Archivos Mensuales: mayo 2016

En el lugar del otro

Hay que ponerse en el lugar del otro.

¿Y quién es el otro? Pues supongamos que un ciudadano venezolano, apolítico, honesto, sin más prejuicio que la preocupación por su patria.

¿Qué pensarán estos ciudadanos venezolanos cuando observan que en su patria ha desembarcado en tropel la campaña electoral de un tercer país, España, entre otras cosas porque la madre patria tiene intereses económicos que salvaguardar, está en campaña electoral y todo el mundo está hasta el gorro de campañas electorales (de esa calidad tan denigrante), de mítines, de promesas electorales que no se cumplen, y de contratos programáticos que no se firman?

¿Para qué sirve, pregunto yo, un contrato que ni se muestra, ni se lee, ni se firma? Para nada.

Así que han decidido algunos de nuestros políticos, dado lo poco creíbles y profetas que son en su propia patria, trasladar el show allende los mares.

Imaginemos al sorprendido ciudadano venezolano, que ve aterrizar cada día en su patria unos cuantos paracaidistas de aquella nación que aparece en la prensa española e internacional como ejemplo de corrupción sistémica y democracia degenerada, donde las bandas y organizaciones criminales de naturaleza político-económica, se organizan con tanta facilidad y frecuencia como los partidos de fútbol, y que hace -sin escrúpulos ni rubor- permanentes esfuerzos por alcanzar el dudoso título de Estado fallido.

Piensen en la impresión que en esos ciudadanos venezolanos causará comprobar que los así caídos del cielo, acuden llenos de empuje e indignación justiciera a darles lecciones de democracia y honestidad política. Los mismos que aquí, en España, no se indignan, allí llegan remangados, coléricos, e indignados.

Como dicen nuestros políticos de ahora: para hacérselo mirar.

O piensen que pensará ese ciudadano venezolano al leer en la prensa que Rajoy, presidente de una potencia extranjera, ha convocado el Consejo de seguridad nacional para hablar y decidir sobre Venezuela, al parecer tan poco soberana como nosotros.

Y no niego que en momentos críticos para una nación resulte útil una ayuda externa para mediar entre las partes y evitar males mayores, pero esa intermediación no debe consistir en trasladar el debate ideológico propio a lares ajenos, ni con prejuicio partidista e intención electoral, arrogarse el papel de juez.

Más patético es que esto se haga desde quien no tiene autoridad moral, y ahora mismo, como país y democracia, no la tenemos. Ni en Venezuela ni en ningún sitio.

Así que, ni lo que se hizo con nosotros después de la Segunda Guerra Mundial, cuando una vez derrotado el fascismo en Europa se dejó con bastante indiferencia y desprecio que nos cociéramos en nuestro propio caldo (un caldo fascista), ni lo que se hizo aquí antes de nuestra guerra civil, donde potencias extranjeras vinieron a resolver sus problemas y conflictos ideológicos, con el resultado que ya se sabe.

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Peregrinajes electorales

Juncker y Rajoy

Como en España no hay corrupción, ni hambre, ni pobreza, ni desabastecimiento de los que no tienen con qué sobrevivir a duras penas, ni expolio o desánimo de la clase media -desparecida en silencioso holocausto- ni evasión fiscal, ni saqueo de los bienes públicos, ni ningún mandatario que se tenga por honesto ha metido nunca la mano en la hucha de los esforzados y estafados pensionistas, nuestros políticos más perspicaces -y sobre todo coherentes- tienen que viajar al extranjero para denunciar y escandalizarse con todos estos desórdenes políticos y vicios civiles.

Como descubridores de un nuevo continente, ya roturado y descrito con pelos y señales, manchas y lamparones, en todos los juzgados de España y en todos los informes coincidentes de incontables ONGs, que claman una y otra vez en el desierto y hacen en vano lúgubre descripción de nuestro país, sin que por ello decaiga nuestro triste sino ni el interés por la Liga, estos nuevos conquistadores de lo ignoto recorren miles de kilómetros para mesarse los cabellos y denunciar lo que sin ir más lejos tienen a la vuelta de la esquina, cuando no oculto debajo de su propia alfombra.

