesis de razas y de culturas, que de las “tres culturas” ha hecho su seña de identidad?
Hace ya unos años, mediante un estudio genético de la población española, la Universidad Pompeu Fabra y la Universidad de Leicester arrojaron una luz distinta en las tesis defendidas por Américo Castro sobre nuestra identidad nacional “mestiza” como síntesis de las “tres culturas”. En nuestro bagaje genético -según ese estudio- sobresalía un importante componente judío (sefardí) y un importante componente del Norte de África (moro o morisco).
Cuando estos hechos no se tienen en cuenta es más fácil tener una idea distorsionada de la realidad y cometer insensateces de todo tipo en cuanto a la raza, la limpieza de sangre, y otros disparates. Así por ejemplo el antiguo régimen franquista, cuando en medio del delirio de su mística xenófoba, racista, y anticristiana, nombra a Santa Teresa la “santa de la raza”.
Insensatez supina porque Santa Teresa era de origen judío, motivo por el cual su padre (que era judío) tuvo que huir de Toledo hacia Ávila para librarse de las garras de la Inquisición. Quizás gracias a esa huida pudo nacer Teresa y hoy tenemos santa… de la “raza”. Ya sin entrar en que el uso que hizo el fascismo (en perfecta sintonía con la iglesia católica) del concepto raza era y es radicalmente anticristiano.
Hacer de un marco de pensamiento insensato algo aceptable requiere ante todo de dos cosas: ignorancia y mucho silencio.

Indignarse por injusticias y fraudes o desmitificar embaucos está hoy muy mal visto, y esto tanto por académicos serios, como por otras Instituciones medio serias y bien financiadas, entre otras cosas porque algunos de los que así se incomodan y miran con malos ojos estos impulsos básicos del progreso (la disconformidad y la queja) se creyeron -si hemos de creerles- protagonistas de un hecho insólito, espectacular, y único: habían llegado -ellos solitos- al final de la Historia, epítomes y coautores de la máxima perfección nunca lograda. Así de cándidas se manifestaron, no hace tanto, algunas mentes abiertas y “liberales”. Popper a esto lo denomina “la miseria del historicismo”.

Nos recuerdan estos titanes en su falta de imaginación a aquellos otros que al llegar al Finisterre, creyeron llegar al final de la Tierra, y claro… solo cabía retroceder para no abismarse en lo ignoto. Es más, se diría que tenían prisa por retroceder, por dejar de imaginar, por caminar como camina el cangrejo, hacia atrás, involución en marcha que ya señaló Umberto Eco, acudiendo a este mismo símbolo crustáceo.

Evidentemente quienes así interpretaron nuestro reciente devenir histórico (en realidad agitado y critico, inestable e incierto, pero sobre todo gestado en una monumental estafa) tienen una idea de la perfección, siamesa de la parálisis, que les incluye a ellos como protagonistas de ese final glorioso que coincide con la consumación de los tiempos, muy propicia a irritarse con la inquietud, la insatisfacción, o la indignación ajena, la desmitificación saludable, o el incorregible intento de mejorar las cosas. ¿Para qué si ya todo es perfecto?
O casi perfecto.. si no fuera por los emigrantes.

A sabiendas o no, estaban creando (o recreando) un mito: el del final de la Historia, de ahí quizás su alergia a los que tienen por costumbre sana hacerse preguntas, cuestionar los dogmas, desmitificar espejismos, y desvelar trampantojos.

El del final de la Historia y la consumación de los tiempos (profecía inspirada desde lo alto divino) no es sin embargo un mito nuevo sino reincidente, que con distintas variantes viene de fábrica en casi todos los totalitarismos políticos y fanatismos teocráticos, habidos y por haber, como columna vertebral de sus aspiraciones finales y definitivas, sin derecho a réplica.
Y el actual en curso (totalitarismo al fin y al cabo por muy “liberal” que se se diga y nombre) no podía ser menos.
Es un mito que como casi todos los demás implica dos cosas: pereza para ir más allá del dogma en la búsqueda de explicaciones y realidades alternativas, y comodidad adocenada y torpe: se está más cómodo en compañía del mito que en ausencia de el.

