Archivos diarios: 26 octubre, 2015

El buen salvaje

Es obvio que el mito rousseauniano del buen salvaje no goza hoy de mucho prestigio y se considera “anticuado” y fuera de lugar. Amortizado por la velocidad de los tiempos, no sale en las tertulias.

No es un mito “progresista”, como si lo es, por ejemplo, Margaret Thatcher (la amiguísima protectora de Pinochet) o incluso el “caos” neoliberal, verdaderamente libre y desatado, que hasta un Felipe González (que ayudó a desatarlo) ensalza como panacea de todos nuestros males y como única solución posible. No hay más que abrir los ojos para darse de bruces con esa falacia.

En esta ausencia de reglas, todo debería “crecer” como la espuma.
Y creciendo (sobre todo la fortuna de los menos escrupulosos), ya está todo dicho. No hay debate. El caso es crecer.
Cómo, de qué manera, y hacia dónde, no importa.
Y para ello ayuda mucho la ausencia de reglas y controles -que es la base de la ideología actual- y la velocidad que la sinrazón imprime a las “cosas” cuando el pensamiento no dirige los pasos.

A esto ayuda mucho la reducción del horizonte de ideas (una especie de efecto túnel). ¿Se han dado cuenta de que ya solo existe una ideología, la del mercado?

Por ejemplo, no podemos molestar a Volkswagen con pequeñeces, no sea que deje de fabricar coches que contaminan y estafan. Tampoco debemos extremar los controles de seguridad en los trenes de alta velocidad –en evitación de errores humanos-, no sea que no lleguemos a tiempo para la inauguración y la gloria política.
Y casi el mismo argumento vale para todas las demás actividades económicas o mercantiles (se incluye aquí la política de comisiones y mordidas).

Las reglas no son buenas para el crecimiento, y los controles (la verificación de lo que verdaderamente ocurre y sus consecuencias) pueden ralentizar su marcha triunfal.
Tampoco una excesiva democracia (que implica controles y trasparencia) es oportuna ni para la economía ni para la política, ni para la vida privilegiada de los políticos al uso.

Desde otro punto de vista, debemos crecer porque también crece el paro, y hay que dar ocupación a la gente.
Porque la gente también crece y se multiplica. Ad Infinitum. Casi como una plaga, pero se trata de una plaga buena para el negocio de hoy y el desastre de mañana. Es decir, no hay más cera que la que arde, y lo que tiene que crecer no es el crecimiento, sino el ocio creativo y la reflexión, y por supuesto  –es cuestión de vida o muerte- la responsabilidad con el planeta.
Nuestro crecimiento humano ya es inhumano, y lo que se impone es distribuir la riqueza, repartir el trabajo, aminorar la marcha, y aumentar el ocio, para ver si con tiempo y paciencia llegamos a comprendernos a nosotros mismos y el escenario que ocupamos.

Los críticos con la ideología oficial, quizás somos un poco torpes, y nos imaginamos el crecimiento (de forma poco académica) con características espacio-temporales, en un marco newtoniano, como algo que desde un tamaño determinado inevitablemente se expande, imparable con el tiempo, y llena un vacío acogedor que para eso está.
Puede incluso que pensemos que el planeta es ese vacío, y que está necesitado de nuestro crecimiento para cumplir su destino metafísico, más allá de toda lógica y de toda física.

La “planificación” que implica reflexión no está de moda, sobre todo cuando lo que quizás cabría planificar en este momento es una reducción en la velocidad del proceso que nos arrastra, no sabemos muy bien hacia donde, o incluso una parada prudente y reflexiva.
Escuchamos que “el mundo se desacelera” y nos entra el pavor. ¿No debería ser al revés?

Lo que está de moda es la velocidad, el lucro rápido, y esa ética del egoísmo que dice: “el último, que cierre la puerta”.

Suele decirse, metafóricamente, que sí la bicicleta (del capitalismo) se para se cae. No, si es una bicicleta equilibrada y apoyas los pies en la tierra (ya no sería capitalismo). En el peor de los casos, es preferible caerse en la tierra que en el abismo que hay delante.

Ahora bien, el progreso tiene muy buena prensa. Después de todo, los antibióticos (es este un ejemplo siempre muy oportuno y a mano) aunque tuvieron su origen en una rama biológica muy antigua y arcaica (los hongos), son fruto, en su forma más elaborada, del progreso humano y han salvado muchas vidas.
No será tan malo el progreso, podría defenderse como tesis aceptable.

Aunque también pocos dudan que el progreso, en algunas (o muchas) de sus manifestaciones más nocivas, se ha llevado y se lleva cada día por delante no pocas víctimas.
Y al final el balance puede no estar muy claro, sobre todo cuando se empiezan a pisar determinadas líneas rojas (como secuencia inevitable de esa película que rueda pendiente abajo) o cuando la velocidad de ese proceso adquiere caracteres de amenaza.

Quizás sea cuestión de semántica: ¿Qué significa crecer? ¿Qué significa progresar?
Pero sobre todo es cuestión de ecología.