Que estos peregrinajes tan fotogénicos coincidan con un periodo de campaña electoral, es pura casualidad.
Ni debe sorprendernos o extrañar que, no obstante la difusa y generosa ubicuidad de tales vicios, que también crecen vigorosos y florecientes en nuestra propia patria (más decaída, endeudada, e intervenida que nunca), o en la misma cúspide del poder europeo (un nido de corrupción donde desaparece al año un billón de euros por evasión o fraude fiscal), todos estos peripatéticos políticos se dirijan, como convocados por un imán, al mismo sitio: Venezuela.
¡Qué perra se han cogido! ¡Da que pensar!

Y yo ni afirmo ni desmiento, pero esa sobreactuación tan focalizada y tan poco coherente, peca a mi juicio más de interesada que de sincera y honesta, una maniobra de distracción para dirigir los focos hacia la paja en el ojo ajeno, a ver si el personal se olvida de la viga en el propio, que somos así de hipócritas o de inocentes.

Muy inmaduro hay que ser para creerse que nuestro futuro político, con tanto chorizo y destrozo endémico y local, se decide a miles de kilómetros, en Venezuela. Ni siquiera en los tiempos de Felipe González y su “amiguito del alma”, el corrupto Carlos Andrés Pérez.

Y como esta mañana hemos amanecido seriamente preocupados por el devenir del mundo (y con toda razón), pidamos y trabajemos todos desde aquí para que haya libertad y democracia en Venezuela, y en Méjico, y en España, y en Marruecos, y en Egipto, y en China, y en Turquía, y en Emiratos Árabes, y en esta desconocida Europa que trata como perros a los refugiados, y no mucho mejor a sus propios ciudadanos.
Reclamemos justicia para Leopoldo López, perseguido político en Venezuela, y para Antoine Deltour, perseguido político en Europa, y chivo expiatorio de las corrupciones y evasiones fiscales organizadas por nuestro jefe común, el capo Juncker, al que ni Albert Rivera ni el dúctil Zapatero tienen nada que reclamar.

Al menos Ken Loach ha ganado en Cannes.

Las “reformas” que se muerden la cola

Coincidiendo con Joan Rosell (pero al revés), este futuro neoliberal que su ideología defiende, se parece demasiado al pasado liberticida que logramos dejar atrás. Rancio y obsoleto deja vu.

“Recuerden el principio”, debió sugerir Adán a los que se asomaron al precipicio del fin de la Historia.

Al principio, cuando todo el mundo tenía claro que aquello era una estafa y no la “herencia recibida”, una guerra y no un pecado, una involución y no una culminación, alguien de tan dudosa coherencia como Zapatero, y alguien tan poco sospechoso de honestidad, como Sarkozy, coincidieron en el mismo diagnóstico: esto es una mierda.

O dicho con palabras más elegantes: “Hay que reformar el capitalismo”.

Pero aquella iluminación duró menos que una sombra.
¿Recuerdan?

Y efectivamente lo reformaron, pero con tijera de podar aplicada a nuestros cuellos, que hoy ya todo el mundo los encoge y agacha, y en cuanto a los derechos son pasado y ni el olvido los recuerda: derechos laborales, pensiones (las que ganaron nuestros padres), sanidad y educación, democracia, soberanía, dignidad, humanismo… aquellas raras plantas del jardín del Edén. Hoy trasquiladas, hoy desplumadas.

Y como el hombre es un animal de costumbres, el hombre libre, el hombre cultivado, el homo occidentalis -quien lo habría sospechado- se acostumbró en apenas tres días a ser esclavo y obediente, y de la mano de su dueño y sujeto del morro regresó al corral.

Al principio de los principios había un jardín, con todas las puertas y tentaciones abiertas. Se entraba y se salía, sin pedir permiso al guarda.
Y al volver de explorar el futuro, el planeta y las tentaciones, el jardín siempre estaba allí, con sus troncos fieles y cargados de años, y sus copas frondosas repletas de sabiduría intemporal.

