DESVÍO HACIA EL ROJO

doppler_galaxias

No se si es cuestión de marketing depredador, de mala conciencia o de mentira institucionalizada, pero lo cierto es que siempre que se aproximan las elecciones (cual examen temido por pésimos estudiantes), se produce un efecto Doppler en las intenciones que, como estrellas fugaces, irradian algunos partidos. Una suerte de emergencia meteórica de brillantes ideas que nadie se explica por que no aterrizan y se ponen en práctica bajo la égida rutinaria del día a día y del sentido común. Debe ser que no interesa. Otra cuestión es, a quien no interesa.

Efecto Doppler que sin embargo se produce en sentido contrario al que Hubble señaló para la deriva cósmica de las galaxias, porque así como estas inmensas masas de materia, desvían el espectro de su luz hacia el rojo cuando se alejan de nosotros en el espacio y hacia el  azul cuando se aproximan, algunos partidos políticos (una suerte de estrellas enanas de mortecina luz) desvían sus buenas intenciones hacia el rojo “social” cuando se aproximan las citas electorales, y hacia un celeste y frío “no me acuerdo” cuando conseguido el voto se pierden en el horizonte de su órbita elíptica hasta cuatro años después.

Es el mismo fenómeno, pero al revés.

Esa mala conciencia de algunos de nuestros candidatos, que se traduce en un notable corrimiento vergonzante del espectro ideológico en los estrechos márgenes temporales en que la democracia al uso nos permite decir algo, debería ser tema de profundo interés para los politólogos (o los psicoanalistas), pues sin necesidad de tener conocimientos profundos de espectrometría física y psicológica, parece indicar un evidente deslizamiento del “sistema” hacia las longitudes de onda de la farsa. De ahí que proliferen tanto los lapsus y otros trabalenguas, indicativos de neurosis, y que los actores sean bien recibidos en el mundillo “profesional” de la política: recordemos, a  modo de ejemplo, a Ronald Reagan y a Juan Pablo II.

La conclusión obligada sería que ese desvío del espectro político y programático hacia tonos más calidos en la proximidad de las urnas, implica que la mentira política como el cosmos, se expande, y la democracia al igual que las estrellas, se aleja de nosotros. Y cada vez más rápido.

Retrospectivamente y merced a esa deriva, podemos deducir que algo o todo en nuestro sistema político estalló en un punto singular del espacio-tiempo, una suerte de Big Bang que arrastra la soberanía popular hacia las cenizas de un despotismo elitista, frío, y mentiroso.

El equivalente en cosmología al triunfo final de la entropía, dibujará en nuestro futuro social inminente un totalitarismo tecnócrata. Es la ley de Hubble para un nuevo fascismo de marca blanca.

Es por otra parte, la constatación empírica, expresada en magnitudes y tonos de color, de una suerte de efecto Moliere que convierte en Tartufos a muchos de nuestros padres de la patria, y eriza los puños progresistas y enerva los himnos marciales de los que, fuera de las convocatorias electorales, frecuentan las puertas giratorias de los convenios chorizos o viajan mucho a Suiza asidos de un maletín.

Es allí donde coinciden con otros colegas de Bruselas con “muchas tablas”, y se toman un café a nuestra salud intercambiando Lobbys y paraísos.

Que cada cual le ponga siglas a esta pobre descripción de la hipocresía rampante.

En este tugurio, aparentemente civilizado, todo el mundo clama por el déficit macroeconómico, pero nadie se preocupa (de los que de verdad mandan) por el déficit de vergüenza o la impunidad de los delitos.

Consulten las recientes recomendaciones de Bruselas a distintos países, incluida España. Encontrarán mucho sobre recortes a trabajadores famélicos, a enfermos y dependientes cuya supervivencia no es pragmática ni eficiente, además de otros hachazos a derechos amparados por la Constitución, y nada sobre corrupción y delincuencia política, que es precisamente el problema que más preocupa a los españoles.

Saquen ustedes las conclusiones pertinentes sobre nuestra democracia al cubo.

Vaya por delante que criticar a algunos partidos políticos que son una birria y una panda de amigos organizada para el saqueo, no equivale a criticar la democracia. Ni mucho menos. Los “antisistema” son ellos.

Cuando contemplativos y hieráticos al borde del camino, vemos la vida política y el tráfico pasar con el mismo ímpetu con que huyen las estrellas, observamos que el ruido de los bólidos que se aproximan se torna cada vez más agudo, y el de los vehículos que se alejan, se vuelve cada vez más grave. Una suerte de frontera cromática semejante a la que en la madurez de la vida tiñe con distintos tonos de color los días que se fueron y los que presuntamente han de venir.

Donde digo bólido ponga usted candidato.

En el primer caso, las ondas del sonido se apelmazan y juntan solidariamente, de manera que su longitud de onda se hace mas corta y cercana, y en el segundo las ondas se separan o se distancian, y su longitud de onda se vuelve más larga y distante. En eso consiste el efecto Doppler. Y en eso consisten las elecciones para algunos partidos: una cita con la mentira.

Las propuestas y promesas electorales, que acercándose a donde estamos con el voto y la banderita en la mano (plenos de inocencia renovada) se vuelven progresistas y casi socialdemócratas (algo hay que ser, aunque sea mentirosos, antes que marxistas), superado el mal trago, se tornan un corte de mangas tecnócrata made in el bipartidismo neoliberal de marras, cuyo collar tiene dueño y no somos nosotros.

Obvio es que sus intereses (los del bipartidismo) no son los nuestros, y solo coinciden fugaz y teatralmente durante las breves fechas en que se acuerdan de nosotros, en el punto mas cercano y caliente de su órbita. Después se van por la tangente hacia el frío y vacío espacio de sus paraísos superpuestos.

Democracia fugaz, democracia huidiza. ¿Tangentópolis?

Este efecto Doppler de la física política, aplicado al ámbito nacional y en modo metáfora, tuvo ya una parodia genial y profética en “Bienvenido Mister Marshall”, de nuestro bien humorado Berlanga.

Rápidos como un suspiro, fugaces como las promesas de enmienda a la totalidad del destrozo, los americanos de mister Marshall (al igual que nuestros representantes), pasan raudos por nuestro pueblo inocente y desmemoriado, y se alejan entre nubes de polvo dejándonos con un palmo de narices y unos cuantos estornudos que nos limpien los mocos.

Si te he visto, no me acuerdo.

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Publicado el 14 mayo, 2015 en Artículos y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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