Grima en polvo, y dentera en dosis constitucionales

Da grima que los que hoy (y aquí incluyo medios de comunicación) se rasgan las vestiduras por el riesgo que corre nuestra democracia -intervenida por el vil metal- (desafío soberanista lo llaman, y se refieren al “caso catalán” que empezó cerrando centros de salud), se pasearan ayer alegres, ufanos, e indiferentes -cuando no bien pagados, café, copa, y puro- en medio de la corrupción más caliente y desbordada. Como si la corrupción fuera un disculpable y eficaz abono del estado de derecho, y no hubiera en ella ningún riesgo, ningún peligro, nada que temer, pues todo estaba bajo control y estipulado en porcentajes de mordida, que en las covachas institucionales se negociaban con mucha ceremonia, solemnidad, besamanos y acompañamiento de bonsáis.

Intento discernir qué institución de la “estabilidad” española no ha sido pillada con las manos en la caja, en flagrante inconsistencia, en evidente doble lenguaje, en consensuada mentira, en traición a la patria cuya soberanía reside en el pueblo, y más allá del ciudadano pagano (si es que este es aún -como en los poemas de Neruda- una institución) no encuentro ninguna. Tan rápido se extienden las infecciones que corrompen la moral.

Y ese es el problema, que aquí todo quisqui es “institución” (sobre todo los tertulianos), se jubila rápido y recibe el tratamiento de excelencia (“ex” de algo, con secretaria y coche oficial), salvo el pueblo y el trabajador de a pie, que son una nonada. Mucho menos que los tertulianos de la ubicuidad cuántica y simultánea, que acabarán exigiendo también secretaria, coche oficial, y el título oficial de ex… celencia. Para que vamos a andarnos con pudores.

Y me sale “todo quisqui” arrastrando en el habla popular aquel “quisque” latino (que significa “cada uno”) para demostrar que el pueblo, aunque engañadizo, no es una masa, ni nació ayer.

Porque es el pueblo, señores diputados y tertulianos anexos, el único que debe recibir el tratamiento de excelencia, y el maltrato (añádanle estafa) al que se sistemáticamente se le ha sometido y se le somete aún hoy (con perspectivas metroscópicas de renovación), no es acorde con esa alta consideración política, y ni siquiera con un mínimo respeto, no ya de sus privilegios de casta (que no los tiene), sino de sus derechos humanos, que con eso le basta.

Pero claro, esto a ustedes que han vivido en la ofuscación y el deleite, muy por encima de sus posibilidades, les suena a chino, y andan desconcertados y dubitativos sobre como coger con pinzas esta debacle.

El remedio lo tienen muy cerca y a mano: hagan “examen de conciencia”, que aunque hoy ya no se estila, antaño lo recomendaban hasta los padres de la iglesia menos progresistas.

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Publicado el 9 noviembre, 2015 en Artículos y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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