Alargabas una mano, y sorprendías a Platón hablando del alma y del pensamiento formal, pero también del Estado y del “bípedo implume” (ningún ángel desterrado las conserva) como de un animal más. Y Diógenes, el cínico, el “Sócrates delirante”, desplumaba un gallo y se lo arrojaba a la cara a la Academia y al Estado de Platón, diciendo: ese es el hombre de Platón. Un mundo eficiente, inhumano, y por decreto feliz.

Alargabas otra mano, y conversabas con Montaigne, en dialogo con la humanidad entera, de carne y hueso. Otra, y saboreabas la manzana de Newton, antes de romperte los dientes con el peso de su luz, o encontrabas la felicidad tranquila de Epicuro en la poesía de Lucrecio, que hablaba ya de un jardín sostenible, como el único hogar posible para una humanidad humana.

La explotación sin fin del planeta y la esclavización renovada (tecnológica y macroeconómica) del hombre (gallo desplumado) de Platón ¿Quién las distingue?
Y las “reformas” que bendice y ordena la única ciencia verdadera, la única ciencia del bien y del mal, ¿quiénes las predican?

¿Significará algo que el único capaz de frenar a la ultraderecha  en Austria, haya sido un ecologista, y que los que hacen –disfrazados de centro-  la política de la ultraderecha, colapsen?

Rajoy, fiel a su estilo, le cuenta a Juncker –conseguidor  de elusiones fiscales- lo que no nos cuenta a nosotros, simples votantes: que la operación de acoso y derribo del Estado social y de derecho, continua.

Y Juncker le responde: “Rajoy, se fuerte”, que yo voy preparando el castigo.

 

Incertidumbre

“Argentina, desde su acuerdo con los detentadores de los llamados “fondos buitre” ha recuperado el crédito internacional y la desaparición del cepo ha devuelto a su moneda…etc., etc.”.

“Macri, en conferencia de prensa, explicando con claridad, sencillez y franqueza que desembalsar una economía paralizada por el constructivismo demagógico tiene un alto precio que no hay manera de evitar y que, sin ese saneamiento que es volver de la quimera a la realidad…etc., etc.”.  (Vargas Llosa, El País, 15 May 2016).

Nos han inculcado -despacio pero profundo- que si respiramos, como hacían antes los animales sanos, o si alzamos la mano para preguntar, como hacían antaño los griegos clásicos -que no paraban de hacer preguntas al mundo-, se puede generar incertidumbre en los mercados.

Convencidos estamos, a fuerza de adoctrinamiento, que los mercados son entes de salud delicada y enfermiza, para cuya comodidad no debemos escatimar esfuerzos, aunque nos duelan, y en los que cualquier amago de duda (punto de partida de todo pensamiento libre) puede desencadenar un constipado.
Y en ese sentido, lo que más los perjudica (más que una corriente) es que el personal se permita dudar, pensar, o imaginar más de una alternativa que no sea la que se contempla y permite con la venia de los amos. Es decir, que se plantee como hipótesis no desmesurada, ser libre y pensar distinto.

Los mercados necesitan de certidumbres, como los pueblos de religión y los rebaños de guías.
Más de la mitad de los españoles no entienden la factura de la luz, pero si expresan abiertamente sus dudas, al mercado se le puede relajar algún esfínter. Mejor no lo hagan.
O si lo hacen, diríjanse al ex ministro Soria cuando vuelva de Panamá.

Son estos tiempos, en que la única certidumbre cierta es la defunción confirmada de los derechos civiles, y con ella la del modelo Occidental. Y no sólo confirmada, sino bendecida.

Dado que los asiáticos son capaces de encajar mayores dosis de barbarie, y hemos de ser competitivos en barbarie, no podemos permitirnos el lujo de mantener el humanismo que inventaron los griegos.
Y junto a esta certidumbre, otra: la de que al planeta le estamos sacando de sus quicios. Aquí sería Epicuro el que les habría soltado una filípica ecologista y sensata a los teóricos del mercado y a los apóstoles del progreso y la explotación sin fin, que para decirlo de una vez, son unos auténticos orates. Entre otras cosas, porque ni les importa, ni entienden, ni creen en el futuro, que solo puede ser sostenible.

