En el lugar del otro

Hay que ponerse en el lugar del otro.

¿Y quién es el otro? Pues supongamos que un ciudadano venezolano, apolítico, honesto, sin más prejuicio que la preocupación por su patria.

¿Qué pensarán estos ciudadanos venezolanos cuando observan que en su patria ha desembarcado en tropel la campaña electoral de un tercer país, España, entre otras cosas porque la madre patria tiene intereses económicos que salvaguardar, está en campaña electoral y todo el mundo está hasta el gorro de campañas electorales (de esa calidad tan denigrante), de mítines, de promesas electorales que no se cumplen, y de contratos programáticos que no se firman?

¿Para qué sirve, pregunto yo, un contrato que ni se muestra, ni se lee, ni se firma? Para nada.

Así que han decidido algunos de nuestros políticos, dado lo poco creíbles y profetas que son en su propia patria, trasladar el show allende los mares.

Imaginemos al sorprendido ciudadano venezolano, que ve aterrizar cada día en su patria unos cuantos paracaidistas de aquella nación que aparece en la prensa española e internacional como ejemplo de corrupción sistémica y democracia degenerada, donde las bandas y organizaciones criminales de naturaleza político-económica, se organizan con tanta facilidad y frecuencia como los partidos de fútbol, y que hace -sin escrúpulos ni rubor- permanentes esfuerzos por alcanzar el dudoso título de Estado fallido.

Piensen en la impresión que en esos ciudadanos venezolanos causará comprobar que los así caídos del cielo, acuden llenos de empuje e indignación justiciera a darles lecciones de democracia y honestidad política. Los mismos que aquí, en España, no se indignan, allí llegan remangados, coléricos, e indignados.

Como dicen nuestros políticos de ahora: para hacérselo mirar.

O piensen que pensará ese ciudadano venezolano al leer en la prensa que Rajoy, presidente de una potencia extranjera, ha convocado el Consejo de seguridad nacional para hablar y decidir sobre Venezuela, al parecer tan poco soberana como nosotros.

Y no niego que en momentos críticos para una nación resulte útil una ayuda externa para mediar entre las partes y evitar males mayores, pero esa intermediación no debe consistir en trasladar el debate ideológico propio a lares ajenos, ni con prejuicio partidista e intención electoral, arrogarse el papel de juez.

Más patético es que esto se haga desde quien no tiene autoridad moral, y ahora mismo, como país y democracia, no la tenemos. Ni en Venezuela ni en ningún sitio.

Así que, ni lo que se hizo con nosotros después de la Segunda Guerra Mundial, cuando una vez derrotado el fascismo en Europa se dejó con bastante indiferencia y desprecio que nos cociéramos en nuestro propio caldo (un caldo fascista), ni lo que se hizo aquí antes de nuestra guerra civil, donde potencias extranjeras vinieron a resolver sus problemas y conflictos ideológicos, con el resultado que ya se sabe.

Publicado el 27 mayo, 2016 en Artículos y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. El político, de alguna manera, es el reflejo de un sentimiento global, de su propia cultura. Con esto, el cambio se da en la cultura… y la cultura esta impregnada de valores ajenos a la paz… como la competencia, la lucha, el conflicto, la oposición… Necesariamente se requiere un cambio de paradigma, y es poco probable que venga de aquellos que solo miran sus intereses y no pueden ver el dolor “ajeno” como el suyo propio.

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  1. Pingback: Ni puta idea « Demasiadas palabras

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