Alabanza de la lentitud 1 (publicado en prensa 26/07/16)

“Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido” / MILAN KUNDERA: “La Lentitud”.

“Festina lente”, decían los clásicos, apresúrate despacio, o vísteme despacio que tengo prisa.

El conflicto entre nuestro ser biológico y nuestro ser cultural es un tema eterno, nunca envejecerá. Está presente en el mismo origen de nuestra cultura, en el jardín del Edén, en el árbol de la ciencia del bien y del mal, en el Poema de Gilgamesh, en el paraíso perdido y añorado de Milton, en el mito de Prometeo, en el aprendiz de brujo, y en la historia del doctor Fausto.

Llegaremos a las realidades del ciborg (si no estamos ya), del hombre como animal multiprotésico, y seguiremos en ello. Agónicos y divididos. Es nuestro destino.

Y ese conflicto es el tema de fondo del libro de Lamberto Maffei (neurobiólogo y pensador, científico y humanista) “Alabanza de la lentitud”, que es -además de una indagación sobre nuestra propia naturaleza- una invitación a una actitud irreverente y de lucha contra el pensamiento único y mostrenco del mercado. Porque esto de la religión del mercado, es artificio antinatural donde los haya, hasta el punto de que el instrumento fundamental de esa ignominia filosófica, la economía, se ha independizado de su creador y se ha vuelto contra él. No solo contra él, sino también contra el planeta.

Si tuviéramos que demostrar que el hombre, no como individuo sino como especie, es un animal ansioso, no tendríamos demasiados problemas para conseguirlo. Los ejemplos que ilustran esa tesis, abundan.

Desde que merced a su misma evolución biológica y desarrollo cerebral, el hombre se dotó de esa prótesis que se llama cultura, su marcha es festinante.

Se habla de “marcha festinante” para describir la que caracteriza al enfermo parkinsoniano, que parece caminar siempre inestable, en pos de su centro de gravedad, siempre lanzado hacia delante intentando alcanzar su eje de equilibrio, pero cada vez más rápido y atropelladamente, y sin conseguir ese equilibrio nunca.

Es como si el individuo que así camina, no fuera uno sino dos, con una parte de él que se proyecta hacia el vacío que tiene delante, con velocidad acelerada y hambre de futuro, y otra parte más sosegada, lenta y renqueante, que parece disfrutar del presente, lo retiene, y lo contempla. Y que además tiene la habilidad de recordar el pasado (o tiempo para ello).

“Festina lente” decían los clásicos en aparente contradicción, que sin embargo oculta y contiene una gran verdad.

Como si dijéramos: si quieres resolver rápido, actúa despacio. Si quieres conseguir algo sólido, desprecia la velocidad.

Y quizás esa duplicidad que nos constituye en esencia, esa oscilación entre nuestros dos polos vitales, el contemplativo y memorioso, y el que aventura hipótesis y riesgos que intenta después demostrar y vivir, tenga que ver con la cultura, que nace de nuestra angustia específica, de nuestra ansiedad de especie. Venimos así de fábrica: predispuestos para la cultura, predispuestos para las prótesis.

Pero la cultura es una prótesis tan evanescente y frágil como una peluca. Nace y desaparece con cada individuo, de la misma forma que puede hacerlo con cada civilización. No es fácil percatarse de esa contingencia, aunque sí conociendo y recordando el pasado.

Maffei pone una base sólida, anatómica, fisiológica, al conflicto entre nuestra biología y nuestras prisas. Hay respuestas rápidas, reflejas, casi automáticas, y otras más lentas, más elaboradas, más conscientes. Hay pensamiento rápido y pensamiento lento. Podemos parecernos más a las máquinas veloces, o podemos parecernos más a los hombres que piensan. Podemos ser esclavos políticos, consumistas atrapados en las trampas del consumo, condicionados por nuestros dueños como los perros de Pávlov, o podemos ser más humanos, conscientes y libres. Actuar mediante reflejos, sujetos a respuestas automáticas, o ejercer la reflexión y la libertad.

De ahí el elogio que hace de la lentitud, deducido necesariamente de nuestro propio conocimiento biológico, de nuestra propia anatomía, de nuestra propia evolución y filogénesis.

Sin embargo, no existe en nosotros un conflicto radical entre biología y cultura. Al contrario, existe un fundamento anatómico, congénito e instintivo del lenguaje, que a su vez es el instrumento básico de la cultura.

Ocurre que existen muchas culturas posibles.

Por eso, en la búsqueda de una cultura en sintonía con nuestra biología, se impone hacer un elogio y alabanza de la lentitud, como hace Maffei.
Y aprovecha para hacer también una alabanza de la rebeldía, como rasgo distintivo que nos hace más humanos y no meros objetos intercambiables y manipulables. Este libro es una denuncia, desde la neurobiología y el conocimiento de la naturaleza del hombre, contra el pensamiento único y totalitario que hoy impera.

En esencia, y en contradicción con el supuesto que une velocidad y modernidad, su libro nos enseña que las respuestas más primitivas, más arcaicas, de tipo reflejo y automático, son generalmente las más rápidas.

Las respuestas más elaboradas, que caracterizan a un desarrollo biológico superior y más avanzado, más cultivado, por ejemplo las respuestas conscientes que caracterizan al ser humano, son por su propia naturaleza, más lentas.

¿Podemos extraer de este hecho una enseñanza moral, es decir, alguna norma o instrucción para nuestro régimen de vida?

Quizás que, para no involucionar, para no retroceder, para no degenerar, no sólo culturalmente sino biológicamente, debemos intentar ser más lentos, y también más diversos unos de otros (la diversidad es una vacuna contra la decadencia). Individuos y no masa. Hombres y no engranajes de una maquinaria. Ciudadanos libres y con criterio propio, y no borregos condicionados por los medios de comunicación.

Debemos conseguir dar otra tonalidad y otra medida a nuestro tiempo. Más lento. La actual aceleración es propia de máquinas sin mente, o en todo caso de animales desquiciados por su propia jaula.

Más lentitud y más silencio, menos ruido y menos prisas.

A nivel individual o incluso a nivel colectivo, si se pudiera lograr, deberíamos resistirnos a ser arrastrados por la vorágine que una cultura (esta), que parece autónoma y desprendida de su autor, pretende imponernos.

Esa velocidad no nos conviene. Es perniciosa y letal para nuestro ser más profundo.

Artículo en prensa

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Publicado el 30 agosto, 2016 en Artículos y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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