Ambas certidumbres, en comandita, no se sí dibujan un futuro halagüeño y deseable.
¿Los jóvenes y menos jóvenes deberían estar preocupados?
Creo que sí. Unos por la falta de perspectivas que no sean seguir avanzando en esa línea hacia el precipicio; y los otros porque ya la hucha de las pensiones se saquea, descaradamente, para parchear los expolios y pelotazos de los que nos representan (o eso dicen).

Una reciente encuesta desvela que el voto al PSOE (uno de los elementos fundamentales de la gran coalición, ese engranaje) ha envejecido, y aquellos que aún tienen esperanza instintiva -o biológica- en el futuro, prefieren otras opciones políticas.

Cuando ya no hay ideas de futuro y cambio, ni hambre para conquistarlos, es que se ha caído en la esclerosis y la polilla. Y sin embargo, esta ecuación cronológica no siempre es exacta. Hay muchos jóvenes rancios, y muchos ancianos jóvenes que han mantenido encendido el fuego de la esperanza y la lucha.
Sampedro, Saramago, Hessel, Anguita, y con ellos todos los abuelos -flauta- que acamparon junto a sus nietos el 15M. Me quito el sombrero.

El 15M ocurrió en primavera. Gracias a esa brisa fresca, hoy tenemos una ventanita abierta -aunque pequeña- al cogollo del sistema, y lo que vemos es pura y desalmada corrupción.

En política hay distintos grados de pérdida de la esperanza: la autoinculpación transferida e inducida por los que mandan, el mal llamado voto útil, y el convencimiento de la inutilidad del voto. Es decir, la certidumbre de la desesperanza. Y esa incertidumbre y depresión del ciudadano, le sienta muy bien al sistema, en cuanto que produce lo que mejor le engrasa: el miedo.

Tantos siglos cultivando la civilización para liberarnos del miedo, y ahora resulta que el desideratum es puro terror.

De ahí que el recurso ahora novedoso y desacostumbrado de solicitar frecuentemente el voto y la opinión del militante o ciudadano, sea un entrenamiento tonificante, un ejercicio saludable. Esos músculos que sostienen la dignidad y soberanía civil, estaban atrofiados. Ahora bien, no olvidemos que hay quien en política sigue al peor Platón, y prefiere no dejar en manos de la democracia lo que interesa hacer a la oligarquía. En función, claro está, de sus propios intereses.

Por principio categórico y catecúmeno del estatus quo, para evitar la incertidumbre de los mercados, el ciudadano medio (que ya no pertenece a la clase media) debe maximizar su condición servil, y renunciar a cualquier aspiración de cambio o soberanía. Debe encajar torturas que le rediman de sus pecados (por ejemplo: buscar comida en los contenedores). Debe militar en el conformismo y renunciar a la libertad y la esperanza que no se conjuguen con los requerimientos macroeconómicos del mercado. Y a pesar de esa buena disposición de muchos para encajar torturas que no se merecen y derivadas de culpas ajenas, ahora resulta que –después de tantos recortes- estamos peor que al principio, que debemos más dinero que nunca, y que los intereses de esta estafa que llaman deuda, nunca se acabarán de pagar. Lo cual implica que nuestra democracia, y por ende nuestra soberanía, ya no existen. Desaparecieron, como nuestro patrimonio, por los sumideros de los paraísos fiscales.

Los “seres” humanos hemos degenerado en “recursos” humanos, al servicio de engranajes inhumanos y –en nombre de la libertad- rígidamente  mecanicistas. A lo que más recuerda la rígida disciplina que el mercado aplica a sus víctimas (pero no a sus verdugos), es a la teología medieval: cielo para los que mandan, infierno para los demás, y purgatorio para los que no obedezcan. Hoy los filántropos más populares, populistas, y aplaudidos, intentan colocar sus fortunas en Panamá, detrás de una pantalla, como homenaje a la verdad y a la solidaridad con la Humanidad y el Planeta. Por supuesto, a estos panameños de los papeles, a estos paladines de la libertad, a estos filántropos de la evasión de impuestos (tal que un Macri, tal que una Kirchner, tal que los apólogos del primero), la corrupción y los derechos humanos en España, o en México, o las terribles torturas grabadas en video por las mismas fuerzas de “orden público” mejicanas que las perpetran, les importa un bledo, y ni alzarán la voz por ello estos “liberales a la violeta”, ni viajarán los expresidentes “socialistas”, porque lo que importa es el engranaje, y sobre todo la doctrina “sana” que lo mantiene. Y para eso hace falta “saneamiento”. Siempre estamos “saneando”, y siempre en el mismo sentido, y siempre con el mismo resultado. Quizás por eso nuestra democracia está cada vez más enferma y corrupta, y nosotros debemos cada vez más dinero. Sencillamente, nos están ordeñando.

