MOCHILA EN RISTRE

 

Más allá de la presa, dejando detrás de nosotros y por encima la gran masa de agua del embalse de cuyo nombre no quiero acordarme porque no lo sé, descendemos por un camino que abandona el mundo en retaguardia y se dispone a seguir el curso de un regatillo que es el que la presa permite escapar y fluir. Hay que decir, sin embargo, que el mundo que dejamos atrás era ya poco mundo: unos pocos pescadores que consumen tiempo y pitillos a la vera de sus cañas.

El mundo como hecho civil o administrativo (de lunes a viernes) quedó varios kilómetros atrás, en el pueblo, y nosotros ahora caminamos de una soledad próxima e inmediata a otra más profunda e inquietante, de un silencio benéfico y sosegante a otro más denso y sobrenatural (casi como el Dante), y de arriba a abajo descendemos como el terreno desciende tras la alta presa, y acogiéndonos a su parapeto contra el viento iniciamos el recorrido paralelo al regato.
Y allí, una pareja de azulones, hasta entonces tranquilos y sin historia, alzan el vuelo para perderse en la espesura, no sin antes regalarnos como aves de un violado paraíso, sus reflejos metálicos.

La poca agua rompe apenas con su murmullo el silencio y discurre oculta por el follaje, entre cuyos claros el caminante de vez en cuando la vislumbra, tímida y huidiza, a su derecha.
A la izquierda del camino el terreno se levanta en monte y rocas, y no pequeñas, sino con la categoría de peñascos.
Tanto a las más grandes como a las más pequeñas, las viste un manto de líquenes y musgos, túnica de paciente y austera vida.

Las rocas, cuyo significado poético y valor estético, los chinos -que son por instinto y tradición poetas- valoran tanto que no conciben un jardín que no las contenga (y yo soy de esa escuela), albergan en su seno el secreto del tiempo, pero también bacterias vivas (endolíticas se las debe llamar), y con ellas a bordo pueden viajar de planeta en planeta, impulsadas quizás por el impacto de un gran meteorito, vuelan al espacio sembrando la vida.
Una hipótesis de momento, pero que según yo barrunto en mis adentros se acabará confirmando más pronto que tarde, para satisfacción del señor Arrhenius.

Y todo esto, tan bucólico y pastoril, me recuerda un cuadro que había en casa de mi abuela (de parte de madre) que sería no de mucha calidad y para nada caro, pero que a mí me permitió siendo niño (cuyos ojos todo lo mejoran y fecundan), soñar el prólogo de todas estas aventuras terrenas y siderales.

¡Qué sería de nosotros sin estas jornadas pedestres abiertas a todos los cielos y a todas las hipótesis!

 

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Publicado el 21 febrero, 2016 en Artículos y etiquetado en , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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