EL RÍO

Una comunidad, una ciudad, una civilización puede considerarse civilizada y culta cuando es capaz de conservar sanos y limpios sus ríos.

Cuando una ciudad tiene la suerte de tener uno cerca (y son muchas), a veces tan cerca que parece su arteria principal, de la que brota su corazón, de la que depende todo, entonces esa ciudad tiene un carácter especial, porque diríase que esa vena, mas antigua que la propia ciudad, la vivifica, la renueva constantemente, y al mismo tiempo la fija en su historia, asomada a su orilla para verla pasar.

Lazarillo de Tormes, nuestro antihéroe nacional, nos dice: “Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre…”. Y más adelante: “… de manera que con verdad me puedo decir nacido en el río”.

Nacido salvaje e inocente en la aceña del mismo río, entre los sacos de harina y los granos de la molienda, poco después nuestro Lazarillo volverá a nacer (por segunda vez) a la vida civilizada, culta y despierta, con la “gran calabaçada” contra el toro de piedra que hay a la entrada del puente romano de Salamanca.

Verraco pétreo e imperturbable que quizás vio pasar a los elefantes de Aníbal camino de los Alpes.

Y aquel golpe fue dolorosa cornada administrada y sacramentada por su ciego patrón, porque “el moço del ciego un punto ha de saber más que el diablo”.

Un coscorrón bautismal contra cualquier metafísica que descuide a la física sólida y real.

De manera que bien puede decirse que los dos nacimientos de Lázaro se funden en las mismas aguas: las del río Tormes. El nacimiento a la vida, y el nacimiento a la cultura.

Al mismo tiempo que un hecho urbano y cultural (y de los más significativos), el río es un hecho natural, que como los arenales (aunque sean humildes), como los montes, las alamedas de sus orillas, los tajos que encauzan sus aguas, las garzas que contemplan y esperan ante su espejo… sirve de contrapeso al componente artificial de la urbe.

Quien camina o corre (como es mi caso y el de tantos) por la “ruta del valle” de nuestro río Tajo, sabe que en estos días, las retamas, con sus flores amarillas abiertas de par en par, nos saludan con su despliegue de belleza y color, y nos regalan su penetrante aroma que llega, si no hasta los rincones más místicos del alma, si hasta los estratos más profundos del cerebro, esos que descodifican mensajes sin palabras.

En estos “paseos fluviales” caminamos a la vera de un dios, y su lenguaje es primitivo.

Quizás el Greco y La Cava también se acogieron a este humilde placer, o la princesa Galiana, de camino hacia su palacio de la ribera, detuvo su paso para saborear mejor esta incontaminada felicidad.

Quizás las retamas ya estaban allí en aquel entonces, haciendo compañía al río, contemplando su paso, embelleciendo sus orillas, oreando sus brisas.

¡Que paciente parece la Naturaleza frente a los devaneos y meandros de la Historia!

El aspecto artificioso de la ciudad, y más si esta es moderna, puede aislarnos, encogernos, encerrarnos en horizontes estrechos, atrofiar nuestros sentidos y nuestra sensibilidad, pero si el río no está lejos siempre podemos abrir esas puertas, bajar al río, asomarnos al mundo verdadero, al mundo que subyace y permanece discurriendo. Sus aguas limpias limpiarán nuestra mirada y sus reflejos iluminarán nuestro pensamiento.

¿Y que decir cuando la ciudad es vetusta?

A veces el engarce de una ciudad y su río es tan perfecto, tan profundo, que es todo uno, y no se pueden concebir ni imaginar como realidades separadas. Los viejos y altos puentes parecen parte misma de las rocas escarpadas. Las torres parecen beber y enraizar en sus orillas como hieráticas aves de piedra, desde dónde se elevan para sobrevolar la ciudad. La sombra de los viejos palacios prolonga la sombra de los árboles, y las calles empinadas absorben su brisa.

Cuando se da esta unión, conservar el río es conservar la ciudad. Y amar la ciudad es amar el río.

Y aunque el uso del río y de sus orillas cambie, aunque los oficios que un día alimentó desaparezcan, y hoy sea escenario sobre todo de ocio y contemplación (y para nuestra vergüenza, también de contaminación), el valor y el sentido de todo ello no envejecen.

Los hechos de la Naturaleza son metáforas cuyo significado encaja en los entresijos de nuestra alma como la mano en un guante perfecto.

Cuando desorientados nos alejamos de nosotros mismos, entonces los bosques, los jardines, los ríos, los montes y las montañas, con sus ciclos y sus cursos, con sus murmullos y sus silencios, con sus viejas historias, nos reconducen y nos sostienen.

Quiero dejaros aquí el enlace a un video que ilustra bastante bien lo que he querido trasmitir en este artículo: “El río” (Luis Cortés, 1958) https://www.youtube.com/watch?v=5P8-2qGg5xY

Poema visual mudo que Luis Cortés rueda en 1958. Luis Cortés Vázquez (Caravaca de la Cruz, Murcia, 1924 – Salamanca, 1990), profesor universitario, etnólogo, fotógrafo y cineasta aficionado.

Artículo en prensa

 

 

Anuncios

Publicado el 15 mayo, 2015 en Artículos y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: