Archivos Mensuales: marzo 2018

Orfandad

 

Un hecho ilustrativo de nuestro momento sociopolítico es la orfandad de las reivindicaciones que más preocupan a los ciudadanos, que a su vez traduce la invisibilización (invisibilidad deliberada) de los problemas, y todo ello progresando hacia un deterioro de la trama social que pone en riesgo la integración de una sociedad en constante tensión.

Es un problema serio –y dice mucho de la gravedad del momento- que muchas  de las organizaciones e instituciones teóricamente encargadas de gestionar la denuncia de los problemas y reclamar su solución, formen parte de un sistema cuyo principal gesto al día de hoy es mirar para otro lado y proclamar que todo va bien. A mayor coalición de la ceguera institucional, mayor intensidad de la protesta social.

Esos instrumentos de la reivindicación están muertos, aunque bien financiados. Nos recuerdan esos cadáveres a los que se mantiene en vida aparente – ya solo vegetativa- gracias a un flujo constante de subvenciones y dineros públicos, útiles solo para maquillar la situación real y frenar la protesta. Son parte del sistema, ese núcleo de poder autónomo, y su única función es defender los intereses de ese coto cerrado. Son -para utilizar un lenguaje protocolario- la corte áulica, experta en besamanos y sofocar incendios. No es extraño por tanto que la Historia, que no se detuvo en la estación convenida, les esté pasando por encima.

“No nos representan” fue y sigue siendo el grito de la realidad frente a la apariencia pactada. Sólo así se explica esta floración espontánea de protestas en los prolegómenos de una primavera que de nuevo se adivina inestable.

Los movimientos de protesta de las mujeres, de los pensionistas, de los interinos de los servicios públicos (estafados sistemáticamente, según Europa), han descolocado y puesto en evidencia a partidos políticos y sindicatos que en un intento patético y bastante hipócrita de cubrir las apariencias, solo demuestran la servidumbre de sus ataduras y la huera realidad de su tramoya.
En el caso de los Interinos de los servicios públicos, solo desde un criterio muy bien pagado (verbigracia el de algunos sindicatos) puede entenderse que las consecuencias de un fraude de ley sistemático y de larga duración, que ha afectado a miles de trabajadores públicos, tengan que pagarlas sus víctimas.

Ante este nuevo “liberalismo” de compadres que solo defienden lo suyo y se rescatan entre ellos, la sociedad real si va por libre.

Por un lado va el “reino” de España. Por otro lado va la sociedad.

Están huérfanos, pero son imparables.

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El Orden divino

Dios triángulo

 

El “orden divino” es un concepto que une a la idea de jerarquía la pureza de las formas geométricas, de ahí que Dios sea varón y habite en un triángulo.

Según este esquema platónico, la mujer siempre será una curva imperfecta, imposible de encerrar en un círculo perfecto, muy distante del polígono hierático y frío con que representamos la divinidad. Esto explica que la serpiente del jardín primigenio, también sinuosa e inasible, tentara a Eva, más curiosa y atrevida ante el misterio del Árbol, que a un Adán empanado por el fútbol.

El “orden divino”, según esta forma de ver las cosas, es además de divino imperturbable, y por ello todo cambio supone un riesgo de desorden que niega la mayor: es decir, que ese sea el plan definitivo y que Dios sea su artífice infalible.

“Eppur si muove”, y sin embargo se mueve. Las esferas celestes, las curvas terrestres, y los conceptos humanos, nada permanece igual y todo cambia. Un orden sucede a otro sin que se pueda negar la realidad del cambio, como ya adivinó Heráclito y confirmó Darwin. Es la corriente del tiempo, la corriente de la vida, que lejos de ser de una rigidez matemática es de una dulce plasticidad.

Y luego está el hecho extraordinario, paradójico si se quiere, de que el varón, como también Dios a su imagen y semejanza, tenga pezones -aunque estériles, eso si- que ya lo descabala todo y rompe toda frontera nítida entre el cielo y la tierra, lo masculino y lo femenino, el Yin y el Yang. Así no hay jerarquía geométrica posible. Una metáfora que el símbolo del Tao expresa mejor con sus curvas abrazadas y zonas compartidas.

