Abierto

El universo es antes que nada y además de muchas cosas más, “grande”.
Creo que se lo escuché decir hace poco a Stephen Hawking en un documental.

Y es en base a ese hecho que se nos impone como primera evidencia -su grandeza, su casi inconcebible tamaño-, que el campo de posibilidades que se abre a la realidad y a la imaginación es casi infinito.

Aquí, sin que sirva de precedente ni de criterio general, el concepto tamaño va ligado al concepto de posibilidad, de variedad, de contingencia.

Es tan grande -y en parte tan extraño- que casi todo es posible.

El mismo Stephen Hawking es un ejemplo vivo del generoso ámbito de la posibilidad, y con su caso y circunstancia personal nos demuestra que la realidad, lo que a veces llamamos -agobiados o resignados- la “cruda realidad”, tiene muchas vueltas y muchos recovecos, muchos misterios y muchas alternativas, y en definitiva muchos caminos por explorar y muchas encrucijadas donde elegir.

En el documental que digo, Stephen Hawking echaba mano de esta evidencia del tamaño cósmico como argumento para explicar su convencimiento de la existencia de vida extraterrestre. Su hallazgo y su confirmación, qué duda cabe que haría añicos el modelo oficial y dilataría las fronteras del pensamiento.

Él está seguro de que la hay. Otra cosa es saber dónde está esa vida extraterrestre, como es, y que hace.

Algunos de nuestros congéneres son tan generosos en esta actitud abierta ante las múltiples caras de la realidad, que este sentimiento cósmico y oceánico de posibilidades lo llevan hasta el mismo momento de la muerte. Y no en base a creencias religiosas perfectamente definidas y tasadas por una teología ramplona y estrecha, sino en base a la propia “naturaleza de las cosas” tal como hoy entendemos o conocemos esa naturaleza, que no repele en su amplia perspectiva un componente que podríamos definir como místico.

Si bajamos del ámbito universal al ámbito terrestre, y descendemos de los apasionantes mundos de la cosmología y la biología, a este otro mucho más pedestre de los hechos humanos y la política, deberíamos hacernos sin embargo reflexiones muy parecidas, y darnos cuenta de que las posibilidades de actuación humana y política no son escasas ni de cartón piedra y para siempre, sino numerosas y abiertas a múltiples direcciones.

Sólo hace falta imaginación, tener la buena costumbre de pararse a pensar de vez en cuando, mirar alrededor para ser capaces de traspasar esa apariencia (no siempre satisfactoria) y ver más allá. Y todo eso, que nos hace propiamente humanos, no es sino el método y la materia de la ilusión.

Sin embargo -y esto no se le oculta a casi nadie- algunos apologistas de la “estabilidad” son matarifes de la ilusión y apóstoles de la resignación. Llaman “estabilidad” a que las consecuencias de sus razias y saqueos sean “irreversibles”.

Y pongo un ejemplo: si hoy el PSOE tiene una segunda oportunidad (¿sabrá aprovecharla?) es porque sus militantes no se han resignado.

Por otra parte, el actual culto a la “transición”, que la cristaliza y paraliza en una urna, como si de una reliquia religiosa se tratara, o del despojo incorruptible de una santa (la “santa transición”), tiene un gran componente de resignación y de fetichismo malsano, que puede llevar a una justificación autosatisfecha de casi todo. Desde la corrupción sistémica a la justicia corrupta.

La verdad es que esta “transición” empieza a hacérsenos eterna.
Claro que también hay quien piensa que no hay manera más eficaz y más “rápida” de crear una “clase media” moderna que una dictadura fascista que dure cuatro décadas.

La explicación de por qué en España aguantamos tanto, sin que pueda llamarse estoicismo, y nos conformamos con tan poco, sin que pueda llamarse frugalidad, y que seamos capaces de convivir o incluso de sostener y mantener (a nuestra costa) un gobierno de corruptos (con ayuda de C’s y gestoras), debe hallarse en que tenemos deteriorado el método de la ilusión y gripado el mecanismo de la esperanza.

Debe proceder sin duda de una pobreza de ideas, de una cortedad de expectativas que es incapaz de adivinar y anticipar otros mundos posibles, y que nos lleva a creer que está todo inventado, o como dice el Eclesiastés -inspirado por el desierto-, que no hay nada nuevo bajo el sol, que las posibilidades de cambio son escasas, y que la realidad política que se autoreplica monótona entre márgenes estrechos, deja muy poco margen a la ilusión.

Y sin embargo no es así.

Y si no fíjense en la facilidad con que la discreta izquierda portuguesa ha roto el rígido modelo oficial, católico y apostólico (aunque ya no romano), del neoliberalismo plutócrata.

La propia ciencia que desentraña los misterios de la realidad nos lo demuestra cada día: lo que algunos quieren hacer pasar por “pragmatismo” no es otra cosa que interés o superchería.
Y lo que otros quieren hacer pasar por  “realismo” no es sino resignación y pobreza de espíritu.

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Publicado el 19 junio, 2017 en Artículos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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