Génesis

 

Leí hace ya unos cuantos años (no menos de diez) un libro de Stephen Jay Gould titulado “El Pulgar del Panda” (1980), que en su parte sexta, bajo el epígrafe de “La vida primitiva”, incluía un capítulo (el 21) titulado “Un temprano comienzo”.

Siempre he sido muy aficionado a leer libros de divulgación científica, sobre todo los que se ocupan de las áreas de la física, la cosmología, y la biología, lecturas que complemento con otras más especulativas y filosóficas (aquí los clásicos no han envejecido), en un intento de adquirir una visión “amplia” a la vez que “profunda” de la realidad.

Intento que no cabe calificar de heroico, pues se trata de un empeño muy grato y una ocupación enormemente placentera.

La ampliación del horizonte de nuestra mirada es una de esas tareas que alegran y dignifican nuestro breve paso por la Tierra, y que -según yo lo veo- no hacen daño a nadie.

En un mundo tecnócrata, de creciente especialización, existe el riesgo de conocer a fondo unos pocos árboles (quizás por obligaciones profesionales, solo las hojas de un árbol) sin llegar a comprender que es un bosque. Este riesgo cabe mitigarlo o evitarlo, mediante estos libros divulgativos de calidad, cuyos autores no solo son grandes expertos en sus respectivas áreas, sino en muchos casos también amenos escritores y esforzados humanistas.

Stephen Jay Gould (paleontólogo) es uno de esos grandes autores, como lo fue Jean Rostand (biólogo e hijo del dramaturgo Edmond Rostand,  autor del Cyrano de Bergerac), del que creo que me leí, en mi inquieta y primera etapa lectora, todo o casi todo lo publicado en castellano, motivo por el cual me tocó tratar bastante con ranas y otros batracios, y meditar –por ejemplo- sobre cuestiones tan enigmáticas e interesantes como la partenogénesis.

Y no cabe despreciar esta divulgación, sino al contrario promoverla y alabarla, porque de no ser por ella, la mayoría de nosotros, inmersos en nuestro pequeño campo de acción, no tendríamos oportunidad de aspirar a esa visión más amplia que trasforma y despeja nuestra mirada, sin la cual veremos árboles y arbustos, pero no tendremos el concepto de selva. Con sus agudas y brillantes exposiciones nos ayudan a desbrozar la maleza, y nos abren horizontes nuevos.

Ante la disyuntiva de ver una parte de la realidad con extraordinaria nitidez, o el conjunto, aunque sea más desvaído, dadas las limitaciones de tiempo y espacio a que está sujeta una vida, la opción escogida establece dos actitudes distintas y distantes en la contemplación maravillada del mundo: una más pragmática y utilitaria, otra más filosófica y especulativa.

Parece obvio que muchos de nosotros, por ejemplo, no tendremos nunca acceso a la contemplación en vivo y en directo de determinados parajes, escenarios naturales, animales, fenómenos astronómicos, plantas, ciudades, culturas, hechos históricos, personas y pueblos, que sin embargo a través de libros, videos documentales, imágenes y fotografías, o por cualquier otro medio a nuestro alcance nos son presentados, y que nos resarcen aceptablemente de esa carencia.

Quien conozca –pongo por caso- algunos de los excelentes documentales de la BBC, o haya disfrutado de las explicaciones de David Attenborough sobre la infinita variedad de formas y comportamientos de los seres vivos, del Cosmos de Carl Sagan, o se haya entusiasmado con las series de nuestro Félix Rodríguez de la Fuente, creo que al menos en parte me dará la razón.

La mirada tiene una parte física y una parte intelectual o interpretativa. Cuando miramos algo, todos ponemos en funcionamiento unos mismos mecanismos fisiológicos, y sin embargo no todos vemos lo mismo. Casi diría que cada uno de nosotros ve una cosa distinta, pues más allá de lo que ven los ojos está lo que ve la mente, con su muy personal bagaje de información y de comprensión.

Kant apenas se movió de su ciudad natal y su entorno inmediato, y sin embargo era lo más opuesto a un provinciano. Su relación con el mundo era más cosmopolita que la de muchos viajeros empedernidos. Apenas se movió de su rutina local y diaria, pero trataba con galaxias.

Hoy tenemos a nuestra disposición las imágenes del telescopio Hubble, y qué duda cabe que nuestro concepto del mundo no puede ser igual antes y después de contemplar esas extraordinarias imágenes. Como no puede ser igual nuestro concepto de la Humanidad después de contemplar algunas de las fotos de Sebastiao Salgado. ¡Qué poca humanidad vemos con nuestras anteojeras europeas!

