Alberto Rodriguez

Decía Correa en su declaración del otro día -con la circunspección de un mangante disfrazado de hombre de negocios- que el juez Garzón le había “pillado con el carrito del helado”  mientras en el PP se comían los helados en cucurucho para no mancharse las manos.

Una frase breve –dicha por un experto- que sintetiza como pocas nuestra historia reciente.

Y en la actualidad, la clave de nuestro destino político está en averiguar si, más allá de la sonrisa pícara de Fernández, las caras de los miembros de la gestora golpista reflejan susto o mala conciencia. En cualquier caso, son un poema, y malo.

Frases breves y rostros sincopados que lo dicen casi todo.

En cuanto a la gestora infusa descendida del elevado cielo platónico, hay quien se siente aliviado con la llegada de esos “hombres fuertes “, no se sí con el mismo alivio de los que llamaban “caballeros” a Videla y camaradas, esos que secuestraban niños y organizaban vuelos para despachar a sus padres.

Esos “caballeros”, además de “hombres fuertes” suelen ser “salva patrias” en sus tiempos libres, para completar el currículum.

Ver las películas de Alberto Rodríguez es como mirar el envés de una máscara, como darle la vuelta al calcetín de la marca España, una patada en los mismísimos del triunfalismo oficial y de la publicidad barata.
Ese triunfalismo y vanagloria que nos llevan vendiendo desde la misma transición sacrosanta, como antes se le paseaba prepotente y bendecido bajo palio, con un destino tan universal como limitado y cutre.

Cuarenta años de régimen fascista (único caso en Europa) seguidos de cuarenta años de corrupción política y económica (caso raro también en Europa, salvó la anomalía italiana de la democracia cristiana simbiótica de la mafia), constituyen el terreno fértil sobre el que crece y se marchita la España real que Alberto Rodríguez nos muestra, sin contemplaciones y sin necesidad de escarbar demasiado.
No hace falta bisturí, basta con pasar la bayeta.

Aquí lo frágil y transitorio, hojarasca que el viento arrastra, es ese barniz institucional que en menos que canta un gallo se va al garete, dejando un rastro ruinoso de fastos de oropel y saqueos consumados: EXPOS de cartón piedra abandonadas a su suerte como la cascara de una gamba chupada con codicia; megalomanías de relumbrón y escaparate invadidas por las malas hierbas; y autopistas que no llevan a ninguna sitio, constituyen el mapa del tesoro que nunca tuvimos y nunca encontramos.

Así no es extraño que de las películas de este director se salga dolorido y con agujetas, pero reconociéndose.
Tomando, con el dolor, conciencia de nuestro cuerpo mortal. Una ventana abierta a la introspección y a la España real, tantas veces silenciada: corrupción, pobreza, y un pasado enquistado que gripa cualquier intento de conquistar el futuro y una democracia decente.

Fastos oficiales y realidad social mantienen en sus películas un diálogo enfrentado y hostil que nos atrapa desde el primer momento y nos hace testigos fascinados por esa desnudez con que se nos desvela la endeblez y doblez de la retórica publicitaria de las instituciones, la máscara infame de un poder constituido en pesebre y guarida.

El Consejo de Europa a través del último informe GRECO (Grupo de Estados contra la Corrupción) 2016 sobre España, viene a preguntarse y a preguntarnos si no nos da vergüenza llamar democracia a este bodrio, y que sin independencia judicial no hay tal cosa, sino en todo caso un sistema constituido ad maiorem gloríam de la corrupción y el cotarro. Este organismo considera que España desoye en gran medida sus recomendaciones.
O dicho de otro modo, que tras el examen se nos devuelve al parvulario de la transición a leer a Montesquieu.

Parece claro que hasta los grupos de estudio y análisis donde se deciden estos informes rigurosos, no llega el poder de nuestro comecocos nacional y su falsa retórica. Retorica que no falta en todo régimen inseguro de sí mismo, y cuyo conflicto con los hechos se manifiesta en un conflicto permanente con las palabras y con la verdad, un culto al silencio cómplice, y un exceso de ceremonias, genuflexiones, recepciones, discursos, y desfiles.

Y entre desfile y desfile saqueamos las pensiones.

Así que optimismo claro que sí, pero después de resolver estas pequeñas cosas. No veo yo a Unamuno tragando con lo que hoy tragamos.

El relato y el espejo que Alberto Rodríguez nos pone delante, nos devuelven una imagen dura pero fiel de nosotros mismos. Y esa imagen tiene muy poco que ver con los cuentos infantiles que nos venden al por mayor. Su realismo no hace concesiones. Hasta faltan esos momentos de humor y calor humano, que alivian el rigor de la denuncia social -también dura- de un Ken Loach, por ejemplo.

La “La isla mínima” y “Grupo 7”, dos películas ubicadas en el escenario de nuestro “sur”, feudo por antonomasia de ese “socialismo” oficial tan alabado por la derecha, que es cifra y clave de nuestra estafa histórica, son especialmente duras y deprimentes. Probablemente ese escenario de su cine más duro no es casual. Clientelismo y populismo de la espórtula barata, corrupción y demagogia, campan aquí a sus anchas, y la vieja esclavitud se mezcla con las fiestas de siempre.

Las historias desengañadas de nuestro director transcurren en un marco oficial que se descubre falso, y tras la primera capa, tan endeble como una burbuja, muestra su contenido, más real y mucho más crudo.
Sus historias son la historia de una democracia abortada y de una oportunidad perdida. También la historia de un fraude.

Y en ello seguimos.

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Publicado el 23 octubre, 2016 en Artículos y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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