A nuestra presunción posmoderna puede sugerirle una sonrisa condescendiente pensar que hubo un tiempo en que los más sabios de los sabios en el orden divino, afirmaban que la mujer no tenía alma y sin embargo los hombres (a pesar de sus pezones atrofiados) sí.
Cosas del pasado, podríamos pensar, pero lo cierto es que en 1971 las mujeres de Suiza no podían aún votar, o bien porque no tuvieran alma, sede divina de las ideas, como opinaban los teólogos rancios, o bien porque teniéndola no interesaba que la expresaran, como opinaban (y aún opinan) muchos modernos retrógrados.
El “Orden divino” es también el título de una película sobre mujeres hecha por mujeres, y trata sobre esto, sobre la prohibición existente todavía en 1971 en Suiza (Europa) que impedía que las mujeres de ese país pudieran votar o decidir su propio destino en cuestiones tan importantes como el trabajo, etc., etc., estando por tanto supeditadas a la decisión, quizás interesada, quizás arbitraria, en todo caso ajena, del varón, hecho que puede sorprendernos ahora, que vemos con cierta normalidad que la mujer vote, aunque seguimos viendo, también con cierta normalidad, que ante un mismo trabajo la mujer no reciba un mismo salario.

Argumentaban algunos varones (y mujeres) suizos por aquellas fechas, que si los extranjeros no podían votar en Suiza, las mujeres, como extranjeras y desterradas del orden divino, tampoco debían hacerlo. Lo dicta la Biblia.

La heroína de la película, herida en su dignidad más íntima y reacia a compartir la injusticia pactada y consensuada, al principio sola, muy sola, luego poco a poco acompañada por más mujeres (no sin la oposición de otras mujeres, sacerdotisas del orden divino), logra contra corriente y en un medio rural, una victoria de la razón y el derecho contra la geometría inhumana del poder. Eso también es civilización.

Pude ver esta película el día 7, en el cineclub de Toledo (sala Thalía) en la víspera por tanto del 8-M. Todos éramos conscientes de la huelga programada para el día siguiente y en la presentación previa a la proyección se hizo referencia a la cita. Entre el público, hombres y mujeres, o mujeres y hombres. Emociones compartidas, risas cómplices, y al final aplausos.

Un día después se manifestaban las mujeres para poner en cuestión, una vez más, el “orden divino” de los hombres. Lo conseguirán.

Radicalismos y vendavales

Populismo - Forges

 

Cuando nos da por pensar que la realidad se ha vuelto loca, urge mirarse al espejo y preguntarse quién está más fuera de sí, si nosotros o la realidad. Y cuando nos da por concluir que el pueblo votante se ha vuelto extremista y poco dócil, urge volver la mirada sobre nosotros mismos, la gente de orden, y preguntarse quién es más radical y genera más desorden, si nosotros o el pueblo.

En la ristra de “batacazos” electorales, ha tocado ahora el turno de Italia y sus elecciones, pero ¿Cuántos años y elecciones llevamos ya con el resultado de un mismo mensaje, claro y nítido, dirigido a un establishment sordo y ciego, que considera la revolución neoliberal -extremista y radical donde las haya- cosa de coser y cantar?

¿Habrá servido la caída del muro de Berlín solo para sustituir el totalitarismo del Este por el totalitarismo del Oeste, y una Nomenklatura apolillada por otra no menos obscena?

“Un vendaval de cabreo ha barrido…”. Así se manifiestan algunos análisis sobre el reciente episodio italiano. Aún están recogiendo los restos del naufragio.
La socialdemocracia sedicente y “oficial”, sin más función ya que la de insípido condimento de guiso ajeno, sigue apuntando a la puerta de salida tras abusar de la puerta giratoria.

Según editorial de El País, en Italia se ha venido abajo “… la histórica capacidad de su sistema para generar estabilidad mediante pactos y componendas entre las élites”. Así, literalmente. Como reconociendo el quid de la cuestión.

Hace ya años, cuando algunos de nuestros dirigentes empezaron a mostrar los primeros síntomas de fanatismo insensato declarando finiquitada la Historia (con ellos se rompió el molde, debieron imaginar) recuerdo haber pensado: estos se cargan Europa. Y en ello están.

Ellos a lo suyo: que es ponerlo todo patas arriba. Y nosotros a lo nuestro, que es decirles: patas arriba caminará usted, pero no cuente conmigo ni con mi voto, ni tampoco con mis pies. Aún tengo una cabeza sobre los hombros y le gusta ir por encima de los pies.

En realidad arrastramos o renovamos con este invento neoliberal un conflicto clásico, que es el que existe entre algunos esquemas ideológicos y la naturaleza humana. De ello ya teorizó Platón. Este conflicto fue el que llevó al fracaso del comunismo ruso, y es el que está llevando al fracaso de la pretendida revolución neoliberal, que de liberal tiene poco y de nueva menos aún.

Un viejo liberal y republicano, con sus contradicciones, Salvador de Madariaga, que solo volvió a España cuando murió Franco, en un intento de explicar el liberalismo en el que creía y por el que se exilió, estableció un orden de preeminencia en sentido ascendente que en el peldaño más bajo situaba lo económico, luego lo político, y por encima de esos dos y en el peldaño más alto lo humano.
Quizás esa había sido la evolución del propio liberalismo histórico, desde los tiempos difíciles e inhumanos que describió Dickens al modelo europeo surgido después de la segunda guerra mundial: un “contrato social” y liberal, en el sentido humano, del que hemos vivido hasta este triste momento.