Retomando el hilo inicial: las expectativas de encontrar vida en otros lugares del universo (lo cual sería el mayor y más incontestable revés contra el provincianismo terrícola que nos atenaza y endiosa), mantiene una relación lógica con el lapso de tiempo en que tardó la vida en aparecer aquí, sobre el Planeta Tierra, después de que este se formara hace 4.500 millones de años.

Ese intervalo de tiempo es un indicio indirecto de la facilidad o dificultad para que la vida surja o se asiente, una vez que se dan las condiciones físicas y/o geológicas para ello.
De tal manera que si encontramos fósiles de vida antigua en un periodo en que la tierra hacia muy breve espacio de tiempo (en términos geológicos) que se había formado y estabilizado, podemos suponer y aventurar que la vida como fenómeno no es tan improbable, y que dadas las condiciones físicas oportunas, por una cierta necesidad inherente a la propia materia, la vida nace y se constituye de forma automática, no sólo aquí, sino en cualquier otro lugar del Universo. El Génesis como fenómeno ubicuo y plural.

Lo que hoy sabemos es que esa fecha del génesis biológico, merced a nuevos y sucesivos hallazgos fósiles de vida microscópica antigua, ha ido retrocediendo cada vez más en el tiempo, aproximándose a la fecha del génesis geológico.

¿Estaríamos entonces ante una vida impaciente? ¿Ante una vida fácil, que con rapidez surge o se asienta allí donde se dan las condiciones mínimas? Ese es el asunto (ciertamente importante) tratado por Jay Gould en el capítulo antes mencionado, “Un temprano comienzo”, de su obra “El pulgar del panda”, lectura que una reciente noticia de prensa me ha traído de nuevo a la memoria.

Nuño Domínguez se hacía eco en un artículo de El País de 1 de septiembre del hallazgo publicado en la revista científica Nature: “El deshielo del ártico desentierra el fósil más antiguo de la Tierra”.

Este nuevo fósil recién descubierto se data en 3.700 millones de años, retrocediendo 220 millones de años respecto a los vestigios más antiguos hasta ahora conocidos, y recortando las distancias temporales con el mismo origen del planeta, hace 4.500 millones de años. Se especula incluso que podía haber vida ya hace 4.000 millones de años.

Las implicaciones de esa secuencia cronológica, que con el descubrimiento del nuevo fósil recorta un poco más sus intervalos, tiene implicaciones profundas, pues apunta a que como ya escribía Jay Gould en el capítulo mencionado: “La vida no es un complejo accidente que requiriera un tiempo inmenso para convertir lo altamente improbable en algo casi seguro –construir laboriosamente, paso a paso, a través de un gran fragmento de la vastedad del tiempo, la más elaborada maquinaria sobre la tierra a partir de los componentes simples de la atmósfera original de la tierra. Por el contrario, la vida, a pesar de toda su complejidad, probablemente surgiera en el primer momento en que pudo hacerlo: tal vez fuera inevitable como el feldespato y el cuarzo”.

Por todo lo expuesto, una posibilidad que no se puede descartar en cuanto al origen de la vida terrestre, es que la vida precediera a las condiciones favorables de asentamiento en el planeta Tierra, y que, de origen extraterrestre, aguardara el momento propicio para asentarse y desplegarse aquí, sembrada, quizás, por meteoritos, esos viajeros del espacio. Lo cual nos llevaría a la hipótesis de la panspermia y nos situaría en el campo de la exobiología, a la que Stephen Jay Gould califica de: “… esa gran materia sin materia de estudio (tan solo la teología puede superarnos en ese aspecto)…” (El pulgar del panda, 1980).

Esto coincide con una apuesta reciente de la NASA, que ha expresado su convencimiento de encontrar vida extraterrestre en los próximos 20 años. Ese plazo de tiempo incluye también pasado mañana, o dentro de un mes, o el día de nuestro cumpleaños, indistintamente. Así que con un poco de suerte, a lo mejor somos testigos de la mayor revolución científica y del pensamiento en toda la historia de la humanidad. Muchos de los jóvenes actuales quizás tengan ese privilegio.

Yo, por si acaso, no tengo ninguna prisa en irme.

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Publicado el 30 septiembre, 2016 en Artículos y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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