Mutaciones

Ante todo debemos partir de un axioma incontestable (los axiomas son los cimientos que sostienen los edificios lógicos, que luego se caen con las crisis, los terremotos, y las sorpresas): el maletín alienígena lleno de pasta, aparecido en el altillo del suegro de Granados, lo puso algún Podemita, preferiblemente Pablo Iglesias.

Este axioma hace juego con otro que dice que toda la retahíla de casos que nos ha retratado como país y vaciado las arcas públicas (Filesa, Malesa, Time Export, EREs, fondos reservados y Roldán, Gürtel, Púnica, Bárcenas, Blesa y Rato, Valencia y Rita Barberá, el ministro Soria, Urdangarin y la Infanta, el ex monarca y su corte de mangantes, el ático de González y los impuestos de Aznar, y de propina y envueltos en papel de regalo, los patriotas de Panamá, corresponden a una estrategia diseñada aviesamente por el gobierno de Irán, que nos tiene tirria.

Evidentemente, este tipo de percepción extrasensorial sólo puede lograrse mediante un acto de disciplina mental o un salto cuántico en el cerebro, es decir, mediante una mutación, o lógica o biológica. Y de eso es de lo que quería hablarles.

Los cambios que en la vida social produce un ambiente tóxico, suelen ser relativamente rápidos, aunque puedan pasar inadvertidos. Estamos demasiado ocupados en nuestros propios asuntos para preguntarnos qué ocurre ahí afuera, en el medio ambiente. Nos creemos autónomos e independientes del espacio en que comemos y respiramos, pero no es así. La basura que ahí se deposita, nos afecta y contamina.

Los vuelcos del ecosistema social y político que determina la corrupción institucionalizada, lo pone todo patas arriba, y en poco tiempo –aunque de manera insidiosa- generan un nuevo paradigma, un “mundo al revés”, un marco aceptado como modelo de “normalidad”.

¿Ha surgido ante nuestras propias narices un nuevo animal político, una nueva especie -casi un monstruo- de ciudadano, capaz de transformar el aire viciado en alimento aprovechable? ¿Nos encontramos ante un nuevo sistema digestivo, una nueva fotosíntesis y aparato respiratorio, capaz de convertir la corrupción, la mentira y el crimen, en voto entusiasmado y ciego en las urnas?
¿Voluntariamente ciego, cínicamente ciego, esforzado hacia la ceguera para el logro y deseo último de no ver, incluso mirando? ¿Lo mismo que cabe una mutación del ojo, cabe una mutación de la ética, tan fija e indeleble –en el transcurso de generaciones- como la grabada en la materia viva?

De nuestra circunstancia política actual, de nuestra circunstancia nacional de este momento, no hay mayor misterio que este: ¿Qué extraños vericuetos, que morbosos engranajes, que indescifrables transiciones, o que trabajadas y lentas intoxicaciones nos han traído hasta aquí?
¿Qué tóxicos hemos absorbido cada día a través de la piel durante esta modorra tan larga, y de qué orden y calidad ha sido el alimento que nos han suministrado para desembocar en tan desviados y extraños apetitos? Es decir: ¿desde cuándo nos están envenenando?

Lo que en el viejo mundo era veneno -la estafa, el fraude, y el crimen- ahora es el alimento natural que nutre el entusiasmo del militante y fideliza su voto. Eso es una revolución fisiológica, o más exactamente patológica.

Cuando el partido político más votado es aquel que acumula mayor número de fraudes, sobornos y estafas por metro cuadrado de votos, es que el terreno esta tan contaminado como el de Chernobyl.

Malos tiempos y peores futuros.

¡Mucha mierda! Que dicen los cómicos.

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Publicado el 24 abril, 2016 en Artículos y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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