Yo, lo confieso, siempre pensé que el objetivo del “progreso” humano (incluido el tecnológico) era un incremento del ocio creativo y feliz. ¿Ingenuo?
Está claro que los que hoy dirigen ese “progreso” no piensan igual. O incluso piensan que si no lo hacemos nosotros (lo de cargarse el planeta) lo harán otros. Maricón el último.

Es lo que se llama la libre “competencia”, la mística del lucro, la “ética” del egoísmo.

II

La vida frugal y contemplativa no vende, y el negocio necesita consumidores ansiosos como los políticos clientes pusilánimes.

Lo que da miedo, sin embargo, es el esquema mental que sostiene todo esto, que arrancando del Génesis bíblico establece la dicotomía mundo-hombre, como sujeto y objeto, como dueño y mercancía.
Tras poner nombre y precio a las cosas y a las bestias, la explotación y el crecimiento, la domesticación y mercantilización de la naturaleza se invisten como el mandato de Dios.
Axiomas tan ciegos, que nos aíslan falazmente de nuestro entorno, no pueden prever eficazmente las consecuencias sobre nosotros mismos de nuestros propios actos irresponsables sobre las “cosas”.
Incluso las élites políticas y financieras arrastran ese primitivismo que, a pesar de sus títulos verdaderos o falsos, los convierte en analfabetos funcionales y peligrosos.
En este aspecto, algunos presocráticos (el primer y auténtico “Occidente” que el Renacimiento recuperó), eran más sabios y prudentes.

Comenzar a ver claro es considerar nuestro entorno como parte de nuestra propia naturaleza.
No es lo mismo dominar, invadir, y explotar la Tierra, que adaptarse eficaz y gozosamente a lo que la Tierra es. La construcción de jardines, algo tan propio y característico de la especie humana –aunque hay un pájaro jardinero-, nos habla de la nostalgia que como animales tenemos de ese equilibrio perdido. La “nostalgia del jardín” (que es la nostalgia del Edén) nos dice que hemos errado el camino.
Ese error no es un castigo divino, es una elección humana.

Lo que da pánico también es la falta de opciones, la ausencia de matices, la fe monolítica de los nuevos iluminados que quieren su credo globalizado, “católico”, es decir, universal. Por eso es tan difícil aspirar a ese punto medio, a esa zona de equilibrio donde los griegos antiguos situaban la virtud. La maquinaria se justifica en su propio movimiento, y se sostiene en su inercia acelerada.

Hoy ya nadie cree que la palabra socialdemócrata signifique algo distinto que neoliberal. Pertenecen al mismo club. Aparentemente se ha llegado a una síntesis, que es la que actualmente dirige y acelera el mundo hacia la globalización. Felipe González y Carlos Slim.
Y sin embargo el concepto “político corrupto” o “financiero ladrón” (lo mismo da) no significa lo mismo ni es intercambiable con  “trabajador que no llega a fin de mes”. De manera que solo por arriba parece que participan de la misma fiesta, y lo mismo les da quita tú que me pongo yo. La alternancia en el poder (lo que llaman “estabilidad”) no perjudica excesivamente sus privilegios.

El modelo que propone el capitalismo neoliberal, la globalización, la desregulación, y demás zarandajas sadomasoquistas basadas en el crecimiento por el crecimiento, desaforado y sin sentido, acelerado y sin norte, al albur de lo que el destino depare, al final triunfará (si no lo evitamos in extremis) en un canto del cisne previo a la gran debacle (esta irreversible), sin tiempo para que los mecanismos de retroalimentación tiren del freno automático, e impulsados por esa inercia que nos iguala a las “objetos” sin mente, nos perderemos para siempre en una curva del espacio-tiempo poniendo fin a una aventura tan absurda como breve.

Sólo entonces podremos decir (aunque no habrá nadie que lo diga y lo escuche) que nuestra civilización basada en el crecimiento y la codicia ciega era una neoplasia, un cáncer que cuando todo lo invada encontrará su final. Y este proceso se está acelerando.

Los que ya estaban aquí antes que nosotros, cuando nosotros ya no estemos seguirán estando, fuertes en su sencillez. No nos necesitan.

No es buen síntoma que a nuestra esclerosis, a nuestra incapacidad para adoptar actitudes nuevas y caminos distintos, se la bendiga y promocione con el nombre de estabilidad. No hay peor elección que esa inercia que cabalga a lomos del Apocalipsis.

La propuesta del “decrecimiento” parece hoy utópica, marginal, en el mejor de los casos romántica, en el peor de los casos “radical”, que hoy es uno de los peores insultos que se pueden recibir, como si las copas de los árboles y las hojas que se abren al sol fueran posibles sin raíces sanas.

Y sin embargo, o las mejores mentes del planeta se ponen a diseñar y organizar, sin excesivos traumas, ese decrecimiento, o la enfermedad que nos consume y consume a la Tierra ya no tendrá cura.

Posdata: El decrecimiento como alternativa

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