No interesa a ese engranaje (mafioso) criticar el régimen de Méjico o el hambre en España, sino a todo el que ponga en duda el catecismo.

Hay quien concibe el egoísmo personal (sin desdeñar trampas y fraudes) como la flor más hermosa de la libertad y el motor de todos nuestros lujos y glorías. El Planeta nos unirá en el desengaño de esta falsa verdad.

Así como en la puerta de los campos de concentración podía leerse -paradójicamente- “el trabajo os hará libres”, en la puerta a este nuevo mundo libre se lee ya “la neolibertad de los mercados y la desregulación de sus delitos, os hará esclavos”.
O como decía Dante a la puerta del infierno: “Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza”.
Derechos sólo tienen los propietarios de los mercados, de la misma forma que en aquellos campos de la muerte sólo tenían derechos los guardianes y los fabricantes de jabón.

El extremismo del centro

WARREN BUFFETT EN CLUB DE TIBURONES DE LA ESPECULACIÓN FINANCIERA, DE XAVIER VALDERAS

La sensación que tenemos es que nos ha pasado una apisonadora por encima.

¡Y eso que todavía no han llegado los “radicales” al poder!
Y quien dice radicales dice “extremistas”, o lo que es aún peor, “ecologistas”. De la piel del diablo, propiamente.

Que el “centro” esté situado en el centro es una ilusión que Einstein no daría por buena.
Para la geometría no euclidea -que es la que verdaderamente explica los misterios de la realidad- la distancia más corta entre dos puntos no siempre es la recta.
Si elevamos nuestro nivel perceptivo en política, igual que lo hacemos en física, tenemos que poner en duda esos mensajes machacones con que los dueños de la caverna bombardean nuestros sentidos, e intentan inculcarnos geometría política.

En realidad, si agudizamos nuestra consciencia y trascendemos este mundo de apariencias mediáticas y publicidad institucional, comprenderemos que esa obsesión por ocultarse en el centro llamándose centristas (así de fácil), denota un talante extremista y una intención evidente de engaño. Y todo engaño deliberado y finalista es de partida extremista.
De ahí que en ese simulacro de centro no haya sitio para tantos, porque los honestos no abundan precisamente. Ese espacio tan solicitado, más que el centro de nada parece el disfraz de casi todos.

Pongamos un ejemplo: ¿hay algo más equilibrado y de centro que “la gran coalición” que defienden al alimón Felipe González, Mariano Rajoy, y Albert Rivera?
Pues bien, esa fórmula política es la que ha protagonizado las acciones políticas más extremistas que ha conocido Occidente (incluida Europa) en los últimos decenios. De su mano hemos regresado al “ancien régime”, es decir, a momentos previos a la declaración de los Derechos Humanos. Sus apóstoles fueron Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Sus monaguillos casi todos los que hoy desgobiernan el mundo.

Cómo será este centro que hasta el FMI dice (ahora) que la corrupción está acabando con nuestra civilización. Ya no es solo el Papa, Oxfam Intermon, o Podemos.

Sin ir más lejos, gracias a esa fórmula política “de centro”, Juncker ha podido librarse de responder por sus fechorías (Luxleacks), y la amenaza de castigo por los hechos protagonizados por tan infame mandatario, recae ahora sobre el honesto auditor que los destapó, Antoine Deltour. No me cansaré de mencionar este caso.
¿Cabe algo más extremista, radical, y facineroso?
Pues fue la equilibrada y centrista “gran coalición” la que protagonizó ese golpe mafioso, tan templado y responsable. Y así todo.