Hoy, imitando al cangrejo, algunos sedicentes liberales de nuevo cuño (más corruptos que liberales), parecen querer desandar el camino hecho, y sitúan en el peldaño más alto lo económico (lo macro-económico desregulado) y en el peldaño más ínfimo lo humano (lo micro-humano estafado y explotado), desprovisto ya de toda dignidad. En cuanto al peldaño intermedio de lo político, tentaciones no les faltan cada día de prescindir de él tomando un atajo, porque para llegar a la plutocracia que ansían la democracia les estorba. De ahí que opinen cada vez con más descaro que los votantes se han vuelto locos, y su pertinaz campaña por desacreditar la democracia. Acabarán diciendo que la democracia es una forma de “populismo”.

En este sentido, su neoliberalismo sería un neoplatonismo de verdades universales e intereses canijos, made in Chicago pasando por el tirano de Siracusa. Tirano que sin duda debía darse un aire a Berlusconi, incluso tras la máscara de Tajani.

Los locos son ellos que creen que lo humano -sin dignidad- es mero instrumento de lo económico dogmático, y que la naturaleza humana puede supeditarse y doblegarse a su esquema ideológico.

Repetidamente las elecciones en distintos países de Europa vienen confirmando el batacazo que se da el esquema y el molde dogmático contra la realidad y su substancia viva. Esto demuestra dos cosas: que nuestros dirigentes han perdido la capacidad de crítica, y segundo, que ofuscado su principio de realidad han perdido el contacto con lo humano.

No sería arriesgado vaticinar que si ellos prescinden de lo humano, lo humano, con nombre y apellidos, de carne y hueso, y con voto, prescindirá de ellos. Es más, parece que ya lo está haciendo.

Europa sí, pero no con estos. La Europa que nos han querido vender, no es la Europa que amamos ni la que necesitamos.

Salamanca

http://www.rtve.es/alacarta/audios/el-mundo-en-radio-clasica/mundo-radio-clasica-salamanca-18-02-18/4482927/

 

Venceréis, pero no convenceréis

http://saladeprensa.usal.es/atom/102266

 

Circunloquios

Maelstrom,_Carta_Marina

 

Cuando Millán Astray en un discurso de recepción de los caballeros legionarios (lo de caballeros es un decir) dijo aquello de “aquí habéis venido a morir” (que manía tenia este hombre con la muerte), es claro que no estaba utilizando circunloquios.
Ante tal recibimiento, cualquier animal sano, incluso de la especie humana, habría preguntado inmediatamente y también sin circunloquios: ¿dónde está la puerta?

La “altura de las circunstancias” es una cumbre retorica a la que se asciende no en línea recta sino en espiral, sinuosamente y mediante circunloquios. A veces la altura de las circunstancias no es una cumbre sino el espejismo de una depresión, y confundimos el descenso con un ascenso, la caída con un vuelo, el heroísmo con la idiotez.
En estos casos la “altura de las circunstancias” se parece más a un embudo o a un sumidero por el que nos despeñamos girando como en un tío vivo, semejante al infierno de Dante, o a uno de esos maelström vertiginosos y succionadores que describió el marinero de pesadillas Edgar Allan Poe.

Por eso cuando nos inviten a subir a “la altura de las circunstancias” (o a morir voluntariamente) hay que tener mucho cuidado dónde ponemos el pie, no caigamos en el engaño y en un pozo de cuyas sombras resbaladizas sea ya muy difícil salir.

Si en vez de a la orografía político-militar nos referimos al lenguaje, cabe decir que el circunloquio puede ser cortesía de la elegancia o instrumento de la mentira (que es el polo opuesto de la elegancia), un medio para acercarse con tacto cortés a la dura realidad o un medio sinuoso de colocar inadvertidamente a un primo una mercancía averiada que nosotros no tenemos ninguna intención de catar.

En estos segundos sentidos es como más se prodiga el circunloquio en el ámbito político, tan pródigo en múltiples sentidos como en dobles lenguajes, y así podemos ver como el circunloquio sirve para llegar, dando un rodeo, al concepto o la idea que se quiere expresar y ocultar al mismo tiempo. Una forma de vender la verdad en la que uno mismo no cree.