Ahora bien, albergamos la duda plausible de que se trata en realidad de un mito de diseño, de tipo imperativo, fabricado para el prójimo, en un intento deliberado de sedación, y que sus inventores no participan de el sino que, como suele decirse, están al cabo de la calle.
Es este un viejo recurso pragmático a la mentira tecnócrata (el engaño como técnica) que ya explicó Cicerón sobradamente en su obra “La naturaleza de los dioses”. Y no olvidemos que Cicerón era un admirador de Platón y de sus utopías contra natura. Es decir, contra la naturaleza de las cosas. De rerum Natura.

Hoy, como era de esperar, Platón está mejor visto en estos círculos “académicos” que Diógenes, o incluso que Epicuro y Demócrito ¿Alguna sorpresa? Ninguna.
De hecho aventuramos la hipótesis de que Cicerón es el padre y el origen de esa clase ambigua, ya definida en tiempos tan lejanos, que convive sin conflicto con dos verdades según destinatario. Otro día hablaremos de la hipocresía triunfante de nuestra posmodernidad política bajo la máscara del bipartidismo cambalache.

En realidad lo que ocurre es que tras el último arreón neoliberal, en extremo radical, salvaje, e insensato, pero que ha logrado enquistarse -tras el desastre que ha provocado-  como “normalidad” institucional, política única, y catecismo incontestable, los privilegiados con ese giro que tanto tiene que ver, no con el amor libre sino con el delito libre y desregulado, y con una ley versátil según la estirpe (de oro, de plata, de hierro, de barro… o aforado), han querido apalancarse en ese mito hecho carne (o al menos estatua) y levantarse un palacete con vistas a lo mejor del final de la Historia, así decidido, una vez recalificado el terreno.

Cuando los nuevos “liberales” decidieron que la democracia ya no les servía, y que les interesaba más volver a la plutocracia de antaño (ese es el principio del final o dicho de otro modo, el acto inaugural de nuestro presente inmóvil), no estaban inventando sino reincidiendo. Para parar la Historia primero había que retroceder. Todo el que no estuviera de acuerdo con este retroceso o manifestara su queja, podría ser tildado genéricamente de “populista”. Es esta simplificación terminológica, manipuladora y carente de matices, la que pone mejor al descubierto su ánimo totalitario y embaucador. En sus labios el término “populista” suena como en otros tiempos el de “hereje”, “judío”, o “pecador”.
En realidad el populismo antiinmigrante sale de sus filas. Poner muros a la Historia y poner muros a la Tierra, es todo uno y brota de la misma manera cerrada de pensar.

A esta aspiración “platónica” de parar el tiempo y la Historia, consumada en beneficio de un grupo, es a lo que Popper llama el “estado detenido”. Más miseria del historicismo.

Otro síntoma más de su ánimo totalitario es su intento de confundir la contestación legítima a su política única y a su catecismo salvaje, con el intento “populista” de demoler Europa. Más bien podría ser al contrario, un intento desesperado de salvar lo que queda tras la destrucción acelerada que han protagonizado.

Así como donde dicen está enterrado el apóstol Santiago, está enterrado en realidad -según dicen otros- un hereje contestatario, Prisciliano, cambio de papeles que hacía mucha gracia a Unamuno, en el Finisterre está en realidad el principio del viaje a otras tierras, quizás más luminosas y sensatas, pero sobre todo más humanas, y en el final de la Historia el inicio de una aventura que no cesa, por mucho que esto irrite a los mitómanos.
Aclaremos que Prisciliano, ejecutado (y concretamente decapitado) por la intolerancia católica, era “contestatario” en cuanto que practicaba la austeridad y criticaba el acúmulo de riquezas por parte de los clérigos, practicaba la igualdad de género y condenaba la esclavitud, y respetaba y veneraba la Naturaleza, todo ello en un intento de acercarse al mensaje original de Cristo muy mal visto por la iglesia oficial, que estaba más por los intereses políticos del imperio y por no cuestionar determinados privilegios (incluso de género).

Como conclusión:

Querer poner muros a la Historia es como querer poner puertas al campo: un acto contra natura. Claro que ni ellos mismos se lo creen. Lo que en realidad querían y aún quieren es extirpar toda opinión distinta, y promulgar como inadmisible e irritante cualquier alternativa al dogma.

 

 

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