Ese es el eje geométrico de la esquizofrenia del PSOE: se sabe un partido de derechas tirando a rancio, con su bastante de corrupto, pero tiene que aparentar ser de izquierdas (mejor de centro-izquierda) y decente, para no perder votos.
Este es -dicen- un lenguaje antiguo. Derechas, izquierdas. El planeta que nos estamos cargando solo entiende de vida. Es cierto. Pero también es cierto que en esa “gran coalición” que se disfraza de centro, no veo yo mucha preocupación por el planeta, y si por mantener el modelo económico y social que nos ha traído hasta aquí.

Tampoco creo que al planeta le importe un bledo nuestra civilización. Pero a nosotros si nos debe importar el planeta que nos mantiene.

So capa de “centro”, aquí se ha producido una revolución socio-política (aumento de la desigualdad y la pobreza, desaparición de las clases medias, concentración de la riqueza en pocas manos, explotación irracional de los recursos, contaminación ambiental, grandes movimientos de población desesperada) inspirada en principios extremistas y radicales, y que hace juego con la destrucción acelerada del planeta. El cambio climático es tan radical y extremista como el modelo económico y de pensamiento que lo ha propiciado.

Incluso podríamos llamar guerra a esta revolución, como la llama Warren Bufett. Una guerra que inaugura la Era de la estupidez, con armas insonoras pero muy eficaces en cuanto a mortandad. Y la guerra es siempre extremista, aunque los que las organizan se llamen de centro.

La Era de la Estupidez

De la decepción y otras esperanzas

juan-luis-cebrian-felipe-gonzalez-acto-madrid-septiembre-del-2013-

 

La única vez que presté mi voto, lleno de confianza, al socialismo oficial, Felipe González vestía de currante y calzaba sonrisa a salvo de sorpresas.

Aunque quizás la sonrisa no era de tal condición, sino enigmática -a lo Gioconda- como quien sabe un secreto y lo oculta muy bien, traicionado solo en ese leve gesto que dibuja la comisura junto al moflete.

Ganamos, o eso pensaba yo, porque a los pocos meses ya me había caído del burro, como San Pablo del caballo, no iluminado sino desengañado. O quizás las dos cosas.
Estaba claro -al menos para mí- que aquel líder y aquel partido no iban a defender los intereses de la clase trabajadora ni de la clase media, y en tanto autonombrados “socialistas” eran un auténtico camelo. En realidad habíamos perdido, aunque a aquel triunfo había contribuido toda la izquierda, o casi. Unos despertaron enseguida, otros siguieron dormidos.

Las confirmaciones a aquel barrunto tan tempranero, vinieron una tras otra y a lo largo de prolongados años, en los que “aquello”, además de buscar cobijo, instrucciones y órdenes, junto a los poderes fácticos de siempre (sobre todo, pero no sólo, los económicos), se convirtió en un “aparato” y engranaje para medrar, de aquellos que caracterizan a toda partidocracia sin más aspiraciones que las inmediatas, corporativas, y mercantiles. Un bucle militante del dinero a la pasta.

Al calor del populismo que irradiaba el líder, cuya bodeguilla era el sancta sanctórum de los afectos al régimen (del Movimiento habíamos pasado al Régimen), aquello degeneró incluso con episodios ya descontrolados de corrupción y saqueo del dinero público: Filesa, Malesa, Time Export, fondos reservados, guerra sucia libre de responsabilidades, dinero fácil libre de impuestos…

Con lo cual, aquel mi primer desengaño que se prometió “una vez y nada más, Santo Tomás” tras equivocarse con el líder de la franela y la pana, encontró un epílogo coherente en el futuro imperfecto de nuestro triste presente: el de la lista Falciani, la autoamnistía fiscal (la primera, obra del PSOE; la segunda, obra del PP), los papeles de Panamá, el potentado Cebrián, el creativo Zandi, y otros descalabros y golpes a la libertad de expresión y a la democracia.
Puesto todo ello en orden legal y con caligrafía gótica (de inspiración germánica), en el trágala del artículo 135 de nuestra sacrosanta Constitución, que para nada necesitó de nuestro voto soberano. No somos nadie.