El no enunciado explícito de lo que en el fondo se quiere enunciar, nos confirma que estamos ante un baile de máscaras donde lo más propio es el revoloteo de manos con que el trilero nos despista para vendernos la moto.
Pongamos un ejemplo práctico: cuando desde algunos ámbitos del PSOE (verbigracia el artículo reciente de Rodríguez Ibarra en el País) se reclama que el PSOE debe estar “a la altura de las circunstancias”, circunloquio para pedir una vez más la “gran coalición”, se está pidiendo en realidad que el PSOE se ponga no a la altura de las circunstancias, sino a la altura del PP, bendiciendo las circunstancias que el PP fabrica en serie y propina sin contemplaciones.
Y aclarado que no es la altura de las circunstancias sino la altura del PP lo que Ibarra reclama que el PSOE refrende e imite, luego ya debatimos y dilucidamos de qué alturas o depresiones estamos hablando.

Por lo pronto muchos sabemos o creemos saber empíricamente a qué altura está el PP, es decir, a qué altura ha elevado la corrupción y a qué nivel ha hundido el Estado de derecho, circunstancias ambas que mantienen una evidente relación de dependencia. Una cosa lleva a la otra, de la misma manera que las cloacas de interior llevan a la ley mordaza.

Supongo que ponerse a la altura de las circunstancias en estas circunstancias es comulgar con el PP en su aserto preferido: que todo va bien, sin concretar para quien. Es decir, suscribir una fábula. Y así, ya desde el principio comprendemos que estar a la altura de las circunstancias implica sin duda un sacrificio, nada heroico por otra parte, que no puede empezar de peor manera que sacrificando la verdad. Esto para algunos políticos no supone un gran esfuerzo, dicho sea de paso.

Se prodigarán luego, a lo largo del pacto de coalición, muchos otros sacrificios cuyo denominador común será que nos resulten (a los firmantes del pacto) bastante ajenos y nunca nos toquen de cerca. Ya es casualidad.
Siempre tendremos a mano y a la vista del público receptor del mensaje el “bien superior” que justifica cualquier cosa, pero sin entrar en detalles si este bien superior es el bien de todos (o interés general) o el bien de unos pocos identificados con la superioridad y su bien.

Y todo esto a vueltas de la aprobación de los presupuestos (del PP) olvidando oportunamente que dichos presupuestos son un medio y no un fin, y lo mismo pueden servir para ahondar el mal que para revertirlo.
Ahora bien, estimar esa aprobación como un fin en sí mismo, y como un bien superior indefinido que nos pone a la altura de las circunstancias, ya dice mucho de nuestros circunloquios, medios y fines.

Quizás el problema del PSOE de las alturas (de las circunstancias), tal como lo reivindica Ibarra, es que cada vez resulta más distante y ajeno, pero sobre todo menos creíble. ¡La gran coalición! ¡Vaya novedad! ¿Y qué es lo que hemos tenido todos estos años?
La gran coalición que se pide ahora existe de facto desde hace tiempo, es la que nos ha traído hasta aquí, a este escenario de corrupción sistémica y ausencia de democracia real y efectiva. Nunca un impulso de coalición ha defendido intereses tan estrechos y ha producido efectos tan disolventes. Pura paradoja.
Y por lo mismo: nunca el tiempo discurrió tan lento ni la desintegración tan rápida.
No se preocupen: a los cascotes que caen los llamarán confeti.

A veces cuando la solución de los problemas se hace de rogar y tarda en llegar más de lo que nos habían dicho, debemos abrir mejor los ojos y preguntarnos con prudencia si esa solución tantas veces anunciada está en el programa o por el contrario ni está ni se la espera.
Pudiera ocurrir que así como se nos informa sinuosamente y mediante circunloquios se esté gobernando mareando la perdiz, no porque se desconozca la naturaleza de los problemas ni su posible solución, sino porque no se quiere reconocer lo uno ni aplicar lo otro, declarando a fin de cuentas el problema como insoluble para hacer crónica y llevadera la solución, que sin solucionar nada, a nosotros, los coaligados, nos vale.

Pongo otro ejemplo: convencernos a los ciudadanos cotizantes de que las pensiones públicas (como casi todo lo público) corresponden a un mito del pasado incompatible con la posmodernidad, pertenece a esa altura de las circunstancias a la que se nos invita a subir, uno de esos ascensos dónde lo prohibido y vertiginoso no es mirar hacia abajo sino hacia arriba, y comparar. Una caída y no un vuelo. Un sumidero y no un puerto de montaña.

El neoliberalismo, que tanto proclama de cara a la galería las virtudes de la intemperie, pero en cuanto quiebra una autopista o un banco pide rápido el rescate al Estado (ese rescate si es compatible con la posmodernidad), si nota un poco de frío o de corriente corre raudo a cerrar la puerta, y se enroca tras una estrecha y opaca coalición de intereses que pronto degenera en el consabido y monótono cambalache bipartidista, aquí conocido como PPSOE.

Esa ha sido toda nuestra historia reciente. Y no contentos con los destrozos, quieren repetir.

Posdata:
Las cloacas de interior (https://www.youtube.com/watch?v=nK5b1W9OPok)

 

 

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