No tengo nada personal contra González, tan humano y falible como todos, con una técnica inicial ni siquiera demasiado esmerada de vendedor de mantas en pueblos de segunda, pero que ha progresado mucho y se mueve hoy como pez en el agua entre grandes capos, que sigue mandando mucho en el PSOE y representa en nuestro país ese movimiento más global que cabalga sin freno y desbocado hacia una especie de Régimen incontestable, que es el polo opuesto del socialismo solidario o de una sociedad “abierta” a más de una alternativa.

Con todo, tengo que confesar que alguna vez le escuché decir cosas inteligentes al incombustible líder “socialista”, como aquello de “aunque las respuestas hayan fallado, las preguntas siguen en pie“, o algo parecido. No está mal.
Dicho, creo, en referencia a la caída del muro de Berlín, hecho histórico y deseable pero que sirvió de patética excusa a todos los socialistas “oficiales” de esta Europa irreconocible, para perseguir a muerte las conquistas socialdemócratas de postguerra, y pasarse en tromba a las filas del cinismo, el neoliberalismo, y el saqueo de los bienes públicos. Por lo general, todos se hicieron comisionistas de grandes negocios.
Van de modernos, pero no pasan de gánsteres. Los muertos en la guerra por aquellas conquistas sociales, muertos estaban.

Tanto han retrocedido en la búsqueda de respuestas que hagan juego con su actual indumentaria y novísima ética, que no han parado hasta topar con este feudalismo de nuevo cuño, 3.0, con vasallos, princesas con sede en Panamá, pobres y esclavos incluidos, que tanto bien hacen a sus intereses particulares.

Cuando leemos, en informe de la Fundación BBVA, que en esta nueva ofensiva y razzia (crisis según los beneficiados) tres millones de españoles han sido expulsados de la clase media, debemos concluir que el catecismo aplicado y la consiguiente penitencia (una loa a la desigualdad), son los predicados urbi et orbi por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, con el apostolado subsidiario de Felipe González y Tony Blair.

La meritocracia que aquí se ha defendido, principalmente, es la de la de la habilidad para el fraude, la de la desregulación para el delito, la de los enchufes y las amistades peligrosas, la de la amnistía para la trampa, la de la corrupción despendolada y organizada en bandas criminales. Por eso vemos hoy tanto golfo gárrulo autoamnistiado, o a la espera de la prescripción de sus delitos. El mérito es el delito y la recompensa es la impunidad.

De ayer tengo una imagen grabada en la retina, la de unos jóvenes inconformistas con mochila a la espalda (en esas mochilas viaja la esperanza) que leen, proyectados sobre la fachada del parlamento alemán en Berlín, los textos y contenidos de las negociaciones secretas del TTIP, donde se confirman “intentos deliberados de cambiar el proceso legislativo y democrático de la Unión Europea” (según Greenpace). En esta acción trasparente, libre y antisistema, debida a la organización ecologista, los ciudadanos mochileros asisten en directo a un contubernio de golpistas, o “en estatua” a la ejecución de sus propios y expropiados derechos civiles.

Los “leaks” (WikiLeaks, LuxLeaks, PanamaPapers, TTIP Leaks…) han proliferado tanto como los malos modos del fascismo institucional. Esto ocurre en Europa, que debiera estar escarmentada del fascismo, donde los mafiosos entregaron hace pocos días un premio al Papa intentando comprar su bendición y silencio, con la misma falta de escrúpulos con la que venden la dignidad y los derechos de los ciudadanos, o la vida de los refugiados, muchos de ellos niños. Todo se compra y se vende en esta neoliberada Europa, siempre que cunda en beneficio de sus príncipes (comisionistas) y feudos (multinacionales).

La historia, en su vaivén, nos retrotrae de regreso a la caverna, una caverna cosmopolita y brillante, llena de oportunidades de negocio y fraude (sobre todo lo segundo), en la que la libertad que se permite es la del delito impune, pero en la que no queremos mendigos visibles ni extranjeros refugiados. Ni tampoco trabajadores o ciudadanos con derechos.

Un nuevo humanismo recorre Europa.

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